Fotografía
Antoine D'Agata: “La saturación de imágenes nos hace perder el sentido y la capacidad de resistir”
El exceso y la noche marcaron la vida de Antoine D'Agata (Marsella, 1961) durante quince años. No hay imágenes de aquella época. Fue en torno a los treinta cuando conoció a Nan Goldin en Nueva York y entendió que la fotografía podía ser una forma de prolongar –y quizás de dar sentido– a esa existencia extrema. Hoy D'Agata es uno de los autores más singulares de la agencia Magnum, a la que se incorporó en 2004 y de la que es socio de pleno derecho desde 2008.
Ha visitado Bilbao invitado por el Instituto Francés y la escuela de fotografía Black Kamera, donde ha impartido el taller El límite del acto fotográfico junto a la artista visual mexicana Tania Bohórquez. El trabajo de ambos parte de posiciones distintas: D'Agata se sumerge en los mundos que fotografía; Bohórquez observa instituciones y documenta sus problemáticas concretas –el incesto, entre otras– concibiendo sus obras como detonadores de conversación social.
Con motivo de esta visita, D'Agata ofrece también una charla pública en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Proyecta un vídeo de diecinueve minutos, una retrospectiva de su obra, y cede la palabra al público antes de hablar él mismo. No disfruta de estas situaciones protocolarias, lo confiesa. La pose no es su prioridad. Conversador atento e informal, precisa también que su apellido debe pronunciarse a la italiana, no a la francesa: tiene raíces del sur de Italia. “Soy terrone”, dice. Es antes del acto público cuando concede esta entrevista a Hordago.
La sociedad crea y expone fotos sin parar, cada vez más rápido. ¿Sigue existiendo la fotografía como profesión?
Hoy todas las personas son fotógrafas; ya no hay jerarquías posibles entre fotógrafas y fotógrafos autores, profesionales, artistas y el común de los mortales que documenta a cada instante su propia visión, su propia experiencia en las condiciones más banales y corrientes.
Siento el privilegio extraño de vivir un momento en el que el mundo se va a la deriva y cada persona debe encontrar estrategias para resistir.
¿Cuál es el efecto de esta ausencia de jerarquía?
Que tengamos cada vez menos referentes. La evolución de los medios técnicos ha facilitado que cualquier amateur pueda crear imágenes igual de estéticas, eficaces, bellas y poderosas –en términos de luz, profundidad de campo, contrastes– que cualquier fotógrafo reconocido. Al mismo tiempo, el rol de la imagen está en retroceso. Cada día dudamos más acerca de la veracidad y autenticidad de las imágenes. Es bastante extraño: una sociedad donde todo el mundo vive la realidad a través de pantallas y lentes, sin conciencia de qué es verdad o mentira, sin identificar la propaganda, la manipulación o la ficción. El resultado es que perdemos el sentido de la realidad. Por tanto, el sentido de unirnos para resistir, para enfrentar los juegos del poder. Un poder cada vez más cruel, más real y más violento. Siento el privilegio extraño de vivir un momento en el que el mundo se va a la deriva y cada persona debe encontrar estrategias para resistir. Había pensado retirarme, pero en esta realidad tengo que seguir fotografiando.
Las redes sociales también son resultado del avance técnico. ¿Le parecen un medio eficaz para resistir al poder, un espacio adecuado para exponer arte crítico?
Mi uso de las redes sociales es minimalista, para seguir conectado. Lo hago con mucha desconfianza y reticencia. Intento que no me afecte este control continuo de miradas y opiniones. La cuestión es protegerse de esa presión permanente sin renunciar a comunicarse con el exterior. En estos momentos estoy trabajando en Estados Unidos, lo que ha influido en mi relación con las redes. He estado presente en las protestas de Minneapolis, donde he utilizado canales como Telegram para moverme.
¿Ha provocado eso que incorpore las redes a su trabajo?
Me interesa su formato, intentar ver la realidad a través de este prisma, que es el de la multitud, independientemente de que el contenido o la reacción original sean comunes o individuales. Y es una aventura bastante aterradora.
¿Por qué?
Ver al mismo tiempo la violencia, el extremismo, la inmediatez, las reacciones más radicales y brutales, las más animales… esa ira general. Todo el mundo es consciente de la violencia vigente, tanto la económica como la comunicacional.
¿Y usted se siente cómodo en la inmediatez o prefiere la reflexión?
Mi trabajo se divide en dos partes paralelas e igual de relevantes. La primera consiste en observar la violencia política y económica en el mundo; ser un testigo que va más allá porque no solo la documenta, sino que la confronta y la vive, intentando contarla de una manera inédita. Para ello me he centrado más en las redes sociales últimamente. Por otro lado, mi fotografía es un antídoto al veneno contemporáneo. Consiste en volver a la experiencia pura de lo real y a la comunicación animal y directa con aquellxs que, por voluntad propia o por carecer de ella, viven al margen de la lógica capitalista dominante. Es posible a través de estrategias narcóticas, sexuales, criminales. Es entre ellos donde –con razón o sin ella– yo también me esfuerzo por sentir y vivir; volver a la experiencia pura contra la virtualidad del mundo.
Usted también resiste impartiendo talleres de fotografía. ¿La fotografía es un arte que se puede enseñar?
No enseño: comparto mi experiencia con otras personas que, por edad o posición social, tienen menos oportunidades de desarrollar su práctica fotográfica. Intento darles herramientas para generar una posición propia, sin transmitirles ningún mensaje prefijado. Sobre todo, intento no contaminarlos con mis propias lógicas; es decir, ayudarlos a que tengan la maestría, la fuerza y la capacidad suficientes para existir y resistir a través de la fotografía.
A día de hoy tengo más de dos mil estudiantes a nivel mundial, tras veintisiete años de práctica. Algunos son profesionales, otros amateurs, también personas viviendo en condiciones precarias de todo tipo: las favelas brasileñas o los barrios marginales asiáticos. En cada caso intento compartir, de la manera más generosa posible, las experiencias que les sean útiles en su propio día a día.
Fue alumno de Nan Goldin en el International Center of Photography de Nueva York. ¿Cómo definiría su influencia?
Su acompañamiento fue valioso en aquel momento de mi vida, tras varios años de existencia extrema en los márgenes, cuando decidí hacerme fotógrafo como una manera de prolongar mis experiencias sin hacer concesiones. Presentía que la fotografía era un medio para absorber la violencia del mundo mientras me dejaba ser absorbido por ella. El rol de Nan fue fundamental. Aprendí de ella, de la manera más consciente e instintiva posible, a ser sensible, sincero y auténtico, a ser verdadero en mis relaciones. Ella me enseñó que la fotografía era comunicación en vez de diversión. No sacar ninguna fotografía en vano, sino por una buena causa.
La diferencia entre Nan y yo es que ella ha trabajado toda su vida con su familia –sus amigos, sus comunidades, cambiando estas según la evolución de Nan dentro de la historia de Estados Unidos. Yo también trabajo en grupo, pero mi comunidad son aquellas personas que carecen de comunidad. Trabajo sin límites geográficos, porque la realidad de estas personas está en movimiento continuo. Pero las bases son las que me dio Nan.
El azar es un elemento importante en su obra.
Tanto en mi vida como en mi fotografía. Conocí a Nan Goldin al azar. En la fotografía parto del azar de los movimientos, de los escenarios, de los reencuentros… Trabajo a partir de una posición de vulnerabilidad, no desde el control, sea este estético, técnico o social. Confío en la verdad de las energías que desafían nuestros destinos.
En Bilbao está impartiendo el taller “El límite del acto fotográfico”. En sus presentaciones describe la dicotomía entre la noche y el día: de día percibimos el poder del sistema; durante la noche, en cambio, la resistencia es posible. ¿A quién pertenece la noche?
La noche pertenece a los que no tienen nada más que su cuerpo, su deseo y su miedo. Aquellos que han abandonado las reglas, las mentiras y las presiones sociales y económicas. Por tanto, están desnudos, viven desnudos en contacto y en confrontación directa con sus fragilidades y sus adicciones, sus necesidades y deseos. Porque no tienen más aspiración que la sensación de vivir y de existir. Han sido rechazados y solo les queda la posibilidad de crear estrategias de supervivencia durante la noche: existir a través del placer, del exceso.
Por eso usted prefiere fotografiar los cuerpos.
Durante el día fotografío edificios. Pero lo que me mueve son los cuerpos que desesperadamente intentan existir. Mi fotografía está en permanente tensión entre las estructuras arquitectónicas y urbanísticas –estructuras que encuadran, encierran y aplastan– y estos cuerpos desesperados que intentan sobrevivir y liberarse, pero acaban por disolverse y deshacerse. Esta lucha permanente entre el orden y el desorden, la opresión y la disolución, son los principios de mi fotografía. También los de mi existencia, en general.
¿La belleza es poder?
Sé que hay violencia y brutalidad en mis imágenes. Pero todas parten de mi intento desesperado de buscar la belleza. La encuentro en lo feo, lo frágil, lo ignorado, lo borrado, lo dañado, lo oscuro… Y la plasmo, la devuelvo a la mirada del espectador. Esta belleza no está relacionada con la estética o las características físicas. Al contrario, está ligada a la dignidad, a la resiliencia, a la capacidad de sobrevivir a destinos trágicos. Estamos hablando de personas que se enfrentan a la tragedia en el sentido estricto del término.
Trabaja en colectivo. ¿Dirige a sus protagonistas? ¿Tiene modelos?
No. Fotografío acercándome lo máximo posible a la autonomía de los gestos y las acciones de las personas fotografiadas. Lo que me interesa es su capacidad de generar gestos inéditos e instintivos que resisten a la violencia; por eso, dirigirlos no tendría ningún sentido. Sé que es una práctica muy frecuente en la fotografía actual –hay una tendencia a ficcionar los gestos y la posición. Yo, al contrario, entiendo como un privilegio vivir y aprender junto a ellas sus gestos de supervivencia y su autonomía de acción.
Mi influencia en la puesta en escena tiene otro sentido. Por ejemplo, una vez estaba fotografiando a mis amigas prostitutas desde la distancia. Esa distancia les llamaba la atención. Pero era precisamente lo necesario para mostrar la violencia a la que estaban sometidas.
En Vietnam también retraté la violencia sistémica, diurna: niños y niñas sin ojos, sin extremidades, por los estragos de las armas químicas arrojadas por el ejército estadounidense durante la guerra, en los años sesenta y setenta. La violencia de la noche –que desde luego no provoco yo para fotografiarla– tiene un carácter diferente.
¿Está de acuerdo en que su fotografía es pornográfica?
Mi fotografía no es pornográfica. Es profundamente moral pese a la apariencia. Acepto lo que se diga sobre ella. Pero a mí me parece altamente moral y política. Tiendo a concebir el sentido de mi trabajo como un manual de supervivencia en un mundo anclado en la mentira y la manipulación. Por tanto, nada es pornográfico ni obsceno en mi fotografía. Quien la defina como tal está influenciado por una perspectiva muy limitada y por consideraciones sociales que me resultan ajenas.
¿Ha sentido alguna vez la necesidad de adaptarse a las expectativas sociales?
Tenía 17 años cuando elegí, consciente y deliberadamente, abandonar el lado de la sociedad al que pertenecía –y que en algún sentido quería– por otro que merecía ser vivido. Desde mi adolescencia vivo en los márgenes. Al tomar esa decisión, era consciente de que mi posición era diferente, porque yo había podido elegir vivirla. Entonces aprendí a vivir según las normas de la noche, o la falta de estas. La mirada al mundo diurno me importa menos de lo que he aprendido y debo a los que he conocido en la oscuridad.
¿Y usted cree que la humanidad es buena?
Puede que tenga una visión naíf porque sigo encontrando belleza y dignidad en los contextos más degradados. Pero mis elecciones también son políticas. Por ejemplo, sé que podría ser más comprensivo y empático con los que viven de día. Pero vivimos en una sociedad de conflicto permanente, de lucha de clases. También tengo una violencia hacia mí que me cuesta gestionar y controlar. No es un asunto de odio o misantropía; al contrario, es que no me permito disfrutar de mí mismo.
Así que toda posición es política, pero en vez de pensar en la humanidad en general, tiendo a concentrarme en la responsabilidad que cada uno tiene por sus propias acciones. La pasividad o el hecho de ignorar no son excusas válidas, en mi opinión. Somos responsables del contexto en el que aceptamos vivir.
Pero para usted lo importante es el individuo.
Siempre me he negado a renunciar a la individualidad propia y absoluta de cada uno. Pero al mismo tiempo no podemos negar la importancia de vivir en comunidad. Lo primero sigue siendo mi salvación definitiva.
Suele decir que se hizo fotógrafo por lo que aprendió en sus viajes. ¿Hubo un viaje o un acontecimiento concreto que destacaría?
El primer viaje, con un amigo que estaba enfermo de sida y era fotógrafo. Junto a él aprendí una práctica fotográfica posible. Hasta hoy cada viaje ha sido una tentativa de empujar todavía más lejos los límites. Las últimas semanas en Estados Unidos he intentado vivir en la línea de frente entre la tangibilidad de la realidad del mundo y sus aberraciones. Tengo la impresión de seguir llevando a cabo la misma lucha.
el fin, para mí, no es la literatura, sino buscar en las palabras lo que la fotografía no puede decir. Y viceversa, dar espacio a la fotografía para expresar lo que las palabras no son capaces de transmitir.
Su forma de trabajar en colectivo y viajando también está reflejada en libros. Viaja a Cuba con el escritor Jean-Baptiste Del Amo y surge “Pornographia”, obra que incluye sus fotografías. Sus imágenes acompañan también los textos de Jonathan Littell en Un lugar inconveniente, reportaje sobre los efectos de la guerra en Ucrania. Usted escribe sobre Brasil y fotografía los barrios de crack de São Paulo y Salvador en Cidade de Pedra. Y confronta a través de la fotografía los poemas de Baudelaire en una reedición de Las flores del mal. ¿Se puede escribir sobre fotografía?
Desde mis primeros proyectos me ha gustado colaborar. A veces con escritores; otras veces con textos que encontraba alrededor: en la literatura, en periódicos. Incluso, para enfrentarme a mí mismo, he llegado a escribir mis propios textos. El fin, para mí, no es la literatura, sino buscar en las palabras lo que la fotografía no puede decir. Y viceversa, dar espacio a la fotografía para expresar lo que las palabras no son capaces de transmitir. En ese péndulo se sitúa mi trabajo.
Esta vez ha viajado a Bilbao, una ciudad transformada en las últimas décadas. Antes una capital industrial y bancaria, ahora una ciudad “verde” y turística. ¿Qué Bilbao hubiera preferido fotografiar?
Por lucidez y eficacia me obligo a crear una barrera entre mi práctica fotográfica y el acompañamiento teórico y pedagógico. Por este motivo, en Bilbao estoy obligado a ver la ciudad a través de la mirada y la experiencia de mis estudiantes. No tengo ni el tiempo ni la fuerza de dejarme absorber por ella.
Me impresiona la masa imponente y bella, no violenta, sólida y concreta de los diferentes tipos de arquitectura, de épocas diferentes. Me da seguridad, de algún modo, la luz y el hecho de vivir en esa verticalidad. Pero gran parte de mis impresiones están influenciadas por la historia, que tiene una gran importancia para mí. Estos últimos años he trabajado con archivos históricos, no solo en Europa. Mi mirada está siempre influenciada por la memoria histórica: los conflictos, su recuerdo, mi conocimiento de los sucesos. La Guerra Civil, el franquismo. Esa memoria carga mi mirada. Incluso en ciudades que no tengo tiempo de explorar, tiendo a reconocer y recordar, en los árboles y en las siluetas que pasan, los hechos que han creado su presente.
Trabaja para la agencia Magnum desde 2004, es socio de pleno derecho desde 2008. Sus fotografías de Ucrania recuerdan a las capturas de Gerda Taro –ideóloga del pseudónimo y proyecto Robert Capa, fallecida en el frente de Madri– y del propio Robert Capa durante la Guerra Civil española, que fueron el germen de Magnum, como detalla el documental “La maleta mexicana”. ¿Está de acuerdo con ese paralelismo?
Todos intentamos generar estrategias narrativas nuevas para continuar causando una impresión en el espectador. Para ello es necesario crear formas nuevas de contar, de compartir. Al mismo tiempo tomo partido, elijo posicionarme de un lado. De modo que mi trabajo sí es militante, partidista y comprometido. A veces demasiado, puede ser. No tengo ningún conflicto con eso. Soy consciente de las realidades socioeconómicas que fotografío y nunca soy neutral. Mi mirada está sesgada por mis convicciones y por el sentido que tengo de mi propia moral.
En Cuba, “Pornographia, fotografía la vida cotidiana”. En Ucrania, “Un lugar inconveniente, fotografía la guerra”. ¿Qué serie ha causado mayor impresión en el espectador?
Es complicado observar la vida banal y cotidiana de las ciudades sin tener memoria y sin sentir, de manera paralela y permanente, hasta qué punto son frágiles, vulnerables y conflictivas, aunque todo ello suceda dentro de la efimeridad de lo normal. Me ocurre lo mismo durante la guerra: en las expresiones más extremas y violentas hay todavía una aspiración última de normalidad. Esto se ve en la noción del tiempo, en los espacios, en cualquier oportunidad de crear una apariencia de normalidad. Me encuentro en el péndulo permanente entre lo normal y el hecho de que todo puede ser destruido en cualquier momento.
El mundo del arte es uno de los espacios más corrompidos, donde lo espectacular, la mentira y lo falso se imponen a todo sentido de la realidad.
¿A día de hoy el arte sigue teniendo la capacidad de cambiar la historia?
No me parece que hoy, ni antes, el arte fuera una vía más efectiva que otras formas de transformar la realidad. La comprensión que tengo del arte parte de una lógica situacionista. He aceptado e integrado el arte en mi trabajo. Pero lo concibo como algo que la vida misma supera.
Hoy más que nunca el arte no es un espacio privilegiado para la denuncia o la transformación, no hay jerarquías basadas en el valor de la obra. Hoy, si me permite, el mundo del arte es uno de los espacios más corrompidos, donde lo espectacular, la mentira y lo falso se imponen a todo sentido de la realidad.
Ser situacionista no excluye tener referentes artísticos, ¿no?
Mis referencias no son numerosas. No he tenido ninguna educación formal, dejé la escuela muy pronto. Mis referencias pictóricas están más ligadas al hecho de haber reconocido en ciertos autores la distorsión de la realidad tal como la vivía yo en la adolescencia a través de la droga y de los excesos. Lo veo en George Grosz, en Francis Bacon, en Edward Hopper. No es tanto la calidad estética o artística lo que me conmueve, sino el hecho de reconocer en sus formas mi propia mirada en un estado de embriaguez y euforia narcótica o de otro tipo. También he sido siempre muy sensible al expresionismo alemán, aunque por razones distintas: ahí es mi cultura política la que habla. En fin, observo el arte también de manera subjetiva. Pero lo que me parece importante es ser capaz de crear un estilo íntegro.
Si la experiencia es necesaria para crear, ¿qué le permite confrontarse más a sí mismo, la fotografía o la escritura?
Después de haber vivido quince años de experiencias extremas en aislamiento –viajaba solo, sobrevivía solo; siempre estaba con otra gente, pero mi trayectoria era muy individualista– entendí la fotografía como una manera posible de continuar esa forma de vida. Me dio fuerza en un momento en el que estaba muy débil. Pero temía que fuera a entretenerme y que olvidara mis prioridades. Sucedió exactamente lo contrario: la fotografía y el arte me permitían llegar más lejos, ampliar mis límites de intensidad y exceso. La práctica de la fotografía no me cambió; simplemente me hizo más fuerte, más resistente y más tenaz. Me confirmó en mis propios objetivos y condiciones. A día de hoy sigo teniendo la misma disposición hacia la fotografía y los excesos.
La escritura llega más tarde a su vida.
Siempre escribí con gran dificultad. Pero escribía y escribo en momentos desesperados en los que siento que nadie escucha, comprende o percibe la lógica que me he dedicado a contar. Entonces utilizo la escritura para encontrarme con mis propias capacidades y darles una forma más inteligible, para dar pistas de lo que estoy llevando a cabo. No tengo ningún amor propio por lo que escribo; lo hago por necesidad de aclarar los problemas y la pertinencia de mi esfuerzo artístico y existencial.
Me someto, me presto a la lógica de la técnica para debatirme y encontrar momentos de vulnerabilidad, pero también de sinceridad, espontaneidad, instintividad, animalidad.
Usted ha vivido la transición a la fotografía digital. ¿Ha sido un cambio crucial?
Empecé a trabajar en blanco y negro, revelando mis películas en laboratorio. Pasé muy rápido al color. Luego al vídeo. Luego al digital… a toda técnica. En realidad nunca he intentado controlar estas tecnologías; siempre he aceptado ser el objeto frágil. Delegar los cálculos técnicos al aparato para poder centrarme en crear espacios de libertad, de autenticidad. No fotografío desde el dominio de la técnica, o de la estética y las relaciones. Me someto, me presto a la lógica de la técnica para debatirme y encontrar momentos de vulnerabilidad, pero también de sinceridad, espontaneidad, instintividad, animalidad. Confrontarme con la técnica para generar espacios de libertad de todo tipo excepto técnicos.
¿Cuál es su fotografía o su texto favorito de su propia obra?
Es la fotografía que falta por sacar y que todavía me hace soñar.
¿Cuál es su fotografía favorita realizada por otra persona?
Mi reconocimiento va más hacia los que viven en la sombra de la sociedad.
¿Puede que estos también estén por descubrir?
No. Soy el único que guarda el recuerdo de los que desaparecen, no solo físicamente, sino en la memoria. Es junto a ellos, y a las personas que están aquí pero son invisibles, donde encuentro mi fuerza, mi empatía, mi reconocimiento y mi deseo de vivir.
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