Educación pública
Lo que mueve una huelga

Se ha creado una red que ha permitido llevar la frustración compartida en el café del recreo a una asamblea y empezar a tejer, también con las alumnas, un horizonte común menos malhumorado.
Profesora de filosofía en enseñanza secundaria.
14 may 2024 08:02

Esta es una reflexión sobre la jornada de huelga del pasado 8 de mayo. Un intento de pensar la pregunta ¿por qué esta vez sí hay movilización entre profesores y alumnos?

Hace un año se convocó una huelga de toda la comunidad educativa en Madrid, no sé si la concentración frente a la Conserjería superó el centenar de personas, fue una mañana nublada. Algunos compañeros me dijeron que no hacían huelgas de un día porque no sirven para nada, otros que ya participaron en Marea Verde. ¿Qué ha ocurrido este curso? Entre otras cosas, aquella huelga sirvió para poner de manifiesto la parálisis del profesorado y la de la negociación entre los sindicatos mayoritarios y la Comunidad de Madrid, concentrada en la punta del iceberg de un problema estructural: el número de horas lectivas. Madrid es una excepción ibérica no solo por sus glamurosos atascos y talas indiscriminadas, sino también por no haber vuelto a las 18/19 lectivas que daban los profesores antes de la crisis económica, actualmente impartimos 20/21 en secundaria y 25 en primaria, situación que sí se ha revertido en el resto de España. De esa huelga surgió la plataforma Menos Lectivas y gracias a ella las movilizaciones de este año.

Se ha creado una red que ha permitido llevar la frustración compartida en el café del recreo a una asamblea y empezar a tejer, también con las alumnas, un horizonte común menos malhumorado. Librarse de las lógicas de los sindicatos mayoritarios posibilita imaginar ese horizonte al margen de la “eficiencia” y abrirse a la escucha de todo lo que anda enfermo en la institución y resuena con las del resto de servicios públicos. Entre las reivindicaciones con mayor consenso se encuentran también la bajada de ratios, que permitiría atender adecuadamente a los estudiantes, la lucha contra la segregación potenciada por el “bilingüismo”, el refuerzo de los Departamentos de Orientación para la atención al alumnado con más necesidades o la recuperación del Bachillerato nocturno presencial. Merecería capítulo aparte la cuestión de las leyes educativas, elaboradas por expertos que teorizan al margen de la precaria realidad de las aulas masificadas, urge que la voz del profesorado empiece a tener algo que decir tanto en su elaboración como en su implantación, quiénes más las padecen finalmente son los estudiantes pues sus “correas de transmisión” suelen equivocarse al realizar la cuadratura del círculo cada pocos años.

Librarse de las lógicas de los sindicatos mayoritarios posibilita imaginar ese horizonte al margen de la “eficiencia” y abrirse a la escucha de todo lo que anda enfermo en la institución y resuena con las del resto de servicios públicos

Los tres días de huelga de febrero han supuesto un punto de inflexión, el inicio de un camino que tuvo uno de sus hitos el pasado 8 de mayo. Quería escribir sobre cómo se ha vivido en mi instituto, en el que gracias al impulso de febrero se formó una asamblea de profesores y en el que la ilusión y la alegría la han contagiado sobre todo los alumnos. Los días anteriores a la huelga, las clases de 1º de Bachillerato estaban muy emocionadas por participar, sacábamos ratos para pegar carteles, escribir panfletos y tras las sesiones de Maquiavelo o Rousseau nos poníamos a repasar todo lo que haríamos ese día: el piquete, ir a informar por los centros de alrededor, hacer pancartas, marchar juntos a la concentración de Leganés y luego a la de Madrid… cada día a alguien se le ocurría algo que aportar, pero en realidad la reiteración era un fin en sí misma, era placentera. Recordaba cuando a principio de curso vimos el documental Regreso a Reims, que analiza la historia de la clase obrera francesa desde los años ’50 hasta el presente. Fue un tira y afloja, no querían ver algo lento, en blanco y negro, con subtítulos…además necesitaban contexto porque habían olvidado parte de lo aprendido en las clases de Historia el curso anterior, al menos no las habían dado en francés o inglés. Estuve tentada de ceder, pero quería que lo viéramos, así que insistí en que prestaran atención a algo aparentemente aburrido e iba contextualizando cuando hacia falta, al acabar escribieron una disertación y sorprendentemente unos meses después parece que han integrado muchas de las ideas que entonces les parecían ajenas. Esta semana estamos con Marx y veo mucha sonrisa cómplice, como diciendo “ya sabemos de qué va esto”.

Sabía que ellos estarían los primeros el día 8, pero me sorprendió encontrarme con D., un alumno de 4º de la ESO que tuve este año en la optativa de Filosofía. D. era una persona muy preocupada por la nota y por cómo iba a evaluar la asignatura, para ser sincera su preocupación no era infundada, lo cierto es que no sabía cómo iba a hacerlo, por tener 21 lectivas y darle clase a todo Bachillerato no estaba teniendo tiempo para fijar una hoja de ruta en la optativa. Este curso quitaron una hora a la asignatura de Historia de la Filosofía en 2º de Bachillerato, pero han ampliado los contenidos del programa y han dejado el mismo número de autores para selectividad. En la práctica esto significa que un alumno de 17 años debe poder comentar con solvencia un fragmento de la Crítica de la Razón Pura tras haber tenido 5 clases sobre toda la obra de Kant, autor al que normalmente solo conoce de oídas por el curso anterior. Esa chapuza no hay curso de digitalización para el profesorado que la arregle, así que le toca a cada una romperse la cabeza para ver cómo dar el temario en plazos imposibles sin que pierda del todo el sentido, lo que no deja mucho espacio para pensar en las optativas. Supongo que este miedo a la nota hizo que D. me fuera cogiendo cada vez más inquina, hasta que con el estrés de los exámenes de la primera evaluación le escribió una carta a la jefa de estudios quejándose de mis clases.

Finalmente, D. sacó un sobresaliente muy merecido y se serenó. Días después de aquella evaluación, me tocó suplir a una profesora en mi hora de guardia justo en la clase de su hermana pequeña. Si algo he aprendido en estos años es que en los primeros cursos de la ESO siempre se van a reír de ti cuando no te conocen, así que es mejor que les des algún motivo desde el principio. Esa hora nos pusimos a bailar un Just Dance, yo preferiría que fuera baile libre, pero les encantan las coreografías que hacen esos muñecos fosforitos, a mí me suele tocar el oso panda. El caso es que ahí estaba yo bailando una especie de turbo polka country en pareja con la hermana de D. sin saberlo, hasta que me dijo “ah, tú eres esa profesora, mi hermano te odia”. Me contó que efectivamente había pasado varias cenas convirtiéndome en un enemigo a batir y que, supuestamente gracias a la carta que había escrito, yo había tenido que cambiar mis clases, dijo que para su hermano había sido una batalla ganada contra la autoridad… otra cosa que he aprendido ante la sinceridad sin filtros de los adolescentes es que es buena idea seguir bailando.

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La relación entre D. y yo se mantuvo fría desde entonces y la optativa de 4º, la que debería haber sido la asignatura más fácil de dar se fue volviendo la más difícil, no había tema ni enfoque que lograra despertar la curiosidad de la clase, hasta que un día se produjo el acontecimiento. Estábamos viendo un documental sobre abuso del móvil anterior al confinamiento y se me ocurrió preguntarles por cómo les había afectado a ellos, si el encierro había potenciado lo que acabábamos de escuchar. Les hice algunas preguntas y les pedí que no contestaran con un monosílabo o un “no sé”, pero mientras se lo decía ya se estaba obrando el milagro, estaban escribiendo muy concentrados, ¡párrafos largos! Al empezar a poner sus respuestas en común con interés solo pensaba en no hacer nada que rompiera la magia. Hablaron de que las largas horas de distracción con el móvil eran una respuesta a la soledad, que la mayoría no pasaban el tiempo que les gustaría con sus padres porque trabajan mucho y que su generación sale menos de casa, por lo que les cuesta más socializar. Hablaron de que no pueden imaginar el futuro, de sus miedos y de la presión para ser perfectos. Hablaron de ansiedad y depresión. Hablaron de clasismo, racismo, machismo, crisis climática y de que no confiaban en la lucha política. D. apenas habló, pero escuchó.

El miércoles, después del piquete en nuestro instituto fuimos a hacer ronda por los coles de alrededor. Me encantó ver las sonrisas con las que las madres y padres cogían los panfletos de A., R., Z. …, no cabía otra respuesta. Ya de vuelta pasamos por un puente desde el que se veían las vías del tren y se me ocurrió hacerles una foto a los alumnos de portada de disco, de espaldas con su pancarta, el único con un móvil con cámara buena era D., así que la hice con el suyo y como la quería nos dimos el wasap para que me la pasara. Fue un momento extraño para los dos y no pudimos evitar reírnos. Luego estuvimos en un parque pintando carteles para la manifestación, aprovechamos unas cartulinas que originalmente iban a ser atrezzo en una obra de teatro, así que empezamos a pensar lemas que pudieran rimar con las imágenes que ya estaban dibujadas: un lagarto, una mesilla de noche…fantasía. Un compañero ingeniero hizo los mejores palos de cartón para llevarlas, otro trajo los churros. Había muchísimo sol.

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