Opinión
En torno a la noviolencia: vivencias y reflexiones
Ricardo
Estas son las reflexiones que en este momento —personal e histórico— me saltan al repensar la noviolencia. Seguramente no son las más relevantes, pero son las que de alguna manera responden a mis necesidades, por una parte, y a las necesidades del momento estatal e internacional, según yo las veo.
La noviolencia no es algo simple, no es “nunca jamás usaré ninguna forma de violencia” y mucho menos “nunca jamás usaré la fuerza”. Si ya es difícil ponerse de acuerdo en qué es violencia, cuáles son sus múltiples formas —sobre todo, las más sutiles— imaginaos lo difícil que puede ser intentar definir una noviolencia laica, basada en criterios a adaptar creativamente a cada situación —en su específico contexto— y a cada acción. Sería una noviolencia más insegura y más vulnerable y, desde luego, no nos eximiría de la necesidad de arriesgar decisiones y acción. Sin embargo, tendría que seguir siendo noviolencia en su más pleno sentido.
La noviolencia no es sólo una estrategia y unas herramientas coherentes para las grandes luchas colectivas. Es integral, se sustenta en lo cotidiano, en las relaciones habituales, incluso en el modo de tratarse a una misma. Si como estrategia de lucha colectiva puede estar algo más claro —aunque no sea sencillo—, en las múltiples interacciones que tienen lugar en los diversos grupos en los que nos insertamos (o nos insertan) la cosa es todavía más insegura en las vivencias cotidianas. ¿Cómo se aterriza la noviolencia en los grupos, en la familia, en las clases, en el trabajo retribuido y sin retribuir? ¿Cómo modifica un planteamiento radical de la noviolencia nuestras relaciones de todo tipo?
Podría decirse, por ser breve, que el origen de la violencia es la creación de injusticia. Se crea por la acción de los grupos y personas privilegiadas para acceder a más y mejores bienes y servicios (acumulando violentamente capital y recursos), para ejercer poder sobre las decisiones colectivas y, por tanto, sobre la vida de la gente (no sólo en lo que llamamos política, sino en la economía y en las diversas facetas de la vida real), para considerarse y ser considerados como más valiosos (más inteligentes, más audaces, más esforzados…). Lo fundamental aquí son sus contrapartidas: este privilegio se sustenta en la pobreza y la miseria, en la subordinación y delegación y, en el menosprecio y la infravaloración de la inmensa mayoría. ¿Cómo es posible que aceptemos niveles tan exorbitantes de desigualdad y de injusticia? ¿Cómo es posible que mantengamos muchas formas de complicidad con un sistema tan violento y, sobre todo, formas de complicidad activa que nos llevan a interiorizar valores, actitudes, sentimientos, creencias y conductas tan inhumanas? Me cuesta comparar a las ínfimas minorías dominantes del sistema, a ese uno por ciento, con animales, pero ¿cómo podemos ser cómplices de las garrapatas, de los parásitos nocivos?
¿Cómo es posible que mantengamos muchas formas de complicidad con un sistema tan violento y, sobre todo, formas de complicidad activa que nos llevan a interiorizar valores, actitudes, sentimientos, creencias y conductas tan inhumanas?
Una de las concreciones más peligrosas y efectivas de esta violencia es su capacidad para difundir e imponer una visión de la realidad. Las herramientas y las bases científicas con las que esto se lleva hoy a cabo dan a esta capacidad una dimensión que asusta. Tanto es así que entran dudas sobre la mayor parte de la visión dominante: ¿de verdad que todo el mundo se ha vuelto fascista o casi? ¿De verdad que es necesario desconfiar de todo y de todos y creer que la gente, bajo un barniz civilizado —que además se está perdiendo—, es malvada, mentirosa, hipócrita, salvaje…? ¿No será este uno de los elementos esenciales de esa visión que imponen a través de los medios y las redes? ¿No es posible que, ya que ellos son así —y no pueden ser de otro modo (en lo esencial) si quieren acumular y desposeer, someter e imponer, elevarse y hundir— y por ello creen que todas las personas son así, hayan conseguido difundir e imponer esta visión?
Hay sin duda una ola reaccionaria. La historia va por olas. La gente joven es en muchos casos más influenciable y refleja con menos autocensura esta deriva. Tiene, además, muchas y específicas razones para estar cabreada y, al mismo tiempo, asustada. ¿No podemos hacer nada? ¿Hemos perdido la confianza en lo que creemos y sabemos hacer para construir otro tipo de relaciones? Entiendo el poder terrible de las pantallas monopolizadas, pero ¿hemos dejado de creer en el poder del contacto directo, de nuestra capacidad para proporcionar vivencias gratas y significativas de otro tipo de grupos y otra manera de hacer las cosas?
Mamen
Es cierto que estamos ante una ola reaccionaria. Precisamente hace unas semanas, después de asistir a una concentración en oposición a un mitin de un partido fascista, después de vivir allí una tensión y una violencia muy explícita y palpable, después de escuchar gritos como Putos rojos, vais a morir todos, con un nudo en el estómago, volvía a casa sintiéndome dentro de una serie ambientada en los años 30. Este era el primer capítulo, la presentación de los personajes y de la situación política ¿cómo seguiría?
Nos toca resistir, cuidar nuestros espacios cotidianos y salvarlos de que sean invadidos por las diferentes y cada vez más diversas formas de violencia. Buscar estrategias en colectivo y concretar la noviolencia en nuestros espacios es urgente. Ante el evidente avance de los discursos de odio y la frustrante omnipresencia de la equidistancia, huir de la neutralidad es fundamental.
La neutralidad es tomar partido, por el poder, por el poderoso, por quién maneja el discurso y eso no es noviolencia. La noviolencia es dar espacios y voz a los que no la tienen, es negar espacio y poner líneas rojas a opiniones que no respeten los Derechos Humanos, es ser contundentes, y firmes, es confrontar, es no callar… La noviolencia es no autocensurarse, y actuar en nuestros espacios más cercanos.
A las que trabajamos con jóvenes y además somos madres nos toca también hacer pedagogía. Hoy más que nunca las personas jóvenes viven en entornos extremadamente violentos, en mayor medida además en los espacios masculinizados. Las redes sociales extienden esta violencia y son altavoz e instrumento de discursos deshumanizadores, homófobos, machistas y racistas. Nos toca escucharles y acompañarles. Acompañarles en saber identificar las violencias y no normalizarlas, en su formación ética, en cómo pueden cuestionarse la realidad y cómo y en qué medida quieren transformarla.
Podemos darles herramientas para el fomento de su espíritu crítico, escuchar cómo se sienten, cuáles son sus miedos, cómo quieren actuar… Se habla mucho del auge de la extrema derecha entre las jóvenes, pero también hay gran parte de ellas que están sensibilizadas ante su realidad, que tienen unos profundos valores de solidaridad, que saben mirar con empatía. Ellas, las personas jóvenes fueron las que nos convocaron para estar enfrente ese día, en la oposición a mítines fascistas. Fijémonos en ellas y démosle espacios. Eduquemos desde el vínculo y la emoción, desde la mirada comprensiva y por supuesto, hablemos. Hablemos mucho con ellas y contemos, contemos nuestra historia reciente, hagamos memoria, conozcamos nuestro pasado y demos pasos juntas para que los siguientes capítulos de esta serie de la que somos protagonistas se llenen de esperanza ¿Seremos capaces de hacer un giro de guion?
Fátima
Desde mi natural optimista la respuesta es sí, creo en la esperanza, pero no en una esperanza ingenua, en una esperanza activa que nos lleva a actuar por la transformación. Es difícil en estos momentos en los que el foco se pone constantemente en lo zafio, en lo burdo, en el odio, para que creamos que el auge del fascismo es lo único posible… pero podemos y debemos cambiar la mirada, girar la cabeza y poner el foco en esos ejemplos de transformación noviolenta que ya se han dado y que se están dando.
No es necesario elaborar decálogos, ni manifiestos, ni grandes tribulaciones, porque ya hay ejemplos de desobediencia y de resistencia pacífica en la historia y a nuestro alrededor. Si vamos desde lo pequeño a lo más grande, es transformadora la familia que educa de una forma respetuosa, consciente y con confianza en la infancia y adolescencia, las educadoras que transforman su centro en un isla de rebeldía, las personas que boicotean empresas con un consumo consciente, que desobedecen en su día a día leyes injustas, se desalarizan o deciden salirse en la medida de lo posible del sistema, las que se unen en grupos de consumo, redes de apoyo… se movilizan juntas contra los desahucios, las injusticias interseccionales o se agrupan en movimientos internacionalistas…las que deciden vivir en comunidad…y por supuesto aquellos ejemplos tan admirables en medio de la violencia extrema como la comunidad de San José de Apartadó en Colombia.
Creo que es fundamental, por un lado, que seamos capaces de vernos fuertes, nos hacen creer que somos David ante Goliat porque están consiguiendo aislarnos en la falacia de la individualidad, y por otro, que seamos capaces de unirnos conscientes de nuestro poder. Dejemos de lado nuestra complicidad y utilicemos las herramientas que tenemos, que son muchas y más potentes cuanto más unidas estemos.
Me planteo: ¿Cuáles son esas herramientas de noviolencia en lo cotidiano? En la familia, en nuestras relaciones, trabajo, ocio… ¿Cómo podemos hacer para que sean visibles, esos ejemplos y opciones? ¿Cómo podemos ir tejiendo red entre lo que ya existe?
M.ª Jesús
La noviolencia es costosa, difícil, porque lo que me sale (y lo que veo en mi entorno que sale) de forma automática, fácil, porque así he sido educada, y es como el aire que respiro, es la sumisión o la reacción violenta (“aguanta o explota”).
En mis conflictos personales, y en los que me rodean en lo cotidiano, estoy siendo muy consciente de que la noviolencia requiere mucho: reflexión, crítica y autocrítica, escucha y auto escucha, análisis, formación y práctica. Para lo cual hace falta tiempo, mucho tiempo, y claridad, y tener esperanza en la posibilidad de una resolución, y atreverme a abordar procesos y a gestionar la incertidumbre de un resultado incierto, y activar una creatividad que creo no tener, y enraizar todo ello en el amor y el respeto (a mí misma, a la otra persona/grupo).
Parto de la base de que he sido educada en sentirme menos, en la sumisión, lo que me sitúa en una situación de partida de desconfianza en mis posibilidades y de desconfianza en la contraparte. Por lo tanto, necesito crecer en autoestima, en respetarme a mí misma, en pensar que soy igual, que merezco respeto. Autoestima, auto amor, amarme a mí misma. Igual. La otra persona es otra persona, igual, digna de amor, digna de respeto.
Soy consciente de cómo me afecta el pensamiento negativo: no va a salir bien, no me va a escuchar, no voy a ser capaz de explicarme bien, no voy a tener claridad, me va a enredar. La falta de confianza en el proceso, la falta de tiempo. La falta de confianza en la persona, y en mí misma. También la falta de aprecio a la persona con la que tengo el conflicto. ¿Qué hacer? ¿Cómo contrarrestar esto? Oponer a ese automatismo de pensamiento negativo el pensamiento positivo: puede salir bien, puede escuchar, puedo explicarme de la mejor manera posible, puedo tener claridad, si me intenta enredar, intentaré no caer, y si caigo, intentaré aprender para la próxima... Puedo confiar en el proceso, necesita tiempo. Necesito escuchar a la otra persona, desde la curiosidad, no desde el miedo ni preparando mi “defensa”. Tengo aprecio a esta persona, es una persona, no un enemigo.
He identificado otra dificultad: puedo estar convencida de la necesidad de un proceso de abordaje noviolento, pero observo/temo que el resto de las personas involucradas no confíen en él, no se comprometan con él. Existe el temor a hablar con claridad. El miedo a que el abordaje del conflicto destape un conflicto mayor y que no se sepa cómo abordarlo y sea el fin de una relación, una ruptura de un statu quo.
Existe el temor a hablar con claridad. El miedo a que el abordaje del conflicto destape un conflicto mayor y que no se sepa cómo abordarlo y sea el fin de una relación, una ruptura de un statu quo
También veo una dejación de nuestra agencia en el proceso. Como no somos capaces de resolverlo entre nosotros/as, el recurso al abogado y al proceso judicial. Se monetiza la resolución del conflicto. Se confía en que un juez externo nos va a resarcir. Se confía en la jerarquía y otra vez en las relaciones desiguales.
Así que desde mis pequeños conflictos soy consciente de que tengo mucho que aprender. Por eso me ha gustado tanto leer Cimentar la autoconstrucción. Me parece que el libro da muchas claves para autoformarme y afrontar mejor mis conflictos. Y me vuelve a situar en una posición de posibilidad, y eso me inspira esperanza y cierta confianza.
Clara
¿Cómo podemos seguir tejiendo redes con lo que ya existe? Esto me hace pensar en la importancia de lo colectivo y en la dificultad que supone hacer ver que es importantísimo que algo más grande que la suma de individualidades se pueda crear y hacer crecer.
Tenemos claro que lo colectivo-cooperativo es ya en sí mismo un ejemplo de noviolencia, conocemos muchos tipos de grupos que trabajan de manera cooperativa, no siempre perfecta porque nada lo es, pero están ahí, (¿a lo suyo?). ¿Cómo unimos todas esas fuerzas? ¿Qué objetivo le damos?
Parece difícil, pero no me parece imposible. De alguna manera tenemos que romper con el individualismo imperante y con las consecuencias que nos trae a nivel personal y grupal. ¿Por dónde empezamos?
Gloria
La noviolencia, al ser entre otros aspectos diversidad, creatividad y desobediencia, quizás no tiene caminos únicos por los que empezar, esa es parte de su virtud y de su dificultad. Requiere según la entiendo yo, de cuerpo, imaginación y experimentación.
Podemos centrar la mirada, como sostiene Fátima, en lo que ya llevamos caminado. En nuestro potencial transformador, en que no vamos a iniciar nada que otras personas, grupos, y nosotras mismas, no hayamos transitado… ¿Cuántos conflictos gestionamos de forma noviolenta sin darle importancia cada día en cada esquina, callejuela, tienda, cocina o dormitorio, en puestos de trabajo, en conversaciones familiares, en decisiones entre amigas, en asambleas? ¿Cuánta realidad se ha creado a través de luchas organizadas noviolentas? Para que las vidas en este mundo tan violento sigan adelante, se necesitan múltiples acciones noviolentas, mucho mimo y mucha organización, desgraciadamente demasiadas veces en la sombra. La prueba irrefutable de que toda esa organización existe es que estamos vivas.
Para sostener este mundo violento, también es preciso mucha obediencia, complicidad, manipulación, individualismo, mucho aguante y explosión, como apunta Maríajesús. Es fundamental la reflexión y la práctica autónoma compartida. Necesitamos desobedecer los caminos violentos impuestos como planteamiento radical imprescindible para no caer en una deriva cada día más desgarradora. Desobedecer a la violencia que nos horroriza y la que tenemos naturalizada. Resistencia, cuidados, territorio e internacionalismo, energía y creatividad que nos empape y nos permee de ganas, fuerza y del disfrute de estar creando otra realidad que merece nuestro esfuerzo.
Quizás también urge ponernos bizcas para adentrarnos en la noviolencia. Dejar de entender la realidad como una bifurcación simplista entre el bien y el mal; sacar hacia afuera y cuestionar nuestro lado punitivista y la “jueza” que llevamos dentro (sin enjuiciarnos tampoco a nosotras), atrevernos a desaprender lo establecido, equivocarnos, dudar, escucharnos y olernos, poder tener luchas compartidas y otras en las que no coincidimos, reírnos de nosotras mismas y sabernos en movimiento.
Artículo del Colectivo Cala dentro del proyecto “Pim Paz Pum. Una apuesta de Educación para la Paz”, financiado por Aexcid.
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