Opinión
Dime qué celebras para saber quién lo financia

La importancia de las narrativas oficiales, de los mitos fundacionales y de las leyendas no reside en su veracidad, sino en la concepción del mundo que sostienen y reproducen. El relato repetido una y mil veces en la tele, los mítines, los libros de texto y los simposios universitarios, acaba por determinar lo que es objetivo, neutro y, al fin y al cabo, riguroso y científico.
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El rey celebrando el 12 de octubre en 2025. Foto: La Moncloa. CC BY-NC
17 abr 2026 12:00 | Actualizado: 17 abr 2026 14:05

Abril es un mes colmaíto de efemérides en el Estado español. Cada fecha señalada en el almanaque estatal implica un relato oficial: una versión de los hechos encargada de mantener el statu quo en la jerarquía del poder, así como el control sobre las narrativas. 

En otras palabras, para que un Estado, con pretensiones de nación, acepte la conmemoración de un día especial, es necesario que la versión difundida de la historia no contradiga la narrativa oficial, ni cuestione los mitos fundacionales del pretendido país.

“El día oficial de…” es una concesión para que nada cambie, mientras se genera la sensación de que todo está cambiando. 

Algunas de las efemérides de abril son: la victoria del franquismo, perdón, el fin de la Guerra Civil; el día del pueblo gitano; la Segunda República (no, esta no); el día del libro (pídelo en Amazon); la Revolución de los Claveles (esta tampoco); el bombardeo de Guernica (solo a nivel regional); el fin de la Guerra de la Independencia (solo si entra en el examen).

Las efemérides, como herramienta para crear hegemonía, o exaltan la vida de algún señoro o laceran y moldea la memoria colectiva. Hoy vamos a ver una mijilla de cada.

El día 8 de abril se conmemora el fracaso parcial del Estado en su tarea de exterminio de “lo gitano”. El fracaso es parcial porque, si bien las leyes antigitanas - gemelas de las anti moriscas-  no han conseguido aniquilar físicamente a las personas gitanas, lo que supone una ruina para el proyecto civilizatorio occidental, sí han logrado eliminar el romaní íbero, definir “lo gitano” y restringirlo a parcelas muy concretas de la sociedad contemporánea.

 A una efeméride hay que temerle más que a una vara verde. Que el Estado la reconozca y la haga oficial no significa que sea real, aunque sí configurará la realidad de las personas de la época

Además,  la política antigitana ha conseguido extender una narrativa sobre el origen, la historia, las formas, los mecanismos de resistencia, lucha, asimilación y participación  del pueblo gitano en su propia tierra (spoiler, no es el Punjab). Una narrativa que entretiene las aspiraciones de soberanía identitaria, pero mantiene la subordinación biologicista de clase. (booom!)

Los mitos fundacionales y sus símbolos no interesan por su veracidad empírica, sino por su capacidad de incluir y excluir realidades. Veamos, ligeramente, el caso de San Jorge: ese apuesto cristiano blanco que mata al dragón y cuya hazaña propicia el regalo de un libro.

A lo largo de la historia, San Jorge se ha identificado con figuras de las tres religiones monoteístas del Mediterráneo oriental. El dragón, por su parte, ha simbolizado distintos males según la época y el contexto. 

Cuenta la leyenda que Jorj era un joven enamorado de una doncella virginal, blanca y tímida, sin capacidad de agencia. La dama, sumida en su pasividad y maltratada por su madrastra, fue secuestrada por un dragón malvado que la alejó del pretendiente que más le convenía: Jorj. Así, el valiente enamorado, haciendo uso de su virilidad y su hombría, no dudó en empuñar una espada, enfrentarse al dragón, derrotarlo, salvar a la doncella y hacerla suya “por el bien de la propia dama”.  Ahí va, un relato de San Jorge al servicio del amor romántico. 

En otras versiones de la historia, menos oficiales, el guerrero y la dama son convertidos en una analogía del Hombre y la Mujer. El dragón pasa entonces a simbolizar la soberanía personal de ella: aquello que mantiene viva su conciencia como sujeto con agencia. Así, cualquier hombre que quiera tener a una mujer, domesticarla, convertirla en su pertenencia, deberá matar al dragón; es decir, anular la auto concepción de la mujer como sujeto de derecho y deseo. Solo así podrá transformarla en un trofeo inanimado, en musa, en complemento de su virilidad. Otra vez, San Jorge, esta vez desafiando la subordinación de “lo femenino” a “lo masculino”.

Durante la Edad Media, en la península ibérica, el dragón liquidado por San Jorge simbolizaba el islam, principal enemigo de la época y elemento aglutinador de la identidad nacional incipiente. Así, el santo era invocado en cada batalla, especialmente en los extremos peninsulares. En el Reino de Aragón, su patronazgo se consolida tras su supuesta aparición milagrosa en la batalla de Alcoraz (1096), para arrebatar Huesca a Alándalus, en el otro extremo, en el Reino de Portugal, Gharb al-andalus, su figura se afianza como protector frente al invasor, en un contexto de afirmación nacional. El mismo dragón para mil historias.

La importancia de las narrativas oficiales, de los mitos fundacionales y de las leyendas no reside en su veracidad, sino en la concepción del mundo que sostienen y reproducen. El relato repetido una y mil veces en la tele, los mítines, los libros de texto y los simposios universitarios, acaba por determinar lo que es objetivo, neutro y, al fin y al cabo, riguroso y científico.

Por eso a una efeméride hay que temerle más que a una vara verde. Que el Estado la reconozca y la haga oficial no significa que sea real, aunque sí configurará la realidad de las personas de la época. Pero el Estado es más fino que el hambre: sabe darle la vuelta a la tortilla y elegir bien a quienes ocupan sus filas como voceros. Dentro de las comunidades que reciben reconocimientos y días oficiales conviven muchas formas de ver el mundo, pero es el Estado —y no solo el Estado— quien decide cuál de ellas se escucha por encima de las demás, cual es la más “verdadera”, la más “científica”. En un mundo cada vez más liberal, en el sentido económico del calvinista Smith, los medios de comunicación moldean el “sentido común” con más eficacia que mil pragmáticas sanciones.

El nomadismo se presenta como rasgo intrínseco de la “gitanidad” omitiendo que muchas personas gitanas se vieron empujadas a esa movilidad tras ser expulsadas de sus casas y desterradas de sus tierras.

Estos días nos hemos hartado de ver documentales sobre lo flamencos que son los gitanos “por el hecho de serlo”, anulando de un plumazo las horas de zapateo, de cante y de escucha, y los sabañones en las manos de tanto bregar con las cuerdas de la guitarra. Se obvia que, quizá, el pueblo gitano se volcó en el arte porque no era contratado para otros trabajos.

El salvoconducto de 1425 (entregado por Alfonso V de Aragón al “Conde Juan de Egipto Menor”) ha sido utilizado para para insistir y “demostrar” el supuesto origen foráneo de las personas gitanas, mientras se silencia su lectura como posible mecanismo de resistencia de personas autóctonas que estaban siendo expulsadas de sus tierras. Tampoco los relatos más difundidos suelen señalar que la represión antigitana es contemporánea de la anti morisca.

El nomadismo se presenta como rasgo intrínseco de la “gitanidad”, incluso, como causa de su persecución, omitiendo que muchas personas gitanas se vieron empujadas a esa movilidad tras ser expulsadas de sus casas y desterradas de sus tierras en el marco de la mal llamada Reconquista. 

Claro que esa narrativa obligaría a reconocer que lo gitano es “de aquí”. Que es heredero de Tartessos —y, ¿Quién quiere hablar ahora de Tartessos pudiendo hablar de los fenicios?—. Por otra parte, abriría la puerta a entender lo romaní como una consecuencia socioeconómica del proyecto civilizatorio occidental, y no como un fenómeno biológico-cultural.

Al reducirlo a una etnia víctima de persecución por sistema se deja flotando esa sospecha envenenada de que algo tendrá el agua cuando la bendicen. Si a eso se le suma la imagen de una gitanidad farandulera que ensalzan los medios de comunicación,  se nos queda un mes de abril para ir a la feria, que críe la yegua en el camino y antes de registrar la cría eche el alto la Benemérita y presuponga que el potrillo es robado.
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