Extremadura
Desaprender para volver a construirnos: un diálogo con Ricardo Sosa
Maestro.
¿Y si buena parte de lo que creemos ser lo hemos aprendido sin elegirlo? ¿Y si aquello que llamamos «yo» no fuera tan nuestro como creemos? ¿Y si muchas de nuestras ideas, valores y formas de estar en el mundo fueran aprendizajes que nunca elegimos?
Ricardo Sosa Castaño ha dedicado su vida a la reflexión y práctica de la educación como herramienta de transformación personal y colectiva. Su trayectoria combina una profunda vocación pedagógica con un compromiso ético que lo ha llevado a explorar nuevas formas de aprendizaje basadas en la implicación y la colaboración. Ha sido mucho más que un maestro, es un pensador de la educación y eso le convierte en un sembrador de preguntas, un creador de caminos donde aprender se convierte en un acto de implicación y transformación.
Su trayectoria combina el rigor del pensamiento crítico con la pasión por la práctica colectiva. Fue maestro, filósofo, pedagogo y compañero en experiencias que, como el Colectivo Cala, apuestan por una educación viva, implicada y emancipadora. Ahora que se encuentra escribiendo el quinto libro de su vasto proyecto de seis volúmenes en los que recoge sus reflexiones y su visión sobre la trilogía aprender-desaprender-reaprender, hemos aprovechado para hablar de la pedagogía del compromiso, de la libertad y de la construcción compartida del “yo” y del “nosotras”. Aunque, es justo decir que hoy no hablamos sólo de libros, sino de un modo de estar en el mundo, de una ética en movimiento.
En una época en la que es difícil distinguir entre lo real y lo ficticio, tú nos dices que “la realidad induce, no produce”. ¿Qué significa esto en nuestro proceso de aprender? ¿Qué papel juegan las circunstancias, los genes, los traumas o las culturas que habitamos?
Significa aquí que la realidad externa no entra dentro de nuestras mentes, que nuestra vivencia, nuestra observación y lo que nos transmiten se queda en nuestras fronteras y que somos nosotras quienes transformamos estas “sustancias” externas en “sustancias” propias e internas. A veces la inducción puede ser tan potente que apenas nos queda un resquicio de transformación. A veces nuestra capacidad de integración autónoma es tan débil que apenas modificamos las señales externas. Pero la barrera existe, dentro de nosotras tenemos la capacidad de decidir cómo asimilamos, qué asimilamos, qué tiene mucha importancia y qué tiene menos, qué encaja con lo que ya somos y qué no encaja. Esta capacidad, esta “potencia” se construye y todo nos transforma, mucho o poco, positiva o negativamente en la medida y el sentido en que lo asimilamos. Nuestra genética, nuestras experiencias infantiles son muy importantes, pero no nos impiden nuestra autoconstrucción, aunque nos la dificulten.
Según explicas en tus libros, hay muchos factores que intervienen en nuestro proceso de autoconstrucción -la genética, la epigenética, las heridas, las instituciones, las decisiones-. Entonces ¿dónde empieza nuestra responsabilidad y dónde termina la influencia del entorno?
En la especie humana salimos al mundo a medio hacer y, aunque muy pronto vamos sintiendo y ejerciendo nuestra autonomía, nuestro aprendizaje es durante años muy asimétrico: todo un mundo adulto enorme frente a una criatura blandita. Nuestra infancia dura mucho. Más, en mi opinión, de lo que nos creemos. La crisis de las infancias, a la que solemos llamar adolescencia, representa en mi opinión la primera oportunidad integral de autoconstrucción inicial autónoma.
Si el entorno adulto en su conjunto, sobre todo el más próximo, dificulta, desvía o destruye todas las aspiraciones y necesidades de autoconstrucción autónoma, si el grupo de iguales tampoco ayuda porque sólo ofrece falsas autonomías (desviaciones no autoconstructivas), si la personita se rinde incluso internamente y asume como propias actitudes, creencias y valores que no lo son (que no son más que una adaptación de la cultura dominante), entonces esta primera crisis/oportunidad/acontecimiento se habrá esfumado y la influencia negativa de este fracaso hará más difícil el aprovechamiento de todos los conflictos y crisis que quedan por vivir.
Si el entorno adulto en su conjunto, sobre todo el más próximo, dificulta, desvía o destruye todas las aspiraciones y necesidades de autoconstrucción autónoma (...) esta primera crisis/oportunidad/acontecimiento se habrá esfumado...
Porque, y esa es la nota optimista, habrá más oportunidades de cambio, más acontecimientos, más “adolescencias” y si la primera no fue todo lo autoconstructiva que hubiera podido ser, puede que lo sea la segunda. Y, si no, la tercera.
En tu obra hablas de implicaciones “reactivas” y “proactivas”. ¿Cómo podemos distinguir cuándo actuamos desde lo impuesto, -es decir, lo heterónomo-, y cuándo desde la autonomía real?
Lo más probable es que haya siempre mezcla y que, con mucha frecuencia, sea difícil distinguir. Somos seres contradictorios y, además, suele haber diferencias, a veces enormes, entre lo que nos decimos y lo que realmente somos, decidimos y hacemos. En cualquier caso, lo más importante, según creo, es el proceso, si vamos avanzando en autonomía o si, por el contrario, estamos estancadas o, incluso, retrocedemos. A veces ni siquiera tenemos voluntad y determinación de autonomía, de ser como realmente queremos ser y de vivir como realmente queremos vivir.
Si tuviéramos esa determinación de autonomía, que sólo puede autoconstruirse colectivamente, su reflejo en nuestra vida tendría que ver con una lucha contra lo dominante, porque la esencia de lo dominante es precisamente impedir nuestra autoconstrucción autónoma.
Según tu pensamiento, podríamos decir que las crisis, los conflictos y los errores son las mejores maestras de la implicación consciente. Podrías contarnos ¿qué aprendizajes ha tenido el CALA de sus propios conflictos?
Así es. Los conflictos y las crisis nos inducen a salir de nuestras rutinas, de lo acostumbrado, de lo sabido, aunque nuestro hábito suela ser no tenerlos en cuenta o evitarlos. Sobre los aprendizajes del CALA sólo puedo compartir y enumerar algunas intuiciones al respecto: Es posible y deseable funcionar sin liderazgos, pero el problema del poder está siempre presente y no puede darse nunca por superado; es difícil combinar la militancia con el trabajo profesionalizado.
Si tuviéramos esa determinación de autonomía, que sólo puede autoconstruirse colectivamente, su reflejo en nuestra vida tendría que ver con una lucha contra lo dominante, porque la esencia de lo dominante es precisamente impedir nuestra autoconstrucción autónoma
La militancia vive en el país de la autonomía y el trabajo profesionalizado en el de la obligación. Pero se puede, se intenta y con frecuencia se consigue; nuestros malos hábitos de debate y toma colectiva de decisiones están muy arraigados y no hay que confiarse en que se tengan superados. La facilitación y dinamización de los procesos colectivos sigue siendo necesaria por mucha trayectoria que tengas; los proyectos colectivos están vivos, no son inmutables, salvo en sus presupuestos éticos más esenciales.
Es verdad que hay acontecimientos que nos descolocan, nos ponen en otro nivel y transforman nuestra mirada ¿Hasta qué punto los acontecimientos -esos que nos descolocan- son el verdadero motor de nuestra transformación personal y colectiva?
El acontecimiento tiene una estrecha relación con el conflicto y, sobre todo, la crisis. Los grandes acontecimientos de nuestra vida y los pequeños. Tienen tanta carga emocional que resulta difícil ignorarlos. Eso no quiere decir que siempre los aprovechemos. A veces pueden suponer una gran sacudida, pero después pueden diluirse y desaparecer si no hay un trabajo posterior de autoconstrucción.
En el Colectivo CALA, las decisiones se toman de forma colectiva y horizontal. ¿Podríamos decir que esa práctica cotidiana es ya una forma de ética autónoma en acción?
La favorece, sin duda, pero no la garantiza. Una autoconstrucción colectiva autónoma puede inducir una autoconstrucción individual autónoma, pero también una autoconstrucción individual autónoma puede inducir una autoconstrucción colectiva autónoma. El acuerdo integral, horizontal e igualitario garantiza la posibilidad -siempre conflictiva- de aunar lo personal y lo grupal o comunitario.
Ambos participamos en muchos espacios colectivos donde tratamos de proponer un camino distinto para el mundo actual y, el otro día hablábamos sobre la dificultad de cultivar valores como el colectivo, la empatía, la solidaridad, … En este mundo de hoy ¿Qué valores crees que podrían sustentar una ética autónoma viva: la creatividad, la sororidad, la implicación, la libertad…? ¿Cómo se podrían cultivar?
Efectivamente, los valores y actitudes que intentamos, en un contexto sociopolítico muy hostil, tienen que ser no sólo alternativos a los dominantes, sino antagónicos. Así que la autonomía, la solidaridad, el compromiso y la creatividad/plasticidad serían los criterios de valoración para este antagonismo: implicarse personal y colectivamente en crear otro mundo y en crearse como otro tipo de persona.
Se cultivan ejerciéndolos. No veo otra manera. En la medida en que decido y actúo solidariamente, me voy construyendo como persona solidaria. Y, claro, cuanto antes, mejor.
Yo siempre digo que la Educación, en España, vive un momento crucial, con un profesorado cansado y menospreciado, una administración muy lejos de entender y liderar un proceso de cambio transformador y unas familias perdidas y bastante desnortadas. En tu libro, planteas una diferencia entre la ética de referencia, la ética real y la ética de las decisiones concretas. ¿Cómo puede una comunidad educativa acercar su práctica cotidiana a esa ética de referencia que soñamos, cómo podría hacerse real y convertirse en decisiones concretas y efectivas?
Llevo ya muchos años jubilado y mi conocimiento del sistema educativo actual es por tanto indirecto (en lo que se refiere a la educación formal). Lo mismo que en otros aspectos, creo que el punto de partida podría ser la creación de grupos afines. Y supongo también que, si se quiere educar en otros valores, hay que desobedecer en la máxima medida posible.
Moverse en los marcos alegales, para poder dedicar el tiempo y el esfuerzo a lo que supondría una educación alternativa. Y ya, para rematar el edificio, ensayar metodologías alternativas y antagónicas, que prioricen la toma de decisiones y la acción (aunque sea aparentemente insignificante) y que subordinen los conocimientos, los análisis, los sentimientos… a procesos colectivos orientados a crear otras realidades.
Dices que la educación informal es esencial pero descuidada, y que la autoeducación es una meta compartida. ¿Por qué crees que el sistema educativo formal teme tanto a la educación informal?
Creo más bien que no la contempla como potencial y decisivo aprendizaje, sino como ruido o como obstáculo. Aunque conozca la importancia de la educación informal (especialmente de la informal dentro de la formal -el currículo oculto-) en general actúa como si la educación formal fuera la única, la verdadera y la auténtica. No ha aprendido a aprender de la vida, implicándose en ella, y por tanto no puede, no sabe o no quiere ayudar a aprender de la vida. Intenta transmitir los conocimientos dominantes en un sistema sociohistórico determinado -en versión reducida y obsoleta- del modo como ha aprendido en la universidad. Cree, por decirlo simplemente, que una buena profesora es la que explica bien su materia.
¿Cómo puede un colectivo o una comunidad sostener procesos de autoeducación sin caer en la autoindulgencia o el aislamiento?
Pues centrándose en el apoyo a la autoconstrucción autónoma, implicada, solidaria y creativa del alumnado y desobedeciendo/sorteando los obstáculos para este apoyo. Autoconstruyéndose como diseñadoras, mejor que como adaptadoras y, en ningún caso, como simples aplicadoras. A veces lo único que puede hacerse en un océano pervertidor es crear islas. Islas con vocación de archipiélago y archipiélagos con vocación de continentes vivos.
En la práctica del CALA, ¿qué experiencias de autoeducación podrías destacar como transformadoras?
La práctica del CALA se desarrolla en intervenciones puntuales o de corta duración y sólo en contadas ocasiones proyectos más duraderos. Salvo en estos últimos, nuestro papel es doble: problematizar lo existente y favorecer una experiencia alternativa de vida de grupo y de metodología. No tenemos herramientas para conocer cuáles son las repercusiones de estas acciones. Sin embargo, en numerosas ocasiones, nos han llegado valoraciones de participantes que insisten en cuánto les ayudó. Mi opinión es que podemos ayudar a cuestionar prácticas, creencias, actitudes y valores, pero que la trascendencia de nuestros trabajos depende más de la situación de las personas: podemos propiciar alguna crisis, podemos bastante más ayudar a buscar salidas de crisis que la vida ha hecho que las personas se planteen y, todavía más, podemos ayudar a autoconstruirse a personas que ya están intentando salir positivamente de sus crisis. No queremos salvar, sino apoyar y apoyarnos.
Quizá una de las mayores aportaciones de todo este trabajo sea precisamente el hecho de que alguien se atreva a entrar en la complejidad sin convertirla en oscuridad, y ayudarnos a pensar cuestiones difíciles con palabras que nos permitan comprenderlas, discutirlas y, sobre todo, llevarlas a la vida. Gracias Ricardo, por poner pensamiento al servicio de la gente y por recordarnos que comprender también puede ser una forma de implicarse y de transformar.
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