Los incendios que vienen: el reto de la gestión forestal en una Península asolada por la crisis climática

El cambio climático ha modificado las condiciones físicas y meteorológicas de las tierras ibéricas. La Península se enfrenta a fuegos más virulentos y difíciles de controlar, avivados por las altas temperaturas y un campo que tiene hoy mucho más combustible vegetal fruto del éxodo rural.

Coordinador de Clima y Medio Ambiente en El Salto. @pablorcebo.bsky.social, pablo.rivas@elsaltodiario.com

11 jul 2026 06:00

Esta tierra ha cambiado, también los fuegos que la azotan. Es irrelevante la cantidad de ruido que pueda generar el gestor (o aspirante a) político de turno. La península ibérica es un ecosistema diferente a lo que era hace apenas unas décadas porque las condiciones que la asolan han cambiado. Para ser más exactos, la península está hoy bajo “circunstancias ambientales radicalmente distintas”, como matiza Luis Berbiela, ingeniero de Montes y vicepresidente de la Fundación Pau Costa, una entidad focalizada en la prevención y gestión de los incendios forestales desde la perspectiva de la ecología del fuego. Aquí, en materia de una crisis climática que tiene consecuencias crecientes y brutales, nos toca especialmente, como en todo el Mediterráneo; y esto es un consenso científico —un hecho real— ligado a una realidad que vamos sintiendo en nuestras carnes cada año más intensamente y durante más tiempo.

Cifras y hechos.El periodo más intenso de la ola de calor que asoló las tierras ibéricas en agosto de 2025, en concreto la ventana entre el 7 y el 18 de agosto y que coincidió con los peores incendios en tres décadas, tuvo una probabilidad de ocurrir 200 veces superior que en 1850. Lo certificó un informe del World Weather Attribution (WWA), un panel internacional de científicos especializado en analizar desastres como el del verano pasado y ver su relación con la crisis climática. Aquella ola de calor fue la segunda más larga e intensa de la Península desde que hay registros. De hecho, Berbiela, que fue durante 20 años jefe del Servei de Gestió Forestal i Protecció de Sòl de Balears, descubre un nuevo término para calificar esta inédita escala de los tórridos episodios: “El incremento de temperaturas que implica más sequías prolongadas supone, más que olas de calor, mareas de calor”.

Los datos de la Agencia Española de Meteorología certifican que la anomalía superó los 4,2°C de media, con 42 provincias afectadas y 16 días de duración. Esto fue clave para que el pasado estío se erigiera como el más caluroso jamás sufrido en la Península, a lo que ayudó otra ola de calor en junio, la tercera más larga de nuestra historia (17 días). Fueron 55 jornadas de calor extremo entre el 1 de junio y el 31 de agosto, 31 más de lo que nos tocaría sin cambio climático, según un estudio de Climate Central.

El 43% de la superficie quemada en 2025 en la UE fue en la península ibérica

No es de extrañar que rebasase a 2022 como el verano más tórrido. El tercer clasificado, por cierto, tampoco queda lejos: fue el de 2024. Y en 2026 ya llevamos dos olas de calor, con el segundo junio más caluroso de la historia en España, el primero de Europa occidental. Quien no vea un patrón, apuntalado con miles de papers y organismos científicos del prestigio y tamaño del IPCC adelantando punto por punto lo que va pasando, o no es muy listo o quizá es que sus intenciones no son muy bondadosas.

El infierno se desató en 2025

Bulos negacionistas reventados, pasemos al horror. Aunque el sistema europeo de satélites Copernicus llegó a hablar de 400.000 hectáreas quemadas, las últimas cifras del Ministerio de Transición Ecológica (Miteco) señalan que el fuego arrasó 354.793,50 ha en 2025 en España, más de 300.000 solo en agosto. Son los peores números en 30 años, por encima del anterior registro máximo: 2022, con 270.289 ha.

El desastre ocurrió precisamente en la mencionada ventana especialmente abrasadora de la ola de calor de agosto: el día 8 arrancó el goteo de incendios, que jornada a jornada ascendió en número y escala, hasta superar la veintena de grandes focos en un episodio que se llevó la vida de ocho personas, generó miles de evacuados y calcinó casi un 1% de la superficie española, principalmente en las provincias de Ourense, León y Zamora.

El pasado año hubo 63 grandes incendios forestales, como se denomina a los de más de 500 ha, 39 más que la media del decenio 2015-25

A estos datos habría que sumar los de Portugal: Copernicus cifra en 275.000 las hectáreas calcinadas, un 3% del territorio luso, su peor registro histórico también. El 43% de la superficie quemada en 2025 en la UE fue en la península ibérica.

Más claves. El pasado año hubo 63 grandes incendios forestales, como se denomina a los de más de 500 ha, 39 más que la media del decenio 2015-25. “De los 16 incendios mayores de 20.000 has de toda la serie histórica (1968-2025), cinco se han producido durante el episodio extraordinario de agosto de 2025”, reza el informe Los incendios forestales en España 2025 del Miteco. Tenemos menos incendios, pero son más grandes, una afirmación que es un consenso general y tiene una explicación cogida con pinzas, pues ni la precariedad ha abandonado al sector de la extinción ni los recursos son suficientes en muchas zonas. “Tenemos mejor extinción, y los incendios se apagan antes —explica Sonia Roig, ingeniera de Montes especializada en sistemas agrosilvopastorales y repoblación, además de docente en la Universidad Politécnica de Madrid y vicepresidenta de la Sociedad Española de Pastos—, pero aquellos que no se pueden apagar se convierten en grandes incendios, que son tan peligrosos como intensos y severos”.

La magnitud de los fuegos ha cambiado tanto que algunos llegan a ser catalogados como de sexta generación, como se conoce a una categoría de superincendios que liberan tal nivel de energía que crean sus propias condiciones atmosféricas

En los primeros estadios del fuego, sostiene Xabier Vázquez Pumariño, biólogo y consultor ambiental afincado en Galiza, “se es bastante eficaz: se movilizan recursos y se pueden apagar”. Sin embargo, añade, “cuando hay determinadas condiciones muy específicas, muchísimo más duras, esa capacidad de extinción no funciona, y eso es porque las condiciones del medio han cambiado muchísimo”.

La magnitud de los fuegos ha cambiado tanto que algunos llegan a ser catalogados como de sexta generación, como se conoce a una categoría de superincendios que liberan tal nivel de energía que crean sus propias condiciones atmosféricas, favoreciendo su avance y dificultando considerablemente su extinción. Fue el caso del de Pedrógão Grande, en el centro del territorio portugués, que se inició en una intensa ola de calor en junio de 2017. Tuvo el triste honor de ser el mayor de la historia de Portugal, y se llevó 53.000 hectáreas y 64 vidas humanas. También llegó a esa categoría el de la malagueña Sierra Bermeja de septiembre de 2021. Fuegos nuevos en un mundo nuevo.

Despoblación, gestión forestal y bosques cultivados

Varios son los mantras que flotan para explicar esta nueva situación. Al recrudecimiento de la crisis climática en la Península se le suman la sobreexplotación del mito del pirómano, el “abandono” del campo –un concepto que Vázquez Pumariño rechaza al entender que “es un término que nos aleja por completo de un análisis fino de la realidad”–, la falta de gestión forestal y la estructura de las tierras boscosas de la península, con tres cuartas parte de ellas en manos privadas y con amplios terrenos dedicados a especies comerciales, como el pino y el eucalipto.

Para que un incendio tenga lugar deben darse tres condiciones: un elemento de ignición, unas condiciones favorables y un combustible que arda. Respeto al primer punto, frente al uso partidista del término —la medida estrella de Alberto Núñez Feijóo tras el desastre de 2025 fue proponer un “registro nacional de pirómanos”—, la realidad es que el mito del pirómano es más fantasía que realidad.

“Es absurdo seguir incrementando los costes de operativos de extinción si no van a poder ser útiles cuando llegue el momento simplemente porque el fuego se sitúa en una intensidad de liberación de energía que impide la acción del bombero”, denuncia Berbiela

Datos de 2006 a 2015 del Miteco: el 52,7% de los 131.113 incendios acaecidos fueron intencionados, pero en esa categoría entran los provocados por lo que la estadística estatal llama “prácticas tradicionales”. En concreto, considera intencionados los producidos por “quemas provocadas con fines agropecuarios para eliminar matorral y residuos agrícolas, para regenerar pasto o con objeto de ahuyentar animales salvajes”. Entre esos tres supuestos suponen el 63% de los incendios intencionados, mientras que los atribuidos a pirómanos son el 7,1% de estos; el 3,7% del total. Los causados por rayos (5%), los superan, y las negligencias y accidentes, que suponen el 28% del total, completan el cuadro. No, por ahí no va el problema.

Incendios que vienen 02

Si bien los recursos no sobran, el consenso que sostiene que España ha mejorado considerablemente en extinción está más que extendido, aunque hay evidentes puntos de mejora y, ante unos fuegos cada vez más devastadores, el aumento de la vigilancia y de los operativos necesarios resulta algo obvio. No obstante, y mirando a las estadísticas, el biólogo gallego pone ejemplos de lo que no hay que hacer: “El tema de los acotamientos, por ejemplo, que el Gobierno de Asturias, completamente secuestrado por el agrotrumpismo, quitó”. Se refiere a la excepción asturiana que supone que sea hoy la única comunidad que permite pastar en zonas quemadas, lo que para amplios sectores sociales y de la academia fomenta las quemas y, por ende, los incendios. Los datos parecen avalar esta hipótesis: en el noroeste peninsular, donde el fuego en estío es un habitual, el porcentaje de incendios intencionados asciende al 70%.

El combustible que prende la mecha

Analizadas las condiciones (crisis climática) y esbozados los factores de ignición, falta el tercer elemento: el combustible. La Fundación Pau Costa emitió en 2022 un documento de suma importancia: la Declaración sobre la gestión de los grandes incendios forestales en España. “Logramos reunir a gentes de procedencias y sensibilidades muy distintas, desde maderistas a grupos conservacionistas, selvicultores, propietarios forestales o personal dedicado a la gestión de espacios protegidos, con el fin de mandar un mensaje sólido y riguroso a la población sobre el riesgo de incendios forestales”, relata el vicepresidente de la fundación.

Entre las medidas que fructificaron en un documento de 15 puntos se encontraban dos cifras “de mínimos”, resalta Sonia Roig. La primera: “Es urgente gestionar anualmente, como mínimo, el 1% de la superficie forestal a escala nacional (260.000 ha) para preparar el territorio frente al paso de los grandes incendios forestales, priorizando zonas estratégicas de actuación”, reza el quinto punto. El sexto lo cuantifica económicamente: “Para establecer la acción anterior urgente, inaplazable e imprescindible, es necesario destinar alrededor de mil millones de euros al año para gestionar el paisaje forestal a escala nacional”.

Con gestionar la fundación se refiere, como explica la ingeniera, a “un tratamiento selvícola medio de resalveos, desbroce y podas; un combinado”, actuaciones que en 2022 cuantificaban en 3.130 euros por hectárea. El objetivo es eliminar combustible de una superficie forestal arbolada que se ha incrementado un 33% en España, hasta suponer el 36% de la superficie total, un porcentaje que aumenta al 54% del territorio estatal si añadimos el monte desarbolado o con arbolado disperso, ambos susceptibles de arder, al igual que lo son los cultivos.

“Una de las cosas de las que nadie quiere hablar es cómo se montan mecanismos carísimos de lucha contra los incendios para proteger un negocio privado”, denuncia Vázquez Pumariño

“Tenemos mucha energía acumulada en forma de biomasa en los montes”, sostiene Roig. “¿Por qué? Se han abandonado terrenos que se dedicaban a la agricultura y han pasado a ser forestales, y algunos de estos, además, se han repoblado o se han regenerado de forma natural”. Además, añade, antes los montes “no estaban tan cargados de biomasa porque alguien se los comía”. Es el cóctel de la despoblación, que mezcla la desaparición de una ganadería extensiva que se ha mudado a las macrogranjas industriales y un menor aprovechamiento del monte por parte de unos pobladores que, hace décadas, emigraron a la urbe. Es frente a ese cóctel donde el consenso que enarbola la Fundación Pau Costa urge actuar. 

“Se trata de incrementar una gestión forestal activa”, apunta Berbiela, quien, si bien remarca la dificultad de conseguir cifras para saber si llegamos a las cantidades que la fundación sostiene como de mínimos, “ahora mismo estaremos entre un 15% y un 20% de inversión en prevención respecto a lo que se gasta en extinción”. “Es absurdo seguir incrementando los costes de operativos de extinción—prosigue— si no van a poder ser útiles cuando llegue el momento simplemente porque el fuego se sitúa en una intensidad de liberación de energía que impide la acción del bombero y del medio aéreo”.

Un melón incómodo por abrir

El consenso, en cualquier caso, no es ni mucho menos total. Vázquez Pumariño, para quien conceptos como biomasa —“apela a algo uniforme, sin valor, homogéneo”— o masa forestal —“hay que diferenciar entre bosques y cultivos”— no son los adecuados frente al debate de cómo abordar estos nuevos fuegos, abre un melón difícil de obviar: “Hay que hacer una enmienda a la totalidad de la historia forestal de prácticamente el último siglo en España. Es decir, lo que se ha utilizado son especies de crecimiento rápido para industrias muy concretas. No podemos seguir expandiendo determinados cultivos a un coste ambiental y económico brutal”.

En la diana están diferentes especies de pinos, árboles resinosos especialmente inflamables usados ampliamente en repoblaciones y base de la industria maderera, y los eucaliptos, materia prima de las papeleras, acusados de arder rápido y de favorecer suelos secos con hojarasca susceptibles de favorecer los incendios. “Una de las cosas de las que nadie quiere hablar es cómo se montan mecanismos carísimos de lucha contra los incendios para proteger un negocio privado”, denuncia el biólogo. “Si tú montas un negocio en una ciudad, como empresario, como dueño, tienes que pagar un seguro, y parte de ese seguro incluye uno contra incendios”, continúa. “Puedes tener un negocio privado, pinos y eucaliptos, que benefician a empresario; aunque no mucho, pues donde se queda el dinero es en la industria papelera, en el caso de los eucaliptos, y en determinadas madereras, en el caso de los pinares. Y, curiosamente, cuando ocurre algo, pongamos incendios forestales, pues lo pagamos todos. Es una subvención descarada”. Según Vázquez Pumariño, si los propietarios pagaran el coste de los incendios “nos daríamos cuenta de que el gran negocio de la madera en España resulta que no es un negocio, es un desastre”.

Para Sonia Roig la “gestión del riesgo de incendio” debe ser una de las prioridades de la gestión forestal y para minimizar los riesgos hay toda una amalgama de opciones, que incluyen desde esa reducción del combustible vegetal a la introducción de los paisajes mosaico

La discusión sobre los pinares y los eucaliptos ha dado y dará para ríos de tinta. El vicepresidente de la Fundación Pau Costa opina al respecto que “el tema de incendios forestales ha arrastrado mitos: no hay ninguna planta que no arda, más con la dureza climática que tenemos ahora, y no es cierto que las coníferas o los eucaliptos estén ardiendo más que otra vegetación”. Para él, la clave está en otra variable: “Lo que arden más son unas estructuras vegetales que otras. Es decir, hay formaciones cuya continuidad horizontaly vertical permite fuegos que enseguida suben a las copas y se propagan con muchísima rapidez”. “Más que especie, es la estructura de la masa forestal”,apunta Roig en la misma línea. “La vegetación va a quemarse y propagarse más o menos rápidamente en función de la estructura: es mucho más seguro desde el punto de vista de un incendio que tengas árboles altos y no tengas vegetación hasta un pasto herbáceo debajo que no árboles más bajitos que sean continuos desde el suelo hasta el ápice”.

Para esta ingeniera, la “gestión del riesgo de incendio” debe ser una de las prioridades de la gestión forestal y para minimizar los riesgos hay toda una amalgama de opciones, que incluyen desde esa reducción del combustible vegetal que propone la Declaración de la Fundación Pau Costa a la introducción de los llamados paisajes mosaico que establecen cortes y diferencias en las masas forestales continuas pensadas para frenar unos incendios que —eso nadie lo duda— tarde o temprano llegarán. “Puede ser, por ejemplo, alternar parcelas de bosque maduro denso con pequeñas interrupciones de prados o incluso zonas agrícolas”, detalla.

También nombra el fomento de la ganadería extensiva para la prevención, aunque el mercado y el actual modelo imperante, la macrogranja intensiva, esté acabando con esta y haga a día de hoy imposible su vuelta a niveles que puedan cubrir todo el territorio. Menciona como ejemplos la Red de Áreas Pasto-Cortafuegos de Andalucía (RAPCA), que acaba de cumplir diez años e integra a más de 200 pastores y 100.000 animales en el mantenimiento de cortafuegos mediante un servicio de pastoreo remunerado.

“Antes el problema era la capacidad de extinción, hoy el problema es que tenemos territorios fuera de la capacidad de gestión porque ya no tenemos gente que viva en los pueblos”, sentencia Berbiela

También los Ramats del Foc (Rebaños del Fuego) catalanes, que funcionan en el mismo sentido que la RAPCA para controlar el sotobosque y expandir las dehesas. De hecho, Roig sostiene que este tipo de servicios hay que ponerlos en valor monetario. “Tener un ganadero, un pastor, que esté manteniendo áreas que hacen de cortafuegos, pues a este señor hay que pagarle. Se lo tenemos que pagar tú y yo por como sociedad para evitar que haya daños mayores, y tenemos que asumir que hay que pagar por determinados servicios por los beneficios que nos están dando”. 

“Antes el problema de los fuegos era la capacidad de extinción, hoy el problema es que tenemos territorios fuera de la capacidad de gestión porque ya no tenemos gente que viva en los pueblos”, sentencia Berbiela. Y ante ello plantea ejemplos como el de Gran Canaria: “Allí hay una experiencia extraordinaria. Todo el servicio de prevención va ligado a la idea de establecer un paisaje mosaico dando oportunidades como a la fabricación de queso, a la recolección de pinocha, al fomento del viñedo en montaña. Es decir, todo esto que implica un monte vivo y que automáticamente supone una diversificación en la estructura de la vegetación que, a la postre genera, un incremento de biodiversidad y de la defensa contra los incendios”.

Para él, la idea clave es un concepto de prevención agroforestal “que implique territorios que sean capaces de limitar la propagación del fuego frente a territorios homogéneos y continuos con vegetaciones con muchísima biomasa”. “Cada pastor que hay en el monte, cada labrador que hay en zonas de montaña, cada forestal que sigue aprovechando madera o leña… Esa gente es la que está definiendo hoy el monte, y el problema es que cada vez son menos”, lamenta.

Es un proceso hoy inabordable. “Hay un hecho que la gente no quiere afrontar —apunta Vázquez Pumariño— y es que si no hay gente en el campo es porque no puede haber hoy gente en el campo, y eso es así porque tenemos combustibles fósiles que han mecanizado el campo y para lo que antes se necesitaba un ejército de personas hoy los hace una subida a una máquina”. Él plantea como clave la necesidad de poner el foco en la prevención, sin olvidar que lo que unos llaman biomasa a eliminar es también biodiversidad, sumidero de carbono y base para el enriquecimiento del suelo y de la regulación de los ciclos hídricos: “Conocemos los vientos dominantes, cómo está la vegetación y la velocidad a la que se va a transmitir el fuego en función de unas condiciones u otras. O sea, podemos planificar de manera muy detallada cómo se transmite el fuego por municipio, por concello. Incluido más detalladamente: por kilómetro cuadrado. En ese sentido, podemos modificar el territorio para que el fuego sea abordable.

Sea como fuere, nadie duda de que todo esto irá a más y que tarde o temprano habrá que cambiar muchos enfoques en la prevención de incendios y la gestión forestal. El último gran aviso fue en agosto de 2025, y solo hasta el 30 de junio han ardido el doble de hectáreas que el año pasado hasta la fecha: 50.384, el 40% de todo lo calcinado en la UE, con dos olas de calor sobre nuestras espaldas. Nadie podrá decir que le pilló por sorpresa cuando la historia se repita.

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