Análisis
‘Mort aux vaches!’ George Brassens, el odio a la policía y el amor a la humanidad

Francia acaba de aprobar una ley que le da a la policía, en palabras de los colectivos de víctimas, “licencia para matar”. El caso permite recuperar la obra antipolicial de Georges Brassens y, a través de ella, arribar a una reflexión sobre los límites y conflictos del relato biográfico.
20 sep 2026 05:30
acredito no amor continuum às crianças
para que não acabem os chavales
por se tornar polícias

Álbum, Charo Lopes.

El portal Galizalivre recientemente analizó en conjunto las iniciativas de los Estados belga, italiano, francés, alemán y español en el sentido de reforzar la impunidad de sus policías, reduciendo por lo tanto las garantías jurídicas y de seguridad de sus pueblos. En concreto, Francia, el Estado europeo con más muertes a manos de la policía, acaba de aprobar una ley a este respecto. El nuevo marco legal propicia la inversión de la carga de la prueba, es decir, asume la culpabilidad de la víctima presuponiendo que cualquier intervención armada de un policía es siempre en legítima defensa. No son los primeros pasos de una dictadura militar: es una medida de seguridad promovida por un gobierno de derecha moderada y aceptada por una mayoría parlamentaria. Los colectivos de víctimas de la violencia policial y familiares han bautizado la nueva ley como “licencia para matar”.

El peso de la policía en Francia, como ejemplar paradigmático de Estado fuerte y centralista, tiene un correlato social de odio a las fuerzas del orden. Incluso en la cultura más popular, en la que transgredió generaciones, clases sociales y hasta las fronteras del Estado, encontramos muestras de ese odio, como la que vamos a desgranar a continuación.

Al final de la década de los 50, varias encuestas concedieron a Georges Brassens (1921-1981) y a sus canciones los primeros puestos entre los gustos de la juventud francesa. Una década después, en 1967, tras rechazar un sillón en la Académie Française —“mi dignidad me lo prohíbe”—, esta le otorgó su honorable Gran Premio de Poesía. Vendió millones de discos y viajó por todo el mundo francófono. Todas las casas francesas tenían discos en los que su voz ronca clamaba contra la policía y en las casas sin discos había quien las cantase por su propia voz. Hoy no es difícil encontrar en cualquier pueblo de Francia una calle, plaza, escuela o centro social con su nombre. Si en las últimas décadas varias personas fueron acusadas e incluso condenadas en Francia por cantar sus letras, Jacques Charpentreau asegura que en el primer concierto de Brassens al que acudió vio al comisario local de la policía aplaudiendo entre carcajadas “visiblemente seducido”.

La trayectoria de Brassens tiene un eminente sentido narrativo. Un deseo de contar. En ella la policía es una presencia constante, aunque las formas con las que se presenta a los agentes y las funciones que estos cumplen en cada momento sean cambiantes. A partir de estos hechos, diría que difíciles de refutar, la construcción de cualquier relato —sobre todo de uno vital— corre el riesgo de encontrar sentido donde no lo hay: de seleccionar los acontecimientos y concatenarlos de manera que parezcan providenciales. Por más que este peligro sea inevitable, el retrato que sigue tiene más pretensiones de honestidad que de perfección y enfrenta sin miedo las tomas de posición que en la trayectoria de Brassens fueron contraponiendo dos grandes fuerzas: el odio al orden y el amor por la humanidad.

Mort aux vaches!

Aunque el genio de Sète declaró en varias ocasiones no utilizar sus composiciones para hablar de su vida, es inevitable encontrar algunos destellos biográficos en su obra. Así, sabemos de sus primeras experiencias con la policía gracias a Les quatre bacheliers, por lo demás un guiño a la por él admirada obra de Albert Marchon. Los cuatro estudiantes “sin vergüenza” eran Loulou Bestiou, Robert Bayle, Germain Metge y el propio Brassens, que “para regalar flores a las chicas / nos hicimos un poco ladrones”. Ramón Chao afirma que no fue otro que Brassens, con 17 años, el líder de una banda que robó varias casas de Sète y extorsionó a un joyero, concluyendo la aventura con la detención y condena de un año de prisión para cada miembro.

Más adelante, durante sus revueltos años veinte, por usar la expresión de la poeta, el Brassens militante de la Féderation Anarchiste de París publicó unos artículos incendiarios contra distintas instituciones y garantes del orden en Le Libertaire. Fueron traducidos al castellano e introducidos por Diego Luis Sanromán en Pepitas de Calabaza (2021).

Uno de ellos, El azar arremete contra la policía, firmado con el pseudónimo Gilles Colin en 1946, celebra la muerte de un policía. En un peculiar accidente de tráfico, un ciclista sorprendido por el silbato de un gendarme perdió el control de su vehículo atropellando mortalmente al agente. A pesar de esta “pequeña satisfacción”, Brassens recuerda que “otros miles de polis siguen viviendo y apestando este pobre mundo”. En uno de los pocos usos que hará de la primera persona del plural en toda su carrera, declara que “aunque, por nuestra parte, soñamos con el gigantesco aplastamiento de legiones de policías por legiones de ciclistas, no podemos sino regocijarmos por un acontecimiento al que debemos la desaparición de un miembro de la policía” y no pierde ocasión de, “tras haber aplaudido esta primera iniciativa, expresar nuestra esperanza en su feliz continuación”.

Por aquella época, en una línea vital aun marcada por la marginalidad, Brassens tiene un intenso noviazgo con una menor de edad prostituída, Josette. La historia de su violenta relación fue retratada, desde el punto de vista del cantante, en su primer disco La mauvaise réputation, gravado en la Philips— en el Boulevard Auguste Blanqui, nada menos —en 1952 por el productor Jacques Canetti, hermano del afamado escritor. Así, el tema Le mauvais sujet repenti concluye ridiculizando a la joven por algunos de sus clientes: “parece que ella se vende incluso a los maderos, / qué decadencia! / Ya no hay moralidad pública / en nuestra Francia”.

En el mismo disco, Corne d’Auroch es la historia de un amigo de la primera adolescencia, cuyo nacionaltradicionalismo francófilo acaba matándolo en la canción: al ser presuntamente envenenado por un pariente —no en vano, policía—, Corne d’Auroch renuncia a ser curado “porque era a un alemán / a quien era debido el medicamento”; finalmente muere y el primo madero ocupa su lugar en la cama de la viuda.

Es este el tono satírico que utilizaría en su segundo álbum, publicado solo un año después con una portada en la que el cantautor aparece tras las rejas de un calabozo agarrado a uno de los barrotes. Concretamente, Brave Margot cuenta cómo la dicha mujer encuentra un gato abandonado y decide adoptarlo y amamantarlo con su propio pecho. Al enumerar los profesionales que abandonaron su puesto de trabajo para presenciar la escena, asevera que “los gendarmes, hasta los gendarmes / que son por naturaleza tan burros / se dejaron llevar por el encanto / del bonito paisaje”. En la misma línea, en 1959 Le nombril des femmes d’agents habla de un viejo obsesionado con ver el ombligo de la mujer de un policía, lo cual, para Brassens, “no es realmente un espectáculo / que, en términos de estética, consiga elevarte al cielo”. De estos primeros años es también la inédita La file indienne.

Pero aparte de los dos casos de arriba, el debut de Brassens contenía ya ataques más directos, crudos y macabros contra el orden social, siguiendo más el camino del artículo libertario. Es el caso del clásico Le gorille, que narra en tono jocoso la violación de un juez, y del igualmente antológico Hécatombe. Es esta la historia de unas mujeres que, en el mercado, empiezan a pelear por unas cebollas. Al ver que los gendarmes habían llegado para intentar contener su furia, deciden espontáneamente interrumpir el conflicto para apalearlos entre todas: “Es costumbre bien establecida / que, cuando se trata de hostiar a la pasma, / todo el mundo se reconcilia”. El propio Brassens dice observar la situación de los policías con jolgorio “porque me encantan / en forma de cadáveres” y animar a las gendarmicidas gritando “hip, hip, hip, hurra!”. Una de las mujeres agarra a un oficial y le hace gritar “mort aux vaches!, mort aux lois!, vive l’anarchie!” —en francés coloquial, vaches son agentes de policía. El significado literal es vaca, pero se usa en sentido figurado para referirse a personas mezquinas, que actúan con maldad. De acuerdo con las opiniones de los cronistas, nos dice Brassens, “parece que esta hecatombe / fue la más bella de todos los tiempos”. Como humillación final a los agentes, las mujeres “incluso les habrían cortado aquello, / que por suerte no tenían”.

Nous vivons un temps bien singulier

Sin embargo, como ya se ha dicho, al lado del odio al orden y a la policía hay en Brassens un inmenso amor a la humanidad, un profundo respeto por la dignidad del otro, que me permito calificar como uno de los sentimientos más nobles que hay, imprescindible a la transformación social. A esto hay que añadir dos sucesos que le hicieron cuestionar sus críticas a los policías.

Durante una gira de invierno en 1958 o 1959, estando en Biarriz, Iparralde, tuvo una crisis de salud —tal vez uno de los 400 cólicos nefríticos que sufrió a lo largo de su vida— y se quedó tirado en el suelo a la intemperie, sin dinero y sin conseguir moverse. Al verlo, parece que un gendarme lo reconoció y se quitó la capa para taparlo y que no sufriese una hipotermia.

La historia fue adaptada por él en L’épave, de 1966. La conclusión no deja de dar una cierta imagen de la policía, entendiendo que aquel fuese un caso excepcional: “Qué más da, hay maderos tan singulares”. En la siguiente y última estrofa tiende un puente catorce años atrás para dialogar con Hécatombe: él, “cuyo grito de guerra fue siempre “mort aux vaches!” / ni una sola vez más conseguí gritarlo” desde aquel día. La canción es, a la vista de su colofón, una declaración de que asume sin pesar la contradicción: “Qué más da, vivimos un tiempo tan singular”.

Parece que el corolario fue colocado por su madre pocos meses después, en 1960. La mujer, necesitada de una transfusión de urgencia y con un grupo sanguíneo muy extraño, encontró donante en un agente. Desde aquel momento los Brassens tenían sangre de pasma en la família y no podía seguir mofándose de ellos en público.

Quizás aquellos hechos abrieron la puerta a algunas reflexiones. En uno de sus cuadernos personales editados por Clémentine Deroudille, posterior a 1963, confesaba que “a menudo me las agarré con los gendarmes (…) pero realmente no tengo nada contra ellos”. Hasta parece que en una ocasión, cuando un gendarme le preguntó por qué los atacaba en sus letras, respondió que “porque hace reír a la gente”.

No obstante —llegó la parte en la que los psicoanalistas se frotan las manos—, si esta cuestión se manifestó ya con su carrera avanzada, parece que era un conflicto que existía en Brassens desde su juventud. En el artículo citado más arriba, tras las celebraciones el Brassens de 24 años continúa reconociendo “que solo nos alegramos en apariencia”. “Que en el fondo deploramos el triste fin de un hombre, sea quien sea, pues quizá este era demasiado tonto para ser otra cosa que un gendarme y, en consecuencia, no era responsable de su tontería”, lo mismo que “la viuda y los hijos que tal vez ha dejado en este mundo”. Concluye, en fin, admitiendo que “en el fondo todo esto es muy triste y que maldecimos el azar… sí”.

Mais que diable!

De acuerdo con una cierta línea de los estudios brassensianos, esta última parte es usualmente olvidada, de forma tendenciosa, por quienes quieren presentar a Brassens como un artista radicalmente compromedito durante toda su vida. La crítica descubriría una propensión a sesgar las informaciones biográficas hasta hacerlas entrar en el molde diseñado previamente: lo que no encaje será excluido por el bien del relato.

A pesar de sus nobles intenciones, esta corriente viene a caer en su propia trampa, presentando 1958-60 como un punto de inflexión a partir del cual Brassens cambió sus opiniones y su política en relación con la policía. La realidad es que su vida, como la de todas nosotras, está hecha de contradicciones e intentar encontrar sentido conduce en general a la negligencia histórica, a aquello que Bourdieu denominó ilusión biográfica.

Como síntoma de ello, en 1961 el monumento a la dignidad de las prostitutas que es La complainte des filles de joie no titubeó al recordar que ellas “son apaleadas por los maderos”. Creada un lustro después, La rose, la bouteille et la poignée de main cuenta cómo la policía le confisca sucesivamente a un hombre una rosa, una botella y un apretón de manos. Al intentar decorar con la flor el escote de varias desconocidas, es detenido, pasando la rosa a adornar “el abrigo / del perro holgazán del comisario”. Con la botella, tras los mismos avatares, “los maderos se lavaron el gaznate”. Ahora bien, parece que ese gesto universal de hermandad, generosidad y buena voluntad que es el apretón de manos no fue tan codiciado por los policías, pues fue a acabar su periplo “à la fourrière”, es decir, en el depósito.

Del mismo disco es Bécassine, una semblanza elegíaca de su añorado amigo bretón y excamarada Armand Robin, muerto en circunstancias aun hoy ignotas estando detenido en una comisaría de París. Además, durante los años 60 y 70 Brassens siguió cantando todas estas canciones, incluida Hécatombe, para jolgorio de cabarets y teatros, de lo cual tenemos registros audiovisuales.

Tal vez, en vez de negar la contradicción, sea más justo decir que con el paso de los años el propio Brassens parece aceptarla. L’épave tiene sabor a disculpa, es la declaración de un conflicto íntimo. Pero en su último disco editado en vida, Don Juan, la pista homónima clama ya sin complejos: “¡Gloria al madero que cortó / el paso de los coches / para dejar cruzar / a los gatos de Léautaud!” —lo que debe de ser una anécdota real. Parece que no sienta ya la necesidad de justificar su simpatía humanista. Como amante de los animales, aplaude a quien tiene su misma sensibilidad, aunque sea un policía; de hecho, se diría que el mérito resida en hacerlo pese a ser policía, siendo esa sensibilidad contraria a su naturaleza.

La trayectoria completa de Brassens estuvo marcada por una tensión entre el odio al orden —a la judicatura, a la policía, a la religión, a la corona donde la hubiese, a las tradiciones, a los partidos, al ejército…— y el amor por la humanidad. Deplorar el orden es fácil, cualquier adolescente puede, cualquier militante lo hace, pero raro es quien conjuga ese sentir visceral y abstracto con un compromiso obstinado con la dignidad de todas las vidas humanas reales; quien, enfrentado con una contradicción de su propia doctrina, renuncia a resolverla con palabrería.

Brassens necesitó emprender un camino personal, une autre route qu’eux, con amigos para darse apoyo mutuo pero sin partidos ni disciplinas que obedecer. En el galopante avance de la securitización y de la normalización de la violencia policial, acaso su individualismo no sea el mejor ejemplo, pero vale la pena recordar que, incluso cuando reivindicaba el derecho de todas las personas —y de los policías— a una vida digna, no daba la espalda a la necesidad de hacerse preguntas hoy tan urgentes. Con ellas concluyera aquel artículo de juventud en 1946: “Pero ¡qué demonios! ¿Por qué llevan silbato los gendarmes y por qué existen los gendarmes?”.

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