‘Yanquis vs. Cowboys’: dos maneras de entender la política exterior estadounidense

La tesis ‘yanquis vs. cowboys’, enunciada a finales de los años 70 del siglo pasado, ofrece un marco útil para describir dos estrategias diferentes de la política exterior estadounidense:
Cowboy
Álvaro Minguito Un hombre con sombrero y corbata de cowboy, en Nueva York.

La campaña de bombardeos contra Irán, con todo el ruido y la furia que suelen acompañar a las decisiones del presidente estadounidense, ha sido presentada como la más reciente —¿quien se atreve a escribir “la última”?— de una serie de acciones, entre las cuales se encuentran el secuestro del presidente de Venezuela,las ambiciones territoriales sobre Groenlandia,la aspiración a controlar el hemisferio occidental, el estrechamiento del cerco económico sobre Cuba o las presiones económicas a la Unión Europea, consideradas por algunos comentaristas como muestras de un renovado imperialismo estadounidense. Otros, en cambio, se inclinan a pensar que se trata más bien de un recurso a medidas de fuerza —o a la amenaza de su uso— con las que EEUU busca apuntalar una hegemonía global que está perdiendo irremediablemente. Sea como fuere, el término ‘imperialismo’ –y sus derivados– vuelve a aparecer con regularidad en los medios de comunicación y en las redes sociales.

En realidad nunca debería de haberse ido, porque la política que este término significa nunca se fue. En este sentido, resulta interesante recuperar una aportación teórica del estadounidense Carl Oglesby (1935-2011), una rara avis a quien se atribuye haber acuñado el término “Sur Global”. Comopresidente de la Students for a Democratic Society (SDS) en los sesenta, Oglesby fue una de las caras más conocidas de las protestas contra la Guerra de Vietnam, pero sus incursiones en el pensamiento libertariano y su propuesta —posteriormente desarrollada en un libro, Containment and Change (1967), coescrito con el teólogo Richard Shaull— de que la Nueva Izquierda cooperase con sectores de la derecha anti-intervencionista para oponerse a la política exterior imperialista estadounidense provocaron roces con el sentir general en la SDS, que abandonó para dedicarse, después de algún traspiés laboral —grabó un par de discos de folk-rock en 1969 muy mal recibidos por la crítica—, a impartir clases de Ciencias Políticas en el Darmouth College.


Oglesby es el autor de un libro, The Yankee and Cowboy War (1976), en el que propuso un marco analítico para explicar la política estadounidense. Su propuesta no es siempre consistente –y el propio Oglesby se vio obligado a reconocerlo–, pero ofrece un buen punto de partida para entender mejor las dos tendencias que se disputan desde hace décadas el control del Departamento de Estado.

‘Old money’ vs ‘New money’

El primer capítulo de The Yankee and Cowboy War se titula ‘El Estado clandestino’ y anticipa el concepto de ‘Estado profundo’ (deep state) en su descripción de una red de intereses formada por las agencias de inteligencia, las grandes corporaciones y las élites políticas. En él, Oglesby expone la tesis que da pie al título –que comenzó a plantear en 1968, pero no dio forma hasta 1973 en una serie de artículos sobre el escándalo Watergate para el periódico The Phoenix de Boston–, a saber: la lucha por el poder entre dos facciones de la élite política estadounidense, la formada por el viejo establishment del noreste (yanquis), y que tiene el capital financiero como su base, por una parte, y las nuevas élites del sur y del oeste (cowboys), compuesta por los representantes de la industria petrolera, aeroespacial y militar, por la otra.

En la mentalidad del cowboy, “no hay espacio para el supuesto de que la cultura estadounidense y europea forman un continuo”

Oglesby ofrece en las primeras páginas de su libro la siguiente descripción: “Lo yanqui es la Ivy League y lo cowboy es la liga de fútbol americano (NFL). Lo yanqui son los clubes exclusivos de Manhattan, Boston y Georgetown. Lo cowboy son los clubes exclusivos de Dallas y Nueva Orleans, Orange County East y West. Yanqui es el Council on Foreign Relations, la secreta Mesa Redonda, Eleanor Roosevelt, Bundles for Britain, y, hasta cierto punto, los hermanos Dulles y la doctrina de represalia masiva. Cowboy es Johnson, Connally, Howard Hunt y la gente detrás de Bahía de Cochinos. Kennedy es yanqui, Nixon es cowboy.” Se trata, como desarrolla más adelante, de una “lucha financiera entre bastidores entre la vieja riqueza, civilizada y culta en sus fundamentos, y la nueva riqueza, viril y desinformada, que surge de los beneficios que fluyen de las grandes empresas dependientes del gobierno en el suroeste y el oeste”.

Debido a sus intereses comerciales, la mentalidad yanqui es cosmopolita, tiene “un alcance global” y ve el mundo como “un todo integrado”. El yanqui, escribe Oglesby, cree “que la base de un buen orden mundial está en la buena salud de las alianzas de EEUU a lo largo del Atlántico Norte, las relaciones con las democracias occidentales de las que emana principalmente nuestra tradición”, así como que “los Estados Unidos continúan la cultura de Europa, y se remite al Atlántico como un lago cuya otra orilla ha de asegurar como parte de sus prioridades domésticas”. Para el yanqui, “Europa es el escenario mundial clave” y el “destino de los Estados Unidos está vinculado inevitablemente con el de Europa” como parte “del destino cultural blanco que trasciende las fronteras nacionales.” Con ella forma “una comunidad”, “una civilización mundial”, a la que denomina “Occidente”.

En la mentalidad del cowboy, en cambio, “no hay espacio para el supuesto de que la cultura estadounidense y europea forman un continuo”, a éste le mueve “la discontinuidad del Nuevo Mundo del Viejo y sustituye la cultura orientada al Atlántico del yanqui por un nuevo sistema cultural orientado a la naturaleza salvaje de la frontera que se expande”, sin formalismos diplomáticos, con la vista puesta en el Pacífico. En el mundo de los yanquis dominan las finanzas, los servicios y los monopolios, y en el de los cowboys, los constructores, el complejo-militar industrial, el agribusiness y el petróleo. La división no siempre es nítida, matiza el autor, porque los intereses pueden converger, y los sectores que representan el segundo grupo, por ejemplo, han incorporado la racionalidad burocrática del primero.

Para Oglesby, las disputas entre estos dos grupos, con diferente mentalidad e intereses económicos, en ocasiones coincidentes y en otras divergentes, subyace en la vida política estadounidense más allá de la división bipartidista entre Demócratas y Republicanos, y ayuda a entender varios de sus episodios históricos. Aunque puede que Oglesby fuerce en ocasiones su marco teórico –como acostumbran a hacer por otra parte este tipo de autores–, aplicado a la política exterior estadounidense ayuda a clarificar las estrategias del Departamento de Estado.

‘Yanquisvs. Cowboys’, hoy

Eso es exactamente lo que ha hecho el periodista Peter Korotaev. Este analista admite que la hipótesis de Oglesby se ha ido erosionando a medida que “el atlantismo yanqui ha perdido buena parte de su justificación económica” y “la base industrial de las exportaciones a Europa que en su día impulsó el internacionalismo liberal se ha erosionado.” La financiarización de la economía estadounidense, continúa Korotaev, “ha afianzado a los ‘cowboys’, al igual que el auge de la tecnología especulativa y una nueva hornada de industriales del sector militar.” No hay que ir muy lejos para ir a buscar el ejemplo de estos cambios: Donald Trump debe su fortuna como es sabido a su carrera como especulador inmobiliario en Nueva York, pero su bloque político está formado por el sector inmobiliario (Sheldon Adelson), el nuevo complejo militar-industrial de Silicon Valley (Elon Musk, Peter Thiel), y, por supuesto, los intereses petrolíferos y gasísticos.


Con todo y con ello, la tesis ‘yanquis vs. cowboys’, como sugiere Korotaev, ofrece un marco útil para describir dos estrategias diferentes de la política exterior estadounidense: “Es cierto que los yanquis, pese a todo su lustre, cierran los mismos acuerdos comerciales turbios con dictaduras por los que la prensa liberal ataca duramente a los cowboys”, la cuestión, precisa, “es que los yanquis aún tienen la necesidad de ocultar de alguna manera su implicación en este tipo de actividades en tanto que pone en riesgo su manera de abordar las cosas”.

¿A qué se refiere Korotaev? “En pocas palabras”, responde, “los yanquis crean instituciones a largo plazo”, y, por ejemplo, en el caso de Ucrania, “a lo largo de décadas organizaciones como USAID o la Open Society han estado invirtiendo grandes sumas de dinero en los medios de comunicación y el sector de las ONG ucranianos”. Los cowboys, en cambio, “se centran en personas individuales y redes no-oficiales”, desprecian “a los arrogantes mandarines de la Ivy League del Departamento de Estado” y prefieren “actuar a través de canales extraoficiales de confianza que conocen por motivos de negocios, de la infancia o de la religión.” Al mismo tiempo, prosigue Korotaev, “sospechan que las ONG estadounidenses en el extranjero participan en acciones coordinadas contra los ‘cowboys’ en Estados Unidos”, y, en consecuencia, “se acabó la USAID, y adiós, Soros.”

Los objetivos son los mismos, sólo cambia el camino que conduce hasta ellos. Con unos hemos visto “revoluciones de colores”, la “promoción de la democracia liberal contra las autocracias” y la “defensa del orden internacional basado en normas” (selectivas). Con otros, la doctrina del shock and awe, la división entre “la Vieja Europa y la Nueva Europa” y el desprecio hacia los organismos internacionales. Los primeros acusan a los segundos de “nativistas”, los segundos acusan a los primeros de “globalistas”.

Conviene guardarse de la peligrosa ilusión –en la que ciertas izquierdas tantas veces han caído– de que un retorno de los Demócratas a la Casa Blanca supondrá un cambio en, si no en todos, al menos sí muchos de los objetivos de la política exterior estadounidense, y no, más bien, en las formas de ejercer ese dominio, arrulladas por políticos e investigadores en impecable traje azul y en smart casual en los paneles transatlánticos organizados por alguno de los cientos de think tanks existentes. “Hemos visto un declive constante del gasto europeo en defensa en términos generales. Hay excepciones –como Polonia, como Estonia– pero en la mayor parte hemos visto un declive constante. Esto tiene que cambiar.” Quien dijo esto no es Trump, sino Obama en una rueda de prensa en el año 2014. Claro que también puede que, en algunos de los incendios desatados por el actual presidente de EEUU, la situación escape de control. Dr. Strangelove (1964) terminaba con el mayor T.J. “King” Kong cabalgando un misil nuclear contra un objetivo soviético, saludando con un sombrero de cowboy.

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