Las torres de vigilancia frente a incendios forestales: el último eslabón de precariedad de los bomberos

Jornadas de diez horas en soledad, estancias de dos metros cuadrados y teniendo que decidir por sí mismos dónde escapar en caso de fuego. Así son las condiciones de los vigilantes en la Comunidad de Madrid que están en pie de guerra con el Gobierno de Ayuso.
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Torre de vigilancia en Cinco Villa, alcanzada por el incendio forestal provocado el 16 de julio. David F. Sabadell
6 sep 2026 10:16 | Actualizado: 6 sep 2026 11:45

“Esta torre es de las privilegiadas, tiene electricidad, puedo enchufar algo para tener calefacción o algo de fresco cuando las temperaturas suben o bajan, eso sí, ni váter ni donde hacer nuestras necesidades cerca”, explica a El Salto uno de los trabajadores de las torres de vigilancia frente a incendios forestales de la Comunidad de Madrid que prefiere mantener el anonimato. Un trabajo que cuenta con contratos donde la categoría profesional puede ser de atención al cliente pero que tiene una realidad muy distinta: diez horas en espacios que van entre 1’5 y dos metros cuadrados como máximo. Solos. Incluso cuando un incendio se desata.

Eso es lo que ocurrió en Cinco Villas, en la Sierra Norte de Madrid, el pasado 16 de julio. “Dos horas antes se había producido el incendio de la Mierla, que lo veíamos en dirección a Manjirón (al noreste de la torreta)”, indica uno de los vigilantes, que explica que “no tienen ojos en la nuca”, ya que el incendio de Cinco Villas se inició al suroeste, en el otro punto, pegado a la carretera A1. “Empezó a venir el fuego en forma de cono hacia esta ladera, lo rodeó por completo en la base y entonces empezó a subir las llamas por la ladera, en dirección a la torreta”, explica sobre el terreno otro vigilante que acudió a la ayuda del compañero que en ese momento estaba en la torreta.

El incendio avanzó hasta rodear la base de la torre mientras el trabajador permanecía en lo alto. La situación puso en evidencia una de las principales denuncias de los vigilantes: cuando el fuego llega hasta ellos, la responsabilidad de decidir cómo ponerse a salvo recae sobre una única persona, aislada y sin un operativo que le indique qué hacer. “Nadie te dice qué hacer, el protocolo dice que busques una escapatoria y si no la hay te confines dentro de la torre”, explica el propio trabajador, que sigue afectado por la experiencia. En ese momento, la torre de piedra carecía de uno de los cuatro cristales que permite ver el exterior y que no le hubiera protegido del intenso y tóxico humo del incendio forestal.

“Hay veces que los puestos son cubiertos por gente que viene de fuera, de Toledo por ejemplo, y no conocen la zona. ¿Para dónde tiran esas personas?”, indica otro vigilante de torres, que teme que si hay una víctima mortal la culpa vaya precisamente contra el trabajador fallecido por no haber hecho lo correcto. El protocolo, al que ha tenido acceso este medio, especifica que el trabajador “velará por su propia seguridad” y que intentará apagar el conato él mismo “con los medios de extinción disponibles”.

El rastro de tierra negra, piedras quemadas y árboles totalmente muertos rodea la cima que se corona con la torre de vigilancia y con una antena repetidor

El escenario en Cinco Villas, municipio pegado a Lozoyuela, deja claro que la peor de las tragedias podría haber ocurrido. El rastro de tierra negra, piedras quemadas y árboles totalmente muertos rodea la cima que se corona con la torre de vigilancia y con una antena repetidor. Las tomas de tierras de estas están reventadas por el calor del incendio que se vivió hace mes y medio y las protecciones en lo alto de la torreta están totalmente calcinadas. Al principio de la ladera se ve una casa y una nave ganadera que se ha librado del fuego por escasos metros.

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Reclamo de derechos laborales para los bomberos forestales en una torrera de vigilancia David F. Sabadell

El caso de Cinco Villas no es un episodio aislado dentro de las condiciones que denuncian quienes trabajan en estas torres. Los vigilantes forman parte del dispositivo de prevención y detección de incendios forestales de la Comunidad de Madrid, pero su reconocimiento profesional y sus condiciones laborales están muy alejados de la responsabilidad que asumen durante sus jornadas.

Diez horas solos y sin condiciones básicas

“Según el contrato físico de papel la categoría que nos achacan desde la Dirección General es auxiliar de control e información, a veces como divulgador, eso cuando hemos tenido contrato”, indica a El Salto otro de los trabajadores del servicio de prevención y extinción de incendios pertenecientes al personal de la Comunidad de Madrid. “Nuestro sueldo ronda los 1300 euros cuando se cobran trienios y no tenemos ni pluses de peligrosidad, de toxicidad ni penosidad”, indica el trabajador que lleva más de 20 años en este servicio.

El salario y la categoría profesional contrastan con unas condiciones de trabajo que, según explican, implican permanecer durante diez horas en torres situadas en mitad del monte, muchas veces sin servicios básicos y expuestos a temperaturas extremas. “El otro día en particular estuvimos a diez grados todo el día, llamas y nadie se hace cargo”, explica y se remite al informe de riesgos laborales donde se recomienda “Te preguntan si te has llevado la ropa adecuada y te preguntas de qué hablan cuando estás a 80% de humedad, encerrado en una torre, fuera no puedo salir porque llueve y hay vientos de 60 kilómetros por hora”, comenta y asegura que la solución que le dieron era “dar un paseo” para entrar en calor.

La falta de condiciones básicas también aparece en otras torres. El propio personal de bomberos forestales ya había denunciado recientemente que los vigilantes trabajan en casetas de reducidas dimensiones, sin baños y con temperaturas excesivas. La denuncia se enmarca en un conflicto más amplio sobre la prevención y las condiciones laborales de quienes forman parte del dispositivo forestal madrileño.

En Madrid, existen 33 torres de vigilancia con 60 vigilantes que controlan la posible proliferación de incendios distribuidos en turnos de siete días a la semana durante los seis meses de mayor riesgo. Una pequeña parte del equipo de bomberos forestales públicos y contratados a través de Tragsa que la Comunidad de Madrid cifra en más de seis mil profesionales contando con voluntarios de seguridad y emergencia.

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Caseta en la Braña, Puerto de Canencia (Bustarviejo)

“La vigilancia es el primer eslabón de la cadena del operativo, eres los ojos”, indican los vigilantes, ya que su aviso es que el muchas veces determina que se desarrolle o no un incendio o que se quede en conato. Su trabajo consiste precisamente en detectar los primeros indicios de fuego y dar la voz de alarma. Una tarea que, según los trabajadores, requiere un conocimiento acumulado del territorio que no se limita a mirar desde lo alto de una torre.

“No tenemos posibilidad de ascender, somos vigilantes y ya está, pero podemos hacer muchas cosas: desde atender a senderistas extraviados hasta ayudar a ciclistas con golpe de calor, que ya he hecho”, explican y recuerdan el caso de un chico autista que se perdió en el valle de Bustarviejo y que se pudo localizar dos días después desde la torre de vigilancia de Canencia.

Los bomberos forestales públicos de Madrid llevan años reclamando poder trabajar durante todo el año y que se reconozcan las funciones que realizan, incluidas las de prevención, detección y vigilancia

La importancia de esa primera detección cobra todavía más peso en un contexto en el que los trabajadores forestales y las organizaciones ciudadanas reclaman que la prevención no se concentre únicamente durante los meses de mayor riesgo. Los bomberos forestales públicos de Madrid llevan años reclamando poder trabajar durante todo el año y que se reconozcan las funciones que realizan, incluidas las de prevención, detección y vigilancia, contempladas en la Ley 5/2024, básica de bomberos forestales.

Frente a esto, algunas comunidades autónomas han tomado la decisión de invertir más en cámaras que en personal, lo que hace temer que en un momento se prescinda de esta figura laboral. De hecho ya hay 150 cámaras en Castilla y León y 160 en Galicia, con el gran problema al que apuntan los expertos: los falsos positivos por nubes, niebla, humo industrial o incluso el reflejo del calor sobre el asfalto pueden confundir a los algoritmos. “Cuando nos vayamos jubilando o cuando quieran nos cambiarán por cámaras, porque ahora mismo nos tienen como alarmas con patas, no nos quieren para nada más”, indica uno de los vigilantes de la Sierra Norte madrileña.

Además del fuego, también hay peligros como los animales venenosos, alacranes o víboras. “No te puedes despistar, riesgo corres durante tu jornada”, explica uno de los veteranos.

Trabajar aislados en mitad del monte implica otros riesgos que van más allá del fuego. Preguntados sobre trabajar solos, los vigilantes enumeran los peligros. “En una ocasión me tocó trabajar en una torre metálica y durante una tormenta eléctrica, sin caer rayo, tuve efectos de la electricidad”, explican y aseguran que se retiró esa torreta poco después. Pero además del fuego, también hay peligros como los animales venenosos, alacranes o víboras. “No te puedes despistar, riesgo corres durante tu jornada”, explica uno de los veteranos.

La situación de Cinco Villas concentra buena parte de esos riesgos: aislamiento, altura, humo, temperaturas extremas y un incendio que puede avanzar hacia la propia torre. En el caso de aquel 16 de julio, el trabajador tuvo que valorar por sí mismo las posibles vías de salida y decidir si debía permanecer en la torre o buscar una escapatoria. La escena es especialmente relevante porque las propias características de estos puestos hacen que el fuego pueda convertirse en una amenaza directa para quienes están encargados de detectarlo. “El fuego va hacia lo alto y las torres están en lo alto”, denunciaba también Óscar de Castro, presidente del comité de empresa de Asem 112, al explicar las condiciones de estos trabajadores.

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Camino a la torre de vigilancia en Cinco Villas, totalmente calcinado por el incendio forestal David F. Sabadell

“No se nos quiere dar la categoría de bomberos forestales pero es que estar en vigilancia no es estar haciendo nada”, reclama, en concreto cuando el día tiene “el 30/30/30” (menos de 30% de humedad, más de 30 grados de temperatura y 30 km/hora de viento sur. “Sabes que ese día va a explotar todo, estás en mucha tensión” indican y asegura que “ya no es que te quemes tú, es que se quema tu valle, lo que conoces”.

La categoría profesional no es una cuestión meramente administrativa para los trabajadores. Los bomberos forestales públicos de Madrid llevan años denunciando que parte del personal desarrolla funciones vinculadas a la prevención, extinción, detección y vigilancia bajo categorías que no corresponden con el trabajo que realiza. La Ley Básica del Bombero Forestal reconoce precisamente estas funciones dentro del ámbito profesional.

Para los vigilantes, el problema se suma a unas condiciones salariales y laborales que consideran insuficientes para un trabajo que implica peligrosidad y responsabilidad. A ello se añade el desgaste que provoca permanecer durante horas en soledad, pendientes de que una columna de humo pueda convertirse en un incendio y sabiendo que, si el fuego se acerca, serán ellos mismos quienes tengan que decidir cómo ponerse a salvo. Una situación que con los años se acumula en su salud mental y a penas le han puesto el foco en prevención de riesgos para estos trabajadores.

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Detalle de la toma de tierra cerca de la torre de vigilancia calcinada por las altas temperaturas que llegó a generar el fuego David F. Sabadell

Una reivindicación que comparte todo el operativo

La situación de los vigilantes forma parte de un conflicto laboral más amplio dentro del dispositivo forestal madrileño. Los bomberos forestales públicos mantienen una huelga indefinida que supera los 1.200 días y reclaman, entre otras cuestiones, la aplicación efectiva de la Ley Básica del Bombero Forestal, una contratación en condiciones y poder trabajar durante todo el año. El personal contratado a través de Tragsa, por su parte, ha mantenido durante años un conflicto por la renovación de su convenio, la estabilidad y el reconocimiento de sus funciones, que ha tenido una pausa esta semana con la llegada del acuerdo parcial de mejoras de canciones. 

En todos estos conflictos aparece un elemento común: la reivindicación de que la prevención forestal no se reduzca a reaccionar cuando el incendio ya ha comenzado. El pasado verano, el incendio de Lozoyuela-Cinco Villas arrasó cerca de 800 hectáreas y volvió a situar la Sierra Norte en el centro del debate sobre los recursos destinados a prevenir y combatir los incendios. Para los vigilantes, su propia situación laboral forma parte de ese problema. Son quienes permanecen en las torres durante horas para detectar los incendios, pero denuncian que sus condiciones no reflejan la importancia de esa primera línea de vigilancia.

“Pedimos que no nos desprecien, básicamente”, concluye uno de los vigilantes en referencia a las negociaciones con la Comunidad de Madrid que mantienen desde hace más de tres años y que de momento están rotas sin avance. Contra esa situación, los trabajadores, tanto bomberos como conductores y vigilantes, mantienen el pulso de manifestaciones y una huelga convocada de las más largas de Europa.

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