Opinión
La ciudad que todos quieren visitar y en la que nadie puede vivir

Una ciudad puede batir récords de visitantes mientras sus trabajadores tienen dificultades para vivir en ella.
Albaycín Habitabe_Portada
Vista de la Alhambra desde El Mirador de San Nicolás en Granada Daniel Molina
7 oct 2026 06:00

Millones de personas viajan para conocer barrios que sus habitantes ya no pueden permitirse. Fotografían mercados tradicionales donde cada vez compran menos vecinos. Hacen cola para entrar en locales que se han convertido en atracciones y recorren centros históricos de los que desaparecen comercios cotidianos, familias y espacios de convivencia. Buscamos durante unos días la autenticidad de lugares que, precisamente por el éxito de esa búsqueda, corren el riesgo de perderla. Todo ello bien registrado con su correspondiente reel o imagen subida a Instagram.

No hay nada reprochable en viajar. Tampoco en querer conocer otros lugares, disfrutar de un fin de semana fuera o compartir contenidos o nuestras experiencias en redes sociales. Sería absurdo convertir un problema institucional en una acusación moral. Pero precisamente por eso merece la pena preguntarse cómo hemos construido una economía capaz de producir esta paradoja. 

 La abundancia privada no garantizaba la abundancia colectiva. Incluso podía aumentar la necesidad de aquello que quedaba rezagado.

Hace casi setenta años, John Kenneth Galbraith observó otra. Estados Unidos se había convertido en una sociedad extraordinariamente eficaz produciendo automóviles, electrodomésticos y bienes de consumo y, sin embargo, podía convivir con escuelas deterioradas, parques insuficientes, congestión, contaminación y servicios públicos deficientes. La abundancia privada no garantizaba la abundancia colectiva. Incluso podía aumentar la necesidad de aquello que quedaba rezagado: más coches requerían más carreteras, regulación, aparcamientos y servicios de emergencia; más consumo generaba más residuos y mayores necesidades de saneamiento. Galbraith definió ese problema como un desequilibrio social. No parece difícil reconocerlo hoy. Solo han cambiado algunos objetos. Una ciudad puede batir récords de visitantes mientras sus trabajadores tienen dificultades para vivir en ella. Puede multiplicar apartamentos turísticos y perder vivienda residencial. Puede acumular restaurantes, terrazas y experiencias diseñadas para el visitante mientras desaparecen espacios ordinarios de encuentro para quienes permanecen allí todo el año. Puede enriquecerse como destino y empobrecerse como lugar.

El turismo muestra particularmente bien esta contradicción porque tiene dos caras inseparables. Viajar proporciona experiencias valiosas y sostiene actividad económica. Pero cuando alcanza determinada intensidad también aumenta la presión sobre transporte, limpieza, espacio público, patrimonio e infraestructuras. La tensión se vuelve especialmente visible cuando una vivienda resulta más rentable como alojamiento para quien pasa tres noches que como hogar para quien necesita vivir allí todo el año. Además, el viaje contemporáneo no solamente se disfruta, también se exhibe. Y ahí Galbraith vuelve a resultar incómodamente actual. A partir del efecto dependencia cuestionaba la idea de que nuestras preferencias nacen completamente formadas dentro de nosotros y que las empresas simplemente se limitan a satisfacerlas. Publicidad, producción y emulación participan también en la formación de deseos. No significa que esos deseos sean falsos. Mucho menos que alguien deba decidir desde arriba cuáles son legítimos. Significa algo más sencillo: deseamos dentro de una sociedad. El viaje se convierte en imagen y la imagen alimenta nuevos viajes. Hay que conocer ese restaurante, fotografiarse en aquella calle, llegar a esa playa, estar en el festival del que todo el mundo habla. 

Las redes añaden algo que Galbraith apenas podía anticipar. La emulación ya no necesita esperar al anuncio publicitario: nos acompaña en el bolsillo. Nosotros mismos producimos buena parte del material que alimenta la comparación. El turista no sólo consume una experiencia; la registra, la selecciona, la exhibe y espera una respuesta. Por momentos, disfrutamos de la experiencia y vigilamos al mismo tiempo cómo estamos experimentándola.

Podemos sufrir como residentes aquello que reproducimos como turistas

La vida cotidiana adquiere algo parecido a un escaparate abierto veinticuatro horas. El like dura poco; la siguiente imagen ya está esperando. La satisfacción es fugaz porque el circuito necesita recomenzar: estar donde hay que estar, conocer lo que hay que conocer, no perderse aquello que los demás parecen estar viviendo. Hay aquí una vieja intuición de la Teoría Crítica bajo una forma tecnológica nueva: multiplicar las posibilidades de consumo y entretenimiento no equivale necesariamente a ampliar nuestra autonomía sobre el tiempo, los deseos y las relaciones.

Así es como la experiencia tiene una segunda vida como representación pública de nosotros mismos, pero entonces aparece una ironía fascinante: podemos sufrir como residentes aquello que reproducimos como turistas. Nos irrita que nuestro barrio se llene de apartamentos turísticos, pero buscamos uno cuando viajamos. Lamentamos que el centro haya perdido parte de su vida cotidiana y después acudimos a consumir la autenticidad del centro de otra ciudad. Y mientras dedicamos una cantidad creciente de renta, trabajo, suelo, edificios, energía y capacidad productiva para fabricar experiencias comercializables, pueden escasear otras experiencias humanas bastante menos espectaculares.

Organizar comunidad

Un parque cuidado. Una biblioteca abierta por la tarde. Actividades para mayores. Espacios donde los adolescentes puedan encontrarse sin necesidad de consumir. Patrimonio que siga perteneciendo a la vida cotidiana del barrio. Tiempo y personas disponibles para organizar comunidad. Nada de esto aparece espontáneamente en cantidades suficientes porque sea socialmente valioso. 

El mercado tiene una extraordinaria capacidad para convertir experiencias en oportunidades de negocio. Tiene mucha menos para proporcionar experiencias cuyo valor depende precisamente de que no necesiten convertirse en mercancía. Aquí el argumento de Galbraith adquiere toda su fuerza. Una empresa puede gastar hoy en publicidad, diseño, posicionamiento y diferenciación esperando recuperar mañana ese gasto mediante ventas. Una necesidad colectiva puede ser compartida por miles de personas y carecer, sin embargo, de una organización equivalente capaz de convertirla en demanda efectiva.

Las necesidades tienen capacidades profundamente desiguales para atraer atención y recursos. Hemos construido instituciones extraordinariamente poderosas para producir experiencias comercializables, deseos, atención y comparación, mientras dejamos desatendidas muchas de las condiciones que permiten producir comunidad. Un algoritmo puede encontrar inmediatamente miles de personas a las que mostrar un apartamento turístico. Una plataforma puede poner en relación en segundos capital inmobiliario y demanda internacional. Pero un barrio puede tener al mismo tiempo mayores solos, patrimonio deteriorándose, jóvenes sin espacios de encuentro, necesidades ambientales sin atender y personas desempleadas capaces de trabajar.  No es que no exista trabajo por hacer. Falta la institución capaz de reconocerlo, organizarlo y remunerarlo.

Imaginemos que cualquier persona que quisiera trabajar y no encontrara empleo adecuado pudiera acceder a un puesto remunerado, con condiciones dignas, financiado públicamente pero diseñado en buena medida desde municipios, asociaciones y comunidades. Eso es, en esencia, un Trabajo Garantizado. Suele presentarse como una política contra el desempleo. Y ciertamente lo es. Cuando el sector privado destruyera puestos de trabajo, el programa crecería; cuando volviera a contratar, disminuiría. En lugar de utilizar el desempleo como mecanismo ordinario de ajuste, existiría una alternativa laboral disponible, si bien reducirlo únicamente a eso sería desperdiciar buena parte de su potencial.

El Trabajo Garantizado permitiría plantear una pregunta que nuestras economías dejan normalmente en segundo plano: ¿Qué trabajos queremos que existan aunque nadie pueda apropiarse privadamente de suficiente rentabilidad por realizarlos? Cuidado de espacios naturales. Recuperación de patrimonio. Acompañamiento de mayores. Actividades culturales. Deporte comunitario. Bibliotecas y archivos. Huertos urbanos. Rutas históricas. Restauración ambiental. Prevención de incendios. Apoyo escolar. Talleres artísticos. Recuperación de saberes locales. Mediación comunitaria. No hace falta inventar necesidades extravagantes. Buena parte del trabajo está delante de nosotros. Y esto introduce una respuesta bastante más interesante al dilema turístico que simplemente elegir entre crecimiento y prohibición. No se trataría de sustituir camareros por funcionarios ni de declarar indeseable el turismo. Tampoco de fabricar desde un ministerio una lista oficial de experiencias humanas auténticas. Se trataría de reequilibrar nuestra capacidad institucional para producir unas cosas y otras.

Hoy existe una maquinaria extraordinariamente sofisticada para convertir una ciudad en experiencia comercializable. Plataformas, aerolíneas, inversión inmobiliaria, publicidad algorítmica, hostelería y redes sociales pueden coordinar millones de decisiones y movilizar enormes cantidades de trabajo y capital. ¿Dónde está la maquinaria equivalente para producir comunidad? Ahí el Trabajo Garantizado deja de ser una simple política laboral y se convierte en una pieza de algo más ambicioso: una institución para reorganizar parcialmente el trabajo social.

Los hoteles seguirían contratando. La gente seguiría viajando y mostrando fotografías de sus vacaciones. Pero existiría un mecanismo distinto para reconocer y organizar actividades que hoy quedan subordinadas a una pregunta demasiado estrecha: ¿pueden venderse y proporcionan suficiente rentabilidad? Eso importa también para la vivienda. Porque sería ingenuo crear empleos comunitarios mientras el trabajador que cuida un parque, restaura el patrimonio o mantiene una biblioteca no puede permitirse vivir cerca de ellos. El Trabajo Garantizado tendría que formar parte de una política más amplia de vivienda, regulación de alquileres turísticos, transporte, planificación urbana y provisión colectiva.

Una sociedad que garantiza la posibilidad de trabajar dispone de mucha más libertad para decidir qué actividades quiere expandir, cuáles limitar y cuáles transformar. 

Un Trabajo Garantizado mal diseñado podría convertirse en empleo precario de segunda categoría. Tampoco debería sustituir puestos estructurales que corresponden a los servicios públicos ordinarios. Su potencial está en otro lugar: crear capacidad permanente para que las comunidades identifiquen trabajos socialmente útiles que hoy quedan sin realizar y puedan movilizar personas para hacerlos. Y entonces cambia también la discusión sobre el turismo.

Si la única posibilidad laboral de una localidad depende de aumentar indefinidamente el número de visitantes, cualquier regulación aparecerá como una amenaza. Una sociedad que garantiza la posibilidad de trabajar dispone de mucha más libertad para decidir qué actividades quiere expandir, cuáles limitar y cuáles transformar. El dilema deja de ser “turismo o desempleo”. 

Hemos construido una sociedad capaz de encontrar en segundos un apartamento a ochocientos kilómetros, decirnos qué rincón debemos fotografiar y mostrarnos inmediatamente cuántas personas han reaccionado a la imagen. Es una capacidad de organización formidable. Podemos regresar después a un barrio donde resulta difícil encontrar vivienda, nuestros padres envejecen solos y los adolescentes se reúnen en un centro comercial porque apenas quedan lugares donde estar sin comprar nada.

Ésta no es necesariamente una sociedad pobre: es una sociedad desequilibrada. Quizá haya llegado el momento de construir instituciones tan eficaces para producir comunidad como las que ya tenemos para convertirla en mercancía.


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Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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