Opinión
Fordismo vs. ‘muskismo’
En el verano de 1921, un periodista económico llamado Samuel Crowther contactó a Ernest Liebold, el secretario personal del magnate del automóvil Henry Ford. Crowther había entrevistado antesa Ford para escribir un perfil para una revista. Después de aquel artículo, habló con su editor sobre cómo intuía que había una oportunidad para hacer algo más. Como escribió a Liebold, “Ford ha hecho algo más que construir un automóvil nuevo y mejor.” Crowther creía que las “teorías y prácticas” que Ford había desarrollado marcaban “el mayor paso adelante hacia la civilización que el mundo ha emprendido.” (Como Crowther escribió después, “las industrias Ford están construidas sobre ideas y el ladrillo y mortero sólo ayudan a llevar a cabo esas ideas.”) Propuso pasar seis horas entrevistando a Ford y luego convertir el resultado en un “clásico económico” que significaría un logro para el mundo mayor que cualquier libro que se hubiese publicado desde la Biblia.
Ford aceptó, aunque con algunas reticencias. Rara vez quiso agendar las prometidas entrevistas con Crowther, y puede que nunca leyese el manuscrito terminado publicado con su nombre. Pero Mi vida y mi obra fue un bestseller internacional. El libro buscaba destilar las ideas subyacentes en el corazón del sistema de Ford, una visión de la vida económica en la que la “gran organización productiva” de la corporación era “sagrada”. La gente trabajaba en ella por una recompensa y sustento, pero era una jerarquía rígida organizada con el fin de maximizar la capacidad productiva: “cualquier plan que comienza con la asunción de que los hombres son o deben ser iguales es antinatural y en consecuencia impracticable.”
El ‘muskismo’ promete un intenso desarrollo económico, pero no se compromete a compartir los logros
Años después, en una prisión italiana, Antonio Gramsci escribió Americanismo y fordismo, en el que diseccionaba las dinámicas de la producción en masa y la cultura de consumo que Ford había contribuido a dar a luz. Para Gramsci, el capitalismo y la industria modernas, que él creía que estaban desarrolladas en un mayor grado en los Estados Unidos, representaban un asalto frontal a las viejas maneras de organizar la vida social que requerían la creación de “un nuevo tipo de trabajador y de hombre.”Las únicas personas que encontarían la disciplina interna de las factorías de Ford y sus líneas de montaje tolerables eran aquellas que habían sido transformadas de raíz, para las que los “así llamados salarios elevados” de cinco dólares diarios, de los que las fábricas de Ford eran pioneros, eran una compensación adecuada por la libertad que habían perdido. El fordismo era más que una manera de organizar a la plantilla de la fábrica: era una manera de regular el trabajo y la sociedad.
El sistema fordista de elevados salarios, producción industrial y consumismo se desplomó en los años 70. ¿Pero qué constelación de prácticas materiales, patrones familiares, normas sexuales, hábitos de consumo y creencias culturales ha ocupado su lugar? En Muskism: A Guide for the Perplexed [Muskismo: una guía para los perplejos], el historiador Quinn Slobodian y el escritor Ben Tarnoff sugieren que Elon Musk —quien fuera el primer billonario del mundo— importa no sólo por su fenomenal riqueza, sino porque es “el avatar de una cosmovisión.” Ambos, Ford y Musk, a su decir, son emblemáticos de un tipo específico de “proyecto modernizador”.
El fordismo representaba “una promesa de elevar los estándares de vida para todos: un coche en cada garaje, frigoríficos en cada cocina, salarios que crecían con la productividad.” El muskismo, en cambio, promete un intenso desarrollo económico, pero no se compromete a compartir los logros. En su lugar promete riqueza para quienes sean capaces de dominar la tecnología y usarla para defender su propia soberanía, mientras practica una política de expulsión para quienes no pertenecen a esa comunidad y para quienes no es suficiente. Como argumentan los autores, “el objetivo definitivo es una comunidad purificada definida por una pertenencia cultural y genética en un Occidente europeo blanco encastillado con una tecnología superior, una fortaleza para proteger a lo mejor de la humanidad de lo peor… Endurece tu corazón, endurece tus fronteras y limpia la línea de código de errores.”
Raíces en la Sudáfrica del apartheid
Slobodian y Tarnoff ven las raíces de la cosmovisión de Musk en el apartheid de Sudáfrica. El apartheid, nos recuerdan, aunque construido sobre generaciones de dominio racista afrikaner y británico, únicamente fue instituido después de la Segunda Guerra Mundial en el contexto de los comienzos de la descolonización. No se trataba de una política premoderna, sino de un intento de mantener el dominio blanco en el rechazo posterior al nazismo del pensamiento racial y el desplome de los imperios europeos.
El abuelo de Musk se mudó a Sudáfrica desde Canadá en 1950, dos años después de la adopción formal del apartheid. Había sido un miembro activo del Movimiento Tecnocrático, una organización política sectaria de la Gran Depresión cuyos miembros se referían a sí mismos con números en vez de nombres, convocaban concentraciones vistiendo trajes grises o conduciendo convoys de automóviles grises, y rechazaban la democracia y favorecían un sistema político en el que los científicos y los ingenieros tomarían todas las decisiones elementales. Después de que Canadá prohibiese el movimiento en 1940, el abuelo de Musk fue arrestado. Su eventual decisión de emigrar a Sudáfrica no fue un accidente: “Con su decisión, el gobierno, en vez de mantenerme lejos de Sudáfrica, logró el efecto precisamente contrario: me animó a venir aquí y asentarme”, declaró al periódico pro-apartheidDie Transvaler.
Pretoria, donde Musk creció, era una ciudad de resplandecientes edificios modernistas que albergaban el ejecutivo del gobierno y las oficinas administrativas, rodeada de suburbios blancos con jardines y piscinas
El apartheid simbolizaba una visión específica del capitalismo moderno: era una sociedad jerárquica en la que una minoría elitista blanca gobernaba una población negra relegada a los márgenes a través del dominio tecnológico y el control burocrático del Estado. Las bases de datos jugaron un papel clave reuniendo y procesando la información que se necesitaba para gestionar el Estado del apartheid. Slobodian y Tarnoff mencionan el Libro de Vida, un sistema de identificación almacenado en computadoras IBM que registraba la clasificación racial de toda persona nacida en Sudáfrica. Pretoria, donde Musk creció, era una ciudad de resplandecientes edificios modernistas que albergaban el ejecutivo del gobierno y las oficinas administrativas, rodeada de suburbios blancos con jardines y piscinas, y más allá, por los núcleos urbanos segregados, las fábricas y los almacenes en los que la población negra vivía y trabajaba.
El objetivo del gobierno era la industrialización y la autosuficiencia autárquica, permitiendo a la nación paria existir de manera independiente en un orden internacional que se alejaba de su visión racista. La expresión última de esta mentalidad era el búnker brutalista de Pelindaba (una expresión zulú que significa “el fin de la historia”), en el que el gobierno sudafricano llevaba a cabo su investigación nuclear. El país buscó con creciente intensidad en los 70 desarrollar ojivas nucleares para poder enfrentarse a un continente y a un mundo opuesto al gobierno de una minoría blanca. Pelindaba fue la última encarnación del “futurismo de fortaleza” o “la creencia de que la tecnología puede fortalecer la autosuficiencia en un mundo hostil.”
La visión de Musk del capitalismo es una en la que el Estado y las corporaciones son simbióticas más que independientes el uno de las otras
Si Sudáfrica es uno de los puntos de origen del muskismo, el otro es Silicon Valley. Slobodian y Tarnoff están menos interesados en el ethos contracultural de creatividad e innovación de Silicon Valley, relatado por académicos como Fred Turner y Margaret O’Mara, que en algo más básico: el papel de la inversión gubernamental y las contratas con el Estado a la hora de generar beneficios. La visión de Musk del capitalismo es una en la que el Estado y las corporaciones son simbióticas más que independientes el uno de las otras. Las subvenciones gubernamentales alimentan el crecimiento tecnológico, mientras que las empresas tecnológicas crean las máquinas y el software en el que se apoya el Estado. Esta visión del capitalismo es muy diferente a la propuesta por Milton Friedman, no digamos ya a la de los capitalistas del siglo XIX.
Una expresión reciente de esta idea puede encontrarse en La república tecnológica, escrito por Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska, de Palantir, que plantea el muy conveniente argumento de que las compañías tecnologías deberían servir al Estado antes que nada, mientras que el gobierno debería expandir su inversión en tecnologías de vigilancia y equipamiento militar de alta tecnología sin prestar atención a menudencias como las libertades civiles o la corrupción.
Musk construye máquinas, no sólo código. Slobodian y Tarnoff enfatizan este compromiso al mencionar la producción de automóviles, cohetes y plataformas, así como su interés en construir espacios de trabajo que operan con sistemas internos de feedback e interferencias administrativas limitadas. Pero a su preocupación por la infraestructura material más que por el software se une otro principio clave del muskismo: “la fabulación financiera.” Musk ha sido acusado a menudo de ser un charlatán, el P.T. Barnum del sector tecnológico. Slobodian y Tarnoff están de acuerdo con esta afirmación, pero ven este rasgo como una estrategia empresarial, no una característica incidental de la política o la personalidad de Musk.El magnate nunca habría sido capaz de prosperar sin los bajos impuestos al capital, las bajas tasas de interés y la desregulación que han desplazado la riqueza a las finanzas. Toda su estrategia descansa en inflar la naturaleza revolucionaria de sus innovaciones para disparar su valor en bolsa. El resultado es evidente en la salida a bolsa de Space X, que lo convirtió por poco tiempo en billonario.
El modelo de negocio se basa en conseguir subvenciones del Estado, sacar provecho de las bajas tasas de interés para exprimir las inversiones, crear un estado de cuasi-histeria sobre cohetes, vehículos eléctricos, implantes cerebrales, coches sin conductor o drones, y huir como un bandido. Por citar a Jackson Palmer, uno de los inventores de Dogecoin, la criptomoneda basada en un meme cuyo valor Musk disparó por las nubes con sus tuits, “en este sistema de economía basada en la estafa, el hipercapitalismo, el capitalismo rentista, cada vez más gente no está haciendo otra cosa que obtener dinero por no hacer nada.”
El muskismo y las redes sociales
Tarnoff y Slobodian tienen un análisis especialmente intrigante sobre cómo Musk aborda las redes sociales, especialmente Twitter, ahora X, la plataforma que compró como es notorio en 2022. Musk comenzó a tuitear poco. Entró en la refriega en 2010, pero rara vez publicó mensajes hasta 2015, cuando lo hizo unas 617 veces. En 2018 tuitetaba más de tres veces al día de media; en 2024 publicó mensajes sesenta veces al día, en ocasiones alcanzando los cuarenta tuits en una hora. Muchos comentaristas han calificado de juveniles los hábitos de Musk en redes sociales. Para Tarnoff y Slobodian, sin embargo, son un extenso experimento sobre construir una nueva forma de conciencia apropiada a la fase de capitalismo que él representa: un “colectivo cibernético” en el que la gente acaba por fusionarse con las máquinas que putativamente controlan. Tuitear crea datos para Musk que se convierten en parte de un gran cuerpo de conocimiento que modela la IA. Más que cualquier otra cosa, Musk quería poseer Twitter para crear una nueva manera de existir para la humanidad en el mundo y relacionarlo con las máquinas, la “fusión efectiva de la inteligencia biológica y digital”, como escriben Slobodian y Tarnoff.
Pero para que esta fusión fuese productiva, los “memes patogénicos” de la izquierda habían de ser excluidos del mundo de las redes sociales. Por citar a Musk en conversación con su biógrafo Walter Isaacson: “A menos que el virus mental woke, que es fundamentalmente anticientífico, antimérito y antihumano en general, sea detenido, la civilización nunca llegará a ser multiplanetaria.” Las malas ideas han de ser excluidas, lo mismo que las personas que nunca serán capaces de beneficiarse o compartir esta riqueza recién creada, las masas que se agolpan en las fronteras de los Estados Unidos y Europa. La “remigración” —por citar a la activista de extrema derecha Eva Vlaardingerbroek—, la deportación, la expulsión: ésta es la única manera de tratar con aquellos que no pertenecen a la comunidad. Y quienes objeten a ello serán eliminados de las plataformas donde se debaten ideas y donde se está formando una nueva inteligencia colectiva.
El futuro del muskismo
Muskismo es un libro breve y provocador, y hay muchos puntos que uno espera que los historiadores amplíen en el futuro a medida que estén disponibles los archivos e historias orales. La mayor cuestión que plantea, no obstante, recuerda a aquellas planteadas por los teóricos anteriores que desarrollaron por vez primera la idea del fordismo como una manera de regular la vida económica. Concretamente, ¿fue el fordismo un sistema total y completo como parecía ser? ¿Estuvo enteramente determinado desde arriba, regulando a los trabajadores y modelando sus deseos? ¿Fueron los elevados salarios tan centrales al sistema, un reconocimiento de que los trabajadores tenían que ser apaciguados y su autonomía debía ser tenida en cuenta?
Es más, en todo momento hubo muchas partes del orden económico que no se comportaron de acuerdo con el imperativo fordista: las pequeñas factorías con menos capital y márgenes de beneficios más estrechos, las tiendas al por menor, los restaurantes, los teatros, los despachos de abogados, las consultas médicas. Todas ellas, incluso en el punto álgido del idilio fordista, nunca fueron integradas del todo en el sistema de producción industrial regimentado hecho tolerable por los elevados salarios y los automóviles.
El muskismo no ofrece a los obreros salarios elevados, ni siquiera la promesa de poseer un fondo mutuo o un plan de pensiones en el que puedan participar de la acumulación
Uno podría plantearse las mismas preguntas sobre el muskismo: ¿Describe toda la economía? ¿Sólo algunas partes? Y si es así, ¿cuáles? Pero esto apunta a una cuestión mayor, en concreto que, cuando se lo compara con el régimen fordista, lo que sea que Musk está promoviendo parece más una estafa de un charlatán que un proyecto de regulación social en toda regla. Como reconocen Slobodian y Tarnoff, el muskismo no ofrece a los obreros salarios elevados, ni siquiera la promesa de poseer un fondo mutuo o un plan de pensiones en el que puedan participar de la acumulación. Más allá del masoquismo o la desesperación (las cuales pueden ser poderosas), parece como si no hubiera otra razón para que la gente lo comprase, lo que significa que estamos viviendo en un régimen mucho más frágil de lo que fue el fordismo.
En otro lugar Slobodian y Tarnoff han escrito que el peligro real que supone el muskismo es él mismo. El fordismo tuvo que encontrar una manera de convivir con una clase trabajadora capaz de organizarse en el puesto de trabajo y movilizarse políticamente. Hoy, sugieren, la ausencia de un desafío político desde el movimiento obrero o la izquierda significa que los capitalistas tienen rienda suelta para retirarse a un mundo de fantasía. Al final esto conduce a un régimen en el que las empresas no serán capaces de acumular beneficios debido a la inestabilidad social y política y crisis cada vez más profundas.
No es que el fordismo fuese en última instancia tan impenetrable. El régimen fordista reunió a miles de trabajadores en sus fábricas, creando al final el suelo fértil para el crecimiento de los sindicatos, que fueron (mucho más que el propio Ford) responsables del contrato social en los años de posguerra. Ford combatió a los sindicatos de su emporio automovilístico al punto de usar los servicios de seguridad de la compañía para atacar físicamente a los organizadores y dirigentes sindicales, pero perdió en 1941 cuando sólo el 3% de sus obreros en River Rouge votaron en contra de la creación de un sindicato. Cuando la elección fue entre los sindicatos y el fordismo, como lo presentó un cartel de la UAW [United Auto Workers, el sindicato de los trabajadores del automóvil, NdT], los obreros eligieron la solidaridad entre ellos.
Al final de su libro, Slobodian y Tarnoff esbozan varios escenarios de futuro para el muskismo. En ninguno de ellos, no obstante, hay un desafío real al mismo. Resulta difícil ver corrientes de oposición surgiendo del mundo de Musk, pero tampoco hay ninguna razón para participar en sus fantasías de omnisciencia y fuga de la realidad; su solipsismo puede significar su caída. “Pase lo que pase, nosotros tenemos las naves espaciales y ellos no”, tuitetó Musk en junio de 2025, una revisión de la rima imperialista de 1898 de Hilaire Belloc. La mayoría de nosotros, en cambio, no queremos naves espaciales: queremos un mundo en el que merezca la pena vivir. El deseo de solidaridad y conexión hace que la visión narcicista de Musk sea mucho más frágil de lo que permite ver el muskismo.
Artículo originalmente publicado en Dissent Magazine y traducido por Àngel Ferrero con permiso del medio.
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