Opinión
Bad Bunny en la Super Bowl: el español global que la ultraderecha no puede controlar

La actuación en español durante el mayor evento televisivo de EEUU ha puesto en evidencia la disonancia de sectores políticos que presumen del éxito internacional del idioma mientras mantienen discursos hostiles hacia los migrantes latinoamericanos que lo expanden.
Bad Bunny Super Bowl foto
Bad Bunny en la Super Bowl. Fotografía: web RTVE.
12 feb 2026 07:12

Las piruetas mentales necesarias para sostener semejantes contorsiones cerebrales deben de ser agotadoras. La pura disonancia cognitiva ya debería dejarte más fundido que a los bailarines que lo dieron todo durante ese cuarto de hora que la televisión estadounidense secuestró por un momento el domingo. Sentirte al mismo tiempo orgullosísimo de escuchar tu lengua materna en uno de los mayores espectáculos mediáticos del planeta y, a la vez, incómodo porque los acentos no vienen de la península no debe de ser fácil.

Porque allí estaba, estallando en los salones españoles medio dormidos de las tres de la mañana hora peninsular: el español —innegable, innecesaria de subtitular—. Bad Bunny con un conjunto sospechosamente digno de Zara, compartiendo pasos de baile con Lady Gaga sobre un escenario que parecía el centro de San Juan teletransportado a Brooklyn. No era el español ‘de manual’ de los discursos reales ni de las gramáticas escolares, sino ese español ondulante, sincopado, descaradamente despreocupado que algunos miembros de la Real Academia suelen archivar bajo la etiqueta de “problemático”. El español que llega en avión, en barco, en audios de WhatsApp y —si escuchas a ciertos políticos— en forma de “invasión”.

Porque este es, al fin y al cabo, el mismo ecosistema político en el que dirigentes llevan años hablando de delincuencia importada, de barrios supuestamente perdidos ante “culturas extranjeras”, de la migración latinoamericana descrita menos como movimiento humano desde antiguas colonias y más como una fuga insalubre. Las mismas voces que aplauden cuando Donald Trump habla de construir muros y convertir el inglés en idioma oficial de Estados Unidos. La misma corriente política que celebra sus promesas de deportar a millones de hispanohablantes mientras exige al mismo tiempo que el español sea respetado como lengua mundial.

Dejemos que esa contradicción repose un momento.

La ultraderecha española adora a Trump: sus muros, sus deportaciones prometidas, su nacionalismo teatral. Lo retuitean, imitan su retórica y lo tratan como un prototipo funcional de cómo “proteger” la identidad nacional. Y, sin embargo, aquí están, con el pecho hinchado de orgullo porque el español —el español de los mismos migrantes a los que él quiere expulsar— acaba de dominar el mayor evento cultural estadounidense del año.

La ironía es tan espesa que habría que ablandarla un poco en el microondas antes de poder untarla en una tostada.

Adoran el muro de Trump y a la vez desean el prestigio del español. Quieren control fronterizo y conquista lingüística. Defienden América para los americanos (es decir, angloparlantes blancos) y América para el español (es decir, dominio cultural global). Estas posiciones no pueden coexistir, pero eso nunca ha frenado al nacionalismo.

Y aun así, allí estaba: el español conquistando la Super Bowl. El español como espectáculo. El español como cool. El español como moneda cultural global. De repente, la lengua que aquí en España supuestamente hay que “defender” constantemente de los migrantes resulta estar prosperando precisamente gracias a ellos. Una revelación incómoda, como descubrir que el vecino al que desprecias lleva años pagando el alquiler de tu relevancia cultural.

Lo que el espectáculo del descanso dejó al descubierto no era ninguna contradicción nueva, sino una que España lleva décadas ensayando.

El latigazo cognitivo se veía en tiempo real. Cuentas de redes sociales que normalmente reservan su bilis para los “sudacas” —una palabra que sigue circulando con inquietante naturalidad— se encontraron practicando cirugía retórica de urgencia. Usuarios de Twitter celebraban “el reconocimiento mundial que por fin recibe nuestro idioma” mientras dos días antes se quejaban de “demasiados acentos latinos en Madrid”. Otros festejaban el “triunfo global de la cultura española” entre mensajes apoyando redadas migratorias. Este español era aceptable, incluso admirable, porque estaba ganando. Porque era internacional. Porque aparecía en un escenario estadounidense, validado por el imperio de las pantallas. El orgullo inflaba el pecho mientras la sospecha seguía instalada en el estómago.

Esta es la peculiar esquizofrenia del nacionalismo español contemporáneo: un hambre desesperada de reconocimiento global combinada con un resentimiento profundo hacia las mismas personas que cargan ese reconocimiento a sus espaldas. Los latinoamericanos son, según la hora del día, embajadores culturales o amenazas demográficas: celebrados cuando exportan la lengua, regañados cuando traen sus vidas consigo. Celebrados cuando ponen de moda el español en Estados Unidos, criticados cuando introducen palabras nuevas en Madrid.

Y el culto a Trump lo vuelve todo más grotesco. Porque ¿qué están celebrando exactamente? A un hombre que representa todo lo que dicen querer —pureza lingüística, fronteras cerradas, proteccionismo cultural— aplicado contra las mismas personas que acaban de hacer que su idioma suene como el futuro. Si Trump se saliera con la suya, el español sería tan marginal allí como el euskera en Francia. Y aun así lo admiran, porque la crueldad es el punto y la coherencia es opcional.

Casi se podían escuchar las negociaciones internas desarrollándose por todo el país. Esto es bueno para el español. Sí, pero ¿para qué español? Esto nos hace visibles. Sí, pero no así. Tenemos que estar orgullosos. Sí, pero que nadie olvide quién debería estar agradecido. Nos encanta Trump. Sí… pero ¿no odia exactamente todo lo que estamos celebrando ahora mismo? Shhh. No lo pienses demasiado. Disfruta del momento.

Durante quince minutos, las fronteras se disolvieron. El idioma escapó de sus guardianes. Los acentos que normalmente se corrigen, se ridiculizan o se apartan discretamente se volvieron intocables, protegidos por el bajo, las luces y el aplauso global. Y en algún punto entre la coreografía y el confeti, la extrema derecha se vio obligada a enfrentarse a una posibilidad verdaderamente grotesca: que el español no pertenece solo a España, y que en realidad hace mucho que dejó de hacerlo. Que prospera no gracias a sus sueños de políticas migratorias restrictivas, sino a pesar de ellas. Que el futuro de su lengua lo están escribiendo personas a las que preferirían ver deportadas.

Cuando se apagaron las luces y terminaron los reels de Instagram y TikTok, nadie aquí podía decir con certeza quién había ganado el partido. Pero muchos sabían que habían perdido otra cosa: un poco de certeza, un poco de propiedad, un poco de ilusión de control. El idioma siguió bailando sin ellos, indiferente, vivo y absolutamente despreocupado por sus políticas migratorias o sus ídolos americanos. Había superado a la península hace siglos. El domingo por la noche simplemente hizo imposible seguir fingiendo lo contrario.

Y en Mar-a-Lago, Donald Trump —cuyo Super Bowl dice admirar la ultraderecha española, cuyo país acaba de celebrar en español durante un cuarto de hora— se preguntaba por qué nadie estaba hablando inglés. Los que más celebraban en España no parecían notar la contradicción. Pero claro, detectar contradicciones nunca ha sido un requisito del nacionalismo reaccionario. Solo el volumen… y una memoria muy corta y selectiva.

Deportes
Bad Bunny, la Super Bowl y la tormentosa relación de Trump con la NFL, la principal liga de fútbol americano
La NFL ha sido un objeto de deseo para Donald Trump, quien ha intentado comprar equipos de esta competición de fútbol americano en varias ocasiones. En una de ellas llegó a ser condenado al pago de una multa de 500 millones de dólares.
Opinión
Bad Bunny y la palabra “América” cuando la frontera se vuelve espectáculo
No se trata de convertir a Bad Bunny en héroe. Sería simplificarlo y neutralizar el conflicto. Se trata de entender que la cultura popular es hoy uno de los pocos espacios donde la disputa simbólica ocurre a escala masiva.
Puerto Rico
Puerto Rico y el capitalismo del desastre
La isla, que depende del Gobierno federal de Estados Unidos para subsistir, espera contemplativa una ayuda para paliar los efectos de los huracanes que no llega.
Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra na túa conta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...