Opinión
El incendio forestal como síntoma, no como causa (I)

Los megaincendios contemporáneos evidencian el colapso del modelo extractivista que aísla al ser humano de su entorno. Resulta urgente abandonar la visión puramente reactiva y militarizada para transitar hacia un enfoque preventivo.
20 oct 2026 09:31

La cosmovisión extractivista que nos atenaza desde hace milenios y que nos dirige hacia la ontología de la separación y el desierto calcinado de los actuales incendios forestales ha colapsado. Necesitamos una nueva arquitectura de prevención, una nueva llamada desde las cenizas que nos lleve hacia el renacimiento de la esperanza. Necesitamos el retorno del Abrazo de la Tierra, el reencuentro con la vulnerabilidad y superar la competencia hacia una ayuda mutua ecológica, simbiótica. Necesitamos la disolución de las jerarquías en la red de la vida y dejar paso al nodo reparador. Del fuego de guerra al fuego de vida.

Se fundamenta la necesidad de una mutación ontológica en la gestión del territorio y en el análisis de cómo los megaincendios contemporáneos son el síntoma del colapso del paradigma antropocéntrico y extractivista, proponiendo en su lugar una praxis preventiva basada en las nociones ecológicas de holobionte, simbiosis y nodo.

El retorno al nodo común: redefinición ontológica del territorio y de los modelos de prevención de incendios forestales frente a la hibris extractivista

El fuego no es un elemento patológico “per se”, sino un agente geomorfológico, evolutivo y ecológico fundamental. Sin embargo, los regímenes de incendios forestales actuales que asolan los territorios ya no responden a las dinámicas naturales de los ecosistemas pirofitos. El fuego ingobernable, destructivo y de una intensidad que desafía la capacidad de extinción de los dispositivos tecnológicos más avanzados no es una anomalía climática aislada, es la manifestación fenomenológica de una crisis estructural mucho más profunda: una quiebra en la relación metabólica entre las sociedades industrializadas y los ecosistemas que habitan.

El fuego ingobernable (...) no es una anomalía climática aislada, es la manifestación fenomenológica de una crisis estructural mucho más profunda

La persistencia histórica en abordar los incendios forestales exclusivamente a través de la inversión en infraestructuras de extinción, el diseño de cortafuegos mecánicos y la tecnificación militar de la supresión del fuego responde a una visión fragmentaria y puramente reactiva. Esta aproximación confunde de manera sistemática el síntoma con la causa.

El origen de los megaincendios no reside únicamente en la acumulación de biomasa debido al abandono rural, ni en el incremento térmico derivado del forzamiento radiativo antropogénico, aunque ambos factores configuren el combustible perfecto. La raíz profunda se encuentra en la matriz ontológica sobre la cual se ha edificado la modernidad occidental: una cosmovisión antropocéntrica, dualista y radicalmente extractivista.

El paradigma de la civilización occidental ha conceptualizado la naturaleza como una res extensa cartesiana, un reservorio infinito de recursos mecánicos desprovistos de teleología interna y desvinculados de la agencia humana. Al escindir la cultura de la naturaleza, el ser humano se ha autopercibido como un agente soberano exterior al sistema planetario. Esta hibris especista ha transformado el paisaje vivo en una plantilla geométrica destinada a la optimización del rendimiento económico a corto plazo, ya sea mediante el monocultivo forestal intensivo, la urbanización difusa de la interfaz urbano-forestal o la supresión totalitaria de las dinámicas perturbadoras naturales.

La raíz profunda se encuentra en la matriz ontológica sobre la cual se ha edificado la modernidad occidental: una cosmovisión antropocéntrica, dualista y radicalmente extractivista

La prevención efectiva y duradera de los incendios forestales no pasa por una optimización logística de las brigadas de extinción, sino por una mutación radical de las estructuras de pensamiento.

Este ensayo sostiene que la única vía de mitigación estructural frente a los megaincendios requiere desmantelar la cosmovisión antropocéntrica y extractivista para transitar hacia un nuevo marco ontológico inspirado en las nociones ecológicas contemporáneas de holobionte, simbiosis y nodo.

Solo comprendiendo el bosque no como un almacén de madera o un espacio de ocio estático, sino como un entramado de relaciones simbióticas donde el ser humano es un nodo inmanente e interdependiente, será posible articular estrategias de cohabitación que neutralicen la destructividad del fuego mediante el restablecimiento de la homeostasis territorial.

La raíz del problema: la cosmovisión antropocéntrica y la lógica extractivista

Para comprender por qué los montes contemporáneos arden con una ferocidad inaudita, es imprescindible rastrear la genealogía del pensamiento que transformó el entorno vivo en un combustible homogéneo.

El armazón conceptual de la modernidad industrial se sustenta sobre el dualismo ontológico, cuya formulación filosófica consolidada por René Descartes, pero iniciada milenios atrás, separó de forma tajante el sujeto pensante (ego cogito) del mundo material y orgánico, reducido a una maquinaria predecible y carente de espíritu o propósito intrínseco. Esta ruptura privó a la naturaleza de su teleología interna, despojando a los bosques, los ríos y los suelos de su condición de sujetos para reducirlos a la categoría jurídica y económica de “bienes” o “recursos”.

Este dualismo proporcionó la justificación filosófica perfecta para el despliegue del capitalismo extractivista. Bajo esta lógica, el éxito de la civilización se mide por su capacidad para dominar las fuerzas caóticas de la naturaleza y someterlas al imperativo de la acumulación de capital. La ordenación del territorio se convirtió, así, en un ejercicio de simplificación radical.

Los bosques nativos, caracterizados por su complejidad estructural, su diversidad de especies y sus intrincados flujos de materia y energía, fueron sistemáticamente desmantelados y sustituidos por plantaciones monoespecíficas de rápido crecimiento, como ciertas variedades de Pinus o Eucalyptus. Estos monocultivos no se diseñaron bajo criterios ecológicos de resiliencia o autorregulación homeostática, sino bajo criterios de eficiencia industrial: árboles de la misma edad, de la misma especie, perfectamente alineados para facilitar la tala mecánica y maximizar el rendimiento volumétrico de celulosa o madera, la antítesis de un verdadero bosque. 

La simplificación del paisaje como producción de vulnerabilidad

La simplificación del paisaje es, en esencia, la producción deliberada de vulnerabilidad pirogénica. Desde una perspectiva termodinámica, un bosque biodiverso y complejo funciona como un sistema disipador de energía altamente eficiente: la heterogeneidad de estratos, la presencia de especies frondosas con alto contenido hídrico y la continuidad de los ciclos de descomposición orgánica en el suelo retienen la humedad ambiental y ralentizan la propagación del fuego.

Por el contrario, la plantación extractivista homogeneiza el combustible, elimina las discontinuidades naturales y deseca el perfil edáfico, transformando vastas regiones en polvorines continuos propensos a la ignición y a la propagación explosiva del fuego. La hibris especista se manifiesta aquí con nitidez: el convencimiento absoluto de que las leyes del mercado pueden anular los principios de la ecología de comunidades.

A esta homogenización física se suma la doctrina de la supresión total del fuego, una estrategia eminentemente antropocéntrica que dominó la gestión forestal durante el siglo XX. Inspirada en una visión militarista de control sobre la naturaleza, esta política consideraba cualquier foco de fuego como un enemigo que debía ser erradicado de inmediato.

Al erradicar el fuego de baja intensidad —que históricamente gestionaba el sotobosque, redistribuía la energía y regulaba la densidad de la biomasa, las sociedades occidentales crearon la denominada “paradoja de la extinción”.

Cuanto más eficientes se volvían los servicios de bomberos en apagar los fuegos pequeños, mayor era la acumulación de combustible fino y muerto en el monte. Al cabo de las décadas, esta política de tolerancia cero al fuego, sumada a condiciones climatológicas de más calor y sequias estivales, ha generado las condiciones de estrés hídrico y continuidad de combustible que posibilitan los megaincendios actuales, aquellos que superan la capacidad de supresión humana.

Fractura del metabolismo rural y pérdida de la memoria ecológica

El extractivismo no solo esquilma la materia vegetal; también fractura la memoria ecológica de las comunidades humanas locales. La colonización y la posterior modernización agraria desarticularon los sistemas comunales de gestión del monte, los cuales dependían de un conocimiento situado y vernáculo.

El extractivismo no solo esquilma la materia vegetal; también fractura la memoria ecológica de las comunidades humanas locales

Las prácticas tradicionales de quema controlada, el pastoreo extensivo y la recolección selectiva de leña no respondían a un deseo de dominación destructiva, sino a un pacto metabólico con el territorio: perturbaciones antrópicas a pequeña escala que imitaban y complementaban los ciclos naturales de renovación del bosque, manteniendo el paisaje fragmentado en un mosaico polícromo y resiliente.

Al criminalizar estas prácticas y vaciar demográficamente el espacio rural bajo el imperativo de la urbanización y la centralización industrial, el pensamiento extractivista rompió el cordón umbilical que unía al ser humano con el metabolismo del bosque. El resultado es el paisaje del abandono: un territorio desatendido, sobrecargado de combustible y desprovisto de sus cuidadores simbióticos, a la espera de la próxima negligencia o otros oscuros intereses para estallar en una tormenta de fuego incontrolable.

El cambio de paradigma: del organismo aislado al holobionte territorial

Para superar el callejón sin salida de la supresión militarizada y la vulnerabilidad sistémica, es urgente operar un desplazamiento ontológico que altere nuestra comprensión de lo viviente.

Durante siglos, la biología ortodoxa de corte neodarwinista reforzó la visión antropocéntrica al describir la naturaleza como un escenario de competencia despiadada entre individuos aislados y atomizados, donde cada organismo luchaba de manera egoísta por su supervivencia en un entorno hostil. Esta perspectiva biológica legitimaba, por analogía, el individualismo económico y la explotación extractivista del entorno. Sin embargo, las revoluciones científicas de las últimas décadas, impulsadas de forma destacada por la bióloga Lynn Margulis, han hecho saltar por los aires este edificio conceptual.

Hoy sabemos que la vida no progresó principalmente a través de la eliminación del otro, sino a través de la asociación íntima y la cooperación radical. El concepto de holobionte surge originalmente para definir a un organismo anfitrión (sea un ser humano, un animal o una planta) junto con el ecosistema microscópico de microorganismos (bacterias, hongos, virus) que residen en él y con los cuales forma una unidad ecológica e inmunológica funcional y discreta.

Hoy sabemos que la vida no progresó principalmente a través de la eliminación del otro, sino a través de la asociación íntima y la cooperación radical

Desde esta perspectiva, ningún ser vivo es una isla autosuficiente; todos somos consorcios simbióticos irreductibles, dentro de otros consorcios de mayor complejidad. Un ser humano no puede digerir ni defenderse sin su microbiota; una planta no puede asimilar nutrientes del suelo sin establecer una conexión íntima con los hongos que colonizan sus raíces.

El holobionte territorial como superorganismo homeostático

Si escalamos el concepto de holobionte desde la dimensión celular hasta la escala del paisaje, emerge la noción de holobionte territorial. El bosque deja de ser concebido como un mero conjunto de árboles individuales plantados sobre un sustrato inerte y pasa a ser reconocido como un macroorganismo relacional, un tejido biopolítico donde las fronteras entre el yo y el otro, entre lo biótico y lo abiótico, quedan completamente disueltas.

El suelo forestal no es un soporte mecánico, sino una densa matriz viva donde miles de millones de bacterias, arqueas y nematodos metabolizan la roca madre y la transforman en fertilidad asimilable, en un ciclo continuo guiado por una teleología interna que busca la optimización de las condiciones para la vida en su conjunto. La adopción de la perspectiva del holobionte territorial transforma de raíz nuestra comprensión de la salud de los bosques y, por ende, de su vulnerabilidad ante el fuego.

La adopción de la perspectiva del holobionte territorial transforma de raíz nuestra comprensión de la salud de los bosques y, por ende, de su vulnerabilidad ante el fuego

Un bosque concebido como holobionte posee una inmunidad sistémica distribuida. Cuando el ecosistema forestal conserva su complejidad y riqueza simbiótica, desarrolla una plasticidad funcional que le permite amortiguar las perturbaciones térmicas e hídricas. La resiliencia no es la propiedad de un árbol resistente seleccionado genéticamente en un laboratorio industrial; es una propiedad emergente de la red asociativa del paisaje.

El agua no se retiene simplemente por la sombra de las copas, sino por la capacidad esponjosa del suelo vivo enriquecido con micelio y materia orgánica humificada. Por lo tanto, un monte vivo y complejo suda, mantiene una humedad relativa interna superior a la de la atmósfera exterior desnuda y genera su propio microclima protector, actuando como un cortafuegos termodinámico natural.

Entender el territorio como un holobionte implica aceptar que el ser humano nunca ha estado fuera del sistema, sino que forma parte constitutiva de su metabolismo.

Nuestra exclusión del monte —ya sea a través de la explotación destructiva o a través de la preservación museística que prohíbe cualquier interacción humana— enferma al holobionte territorial. La prevención de incendios, bajo este nuevo prisma, se desvincula de la lógica de la agresión contra la vegetación (limpiar, talar, erradicar) y se inscribe en la lógica de la salud sistémica: cultivar las relaciones que permiten al macroorganismo planetario regular su propia temperatura y mantener su equilibrio inmanente y homeostático.

Incendios
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“Si el mundo rural muere, lo urbano también lo hará"
¿Por qué arden los montes? Hablamos con Metáfora Visual sobre 'Ladrones de fuego', un documental contra el abandono político del medio rural.
Huelva
Una de cada cinco hectáreas quemadas en España en lo que va de 2026 está en Huelva
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