Palestina, España, los valores reversibles y la rentabilidad política

“Queréis ocultar la infamia, pero el color de cobardes no se os irá de la cara”
Pedro Sánchez Palestina

Una cosa es ser solidario, y otra es serlo a cambio de nada (M. Rajoy, 2015).

Otra más, distinta a las dos anteriores, es fingirlo a cambio de algo.

31 meses después, no cabe otro tono que el del subtítulo. La cita es de Miguel Hernández (“Los cobardes”, Viento del Pueblo, 1937) y ya fue empleada por la RUxP en la primera edición del Tribunal de los Pueblos sobre la Complicidad con el Genocidio Palestino en el Estado español (UCM, noviembre de 2025).

Comencemos por reconocer las aptitudes que han hecho del presidente del gobierno español un referente contemporáneo de la verborrea legalista y la prédica moral. 

Para hacerlo, primero debemos poner en su sitio los términos “paz, justicia y dignidad”, recordar su verdadero significado y, sobre todo, comprender cómo funcionan todos ellos en el ciclo actual de “sionización del capital y palestinización de las formas de resistencia”. Lo ocurrido en el aeropuerto de Bilbao el pasado sábado, junto a casos como Valladolid, las 8 de Becerril y tantísimos otros, nos recuerda cuántas formas de paz, justicia y dignidad existen. Y cuán distintas pueden ser las formas de “defenderlas”.

Aquí significado no es lo mismo que función. No es un juego de palabras: más allá de la definición de cierto término en el diccionario, funcionar es producir realidad o participar en ello. Nos sigue interesando subrayar, sobre todo, una idea: a menudo decir (pese a la definición de que dicta su significado) funciona produciendo o permitiendo hacer NO. Esto tiene mucho que ver con lo que tratamos de explicar a continuación. Puede ocurrir que el diccionario de la RAE, el padrenuestro demócrata o el ordenamiento legal sigan definiendo como opuesto a NO pero, a la vez, (precisamente por eso) decir permita hacer NO a quienes tienen el poder, los altavoces, la habilidad y el permiso de la audiencia para legitimar con palabras sus actos, decisiones u omisiones, aun cuando éstos violen el derecho internacional y/o el propio orden jurídico estatal.

Que no, que no es un juego de palabras: es la principal contribución que el frente blando del Eje del Genocidio (a.k.a. Sindicato Epstein) aporta al esfuerzo de un “Occidente colectivo” al borde del ictus, centrado en mantener su posición dominante (con fecha de caducidad) en la estructura global del capitalismo racial (ese pleonasmo). Las piezas del frente duro son ya bien conocidas: tecnofascismo, nakba planetaria y destrucción absoluta. Cuesta más señalar al frente blando porque su papel y sus métodos son diferentes: sonríe, sabe decir “derecho internacional” y “valores democráticos”, apoya la “solución de los dos estados”, echa flores a Francesca Albanese –la misma relatora de NNUU que nos ha explicado por qué los estados están colaborando con el genocidio, España incluida– o suspende la participación de RTVE en Eurovisión el mismo fin de semana que retransmite un España-Israel de balonmano.

Y qué pena lo de la Flotilla, otra vez “interceptada y retenida”... Qué bruto, ese Ben Gvir... Después de décadas de esmero y tesón, las vanguardias del mundo libre han logrado hacer de la práctica de la tortura uno de los pilares de nuestra normalidad civilizatoria.

Cuando a sus autoridades se les ocurre emitir “un llamamiento a la comunidad internacional para que asuma sus responsabilidades jurídicas y morales, y garantice la protección de la población civil…”, ¿se están enviando el mensaje a ellos mismos? El 18 de mayo, el ministerio de Exteriores firmaba una declaración conjunta condenando los últimos ataques contra la Flotilla Global Sumud “en los términos más enérgicos“. Ole, bravo, ya sólo falta decir que dejaremos de respirar. “Hacemos hasta donde podemos hacer”, apuntó el ministro Bolaños. A estas alturas de 2026, el Gobierno español no ha anulado un solo contrato adjudicado tras octubre de 2023 a la industria armamentística de “Israel”. 

Como bien explica Daniel Lobato, al eludir las obligaciones que el derecho internacional impone a los estados terceros (recordadas en julio de 2024 por la CIJ y en septiembre de 2024 por la Asamblea General de NNUU), “la progresión especulativa en las acciones contra Israel” que practica el estado español “implica la reversibilidad”, pues de tales acciones se deduce que “no tienen un punto de ruptura entre lo tolerable y lo intolerable” o que dicho punto, tras dos años y medio de genocidio acelerado, “aún no se ha alcanzado”. Según quienes gestionan los efectos del exterminio explotando la retórica humanitarista, quizá bastaría con recuperar la “normalidad” anterior a… ¿2026?, ¿2025?, ¿2023?, ¿1967?, ¿1948?... y así poder “participar de nuevo en Eurovisión junto a algún militar sionista cantando sobre sus remordimientos tras hacer carne picada con las orugas de su tanque a cualquier ser humano palestino”. 

El trabajo que se lleva a cabo desde ese frente blando (el del supremacismo amable) puede medirse por tres claves de mercadotecnia política. La primera es una letanía dosificada de prédicas ”contra el genocidio“ (tardaron en pronunciar la palabra, pero hace ya un rato que les funciona) y loas ”a la solidaridad“. La segunda clave es una adecuada gestión del silencio y de los silencios. La tercera nos recuerda que el resultado deseable depende de una adecuada coreografía entre las dos primeras, como la que unió el septiembre ciclista de 2025 con el plan de paz necro-inmobiliario de Sharm el Sheikh: en menos de un mes de baile, el discurso del gobierno saltó de la empatía con los manifestantes a la aprobación del proyecto de la “riviera de la solución final”.

Esa tercera clave viene caracterizando el caso español: una cosa es cumplir con la obligación de mantener relaciones, colaboraciones, complicidades y responsabilidades con el genocida (léase participar en el genocidio) a costa de tu crédito político doméstico, pero otra muy distinta es combinar la dosis necesaria de “no hacer nada” (léase mantener la participación en el genocidio) con otra dosis de “decir mucho” que resulte rentable. El gobierno de España ha elevado esta última estrategia a cotas de excelencia desconocidas, contra lo que viene ocurriendo a muchos otros gobiernos de la OCDE –“y parte del extranjero”. Evitando actuar y limitándose a hablar, sustituyendo cada acción por una declaración, reduciendo cada obligación legal a otra performance teatral, el gobierno español está obteniendo rédito político gracias a la sangre de cada mártir palestino en Gaza, en Cisjordania, en Líbano y en los diferentes limbos jurídicos, políticos y físicos que habitan el mapa genocida.

Al fin y al cabo, cada frente del eje genocida representa su propio papel. Los peces gordos (EEUU, Alemania, Reino Unido…) “venden” – léase suministran lo necesario–  a la colonia israelí. Los peces pequeños (todos los demás) “compran” – léase hacen lo que se les ordene. Y mientras algunos peces pequeños predican la empatía del ”mínimo vital“, con España a la cabeza, los peces gordos marcan el paso imponiendo la soberanía del ”máximo mortal".

Aunque desde una posición subalterna y sin autonomía relevante a efectos prácticos, debe reconocerse que España está haciendo su trabajo de forma sublime si lo que se valora es la capacidad de cumplir su papel salvando su “imagen”, tanto la del gobierno en clave doméstica como las del estado y la sociedad proyectadas más allá de sus fronteras. 

La cuestión sigue siendo qué paz, qué justicia y qué dignidad resultan de ahí.

El genocidio volverá a las sociedades cómplices y que lo apoyan activamente (G. Abu Sittah, 16.06.2024)

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