Colonialismo
Inmobiliator. Genocidio, tecnología y vivienda
En su escena más famosa, el cyborg T-800 interpretado por Arnold Schwarzenegger pronunciaba un icónico “volveré”.
The Terminator llegaba desde un futuro 2029 (distópico entonces, hoy muy cercano) a un presente-pasado 1984, año del estreno de la película. Suponemos que la referencia directa a Orwell no fue solo una curiosa coincidencia entre realidad y ficción. A menudo lo ficticio permite afectar materialmente a los hechos.
Por aquel entonces, la amenazante promesa que el cyborg dirigía a la audiencia daba forma a una premonición. Debió de ser muy tentador para James Cameron traer la ficción desde el futuro en el año de Orwell, con una distopía en la que las máquinas gobiernan al ser humano en tiempos de post-singularidad.
El genocidio contra el pueblo palestino ha supuesto esta singularidad para la humanidad, un punto de bifurcación en la historia de nuestros mundos. ¿Estamos ante una inminente caída al vacío, frente al filo del precipicio del apocalipsis, o en realidad lo que se abre ante nuestros ojos es precisamente una era post-apocalíptica porque el genocidio ya ha sido —y, además, siempre estuvo ahí?
No nos engañemos, en realidad Terminator viajó desde el pasado hasta octubre de 2023, enviado por las fuerzas y poderes de Occidente, con la misión de aniquilar a la humanidad usando nuevas y sofisticadas máquinas de control automatizado, turboalimentadas por la pedagogía de la crueldad y el sadismo. Como en la película, la misión del cyborg sólo ha sido confrontada por la resistencia, palestina en este caso, junto a sus alianzas en los pueblos del Sur global, contra la coalición sionista-occidental y su estirpe Epstein.
Más importante que su propio retorno es el modo en que el androide asesino opera. La película no estaba mal encaminada: hemos visto cómo los cyborgs se han materializado en forma de cuadricópteros armados, disparando a civiles, jóvenes y ancianos dentro de hospitales en Gaza; hemos sido testigos de bombardeos dirigidos por la lnteligencia Artificial (IA), parametrizados por algoritmos que fabrican objetivos y optimizan el exterminio. Con decenas de miles de niños y niñas palestinas desmembradas o pulverizadas por la tecnología más avanzada de la corporación Israel-EEUU-UE, la singularidad no puede ser otra que la de este apocalipsis. Ahora.
“Occidente” —eso que nunca existió, nos recuerda David Graeber– se encuentra hoy en un estado de caída libre. Ha traspasado el filo del precipicio pero aún no ha consumado su (merecido) aplastamiento contra el fondo. Los tres jóvenes del barrio parisino de La Noé lo sabían muy bien: “la importancia no está en la caída, sino en el aterrizaje”. Parece que Occidente sigue resistiéndose a arrancarse la careta porque, pese a todo, la indiferencia nos regala otro día de comodidad, placidez y pasividad mientras ganamos velocidad en esa caída libre —aunque las ratas comiencen a mostrar signos de inquietud.
El periodista australiano Antony Loewenstein nos ha enseñado que todo ese arsenal de nuevas y avanzadas tecnologías militares desarrolladas por Occidente es testado y probado contra el pueblo palestino, precisamente para añadirle valor de mercado. Israel es líder en el desarrollo de esta tecnología policial, securitaria y militar hasta el punto de, por ejemplo, poseer el programa de avión caza furtivo F-35 más sofisticado que existe en el mercado, el modelo “Adir”. Esta versión israelí supera en tecnología incluso al modelo que usa EEUU, el país fabricante. Israel, la Start-Up Nation, funciona como HUB de innovación suministrando tecnología avanzada al mercado de poder coercitivo, clave para el imperio occidental.
Sin embargo, este desarrollo tecnológico asociado al genocidio no solo lo ejerce el grupo de las Big Tech bélicas, con empresas como Palantir, Lockheed Martin o Boeing. Como ha demostrado Francesca Albanese, existe toda una economía del genocidio que se lucra con actividades directas o indirectas que facilitan o permiten que el ente sionista cometa el genocidio. En las listas de los informes podemos encontrar a otras Big Tech como Microsoft, IBM, Google, Amazon y un etc. criminal.
Todas ellas están tan implantadas en el funcionamiento de nuestras sociedades que casi podríamos calificarlas como invisibles. Han sido ampliamente asimiladas. Están a la vez en todas partes y en ninguna. Son corporaciones omniscientes, porque saben todo de nosotros y nosotras. Hemos sido sus trabajadoras sin sueldo durante décadas, transfiriendo todos nuestros datos gratuitamente, para ahora ya no poder vivir sin ellas. Les hemos invitado a formar parte de nuestra intimidad más personal, sin barreras ni límites.
Lo mismo sucede en nuestras instituciones públicas. Hemos incorporado a todas estas corporaciones criminales, trabando vínculos contrastados con el sionismo genocida mediante todo tipo de servicios privados comprados por entidades públicas, como las universidades. Un reciente informe elaborado por el Nodo Unizar de nuestra propia red reporta que la Universidad de Zaragoza mantiene relaciones “con grandes corporaciones multinacionales y entidades financieras que se benefician de la ocupación israelí, el apartheid y el genocidio contra el pueblo palestino”. Es el caso de compañías como Google, Microsoft, Johnson & Johnson, Hewlett Packard, CEMEX, Santander, CaixaBank o KPMG, entre otras muchas.
El caso de la Universidad de Zaragoza no es excepcional. Todas y cada una de las universidades públicas mantienen algún tipo de colaboración con corporaciones señaladas por sus contrastadas y documentadas relaciones con los crímenes del sionismo. Las universidades públicas han sido colonizadas y son gobernadas de facto por este tipo de conglomerados tecnológicos privados, hasta el punto de hacer impensable cualquier posibilidad efectiva de soberanía tecnológica o de reconocimiento de la obligatoria autonomía política universitaria. Digámoslo claro: este ataque se ha ejecutado con la necesaria complicidad y connivencia del propio personal de las universidades y de sus equipos rectorales. Históricamente, todo poder colonial ha impuesto su propia autoridad en la colonia. El espacio de la educación superior no es una excepción.
Todo esto, sin embargo, no describe nada que no supiéramos o pudiéramos intuir. Describe nuestro presente postapocalíptico, lo que ya conocemos. Quizá sea más urgente preguntarnos qué es lo que NO estamos intuyendo, qué podemos esperar desde nuestra cómoda y pasiva caída libre hacia el aplastamiento final, cómo va a avanzar el desarrollo tecnológico impulsado por la estirpe Epstein, o desde dónde aparecerá este cyborg asesino siempre empeñado en volver.
Como demuestra la importante huelga indefinida por la educación del País Valencià, las instituciones de la educación pública son uno de los centros de la disputa por las ruinas de este Occidente en descomposición. El acceso a la vivienda es otro de los núcleos de tensión y desposesión en nuestras ciudades. Los ataques contra el derecho a la vivienda se ejecutan expulsando a la población de nuestros barrios, extrayendo los recursos de los y las trabajadoras. No es coincidencia que los informes que documentan las relaciones económicas globales vinculadas al genocidio en Palestina señalen a empresas como Airbnb, Booking, BlackStone… que lideran los mercados especulativos y financieros de la vivienda, las inmobiliarias, el turismo y la gentrificación. Esas plataformas digitales ignoran e incumplen las decisiones de la Corte Internacional de Justicia y la Asamblea General de Naciones Unidas.
El desarrollo tecnológico en el sector inmobiliario también persigue el objetivo primordial de la acumulación por desposesión, eje fundacional del sistema del capitalismo racial y colonial —pleonasmo. Palestina también está siendo usada por el sector inmobiliario como campo de pruebas para este nicho de negocio extractivo —otro pleonasmo.
En Gaza, la destrucción intencional de la vivienda de los y las palestinas ha sido uno de los vectores de la cosmología del genocidio. En su libro Domicidio: la destrucción global del hogar, John Douglas Porteous y Sandra Eileen Smith definieron el término como “destrucción deliberada del hogar en pos de objetivos específicos, que causa sufrimiento a las víctimas”. Según datos de la ONU, Gaza ha quedado sepultada con más de 61 millones de toneladas de escombros. Entre octubre de 2023 y octubre de 2025, al menos el 92% de las viviendas de Gaza quedaron totalmente destruidas o sufrieron daños. El domicidio se manifiesta como palanca genocida clave para el proyecto expansionista del Gran Israel. Durante las recientes agresiones al Líbano, solo en los primeros 45 días de ataques, el ejército de ocupación de Israel destruyó más de 50.000 viviendas. Todo esto forma parte de este presente postapocalíptico, de la caída al vacío que Occidente disfruta plácidamente desde su cobarde complacencia.
Pero salgamos del presente. Volvamos a las salas del cine orwelliano de 1984, cuando se proyectó por primera vez la película de ciencia ficción distópica Terminator. Hoy, el cyborg cumple su amenaza y vuelve mutando su piel, tal como hacía en las posteriores secuelas de la saga. El plan de Trump para Gaza nos permite imaginar la llegada de otra tipología de cyborg: Inmobiliator.
El delirante proyecto de los complejos de viviendas y resorts en Gaza, planificado sobre los escombros que sepultan los cuerpos de cientos de miles de palestinos y palestinas asesinadas por los bombardeos indiscriminados de Israel, no solo es un plan de especulación financiera e inmobiliaria macabra y obscena. El sector de la especulación financiera inmobiliaria también se ofrece como un mercado en auge para testar nuevas tecnologías de control y automatización aplicadas a la vivienda en todo el mundo. ¿Cómo va a usarse la IA para incrementar los beneficios del mercado inmobiliario? ¿Cómo se va a diseñar el nuevo urbanismo para incrementar los marcos del control ciudadano y el negocio securitario? ¿Cuál va a ser el papel de las tecnologías de automatización en el desarrollo de las nuevas formas de ejercer el poder coercitivo mediante el control al acceso a la vivienda? ¿Cómo se conseguirá reprimir a toda la resistencia popular contra la desposesión del derecho a la vivienda? Todo esto y mucho más se evaluará, experimentará y probará en la Riviera del Plan de Trump en Gaza, otro “laboratorio palestino” cuyos resultados y conclusiones serán comercializados como tecnología testada en el abuso, para ser incorporada por cualquier gobierno de la globalidad occidental en estado de putrefacción.
En un ejercicio de ficción distópica, compañeros y compañeras de la Acampada por Palestina de Madrid describieron en un texto anterior cómo la incorporación de tecnología probada en Palestina, con una combinación de drones, tecnología de reconocimiento facial, Big Data e IA, podrá ser comprada e incorporada por nuestras instituciones de represión. Así, “cuando se intente parar un desahucio, podrá haber en esa calle una cantidad indeterminada de drones creando perfiles que se inserten en una base de datos sobre las personas que han asistido”.
Pero la distopía no acaba aquí. Este escenario sigue siendo completamente real. Nada que no suceda ya en Gaza, en Cisjordania o en Líbano. Sin embargo, los compañeros y compañeras en Palestina nos dicen que lo peor que podemos imaginar no es eso, sino el silencio del mundo ante tales atrocidades.
Ese silencio siempre se guarda, sea cual sea su origen, como complacencia activa ante el poder genocida. Es un silencio corresponsable que se rellena con trampas coloniales como la solución de los dos estados. Las declaraciones vacías de cualquier contenido solo producen inacción efectiva ante todas las agresiones y la violencia criminal.
Este tipo de silencio también tiene su eco en el sector de la vivienda y la especulación inmobiliaria. No es casualidad que los mismos actores políticos que defienden la no-solución colonialista de los dos estados —para no-restituir los derechos inalienables del pueblo palestino a su autodeterminación— ningunean y silencian a la población vulnerable y en riesgo habitacional de nuestro país con la emisión de un Real Decreto 8/2026 nacido con la única intención de morir, justo después de ser lanzado contra los colectivos y sindicatos de la vivienda y del alquiler. No es una coincidencia, son los mismos actores y silencios. Hablar con estos supuestos solo sirve para no decir nada y seguir haciendo lo mismo: continuar cayendo sin control ni capacidad de intervención en el vacío. “Hasta ahora todo va bien. Hasta ahora todo va bien. Pero el problema no es la caída, sino el aterrizaje”.
Desde el horizonte vemos cómo se acerca Inmobiliator, un cyborg que posee todos nuestros datos personales y biométricos para poder acumular todo nuestro trabajo vivo, para poseer cada gramo de vida de todos nuestros pueblos. Llega desde un tiempo futuro, no muy lejano, decidido a arrebatarte tu casa, tu sangre, tu vida, tu memoria, tu futuro.
Pero, sin embargo, y pese a todas estas amenazas distópicas, lo real es que no existe un destino predeterminado. Solo desde nuestro vínculo con el pasado se puede descubrir nuestro futuro. La trampa de la que Occidente no puede escapar proviene de su incapacidad de imaginar otra cosa que no sean distopías siniestras, y de ahí la amenaza del eterno retorno del cyborg, atrapado en un ciclo temporal cuya única posible salida exige pensar fuera de Occidente.
Por ello, concluimos este texto mediante dos voces palestinas que nos hablan del tiempo de la lucha, situadas desde la grieta que se abre entre los muros del imperio.
*
La pensadora palestina Rima Najjar describe una temporalidad utópica como conexión entre pasado y presente que nace al superar las estrechas limitaciones de la parálisis occidental:
El sistema [occidental] funciona dividiendo el tiempo en capítulos olvidables, dejando que la atención diluya la responsabilidad, borrando la memoria en nombre de la “estabilidad”[...] La colisión entre responsabilidad acumulada y presente desestabiliza profundamente la gobernanza occidental. Sistemas diseñados para gestionar eventos aislados se desmoronan bajo el peso de una historia no resuelta que ya no puede restablecerse ni ignorarse. Las herramientas tradicionales resultan insuficientes ante la escala de consecuencias desatadas [...] La sociedad civil se criminaliza, la disidencia se reprime, las plataformas se censuran y la ayuda humanitaria se condiciona y se instrumentaliza. Tribunales, prisiones, fronteras, universidades y sistemas financieros se han convertido en los principales escenarios de lucha. El tiempo político palestino ha entrado en las instituciones occidentales. Reorganiza el poder. Reconfigura lo que hoy significa “estabilidad”.
*
Walid Daqqa, líder revolucionario, pensador y escritor palestino que resistió contra el colonialismo de asentamiento de Israel desde el interior de sus prisiones, escribió en 2005 una carta titulada “Tiempo paralelo”:
Existimos en un Tiempo Paralelo,
dónde os vemos pero no nos veis,
dónde os escuchamos pero no podéis oírnos.
En un tiempo paralelo,
somos tan viejos como esta revolución,
antes de que surgieran sus múltiples facciones,
antes de los canales árabes de televisión por satélite,
antes de que la cultura de la hamburguesa se adueñara de nuestras capitales,
antes de los teléfonos móviles,
de los sistemas modernos de comunicación y de Internet.
Formamos parte de una historia,
y la historia es obviamente un estado de acontecimientos pasados que han terminado.
Excepto para nosotros.
Para nosotros, la historia es un pasado continuo que nunca termina.
Nos comunicamos contigo desde este pasado-presente
para que no se convierta en tu futuro.
*
La segunda parte de Terminator nos dice que el cyborg puede ser descolonizado.
Cuando gobierna la distopía, la resistencia comienza pensando juntas desde la utopía.
“Sayonara, baby”. Palestina siempre vuelve
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