Filosofía
¿Quién decide lo que se puede decir en voz alta?
Este artículo se propone examinar cómo se construye hoy lo “aceptable” en el espacio público, y en particular en el digital. Para ello, pone en diálogo la teoría gramsciana de la hegemonía cultural con la noción de Ventana de Overton. La hipótesis que lo sostiene es que los algoritmos de plataforma no funcionan como meros canales neutros, sino como un entorno que privilegia determinadas gramáticas discursivas por encima de otras: la intensidad emocional, la confrontación y la repetición. El resultado no es una manipulación todopoderosa, sino un desplazamiento acelerado y desigual de los límites de lo decible.
El sentido común no cae del cielo
Empleamos la expresión “sentido común” como si aludiera a algo obvio, evidente, previo a toda disputa. Sin embargo, el sentido común es justamente lo menos natural que hay. Aquello que una sociedad tiene en un momento dado por “razonable”, “discutible” o “inaceptable” no traduce las propiedades de las cosas, sino el resultado de una correlación de fuerzas. Antonio Gramsci lo formuló con una claridad que todavía incomoda: la dominación no se sostiene únicamente sobre el aparato coercitivo del Estado —policía, ejército, tribunales—, sino sobre el trabajo constante de la “sociedad civil” —escuela, iglesia, medios, familia— para fabricar un consenso que haga aparecer la visión del mundo del grupo dirigente como evidencia compartida. La hegemonía, en su sentido gramsciano, articula tres elementos: la sociedad civil como terreno de disputa, los intelectuales orgánicos como agentes de articulación y la “guerra de posiciones” como estrategia de conquista cultural previa a la conquista política.
Un grupo conquista el poder después de haber ganado la batalla del sentido común.
Esa intuición cobra una urgencia distinta en la era digital, porque la infraestructura que produce lo obvio ha cambiado de manos y de velocidad. Lo que antes exigía décadas de trabajo institucional sostenido puede recorrer ahora el trayecto de la marginalidad al titular en pocos meses. El mediador de esa aceleración no es un sujeto con intenciones, sino un sistema de optimización: el algoritmo de recomendación. Para entender ese desplazamiento hay que distinguir entre lo que las plataformas hacen y lo que la narrativa popular les atribuye.
Gramsci: la hegemonía como producción de lo evidente
Gramsci diferencia entre “sociedad política” y “sociedad civil”. La primera la integran los aparatos coercitivos; la segunda, la trama de instituciones no coercitivas donde se forma la opinión. Un grupo social se vuelve dirigente cuando ejerce no solo la dominación sobre sus adversarios, sino también la dirección intelectual y moral sobre aliados y subordinados. Lo decisivo es que la dirección antecede a la dominación: un grupo conquista el poder después de haber ganado la batalla del sentido común. Y una vez en el poder debe seguir ganándola, porque la hegemonía no es nunca un estado, sino un proceso permanentemente acechado por la crisis.
De ahí se desprenden tres conceptos operativos. El primero es el “sentido común” como depósito de evidencias sedimentadas, contradictorias y fragmentarias con las que la gente se orienta sin reflexionar. El segundo es la “guerra de posiciones”: la lucha se libra trinchera a trinchera en las instituciones culturales, no en un asalto frontal al Estado. El tercero es el “intelectual orgánico”: quien articula, difunde y eleva la concepción del mundo de un grupo social hasta volverla universalizable.
La consecuencia analítica es nítida: si la hegemonía consiste en producir lo evidente, la política es también una disputa por los discursos, por definir qué cuenta como real, qué merece debate y qué queda fuera de lo pensable. Y cuando esa producción falla, aparece lo que Gramsci denominó “crisis de autoridad”: el momento en que las masas se desprenden de sus convicciones heredadas y el consenso se resquebraja.
Overton: la ventana como termómetro y como palanca
La Ventana de Overton, formulada por Joseph Overton en los años noventa, describe el espectro de políticas que el público considera aceptables en un momento dado. Su utilidad analítica reside en que distingue tres zonas: lo impensable, lo radical y lo aceptable. La ventana no es estática ni natural: se mueve, y quien la mueve ejerce una forma de poder que no pasa por las urnas.
La conexión con Gramsci es directa. Mover la ventana es el método práctico para ejercer la hegemonía cultural; la ventana es a la vez el termómetro que mide el estado del sentido común y la palanca que lo desplaza. Lo que la derecha radical estadounidense llamó “metapolítica” —y que inspiró estrategias explícitas de guerra cultural— no es otra cosa que una lectura operativa de Gramsci: no esperar a ganar elecciones para cambiar la cultura, sino cambiar la cultura para ganar elecciones.
Si la hegemonía consiste en producir lo evidente, entonces la política es también una lucha por los discursos, por definir qué cuenta como real, qué merece debate y qué queda fuera de lo pensable.
Conviene precisar, sin embargo, que el concepto de Overton nació en un think tank libertario y se ha usado a menudo de forma propagandística. Su valor no está en la precisión cuantitativa —no hay termómetro calibrado de lo aceptable—, sino en su capacidad de nombrar un fenómeno real: la frontera de lo decible se desplaza, y ese desplazamiento tiene agentes identificables.
La lógica de plataforma: aceleración sin determinismo
Si Gramsci explica por qué se lucha en el terreno de las ideas y Overton describe cómo se mueve la frontera de lo aceptable, queda pendiente preguntar qué ha cambiado con las redes sociales. La respuesta exige, por un lado, sortear dos tentaciones simétricas: la del determinismo tecnológico, que atribuye a los algoritmos un poder de manipulación casi ilimitado, y la del negacionismo, que reduce las plataformas a simples espejos de tendencias preexistentes. Por otro, se articula en tres componentes.
Primero, la amplificación emocional. Los sistemas de recomendación están optimizados para maximizar el tiempo de permanencia y la interacción. Las emociones que mejor cumplen esa función son la indignación, la sorpresa y el desprecio hacia el adversario. Esto no significa que los algoritmos “causen” el populismo, sino que configuran un entorno donde ciertas gramáticas discursivas —la denuncia del enemigo, la simplificación maniquea, la promesa de restauración— tienen ventajas reproductivas sobre otras.
Segundo, la normalización por repetición. Una narrativa marginal que se repite en miles de cuentas acaba pareciendo consenso, aunque no lo sea. Es el efecto de “mayoría ilusoria”: la percepción de que “todo el mundo piensa así” se construye por saturación de exposición, no por agregación real de opiniones. Las cámaras de eco no solo confirman creencias previas; fabrican la impresión de que esas creencias son mayoritarias.
La tarea de una política democrática, en este marco, no consiste simplemente en “ganar la batalla de las ideas”, sino en reconstruir las condiciones bajo las cuales esa batalla es posible.
Tercero, la desintermediación. Ya no hace falta el filtro de un editor, un académico o un partido para plantear una idea. Cualquiera puede hacerlo, y si prende, escala. Pero esa apertura tiene un precio: la autoridad epistémica se confunde con la métrica de interacción. El “intelectual orgánico” de plataforma no es quien produce las ideas más rigurosas, sino quien logra mayor resonancia afectiva.
El resultado conjunto es una paradoja que Gramsci habría reconocido: cuanto más se habla de política en las redes, menos deliberación efectiva hay. La circulación sustituye a la argumentación; el engagement, a la justificación. El entorno no es neutral respecto al tipo de discurso que produce: está diseñado para producir adherencia, no entendimiento.
Un caso concreto: Vox y el desplazamiento de la ventana en España
La estrategia de comunicación digital de Vox ofrece un ejemplo útil porque permite observar el mecanismo sin necesidad de atribuirle poderes mágicos ni de convertir el análisis en una acusación partidista. Los datos son verificables: Vox es el partido más seguido en España en todas las redes sociales, con cifras que superan el millón de seguidores en TikTok, Facebook e Instagram, y ninguno de los dos partidos mayoritarios alcanza los dos millones sumando todas sus cuentas. Esta ventaja no es nueva; el partido fue pionero en el uso de WhatsApp para la campaña andaluza de 2019 y ha mantenido un liderazgo sostenido en plataformas desde entonces.
La estrategia tiene una lógica reconocible. El partido publica vídeos breves, directos y emocionalmente intensos; fija en sus perfiles mensajes como “¡Todos fuera!” o “Ni una niña violada más”; y logra que sus marcos narrativos sean adoptados por el conjunto del debate. Un ejemplo documentado es la imposición del término “prioridad nacional” en los acuerdos de coalición con el PP en Extremadura y Aragón: la expresión se convirtió en uno de los términos más buscados en Google, multiplicando las búsquedas hasta un 80%, mientras el debate público giraba en torno a una categoría que Vox había logrado instalar. El análisis de ese caso sugiere que Vox impone el titular y cede al PP los párrafos explicativos, de modo que la conversación pública se estructura en los términos que el partido ha fijado, incluso cuando la realidad demográfica de las regiones en cuestión no respalda la centralidad del tema.
Conviene subrayar dos matices para evitar un análisis panfletario. Primero, este mecanismo no es exclusivo de la derecha radical: la izquierda también ha desplazado ventanas mediante estrategias de comunicación digital, aunque con menor sistematicidad en el caso español. Segundo, como señala un análisis del politólogo francés Viktorovitch sobre el concepto de Overton, “en general, el recurso a esta teoría concuerda con el ensanchamiento hacia posiciones reaccionarias”, pero eso no significa que el instrumento sea de un solo bando. La pregunta interesante no es quién empezó, sino por qué ciertas gramáticas encuentran en el ecosistema ventajas estructurales sobre otras.
La consecuencia: hegemonía fragmentada
Lo que emerge de este proceso no es la ausencia de hegemonía, sino una mutación del concepto gramsciano que puede denominarse hegemonía fragmentada. Cada comunidad epistémica genera su propio sentido común, sus propias autoridades y su propia ventana de lo decible, pero ninguna aspira ya a universalizarse. El poder no necesita convencer a todos; le basta con gestionar la partición de los públicos.
Cuanto más se habla de política en las redes, menos deliberación efectiva ocurre
Esta mutación tiene consecuencias sobre la deliberación democrática que conviene nombrar con precisión. No se trata de que la gente discrepe —el disenso es condición de la vida democrática—, sino de que se erosiona la base fáctica mínima sobre la que discrepar. La polarización afectiva, entendida como la transformación de identidades políticas en identidades socialmente cargadas que dificultan el reconocimiento del adversario como interlocutor legítimo, opera en ese nivel. La distinción entre cámaras de eco, burbujas de filtro, exposición selectiva y homofilia, que la literatura reciente insiste en diferenciar, importa porque cada fenómeno requiere respuestas distintas: regular la arquitectura algorítmica no es lo mismo que intervenir sobre la homofilia de las redes de interacción.
La Ventana de Overton, en este contexto, deja de ser un instrumento de construcción de consenso y se convierte en un marcador de la guerra tribal. Cada tribu tiene su ventana, y el desplazamiento de una no implica el desplazamiento de las demás.
Al final, la pregunta sigue siendo gramsciana
La actualidad de Gramsci no reside en una supuesta continuidad entre el fascismo de los años treinta y las democracias del siglo XXI, sino en su insistencia en que el poder se ejerce primordialmente produciendo evidencia. Lo que ha cambiado es la infraestructura de esa producción. Donde Gramsci veía escuelas, periódicos e iglesias, hoy hay algoritmos de recomendación, modelos de lenguaje y mercados de atención. La pregunta sigue siendo la misma: ¿quién decide qué es obvio, qué es discutible y qué es impensable?
La respuesta contemporánea no admite un sujeto único. La hegemonía algorítmica emerge de la interacción entre incentivos comerciales, decisiones de diseño, moderación opaca y patrones de consumo cultural. Es un poder sin centro, lo que lo hace más difícil de impugnar que el poder estatal que Gramsci enfrentó, pero también más frágil, porque depende de un consentimiento que se produce en condiciones de saturación informativa y fatiga emocional.
La tarea de una política democrática, en este marco, no consiste simplemente en “ganar la batalla de las ideas”, sino en reconstruir las condiciones bajo las cuales esa batalla es posible:un terreno compartido de hechos verificables, instituciones de mediación no subordinadas a la lógica del engagement, y una ciudadanía capaz de ejercer algo más que la reacción afectiva. Sin esa reconstrucción, la lucha por los discursos seguirá librándose, pero será una lucha entre tribus en un archipiélago sin puentes, y el poder que se ejerza sobre ellas no necesitará convencer a nadie: le bastará con mantenerlas entretenidas mientras el mundo que comparten se deshace.
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