Rap
Antony Z, rap sin etiquetas pero con mensaje

El granadino Antony Z ha sido una de las grandes revelaciones musicales del pasado 2021 con su EP ‘Mandela’. Su propuesta combina versatilidad rítmica con una lírica comprometida que apunta directamente a algunos de los males de la sociedad capitalista actual: las luchas de egos y el consumismo desorbitado al calor de un sistema en crisis que nos engulle y cuyo impacto en el bienestar emocional de toda una generación se está sintiendo más que nunca.
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Antony Z con la Alhambra al fondo Jaime Cinca

La eterna controversia acerca de la responsabilidad social que debieran tener los autores frente a su creación artística está viviendo estas semanas un nuevo y acalorado episodio con, una vez más, la esfera musical urbana como terreno de juego. Lejano nos resulta ya aquel seísmo mediático que provocó la conversación entre Yung Beef y C.Tangana en la conferencia de prensa inaugural del Primavera Sound en 2016 acerca de la mercantilización de la industria musical (abocada a la explotación del artista y la reverencia al establishment) y el grado de resistencia que se podía ejercer ante tal imparable proceso. Visto hoy con perspectiva, el suceso marcó un verdadero punto de fractura ideológica en el panorama nacional y confirmó la dualidad de posturas que aún hoy perduran: “Solo hay un mercado posible, y ese es donde esté el dinero”. Así de tajante se mostró ‘El Madrileño’ por aquel entonces, previa retahíla de fraseología pseudoempoderante de azucarillo. Ante esto, Yung Beef le refutó: “Mi manera de luchar, de avanzar y de crear una industria es apostar por nosotros. No quiero estar sometido a un sistema donde dependamos de hijos de puta con traje y etiqueta”. Una idea que ha planeado sobre toda una nueva generación, la cual, desde en su día Dellafuente hasta ahora Antony Z, empezó a creer que una nueva forma de concebir una carrera musical y una escena propia era posible. 

Hace unas semanas, ha sido el rapero Residente el que ha reavivado estas cuestiones con una tiraera al colombiano J Balvin en el estudio de Bizarrap. Más de 8 minutos de duras acusaciones sobre, entre otras, egolatría, xenofobia o machismo. Todo bajo la cruzada quijotesca que parece haber emprendido el portorriqueño en aras de reivindicar la dignidad y pureza de aquellos que sí escriben sus letras y el poder del arte como motor para el cambio social. Ya lo demostraron con las protestas en Puerto Rico de 2019 hasta hacer renunciar al gobernador Roselló por el Telegramgate.

Ahora, la cuestión es: ¿están realmente solos los artistas que creen en el potencial de la música para una transformación colectiva o hay vida más allá del neofeudalismo artístico que enarbolan unos cuantos? 

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Antony Z en el mirador de Los Carvajales Jaime Cinca

A raíz de las múltiples reacciones que se han generado últimamente y tras un escaneo a la escena, si hay alguna certeza en todo esto es que la batalla por la hegemonía musical urbana que enfrenta estas posiciones está en manos de los que llegan. Y ejemplos como el propio Antony Z, Las Ninyas del Corro, Ayax y Prok, Morad o Carmen Xía nos sugieren pensar que hay motivos para no darlo todo por perdido. 

Antonio Zafra, más conocido como Antony Z (Granada, 1995), pertenece a esa nueva hornada de raperos que, contrario a lo que pareciera por su edad, no lo han tenido nada fácil. En los albores del nuevo siglo y fruto del desarrollo económico y digital, se creyó que estos últimos milenials superarían con creces a todas las generaciones anteriores. Una mayor preparación académica y el pleno acceso a las nuevas tecnologías en un contexto globalizado darían con su inclusión pletórica en un mercado laboral hecho a medida. Como suele ocurrir, la realidad desmonta los pronósticos y estos jóvenes van camino de pasar a la historia como la generación de las recesiones económicas, la inestabilidad financiera y, sobre todo, el padecimiento afectivo. 

Antony conoce esta coyuntura de primera mano: una vez que se graduó en la universidad, y tras trabajar en una empresa por 1,5 € la hora, decidió emigrar a Londres, donde pasó un tiempo trabajando en la hostelería británica. Si las condiciones labores dominantes de años atrás tuvieron que ver con la falta de oportunidades laborales, las de este tiempo se cimentan en la precariedad y la explotación. “Estoy haciendo rico a alguien que nunca he visto / trabajando hasta los sábados y de guardia un domingo”, puede escucharse en una de sus canciones. Antony nos cuenta que escribió y editó su disco Mandela “por las noches, una vez que mi jornada de 8 horas había terminado”. Tal vez así se entienda mejor cómo la equidistancia artística que muestran algunos no es más que una mera razón de privilegio de clase. 

Vivimos en una realidad donde el poder de decisión personal es mínimo y la represión social para el disidente, altísima

Esa desazón que provoca no cumplir con las expectativas ha hecho que muchos jóvenes vean como su estabilidad psicológica se vaya al traste. Pero, para esta generación, estos ya no son temas tabúes y no dudan en afrontarlos explícitamente. Términos como somnolencia, monotonía, paz mental, antidepresivos o ansiedad forman parte del repertorio léxico del rapero, el cual tiene muy claro los culpables: “Vivimos en una realidad donde el poder de decisión personal es mínimo y la represión social para el disidente, altísima. Con 18 años ya te están forzando a elegir algo que seguramente no sea tu pasión. El sistema está hecho para que seas únicamente productivo, trabajes y no pienses. ‘¿Y para qué te pintas las uñas?’ La verdad es que te lo ponen muy difícil para poder ser tú mismo y que desarrolles tus inquietudes”. 

Antony reconoce el peso que han tenido las redes sociales durante la pandemia para identificar y unir a personas con problemáticas similares y de ahí el necesario boom que se ha dado para verbalizarlas. Al margen de algunos ignorantes —cómo olvidar el “¡Vete al médico!” de un diputado del PP a Iñigo Errejón cuando este denunciaba en tribuna la falta de medios públicos dedicados a la salud mental y la problemática de los suicidios en España— esta ola de concienciación ciudadana es ya una realidad y se debe instar a los organismos a que legislen en consecuencia. Ahora bien, como toda estrategia de resistencia comercializable generada dentro del sistema, no va a faltar quien, como le afeó Residente a Balvin, trate de lucrarse en el proceso: “Seguramente encontremos pronto una línea de ropa de Zara con el mensaje ‘antidepresivos’, o ‘sin futuro, pero con esperanza’. Al final el capitalismo intenta fagocitarlo todo y tenemos que estar alerta”, advierte Antony. 

Ya no depende del talento ni del trabajo, sino de cuánto te gastes para engordar tus likes y seguidores

Entre las temáticas que aborda su obra destaca también un crítico retrato a la industria musical con reflejo inmediato en la sociedad contemporánea. “Me molesta que en la música esté todo inflado y edulcorado. Ya no depende del talento ni del trabajo, sino de cuánto te gastes para engordar tus likes y seguidores. Al final, como siempre, va a ganar quien disponga de más medios”. La consecuencia de esto reside en la ratificación constante que nos debe proporcionar nuestra actividad en las redes digitales: “Ya lo dijo Ayax en La Resistencia: entras al mirador de San Nicolás y ves más personas contemplando la Alhambra a través de su teléfono que por sus propios ojos. Necesitamos la dopamina instantánea que nos produce que los demás vean lo fantástica que parece nuestra vida”. 

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Antony Z observando el Albayzín Jaime Cinca

Además de lo meramente contextual y generacional, hay una serie de atributos que distinguen claramente a esta nueva promoción de raperos. El carácter autodidacta y el control total sobre el proceso creativo (alejados de grandes multinacionales) posibilitan esa libertad de expresión que, en palabras de Antony, son clave para entender las posturas del conflicto Residente–Balvin: “Yo he escuchado mucho a Balvin porque me encantaban sus ritmos y melodías. Ahora bien, a él le dicen lo que tiene que cantar y cómo salir en el videoclip, por lo que ya es más una marca comercial y un algoritmo para triunfar entre las masas que otra cosa. Ahí es cuando dejas de ser el dueño total de tu creación y no puedes pedir reconocimiento y respeto por autoría cuando ni tan siquiera escribes”. 

La oferta y las posibilidades a nuestro alcance se han multiplicado, pero eso ha hecho también que la audiencia sea más selectiva

Por otro lado, el avance de la tecnología y las plataformas en streaming ha favorecido enormemente el hecho de que jóvenes con escasos recursos puedan grabar su propia música y competir casi de tú a tú contra gigantes de la industria. Aunque para Antony esto esconde una paradoja: “La oferta y las posibilidades a nuestro alcance se han multiplicado, pero eso ha hecho también que la audiencia sea más selectiva. Por ello yo intento que mi propuesta sea cuidada y auténtica, que emane credibilidad en lo que cuento”. En lo referido a su rap, las etiquetas puristas ‘bombo-caja-rima’ sin ningún amago de pirueta melódica se desvanecen: “Es muy aburrido no poder salirte de lo musicalmente establecido en el rap clásico. Esta idea en el género está ya superada desde hace años y ahora con todo el mestizaje y la creatividad que hay se está notando mucho más”. 

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Lo que no desaparece con respecto a este rap clásico son el sinfín de referencias que maneja el granadino. Desde las más locales hasta las universales con Nelson Mandela o Pepe Mújica como estandartes: “Con ellos me identifica el amor y el mensaje que inspiran. Pero en un sentido más profundo que estar todos abrazados y súper ‘happy’. Es el equilibrio de hacer que todo tenga sentido sin violencia, sin pisotear, sin ser corrupto, sin mentir, sin tener nada que disfrazar”.

Ambas posiciones están ya nítidamente definidas y, por desgracia, lo más probable es que con la supremacía del individualismo actual, ninguna consiga derrocar jamás del todo a la otra. Aunque siempre tendrá más valía una canción que se preocupe por cómo desnudar las miserias del statu quo, que otra que gire en torno a qué nuevos modelos de Inditex combinan mejor con su injusticia. 

Esto solo empieza…

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