Bolivia
Voluntariado o volunturismo: no todo a lo que llamamos voluntariado internacional lo es
Llega el verano y con él los anuncios de experiencias de voluntariado internacional. Mensajes como “en vacaciones viaja con propósito” o propuestas que invitan a “ayudar”, “transformar” o “generar impacto” en pocas semanas, generalmente en contextos de lo conocido como Sur Global.
Sin embargo, no todas las experiencias que se presentan como voluntariado internacional responden a lo que, desde una perspectiva ética y de cooperación, se entiende como tal.
Cuando hablamos de voluntariado, no hablamos de “ir a ayudar”. Hablamos de una forma de implicarse de manera libre y solidaria, sin buscar una compensación económica, dentro de una organización y con un objetivo claro: contribuir al bien común. Es un compromiso que se construye en el tiempo, que necesita formación, acompañamiento y responsabilidad, y que, sobre todo, busca algo más profundo que una experiencia personal: aportar a la transformación social.
Experiencias y encuentros así están teniendo lugar ahora mismo por todo el mundo, sin embargo, en las últimas décadas ha emergido con fuerza el llamado “volunturismo”: una práctica híbrida entre turismo y acción solidaria. Se trata, en su mayoría, de experiencias de corta duración, con un alto coste económico, sin formación previa, centradas en la vivencia personal de quien participa y con una limitada e improbable inserción en procesos comunitarios reales. Prometen “una experiencia única” y “cambiar vidas” en pocas semanas gracias a facilitar que la persona pueda “colaborar” en escuelas, comunidades o proyectos en contextos de vulnerabilidad.
Hay veces que es la propia persona quien no conoce a qué oferta de “voluntariado” se está acercando. Hacer la diferencia es clave para poder saber desde qué proyectos queremos realmente conocer y acercarnos mejor a esos contextos aún desconocidos para la mayoría. Mientras el voluntariado internacional responsable busca contribuir a procesos existentes desde una lógica de justicia, construcción en común y ampliar la mirada, el volunturismo corre el riesgo de responder a una lógica de consumo: vivir una experiencia significativa en un contexto de desigualdad sin importar el rastro que deja tu paso.
Es una cuestión de foco: en el primero el foco es la justicia social, el nosotros, y en el segundo el foco es la experiencia propia, el yo. Esta distinción no es solo teórica. Tiene implicaciones concretas en las comunidades, en las organizaciones y en las propias personas que participan.
Bolivia, tiempo de escucha
Desde mi experiencia como voluntaria de la ONG Entreculturas en Bolivia, estas diferencias se hicieron especialmente evidentes. Como parte de su programa de voluntariado internacional VOLPA, estuve un año acompañando el trabajo de una institución local en comunidades indígenas guarayas y chiquitanas, pueblos que se ubican en lo que se conoce como la entrada al Amazonas, al noreste de Bolivia, frontera con Brasil.
Formé parte de un proceso de voluntariado de larga duración, con una etapa previa de formación y un acompañamiento constante. Aun así, el aprendizaje más grande que confirmé en mi tiempo es comprender que la comunidad “no me necesitaba” en los términos en los que yo había imaginado.
No era un espacio vacío ni un lugar al que “llevar” algo. Eran comunidades con historia, organización, saberes propios y procesos en marcha. Mi presencia solo tenía sentido en la medida en que era capaz de situarme desde la escucha, el respeto y la disposición a aprender y desde ahí poder compartir aprendizajes.
Ahí comprendí algo que en la formación previa nos hablaron mucho: el voluntariado internacional no debe consistir solo en ir a hacer, sino en saber cómo estar.
Una de las principales limitaciones del volunturismo no es tanto la duración en sí, sino la falta de proceso
En este sentido, siento que una de las principales limitaciones del volunturismo no es tanto la duración en sí, sino la falta de proceso. Las estancias breves, cuando no van acompañadas de una formación adecuada, un trabajo consciente de las expectativas y los intereses, pueden dificultar la comprensión del contexto, la generación de vínculos y la inserción en dinámicas comunitarias reales.
Esto no implica cuestionar las motivaciones de quienes participan. La mayoría de las personas que optan por estas experiencias lo hacen desde un deseo genuino de contribuir. Sin embargo, la buena intención no garantiza una práctica adecuada.
De hecho, sin una mirada crítica, el volunturismo puede reforzar dinámicas como la simplificación de realidades complejas, la reproducción de relaciones de desigualdad (quien ayuda versus quien recibe) o incluso la instrumentalización de comunidades como escenario para el aprendizaje personal.
El voluntariado transformador
El voluntariado internacional transformador propone otro enfoque. Un enfoque que entiende la experiencia como un proceso: antes, durante y después. Que pone en el centro a las comunidades y sus propios caminos. Que reconoce que el aprendizaje es bidireccional. Y que asume que la transformación más profunda no siempre ocurre en el lugar de destino, sino en la forma en que la regresamos y nos posicionamos en nuestros propios contextos y se posiciona en su propio contexto.
En mi tiempo en Bolivia, el mayor aprendizaje no fue lo que hice, sino cómo cambió mi manera de mirar. Descubrir todas la maneras que hay de hacer una tarea, de conocer, me hizo aprender a cuestionar mis propias certezas, a reconocer los límites de mi rol y a entender que acompañar no es dirigir. Fui consciente de todos los privilegios que tengo y de los que no era consciente y, entendí que con relaciones de cercanía e igualdad podemos construir otros mundos posibles. Después de mucho tiempo, muchas charlas y mucha escucha pude quitarme la etiqueta de europea y pasar a ser Lucía.
Entendí que con relaciones de cercanía e igualdad podemos construir otros mundos posibles
El voluntariado no termina cuando vuelves
Ese aprendizaje no terminó con el viaje. El regreso forma parte del proceso de voluntariado y quizás el momento más difícil de todos. Es el momento en el que lo vivido se traduce en compromiso, en decisiones cotidianas, en una forma distinta de entender el mundo y de relacionarse con él.
Por eso, en un contexto en el que el voluntariado internacional se presenta cada vez más como una experiencia accesible, rápida y consumible para mucha gente, se hace necesario recuperar su sentido más profundo. No se trata de viajar o no viajar, ni a dónde. Se trata de ver desde dónde lo hacemos. De si entendemos el voluntariado como una experiencia puntual o como un proceso de transformación.
De si buscamos “ayudar” o estamos dispuestas a cuestionar nuestras propias formas de estar en el mundo. Porque el voluntariado, cuando es realmente transformador, no empieza en el destino ni termina al volver. Empieza con ganas de comprender, actuar ante un mundo injusto y hacerlo con consciencia.
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