Memoria histórica
Rota: desalambrar el paraíso
Un hombre de piel colorada por el sol se estira sobre una hamaca azul.
Bajo una sombrilla de paja, una bebida recién puesta aguarda su turno.
El viento de poniente hace su trabajo: trae olor a algas y el hablar del pinar vecino.
Con poniente, la visibilidad desde la hamaca es mayor:
A un lado, Rota.
Al otro, las dunas de Punta Candor.
Al frente, los milenarios corrales.
Al fondo, Cádiz.
A la espalda, los muros de la antigua almadraba.
Tras esos muros funcionó, entre 1938 y 1945, un campo de concentración.
Uno de los mayores y más longevos del régimen franquista.
***
“Sobre la Guerra Civil y la consecuente dictadura franquista se ha escrito mucho. A pesar de ello, se sigue dando un desconocimiento generalizado sobre algunos de sus principales aspectos. Prueba de ello es todo lo que rodea la implantación del sistema concentracionario que impulsó entonces el ejército rebelde. Ya sea por falta de didáctica, por falta de amplios escenarios en los que expresarse o por una posible falta de interés del conjunto de la sociedad, lo cierto es que continúa siendo una temática embarrada e ignorada por buena parte de quienes nos rodean, lo que incluye probablemente a algunas personas que tengan este libro en sus manos”.
Ese diagnóstico resume el propósito del libro Arena Cautiva. El campo de concentración de Rota: historia de la dictadura franquista, firmado por José Marchena Domínguez, Santiago Moreno Tello y Carlos Píriz. La investigación nace impulsada por el consistorio de Rota, con apoyo en distintas fases de la Diputación de Cádiz y el Ministerio de Presidencia, para arrojar luz sobre una parte de su historia que durante décadas permaneció sepultada. Esta publicación constituye el primer estudio no solo del campo de concentración roteño, sino de la experiencia cautiva en la provincia de Cádiz, que también contó con otro campo, el situado en el Coto de la Compañía Trasatlántica en Puerto Real.
Los autores explican que los campos de concentración fueron “unidades bélico-administrativas organizadas desde el poder militar para internar y clasificar a los prisioneros de la Guerra Civil”. Su función iba mucho más allá del encierro: servían para “determinar sus supuestas responsabilidades criminales, políticas o sociales, reeducarlos y reutilizarlos en una red de trabajos forzosos denominada de batallones de trabajadores”.
Con la creación de la Inspección de Campos de Concentración de Prisioneros (ICCP) “se sistematizó la clasificación y la depuración de los cautivos”, sostienen los autores de ‘Arena Cautiva’
La improvisación inicial dio paso a un sistema organizado cuando, en el verano de 1937, el Cuartel General de Franco creó la Inspección de Campos de Concentración de Prisioneros (ICCP). Desde entonces, sostienen, “se sistematizó la clasificación y la depuración de los cautivos”. Los considerados afectos al nuevo régimen eran enviados al frente; los dudosos, a batallones de trabajo forzoso; los desafectos, a la justicia militar y, finalmente, a cárceles, destacamentos penales o directamente al paredón. “Era otra forma de eliminación distinta a la del pelotón de fusilamiento, que llevó a estos recintos a cotas de exterminio”, apuntillan Moreno, Píriz y Marchena.
Todo ello ocurría, escriben, bajo “condiciones extremas físicas y mentales de absoluto sometimiento”, hasta el punto de que los prisioneros eran “la nada”. Y concluyen con una reflexión que resume el propósito del sistema: “pero una nada necesaria para una dictadura que solo acababa de comenzar. Una nada a la que se había de reeducar en valores y principios, porque el caudillo lo era por la gracia de Dios, porque la providencia era misericordiosa y porque Franco era su representante en la tierra”.
Conforme avanzaba la guerra, el ejército sublevado necesitaba abrir nuevos centros de cautiverio. La expansión del frente y el aumento del número de prisioneros obligaron a ampliar una red represiva que ya no respondía a una situación provisional, sino a una estructura organizada de internamiento y explotación laboral.
Según la investigación de Carlos Hernández de Miguel, llegó a haber 303 campos de concentración en el conjunto del Estado. Andalucía fue el territorio que concentró el mayor número de ellos: 52
Mientras el ejército franquista consolidaba su avance tras la batalla del Ebro, el conocido como “virrey de Andalucía”, el general Queipo de Llano, ordenó buscar con urgencia un emplazamiento para levantar un campo de concentración en Cádiz. Los autores relatan que llegaron a estudiarse distintos espacios —entre ellos, incluso, la parte de Doñana junto al Palacio de la Marismilla— hasta que finalmente se eligió la antigua almadraba de Rota. Las obras se ejecutaron a toda velocidad porque Franco había fijado una fecha límite: el 24 de diciembre de 1938. Según recoge Arena cautiva, “era una orden quizá a modo de cruel regalo de Navidad para cientos de sus enemigos, pues solía manejar conscientemente y con efectividad este tipo de efemérides”. Todo apunta a que los primeros contingentes de prisioneros llegaron a Rota entre enero y febrero de 1939, coincidiendo con el derrumbe del frente republicano en el Ebro.
La victoria franquista no cerró las alambradas. Las multiplicó. Lejos de desmantelar el sistema concentracionario tras el 1 de abril de 1939, el régimen lo amplió hasta convertirlo en una vasta red de internamiento. Según la investigación de Carlos Hernández de Miguel, llegó a haber 303 campos de concentración en el conjunto del Estado, por los que pasaron entre 700.000 y un millón de prisioneros. Andalucía fue el territorio que concentró el mayor número de ellos: 52.
Hambre, castigo y reeducación para la nueva España
La vida cotidiana en La Almadraba estaba marcada por una férrea disciplina militar, el hambre, la insalubridad, las enfermedades y un proceso constante de deshumanización. Además del trabajo forzoso, los cautivos eran sometidos a sesiones de adoctrinamiento político y religioso, ya que el régimen concebía aquellos recintos no solo como espacios de reclusión, sino también de castigo, coacción religiosa, sometimiento, expiación de culpa y reeducación de los vencidos.
El hambre y la sed eran constantes. El agua se convirtió en un bien escaso y los testimonios recogidos por los investigadores describen peleas por una cuba de agua salobre y, en las situaciones más extremas, la necesidad de beber incluso la orina de los animales (también explotados para cargar) para sobrevivir. A ello se sumaban unas condiciones de vida insalubres y la violencia, que también formaba parte de la rutina. Los castigos incluían golpes y latigazos para enseñarles a amar a “la nueva España”, mientras el agotamiento provocado por los trabajos forzados minaba la resistencia física de los internos. Es por eso que la muerte estaba siempre presente. No llegaba únicamente en forma de fusilamientos o de sacas nocturnas. También lo hacía por enfermedades como la bronconeumonía o colapsos derivados del hambre, el esfuerzo y las pésimas condiciones de vida.
El 10 de junio de 1941 se decretó el cierre del campo roteño, pero volvió a abrir con otra función: la explotación de su mano de obra a través de los batallones de trabajadores
El 10 de junio de 1941 se decretó el cierre del campo roteño. Era ya uno de los pocos que permanecían en funcionamiento en la región. Atrás quedaban 960 días de actividad ininterrumpida, casi dos años y medio de cautiverio. Pero, como advierten los autores, el recinto no dejó de ser útil para la dictadura, pues reabriría en pocos meses y seguiría activo hasta 1945. En esa segunda etapa continuó siendo campo de concentración, aunque su función cambió: los internos seguían siendo prisioneros sometidos al sistema represivo franquista, pero la lógica del recinto dejó de centrarse en la clasificación inicial para orientarse a la explotación de su mano de obra a través de los batallones de trabajadores.
“De este modo”, concluye Arena cautiva, “la almadraba de Rota dejó de ser un símbolo de la identidad marinera de la provincia para quedar grabada en la memoria colectiva como un eslabón fundamental en la maquinaria represiva que consolidó la dictadura en el sur de España”. No fue un episodio marginal: por el campo de concentración de Rota pasaron un mínimo de 20.000 prisioneros, con un pico de hacinamiento cercano a los 4.800 internos en abril de 1939.
Los nombres del cautiverio
Las cifras ayudan a comprender la dimensión del sistema concentracionario franquista, pero no cuentan quiénes fueron los hombres que el franquismo clasificó, encerró y sometió en aquellos campos. Arena cautiva recupera decenas de nombres, algunos anónimos y otros más conocidos cuyos familiares, décadas después, todavía tratan de reconstruir unas vidas que durante décadas permanecieron sepultadas por el silencio institucional y familiar.
Uno de aquellos prisioneros fue Telesforo del Campo Gamarra. Nacido en San Sebastián de los Reyes (Madrid), emigrado años antes a Buenos Aires, su voz quedó registrada en unos cilindros de cera que hoy conserva la Universidad de California, y se trata de una de las grabaciones sonoras más antiguas del flamenco que se conocen. Tras pasar por el campo de concentración de Rota, fue trasladado en mayo de 1940 al Hospital Militar de Cádiz, donde falleció pocos días después a consecuencia del grave deterioro de su estado de salud.
El cautivo más conocido que pasó por Rota fue, sin embargo, el imaginero Luis Ortega Bru. Natural de San Roque e hijo de una familia progresista, la represión franquista asesinó a sus padres y él fue destinado al Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores Penados número 94, establecido en Rota. Allí encontró algo excepcional en medio del horror: la ayuda de una familia autóctona que comenzó a protegerlo. Gracias a ellos podía salir algunas tardes, merendar y continuar esculpiendo en un rincón de su casa.
Bru, afectado por sus experiencias de vida, nunca olvidó aquel gesto. Años después, convertido ya en uno de los imagineros más prestigiosos del país —de ahí que lo llamaran “la mano izquierda de Dios”— y autor de algunas de las tallas más emblemáticas de la Semana Santa andaluza, quiso saldar aquella deuda. En 1962 realizó el Cristo de la Salud, una imponente figura de cuerpo entero que hoy recibe culto en la capilla de la Caridad de Rota. Cuando fueron a abonarle la obra, Ortega Bru rechazó cobrar sus honorarios y únicamente aceptó el importe de los materiales “como una muestra de gratitud a este pueblo tan hospitalario”.
La historia de Joan Moncada Puig ha podido recuperarse gracias a legajos olvidados en archivos militares y civiles, perseguidos durante años por tres generaciones de una misma familia
Otras historias, como tantas en España, han llegado hasta hoy gracias al tenaz empeño de los descendientes de las víctimas de la represión. Hace apenas unos años, Marisa Moncada, una de las hijas de Joan Moncada Puig, cruzó el país desde Catalunya hasta Rota con la esperanza de encontrar alguna pista sobre el cautiverio de su padre. En el lugar donde había estado el campo de concentración encontró un hotel y apenas algunas referencias imprecisas de los vecinos. Hoy es su sobrina, Silvia Martínez Moncada, quien, junto a su hija Gemma Ruiz, continúa reconstruyendo aquel recorrido. Joan, marinero de Vilanova i la Geltrú, combatió en la Marina republicana, fue internado en un campo francés en Túnez, entregado después a las autoridades franquistas y trasladado al campo de concentración de Rota, del que salió el 29 de noviembre de 1939 rumbo al Batallón de Trabajadores de Los Barrios.
Buena parte de esa historia ha podido recuperarse gracias a legajos olvidados en archivos militares y civiles, perseguidos durante años por tres generaciones de una misma familia. “Después de cuatro o cinco horas buscando en esos listados, por fin aparece el nombre de tu familiar. Eso es inexplicable”, recuerda Silvia. Para ella, encontrar esos documentos es “como reparar, de alguna manera”, una forma de decirle a su abuelo que son conscientes de lo que sufrió y no lo van a olvidar. Cuando Joan regresó a Catalunya volvió a trabajar como marinero, pero “vivió siempre con miedo”. La madre de Silvia le contaba que cuando una patrulla llamaba de madrugada a la puerta antes de salir a faenar, él les entregaba “lo poco que tenía de cena y el café” y vivió toda la vida “con ese peso, con ese miedo. Siempre”, resume su nieta. Un silencio que, sostiene, “ha marcado a varias generaciones”. La búsqueda acabó revelando que la devastación familiar no terminó con la guerra. La madre de Joan, viuda y con sus hijos en el frente, fue internada en un psiquiátrico de Barcelona, donde terminó suicidándose. Durante décadas la familia ni siquiera supo qué había ocurrido. Otro silencio más que solo empezó a romperse años después.
También la familia de Joan Ventura Surroca tardó décadas en recomponer una historia que apenas había podido contarse. Según la reconstrucción familiar, fue movilizado en los últimos compases de la guerra y emprendió la marcha hacia la frontera francesa siguiendo la retirada republicana. Las autoridades francesas les impidieron cruzar y, con las tropas franquistas ya a sus espaldas, fueron capturados. Su nieta, Pepa Ventura, explica que los suyos supieron muchos años después que durante la detención fue brutalmente golpeado antes de ser trasladado al campo de concentración de Rota. Allí sobrevivió entre el hambre, las pulgas y el apoyo mutuo de otros prisioneros de su comarca. Cuando regresó a Santa Perpètua (de Mogoda), su propia esposa apenas lo reconoció. “Llegó convertido en un esqueleto”, recordaría después su hijo Josep.
La guerra terminó, pero el miedo no se iría nunca. Joan Ventura volvió a trabajar en el campo y recuperó, en apariencia, la vida anterior. Sin embargo, una denuncia por trabajar un domingo acabó traduciéndose en una multa —o una citación, Josep no puede precisarlo— que, según recuerda, lo dejó completamente atemorizado. “Vivía siempre con miedo”, le explicaría años después su madre. Josep conserva también otra escena que nunca logró olvidar: el día de su primera comunión, mientras el resto de padres acompañaban a sus hijos al interior de la iglesia, el suyo permaneció fuera. Solo al terminar la ceremonia lo vio esperándolo al fondo del templo.
Años después, Joan Ventura Surroca se suicidó. En la familia, como había ocurrido con la guerra y con el campo de concentración, tampoco se volvió a hablar de ello. Su nieta, Pepa Ventura, explica que al estigma de haber sido un represaliado se sumó el del suicidio, una muerte especialmente silenciada durante el franquismo. Josep solo conserva un último recuerdo: el de su tío llevándolo a despedirse de su padre y el frío en la boca al darle un beso.
Manuel Leonés Martínez continúa también investigando la historia de su bisabuelo, Ramón López Pérez, el abuelo Ramón, internado igualmente en el campo de Rota. Aunque hoy Manuel reside en Cataluña, mantiene un profundo vínculo con sus raíces en Fuentes de Andalucía (Sevilla) y no ha dudado en viajar, igual que Silvia, para recabar información. Cuenta que en su familia apenas se hablaba del cautiverio. Sus hijas apenas conocían lo ocurrido y sus nietos lo recuerdan como un hombre alegre, siempre dispuesto a tocar el acordeón en comuniones y reuniones del pueblo. Cuando regresó, lo hizo extremadamente delgado y sin fuerzas. Antes siquiera de llegar a casa, un familiar le ofreció un batido de huevo con vino para intentar reanimarlo. El cautiverio había terminado, pero no la represión. Manuel lo recuerda con el acordeón con el que acompañó durante años la vida del pueblo. Y cree que también fue una manera de dar salida a un dolor que nunca llegó a expresar con palabras.
También permanece viva la historia de María de los Remedios Ávila Sánchez, conocida en Rota como MaríaLa Prisionera. Llegó desde Montefrío (Granada) acompañada de una hija pequeña siguiendo a su compañero, Juan Cano Padilla, un Guardia de Asalto internado en el campo de concentración. Nunca volvió a verlo. Terminó estableciéndose en Rota, donde formó su familia. Hoy son sus nietas quienes mantienen viva su memoria.
Frente a la maquinaria represiva del franquismo también hubo espacio para gestos de humanidad y resistencia. Vecinas de Rota, pese al escaso margen de maniobra de que disponían en un ambiente de terror y control férreo, aliviaron el sufrimiento de algunos cautivos.
Mercedes Bergalo, vecina de Rota, recuerda el relato que su madre le transmitía de su abuela, Manuela Lanzarote. La familia vivía en la plaza de San Roque, cerca de la Casa de los Tornos —actual Colegio Salesiano de Rota—, adonde eran conducidos los cautivos para realizar trabajos forzados en el pueblo. Contaba que su abuela los veía llegar en un estado de extrema debilidad física, desnutridos, sedientos y con la ropa y el calzado destrozados. Madre e hija sacaban agua del pozo y Lanzarote salía a ofrecerles de beber de latas reutilizadas de leche condensada. Mercedes recuerda especialmente la forma en que su abuela describía a aquellos hombres: “Parecía que decían: Prefiero estar muerto que estar como estoy. Cuando los guardias le ordenaban que regresara a su casa, su abuela respondía: “No estoy haciendo nada malo. Y el agua no se le niega a nadie”.
Mercedes Bergalo recuerda haber visto cómo algunos vecinos lanzaban por encima de las alambradas, ayudándose de hondas, zanahorias y calabazas y otros alimentos que tenían a mano, tratando de aplacar el hambre atroz
Bergalo explica que entonces el entorno de Arroyo-Hondo era completamente rural, hoy ocupado por chalés y urbanizaciones. Según su recuerdo, el recinto estaba rodeado por una alambrada muy alta, después una hondonada y una segunda alambrada rematada con alambre. Mercedes percibía que, aunque no todos los vecinos reaccionaban igual, a algunos “se les rompía el corazón” al contemplar el estado de los cautivos. Recuerda haber visto cómo algunos de ellos lanzaban por encima de las alambradas, ayudándose de hondas, zanahorias y calabazas y otros alimentos que tenían a mano, tratando de aplacar el hambre atroz. Fueron gestos discretos, ineficaces para la escala de la represión estructural, pero muy útiles para ofrecer la certeza de que al otro lado aún había quien los veía como seres humanos.
El eterno reabrir heridas
Pero volvamos al siglo XXI. En 2009, la asociación memorialista local publicó Memoria rota. República, Guerra Civil y represión en Rota, la primera obra divulgativa que mencionó la existencia del campo de concentración de La Almadraba. Años después, en 2016, la Dirección General de Memoria Democrática de la Junta de Andalucía comunicó al Ayuntamiento su intención de declarar el enclave Lugar de Memoria Histórica de Andalucía. El cambio de gobierno autonómico paralizó el expediente y no fue hasta 2020 cuando el concejal de Izquierda Unida Pedro Pablo Santamaría Curtido impulsó una moción para reactivarlo. El pleno la aprobó con una enmienda del PSOE para realizar previamente un estudio. Ciudadanos y Vox se abstuvieron alegando que no era conveniente “reabrir heridas” y el PP votó en contra al considerar que la reconciliación ya se había producido durante la Transición.
90 años después del golpe de Estado de 1936, el debate público sigue girando en torno a un argumento recurrente y desfasado, el de reabrir heridas. Mientras, para las familias que aún buscan a los suyos, la cuestión siempre fue otra: cómo gestionar aquellas que nunca pudieron cerrarse. Por eso, llevan décadas inmersas en otra tarea: saber qué ocurrió con sus familiares, encontrar sus restos mientras sea posible, esperar (a veces demasiado) el veredicto genético, disponer de un lugar donde recordarlos y ver reconocida públicamente la violencia que padecieron.
Lejos del debate partidista, fueron precisamente los familiares quienes durante décadas sostuvieron la búsqueda. Mercedes Rodríguez Izquierdo, nieta de Antonio Rodríguez Ruiz —fusilado en Rota— y una de las impulsoras de la asociación local, lo dice así: “La fuerza de los familiares es buscar donde no hay nada. Esto es un legado, un encargo de nuestras familias”. Tras años de rastrear archivos y testimonios, reconoce haber “buscado en cielo y tierra, hasta con nuestras manos hemos cavado la tierra”. Aunque muchas de esas búsquedas no hayan resultado, insiste en que el objetivo va más allá de recuperar unos restos: “Los huesos igual no los encontramos, pero sus vidas están aquí”, dice señalando el libro. Por eso lanza también un mensaje a las nuevas generaciones: “Animo a la gente joven a seguir buscando, a encontrar aunque sea uno solo. Uno ya es mucho”.
La posibilidad de reconocer como Lugar de Memoria Democrática en Andalucía los terrenos que hoy en parte ocupa el Hotel Playa de la Luz también generó preocupación entre los propietarios
Pero las reticencias a la propuesta no llegaron únicamente desde el salón de plenos. La posibilidad de reconocer como Lugar de Memoria Democrática en Andalucía los terrenos que hoy en parte ocupa el Hotel Playa de la Luz también generó preocupación entre los propietarios.
Antonio Franco García, concejal de Izquierda Unida en el Ayuntamiento de Rota entre 2015 y 2019 recuerda que, cuando la Delegación de Memoria Histórica comenzó a trabajar en esa declaración de la parcela de Arroyo Hondo, mantuvieron una primera reunión con dos trabajadoras del Hotel Playa de la Luz a petición suya. “Primero, supongo que como avanzadilla —supongo porque no puedo demostrarlo—, vienen dos trabajadoras a hablar con nosotros”, relata. Según Franco, ambas les trasladaron que la iniciativa podría afectar al establecimiento. “Nos dijeron: ‘Mira, esto nos va a perjudicar. Va a haber menos clientes porque los alemanes son muy sensibles con esas palabras… Va a perjudicar nuestro trabajo, a muchas familias’”.
Meses después, continúa, fueron citados por el propietario del hotel, Stefaan De Clerck, en el Hotel Duque de Nájera, otro de sus hoteles en la localidad. “Estábamos Pedro Pablo, yo y no sé si él venía acompañado por alguien más”, recuerda Antonio. A juicio de Antonio, el planteamiento fue calcado al de las trabajadoras: “El discurso era el mismo. Nos habló del perjuicio que entrar al catálogo de memoria histórica supondría para el hotel y para su imagen. Decía que la mayoría de su clientela era alemana y que los alemanes son muy sensibles con esa historia”.
Franco asegura que la respuesta fue la misma en ambas ocasiones: ”primero, les escuchamos. Y les dijimos para evitar reticencias que el campo no era solo el hotel sino que ocupaba una explanada muy grande y que no tenía que colocarse la señalización justamente allí. Pero que el hotel está ubicado en un lugar donde hubo un campo de concentración franquista y esa realidad histórica no se puede ocultar por mucho que nos digan. Eso fue lo que le dijimos. Y él no dijo nada más“.
Contactado para este reportaje, De Clerck, consejero delegado del Grupo HACE, presidente de la Asociación Provincial de Hoteles de Cádiz y cónsul de Bélgica en la provincia, evita pronunciarse sobre el debate memorialista: “Rota es nuestro bastión y nuestro sitio, nuestro paraíso. Lo único que pedimos es que no se nos perjudique”, afirma, mientras incide en que del establecimiento “dependen 200 familias”.
La declaración del antiguo campo de concentración como Lugar de Memoria Democrática en Andalucía sigue sin resolverse
Durante la conversación reconoce que recuerda aquellas reuniones con representantes municipales, aunque precisa que ocurrieron “hace muchísimos años”. Insiste en que no conoce en profundidad la historia del antiguo campo de concentración porque “no le he prestado atención” y porque, a su juicio, “son temas del pasado”. Su posición es que “hay que mirar hacia delante porque mirar para atrás no sirve de mucho” y reitera que no desea que el complejo hotelero se identifique mediante señalizaciones: “Yo no quiero carteles de ningún tipo, no me gustan”. También subraya que no quiere “entrar en polémicas” y que su prioridad es preservar el futuro del proyecto empresarial y de las familias que dependen de él.
Nueve años después del inicio del expediente, la declaración del antiguo campo de concentración como Lugar de Memoria Democrática en Andalucía sigue sin resolverse. Mientras tanto, los familiares de las víctimas y la memoria de quienes padecieron allí cautiverio deberán conformarse, por el momento, con la placa que el Ayuntamiento de Rota inauguró el pasado junio en la calle Calvario, una de las vías que los prisioneros del campo fueron obligados a reparar en repetidas ocasiones. No sería la única.
La elección de ese lugar no es casual. Las actas municipales, recogidas ya en Memoria rota. República, Guerra Civil y represión en Rota, permiten seguir el rastro del trabajo forzado dentro del propio Ayuntamiento. El 19 de julio de 1939, apenas unos meses después de la apertura del campo, el alcalde José Hernández Arana llevó al pleno una propuesta para reparar la deteriorada calle Calvario, una de las principales entradas al municipio. Consideraba que la forma “más económica” de hacerlo era solicitar al jefe del campo de concentración “la prestación del personal para el referido trabajo”. Las obras comenzaron al día siguiente.
La satisfacción municipal por el inicio de los trabajos quedó igualmente reflejada en las actas. La corporación acordó “gratificar al personal facilitado por el señor jefe del campo de concentración con tabaco, una copa de vino y dos pesetas diarias a cada uno”. Aquella no fue una intervención aislada. La documentación sitúa también a los cautivos trabajando en la calle San Rafael, la Casa de los Tornos, la barriada de San Antonio, el antiguo Ayuntamiento y los fortines del litoral.
Un año después, Memoria rota sitúa otra anotación en un contexto igualmente revelador. En una época en la que las muertes por hambre, enfermedad, agotamiento y ejecuciones formaban parte de la realidad del campo, la corporación acordó comunicar al jefe del recinto que “en lo sucesivo el Ayuntamiento no sufragará gasto alguno, incluso de enterramiento, producidos por individuos de dicho campo”. Para los autores, ese acuerdo evidencia que la alcaldía no era ajena a lo que sucedía tras las alambradas y que, hasta entonces, había asumido al menos parte de los gastos derivados de la muerte de algunos prisioneros.
Las cicatrices del paisaje
Las tapas de ortiguillas compiten por la atención de las mesas mientras varias niñas regresan de la playa para sentarse junto a sus padres.
Suena una cafetera. Alguien pide otra ronda de manzanilla.
Al fondo asoma un bloque de hormigón.
Lo han pintado del mismo color que el resto del local. Tan integrado en el conjunto que podría pasar por un simple muro.
Se necesita un chivatazo para descubrir que no lo es.
Apoyadas sobre él descansan escobas, fregonas y otros útiles de limpieza.
Lo que hoy sirve de improvisado trastero fue, hace ocho décadas, un búnker construido por prisioneros de la dictadura franquista.
No es un caso aislado. A lo largo del litoral roteño sobreviven varios de estos fortines. Algunos se desmoronan lentamente. Otros han quedado absorbidos por el paisaje turístico hasta el punto de pasar inadvertidos. Forman parte del decorado paradisíaco por el que Rota multiplica su población cada verano. No están protegidos ni señalizados. Tampoco se cuenta quiénes fueron obligados a levantarlos.
La mayoría forman parte de la Línea Fortificada del Estrecho, el gran sistema defensivo que Franco ordenó construir entre 1940 y 1945 ante el temor de un ataque aliado desde Gibraltar. Cientos de fortines, nidos de ametralladoras, observatorios y baterías de costa se levantaron a lo largo del litoral gaditano utilizando casi siempre mano de obra forzada.
En Rota se conservan al menos cinco de estas construcciones. Algunas presentan un importante deterioro, otras han sido absorbidas por nuevos usos, como este búnker convertido en pared de un chiringuito o el que quedó integrado en una pasarela de madera en pleno pinar, sin una sola referencia a su origen. Todo ello pese a que la Ley andaluza de Patrimonio Cultural les reconoce la condición de Bienes de Interés Patrimonial por tratarse de fortificaciones de la Guerra Civil y la posguerra anteriores a 1945.
Los archivos donde aún se esconde la dictadura
Reconstruir la historia del campo de concentración de La Almadraba ha obligado a recorrer archivos repartidos por toda España. Parte de la documentación decisiva apareció en el Archivo General Militar de Ávila, donde se conservan planos y expedientes fundamentales para comprender el funcionamiento del recinto. Ese hallazgo demuestra hasta qué punto la historia de la represión franquista está lejos de darse por cerrada. Noventa años después del golpe de Estado de 1936 siguen apareciendo nuevas piezas del entramado represivo porque aún quedan miles de documentos por localizar, describir, relacionar e interpretar.
Pero que esos documentos existan no significa que sea fácil llegar hasta ellos. La investigación histórica depende de que los fondos estén descritos, catalogados y sean accesibles; de que existan instrumentos de búsqueda y personal suficiente para atender a quienes acuden a los archivos. Y es precisamente ahí donde historiadores y archiveros llevan años denunciando un deterioro constante. A ello se suma otro obstáculo: la documentación sobre la Guerra Civil y la dictadura continúa dispersa entre decenas de archivos y organismos, lo que convierte cada investigación en un largo ejercicio de localización y cruce de fuentes.
España sigue, además, sin contar con una Ley General de Archivos. Para Henar Alonso Rodríguez, técnica superior de Archivos del Cuerpo Facultativo de Archiveros del Estado destinada precisamente en el Archivo General Militar de Ávila, esta carencia refleja un problema más profundo: los archivos siguen tratándose principalmente como instituciones culturales, cuando en realidad son una garantía del derecho de acceso a la información y conservan las pruebas documentales de las violaciones de derechos humanos cometidas durante la dictadura.
La archivera Henar Alonso Rodríguez sostiene que España mantiene una arquitectura jurídica heredada del franquismo en materia de acceso a la información
La archivera sostiene que España mantiene una arquitectura jurídica heredada del franquismo en materia de acceso a la información. No solo continúa vigente —aunque modificada— la Ley de Secretos Oficiales de 1968; también persiste un modelo que dejó el derecho de acceso a la información fuera del ámbito de los derechos fundamentales. “Este es un problema importante en España que seguiremos arrastrando hasta que no se considere el derecho de acceso a la información dentro del derecho a la información”, afirma.
Alonso Rodríguez recuerda igualmente que la Ley de Amnistía de 1977 permitió la liberación de los presos políticos, pero también terminó sirviendo para impedir la persecución de los crímenes cometidos por la dictadura. En un país donde nunca existió un proceso integral de justicia transicional ni se juzgaron esas violaciones de derechos humanos, sostiene, los archivos adquieren un valor excepcional: son las pruebas documentales de unos hechos que la justicia nunca investigó. “En España han sido necesarias dos leyes de memoria para hacer lo que en otros países se hizo simplemente por una cuestión de justicia”, apuntala.
Las dificultades de acceso no son una impresión aislada. En mayo de este año, 501 historiadores dirigieron una carta abierta al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, para denunciar los obstáculos existentes en el Archivo General del Ministerio del Interior. Entre los firmantes figuran Mirta Núñez Díaz-Balart, Nicolás Sesma, Carme Molinero, Zoé de Kerangat, Ángel Viñas o los propios autores de Arena cautiva. Denuncian retrasos, falta de instrumentos públicos de descripción, documentos entregados con “marcas actuales de censuras” y la permanencia de millones de expedientes que deberían haberse transferido hace años a archivos históricos especializados. Reclaman reforzar las plantillas, cumplir los plazos legales y garantizar el acceso íntegro a la documentación.
El Consejo Internacional de Archivos recuerda que los documentos relacionados con violaciones de derechos humanos no constituyen únicamente patrimonio histórico: garantizan el derecho a la verdad
Las advertencias coinciden con las del Consejo Internacional de Archivos, que recuerda que los documentos relacionados con violaciones de derechos humanos no constituyen únicamente patrimonio histórico: garantizan el derecho a la verdad, permiten reconstruir los hechos, identificar responsabilidades y combatir la impunidad. Conforme desaparecen los testigos y se extingue la memoria oral de las familias, añaden, los documentos pasan a ser, en muchos casos, lo único que queda.
El problema tampoco es ajeno a la provincia de Cádiz. Desde 2024, el Archivo Histórico Municipal de Cádiz ha sido objeto de denuncias públicas por la imposibilidad de consultar parte de su documentación debido a la falta de personal. Uno de sus técnicos, José Fernández, explica a El Salto Andalucía que la plantilla se ha reducido a la mitad en apenas dos años y medio. Sin archiveros suficientes, el acceso deja de ser un derecho efectivo para convertirse en una carrera de obstáculos. Como resume Henar Alonso Rodríguez: “un archivo sin archivero es un almacén de papel”.
Y hay algo que solemos pasar por alto: los archivos no son solo para quienes investigan. La Ley de Memoria Democrática garantiza un acceso libre, gratuito y universal a la documentación relacionada con el golpe de Estado, la Guerra Civil y la dictadura franquista, con independencia del archivo en que se custodie. No se trata de una concesión ni debería depender de la buena voluntad del Estado. Es un derecho de la ciudadanía.
El precio del paraíso
Apenas una década después del cierre del campo de concentración, los Pactos de Madrid de 1953 entre la dictadura franquista y Estados Unidos abrieron el camino a una nueva transformación: la construcción de la Base Naval de Rota. Inaugurada en 1956, supuso la expropiación forzosa de las tierras de 659 personas, en su mayoría mayetos —los agricultores locales—, y alteró profundamente el equilibrio demográfico y económico del municipio.
Aquella transformación fue el preludio de otra. Con el noveno gobierno franquista y la llegada de Manuel Fraga al Ministerio de Información y Turismo, la dictadura convirtió el turismo en una de sus grandes apuestas. Al amparo de la Ley de Zonas y Centros de Interés Turístico Nacional de 1963, el régimen impulsó un modelo de desarrollo basado en una única oferta: “sol y playa”. En la provincia de Cádiz, escriben los autores de Arena cautiva, la Diputación presidida por Álvaro Domecq dio “rienda suelta a los premeditados planes” para el desarrollo turístico provincial, creando nuevos organismos destinados a canalizar las políticas impulsadas desde Madrid. La rápida y descontrolada expansión turística transformó para siempre buena parte del litoral gaditano.
Pero esa transformación no aparece en el libro como un proceso aislado. “Al final todo es seguir el rastro del dinero”, resume Carlos Píriz durante la entrevista. La investigación fue revelando cómo determinados apellidos, empresas, responsables políticos y grupos de poder reaparecen en distintos momentos de la historia local y provincial, desde la represión franquista hasta la explosión turística. Cambian las instituciones y los negocios; las estructuras de influencia, sostienen, resultan mucho más persistentes.
Militares, arquitectos, aparejadores, empresarios y responsables políticos vinculados a la construcción del campo, a la explotación del trabajo forzado o a la posterior transformación urbanística aparecen, décadas después, ocupando puestos de influencia
Esa continuidad se refleja también en las trayectorias que reconstruye Arena cautiva. Militares, arquitectos, aparejadores, empresarios y responsables políticos vinculados a la construcción del campo, a la explotación del trabajo forzado o a la posterior transformación urbanística aparecen, décadas después, ocupando puestos de influencia, dirigiendo grandes empresas, impulsando promociones inmobiliarias o recibiendo reconocimientos públicos ya en democracia. Frente a ese recorrido, el libro sitúa el de los vencidos, que, en palabras de los propios autores, “vivieron todas aquellas décadas bajo el peso inflexible de los castigos de la dictadura y sus traumas consecuentes”.
En 1978, mientras España aprobaba la Constitución y Carlos Cano cantaba los versos de Alberti en Rota oriental, Rota culminaba su metamorfosis en un enclave estratégico, militar y turístico del sur de Europa.
El paisaje había cambiado. No tanto quienes siguieron beneficiándose de él.
¿Paraíso para quién?
***
Cádiz, finales de junio.
La última presentación de Arena cautiva reúne a decenas de personas.
Durante más de una hora, los historiadores desmenuzan sus años de investigación y las trabas y sinsabores que, si has llegado hasta aquí, ya conoces.
Al terminar, el hombre sentado a mi lado se levanta con parsimonia mientras se ajusta las gafas.
Tiene los ojos enrojecidos.
Antes de marcharse, se vuelve hacia mí:
—Y siguen ganando la guerra.
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