Opinión
Alzar la voz como persona nacida de donante anónimo: cuando no ser de derechas es de derechas
La presentadora del podcast Queridas hermanas, Sindy Takanashy, usa irónicamente el calificativo “las generosas” para referirse a las donantes de óvulos en contraste con la retórica romantizada de la reproducción asistida que emplean las clínicas para enmascarar los dilemas éticos que representa este mercado, en el que España, por cierto, es puntera en ingresos.
Sería difícil encontrar alguno de los ejes de desigualdad imperantes en la sociedad actual que no atraviese de pleno un ámbito tan crucial como el de la reproducción humana asistida (RHA) por la tecnología. Más allá de la relación evidente entre tecnociencia y mercados reproductivos —bioeconomías—, el contexto social y político impacta de lleno en aspectos como la edad, la explotación reproductiva, las diferencias de clase, la blanquitud, el adultocentrismo, los cuidados o los modelos familiares…
El docupodcast que inició la temporada de Queridas hermanas a finales de octubre aborda sin filtros todos estos factores. Expone la falta de información de las donantes sobre las consecuencias de someterse a una hiperestimulación ovárica y a las punciones para la extracción, señala la invisibilización de las demandas de personas que nacemos mediante estos procedimientos, invisibiliza las experiencias de las familias que finalmente no han podido tener un hijo —especialmente las mujeres— y subraya la mercantilización de los conglomerados de clínicas en manos de fondos de inversión belicistas y colonialistas, como el famoso KKR entre otros.
De hecho, me gustaría poder decir que sorprende ver el contraste entre la colaboración de la gente para boicotear festivales devolviendo o no comprando las entradas para señalar la situación frente al silencio absoluto en el caso de las clínicas de reproducción asistida que sí dan beneficios directos a dichos fondos. Los principios exigirían situar el deseo de ser madre en lo que realmente es: un deseo, y no un derecho. Pero no: hace tiempo que esto ya no sorprende. En el mejor de los casos decepciona, porque pone de relieve lo fácil que es tener un compromiso cosmético con los principios feministas o de izquierdas mientras no afecten a los privilegios individuales.
Podría —y me encantaría— extenderme en todos estos aspectos del docupodcast que me parecieron expuestos sin edulcorantes por todas las mujeres que hilaron la narrativa de la pieza periodística. Pero no: quizá no podría hacerlo mejor, y solo con escucharlo ya queda todo manifiesto en primera persona.
Apuestas personales en plataformas digitales están teniendo el valor de decir las cosas por su nombre mientras que los medios y canales feministas, antirracistas y de izquierdas giren la cara ante el lobby que de la reproducción asistida
Lo que a mí se me ha atragantado es otra cosa: con el aumento progresivo de mi satisfacción de ver, por fin, sobre la mesa y de manera contundente, muchas de las reivindicaciones y denuncias que hacemos las personas nacidas de donante anónimo (NDA) como parte —afectada— de esta opacidad de la reproducción asistida en el Estado español, crecía proporcionalmente mi frustración al ver que han de ser apuestas personales en plataformas digitales las que tengan el valor de decir las cosas por su nombre, y que los medios y canales feministas, antirracistas y de izquierdas giren la cara ante el lobby que ahora mismo, en este Estado, se lleva el pleno al quince de los “-ismos” de opresión…
Sí, la reproducción asistida es clasista —mientras para muchas familias es imposible afrontar el coste de los procedimientos, se obtiene beneficio de las pésimas condiciones económicas de muchas donantes jóvenes—; es racista —la ley articula el “matching fenotípico” que imposibilita el mestizaje con la finalidad de ocultar los procedimientos al entorno y a las personas nacidas en términos de apariencia—; es una práctica con un claro vector capacitista y eugenésico —el uso de pruebas de ADN y matching genético funciona como un filtro que determina qué vidas merecen existir y cuáles son eliminadas del proceso reproductivo—; es edadista —centra las campañas de recogida de material genético en las mujeres más jóvenes dentro del rango de las que legalmente pueden donar—.
La lista sigue: es adultocentrista —decide qué vínculos deben estar disponibles para los nacidos y en qué dirección se presentan, qué información puede ser accesible sobre su concepción y usurpa su privacidad—; es atractivista —dentro de los límites legales, la “compensación” económica es más “generosa” para las donantes que responden a los cánones occidentales de belleza—; es pronatalista —la industria se sirve de la presión social y de la vulnerabilidad situacional del duelo por infertilidad para imponer timings y procedimientos como soluciones, cuando la infertilidad no “se cura” sino que se transfieren las capacidades reproductivas de una tercera persona a la que se invisibiliza con eufemismos—; es extractivista —la compensación solo tiene lugar si de la extracción resulta material “en buenas condiciones”, porque hasta donde sabemos se paga por el gameto, no por el procedimiento—; es colorista —muchos de los óvulos recogidos en el Estado viajan transcontinentalmente a través de los conglomerados clínicos para evitar normativas y llegar finalmente a países donde son muy valorados por su potencial blanqueador—. Y, para acabar, es colonialista y belicista —no hace falta explicar el vínculo entre KKR y otros accionistas prosionistas— y mercantilista —las clínicas ya no están orientadas a finalidades médicas y de salud sino de beneficio económico—.
Pero parece que todo esto no es suficiente para abandonar el miedo a perder el privilegio de la maternidad tal como nos la ofrecen en este país —hay países como Australia que son un paradigma colectivo y ético—, y se eleva a categoría de derecho individual un derecho que no está reconocido en ninguna legislación ni convención, a diferencia del derecho a la identidad biológica, la privacidad, el desarrollo integral, el acceso a la historia biológica, a ser escuchado, a tener voz y a ser protegido —especialmente en el caso de los menores— y a ser informado. Y la cosa podría quedar en indignación por esta contradicción en las políticas que se supone que deberían velar por una equidad colectiva con trato ético para todas las partes implicadas, más que por el privilegio individualista que se adscribe a las lógicas —ahora sí— afines al discurso hegemónico de las clínicas-marioneta de los fondos de inversión.
Ante la dejadez y la inoperancia —una vez más— de las izquierdas a la hora de articular un discurso propio son las derechas quienes llegan primero y plantan su bandera
El tema es que, ante la dejadez y la inoperancia —una vez más— de las izquierdas a la hora de articular un discurso propio que no vaya a remolque poniendo un “anti-” delante de lo que pregonan las derechas, son estas quienes llegan primero y plantan su bandera para apropiarse del tema y establecer su discurso: un discurso perverso y pervertido, pensado para atacar la diversidad de modelos familiares que tanto miedo les da y de la cual somos hijos la mayoría de personas NDA. Esto escuece, y la culpa no es de quienes ya sabemos cómo piensan y qué quieren: eso ya no sorprende.
La culpa es de quien no se atreve a mirar los datos con rigor y a construir un relato a la altura de lo que ya es más que evidente sobre la reproducción asistida en el Estado español. Nuestra realidad como colectivo vulnerado está ahí; la realidad de la explotación reproductiva también; la realidad de la opacidad de las clínicas y de los problemas de salud derivados también y, para colmo, la de la exacerbación neoliberal con trazas sionistas. Reconocerlas no te hace menos de izquierdas por el hecho de que también pueda denunciarse desde las derechas un mismo ámbito con finalidades muy distintas; lo que te hace menos de izquierdas es no saber articular un discurso propio, horizontal, equitativo y ético con todas las partes implicadas.
Llegados a este punto, hay que hablar ya sin rodeos: ¿qué da miedo a las izquierdas? ¿Perder un privilegio que la tecno-ciencia parece haber concedido de manera mágica a los nuevos modelos familiares, como el de las madres solteras por elección —MSPE—, o del colectivo LGTBIQ+ —un colectivo, por cierto, ampliamente representado en nuestra propia comunidad—?
Primero de todo: ¿desde cuándo la tecnociencia y la medicina son garantes de políticas alineadas con el feminismo, sea de la ola que sea? Hoy todavía se sufren las consecuencias del androcentrismo en el ámbito de la salud: desde la violencia obstétrica hasta los estudios clínicos y la medicación. Basta con mirar el escenario de la covid-19 para comprobarlo. No: el campo médico no es garante de los derechos de las mujeres ni de los colectivos LGTBIQ+, que quede claro.
Me ahorraré extenderme —porque me da pereza— sobre cómo encajan las lógicas capitalistas y el falso feminismo del girl power con “el derecho” a la maternidad que promulgan las propias clínicas apelando al “altruismo de las donantes” para alcanzar la cima “soñada por cualquier mujer”: disponer de un hijo propio. Prefiero centrarme en cómo todos estos escenarios se supone que confluyen en nuevos modelos familiares porque “hemos progresado” y dejamos atrás la familia tradicional que tanto nos ha oprimido. Yo ahora pido el ejercicio —real, no solo de palabra— de hacer aquello que tanto reclamamos desde los sectores progresistas: poner los cuidados en el centro.
Porque cansa leer y ver trabajos académicos o ensayos artísticos sobre la reproducción asistida que hablan de poner los cuidados en el centro, mientras el centro lo siguen copando las mismas personas adultas que participan de los procesos, y los menores —los frutos de estos procesos— nos convertimos en un simple acompañamiento que adorna la exposición de la voluntad adulta. Simultáneamente , nuestra propia historia y proceso queda, una vez más, des-significado para poder encajar en narrativas dominantes que no representan nuestra realidad.
¿Estamos de acuerdo en que una de las cosas que nos ha mostrado la revisión de género de nuestra historia es que el heteropatriarcado tiene una pata y media en la apropiación de los hijos para la transmisión de bienes? ¿Y que se da una importancia desmesurada a la participación genética exclusiva de dos progenitores en sintonía con la lógica filiativa?
Si queremos deconstruirlo y apostamos por nuevos modelos familiares… ¿Por qué hay tanto miedo a que yo pueda considerar que tengo tres padres?
Entonces, si cuestionamos todo esto, si queremos deconstruirlo y apostamos por nuevos modelos familiares… ¿Por qué hay tanto miedo a que yo pueda considerar que tengo tres padres? Uno que me dio el nombre, uno que me crió y uno que me dio vida. ¿Dónde está el problema?
¿Tanto molesta que reivindique poder dar un espacio digno a los tres dentro —y fuera— de mí, sin tener que fragmentarme ni poner en riesgo mi integridad psicoemocional por los miedos de las personas adultas que decidieron una estructura familiar por adelantado en mi nombre para que encajara con sus demandas y anhelos? Reivindico el papel de mi madre y mi padre político en todo mi proceso, a quienes no puedo estar más agradecido por su apoyo y valentía, de la misma manera que reivindico mi derecho a conocer mis orígenes
Y si revisamos estas demandas: ¿Son las demandas de un “nuevo modelo familiar no tradicional”? ¿O son demandas enfocadas a que los nuevos modelos relacionales puedan ocupar el mismo espacio de privilegio que la familia heteronormativa de siempre?
Un enorme sector del colectivo LGTBIQ+ y de las MSPE ha hecho un viraje importantísimo y ha acogido nuestro sentir, aún hay una parte con muchas resistencias
Lo siento, pero aquí, quienes representamos un nuevo modelo familiar —que debería incluir a todas las personas que han participado en nuestra concepción, con sus respectivas historias, y que conforman nuestra historia biológica— somos nosotros. Haber sido un colectivo históricamente oprimido legitima para ser reconocido y respetado, pero no para generar más opresión, y aunque un enorme sector del colectivo LGTBIQ+ y de las MSPE ha hecho un viraje importantísimo y ha acogido nuestro sentir, aún hay una parte con muchas resistencias, y así no podemos avanzar; y si no avanzamos, lo hacen los otros.
Para un menor, el reconocimiento de todos sus vínculos no es nunca una suma cero. Quien debe revisarse es quien lo piensa y lo siente así, y quien aún hoy promueve esta narrativa que solo favorece los intereses mercantiles y no el bien colectivo ni la ética. Poner los cuidados en el centro no sirve de nada si alrededor de ese centro hay miedos, cobardía y energía desperdiciada en luchas excluyentes. La inclusión y la integralidad dignifican y validan, y son la base para un desarrollo sano.
Un aspecto tan multifactorial como el binomio reproducción–tecnología es complejo y no se adscribe a una lógica dual en términos políticos —ni en otros—. Pero precisamente eso da igual a unos, que se lanzan a ver qué pueden sacar instrumentalizándolo; y a otros les da miedo porque no reconocen en este terreno aquello que les resultaría sencillo y deseable desde su marco, porque parece que no forma parte por defecto del “pack progresista” preestablecido y requiere una elaboración valiente y desinteresada. Mientras tanto, les servimos el campo en bandeja.
Me parece hipócrita hablar del racismo en la reproducción de mujeres racializadas en Israel y, mientras tanto, girar la cara ante cómo se explotan los óvulos de jóvenes precarizadas aquí para venderlos más caros en Sudamérica por su potencial blanqueador. Ante una realidad incómoda, que desconcierta y en la que las narrativas no son lo suficientemente representativas, se mira hacia otro lado mientras las derechas retroceden a buscar soluciones tradicionales y sencillas que den una respuesta balsámica y fácil de asimilar: espacios anacrónicos donde la diversidad reprimida no exigía ningún ejercicio de democracia real.
Hay ámbitos, hoy en día, en los que “simplemente” no ser de derechas es sencillamente ser de derechas. Progresar implica afrontar la incomodidad más allá de la retórica y construir diálogos incluyentes. La neutralidad no siempre es neutra. No progresar por comodidad es mantenerse en el privilegio y alimentar la estructura que lo hace posible, seas del colectivo que seas.
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