Documental Moncada
Fotograma de la película documental 'Titicut follies' del director Frederik Wiseman sobre las instituciones psiquiátricas.
20 feb 2026 06:00

El pensamiento como si todo fuese un plebiscito. Bueno o malo. Sí o no. Estar de acuerdo o en desacuerdo con lo que sucede, como si las cosas que pasan nos estuviesen preguntando. No lo están haciendo, pero sí nos están interpelando. Solemos interactuar ante los eventos que pasan en el mundo con palabras, principalmente defendiendo posiciones. De esa manera, dirigidos por lenguajes articulados por palabras que devienen binarias, nos vamos organizando en dos bloques polarizados. Por otra parte, como sociedad solemos confundir lo que percibimos con lo que es: “El mundo es como lo percibo”. Pero atención, porque respecto al futuro sí que podemos decir más acertadamente ‘El mundo del futuro estará directamente afectado, influido, por cómo percibo al mundo hoy”. 

Experimentamos la caótica e inapelable realidad a través de la percepción, que es definida por la biografía, biología, contextos y experiencias. La individualidad. En el maravilloso El hombre que confundió a su esposa con un sombrero, Oliver Sacks escribió: “Si queremos saber de un hombre, preguntamos ¿Cuál es su historia, su historia real interior? Porque cada uno de nosotros es una biografía, una historia. Cada uno de nosotros es una narración singular, que se construye, continua, inconscientemente, por, a través de y en nosotros. A través de nuestras percepciones, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras acciones; y, en el mismo grado, nuestro discurso, nuestras narraciones habladas. Biológica, fisiológicamente, no somos distintos unos de otros; históricamente, como narraciones… somos todos únicos”. 

Estamos hechos de historias desde el principio, desde el momento en que nos hicimos seres orales. Estas nos hacen ser como somos, hacernos unas preguntas y no otras, responder a unos estímulos y no a otros. Es decir, las historias de las que nos nutrimos se meten en nuestras biografías y transforman nuestra percepción del mundo. Así, porque somos seres narrativos, el cine, la televisión y ahora las plataformas han sido – no los únicos – pero sí los más eficientes e imprescindibles agentes en la construcción de nuestras formas de abordar el mundo y nuestras sociedades. 

El cine de las grandes industrias. Estados Unidos descubrió el potencial irradiador del audiovisual para educar a la población en la década de los 50, tras la segunda guerra mundial; en ese momento subsidiaron, promovieron y exportaron al mundo una forma de entender la vida a través de su cinematografía y televisión. Desde entonces, Hollywood se convirtió en un factor determinante en la construcción de imaginarios que intervino en la formación de muchas generaciones. Tal influencia ha intervenido en todos los aspectos de nuestras sociedades: la economía, la interacción social, las aspiraciones e ideales, la familia, gran escuela que determina la feminidad y la masculinidad imperante también, los cuerpos y nuestra relación con los propios y ajenos.  A partir de la irrupción de las plataformas, esta manera de injerir fue modificada por el algoritmo, que lejos de democratizar las historias, significó una de las herramientas más capitalistas y eficientes para monetizar. Ahora los contenidos y la descripción del mundo que reproducimos y consumimos están fuertemente determinados por nuestros propios modos de consumo. 

El cine documental están pasando por una larga etapa - un tanto reaccionaria - en la que promueve una mirada-que-piensa que evita ver el presente. De hecho, estimulan mirar a cualquier otro sitio que no sea el tiempo que se vive.

¿Y con otros cines no imperativos, qué está pasando? Me detengo en el cine documental.

Habría que aclarar de antemano que la diferencia entre lo que llamamos el cine documental y el cine de ficción, narrativamente, no es tanta como puede parecer. Lo que distingue ambas convenciones es, en primer lugar, el pacto de veracidad que se crea con el espectador en el cine documental. Es decir, cuando una persona ve una película documental, asume que lo que ve es algo que ha sucedido en el mundo real. La otra diferencia es la materia prima con la que trabajan. En el cine de ficción actrices y actores representan un texto bajo la sensibilidad de una dirección. En el cine documental, una mirada se posa sobre ⁠la realidad que se despliega en alguna o algunas de sus múltiples manifestaciones - que incluye todo lo que pasa y todo lo que es - mirada que interpreta (subjetiviza) y representa. El cine documental y el cine de ficción narrativamente pueden transitar y explorar todos los campos que les interese. 

Un cine que evita ver el presente

Hoy, buena parte de los espacios de circulación, de formación y curaduría del cine documental están pasando por una larga etapa - un tanto reaccionaria - en la que promueve una mirada-que-piensa que evita ver el presente. De hecho, estimulan mirar a cualquier otro sitio que no sea el tiempo que se vive. Cuando estas agencias permiten el acceso de las cosas que están pasando en el mundo dentro de los terrenos del cine y no lo expulsan al periodismo, lo hacen por la condescendiente convicción de que sus agendas son las adecuadas para explicar las heridas del mundo. No sólo relegan las 'cosas que pasan' a la militancia o la didáctica, sino que es - en esos espacios europeos o de países que tienen dinero - dónde se decide cuáles son los temas que van a circular y dónde vamos a poner nuestra atención. 

Posiblemente en ese marco, maravillosos creadores como Chris Marker, Raymond Depardon, Agnes Varda, Frederick Wiseman por ejemplo – a pesar de ser miradas idolatradas por los agentes del contexto actual – sus propuestas, hoy no tendrían cabida. La mirada sobre 'as cosas que pasan en un tiempo y un lugar' se posa sobre los dolores del mundo, pero también sobre sus contradicciones, complejidades, vínculos y las coreografías únicas que significan los cuerpos de las personas que conviven en un espacio y un tiempo. 

La mirada del cine de lo real puede denunciar, también puede reflexionar, transformarse a sí misma, imaginar futuros, explorar y explotar sus márgenes, jugar, re-pensar el mundo, develar lo que está oculto, dar afecto, ofrecer una experiencia sobre el mundo que de otra manera no se tendría, proponer un diálogo con la alteridad. Más, mucho más. 

La otra cara de la misma injerencia de las agencias del cine la dio hace poco Wim Wenders, quien en el contexto del festival de cine Berlinale afirmó que los cineastas ‘tienen que mantenerse fuera de la política’. Al cine en su conjunto, todos los cines, les incumbe todo, absolutamente todo lo que pertenece al terreno de la experiencia humana. Desde la vida y la muerte, desde lo individual hasta lo colectivo. Todo cine es per sé, política. 

Como humanidad estamos transitando un momento crucial, determinante. Estamos en una encrucijada que nos puede conducir a diversos y muy distintos futuros posibles. Qué nuevo modelo social vamos a transitar, cómo enfrentaremos nuestra ‘adolescencia tecnológica’, cómo se resolverán los afectos y tensiones identitarias, cómo se reorganizarán los territorios políticos, con qué escala vamos a valorar la vida humana, cómo se resolverá la vida material de las personas, qué pasará con el clima. Las maneras de hacernos cargo del futuro no sólo pasan por hablar de las heridas.

La mirada sobre los dolores del mundo puede denunciar, pero no está limitada a ello, puede también inocular el deseo de construir otros mundos posibles. Pensar en ellos incluso, antes de que estén heridos. Las personas necesitamos llenarnos de historias que enriquezcan nuestra percepción para escapar del espejismo de un mundo binario y polarizado. Las personas somos seres narrativos y necesitamos llenarnos de imaginarios poliédricos si queremos multiplicar y enriquecer los futuros posibles que estamos construyendo.

Opinión
¿Quién quiere bailar con lo real?
Hoy el mundo se ha vuelto impredecible y peligroso. Aupados por sistemas democráticos bien engrasados Trump, Netanyahu, Milei, y otras ultraderechas están definiendo la vida y la muerte de muchísimas personas.

Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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