Reino Unido
Keir Starmer da un paso al lado y el alcalde de Manchester toma el relevo al frente del gobierno británico
24 meses ha estado Keir Starmer al frente del primer gobierno laborista en Reino Unido después de 14 años de hegemonía torie. Y ninguno de esos 24 meses ha sido fácil. El 4 de julio de 2024, el ahora malogrado primer ministro británico, duplicaba la presencia del Partido Laborista en la cámara de los comunes, con la entrada de 410 diputados. Una contundente victoria electoral propiciada, en gran medida, por el hundimiento de los conservadores.
No pasaría mucho tiempo antes de que la escasa popularidad de este antiguo abogado especialista en derechos humanos empezara a desinflarse, en un camino descendente marcado por una extrema derecha en auge, un partido laborista lleno de críticos, las últimas revelaciones del caso Epstein, o unas elecciones municipales, celebradas hace solo un mes, en las que el laborismo tuvo sus peores resultados de la historia; una derrota tras la cual al menos 80 diputados del partido pidieron la dimisión de su líder, exigencia acompañada de un goteo de renuncias.
Un mes después, el 22 de junio, Starmer finalmente ha dado acuse de recibo: “Lo que está preguntando mi partido ahora es si soy la persona mejor situada para liderarnos hasta las próximas elecciones generales; he escuchado la respuesta de mi grupo parlamentario al respecto, y la acepto de buena voluntad”, explicaba el mandatario tras comunicar al rey Carlos III su decisión de apartarse.
Ya desde la vísepera, la noticia de que Starmer tenía un pie fuera de Downing Street recorría los medios de comunicación tanto británicos como internacionales. Los elegidos para ello no serían los nombres que sonaban hace solo un mes tras el batacazo electoral de las municipales, el ministro de salud, Wes Streeting, de trayectoria conservadora y perjudicado por su relación con Peter Mandelson, embajador británico en Estados Unidos hasta que fuera salpicado por el caso Epstein, o la ex vicepresidenta Angela Rayner, de ascendencia obrera pero con la imagen perjudicada por evasión fiscal en la compra de su domicilio. El nuevo primer ministro será Andy Burnham, el popular alcalde de Manchester, hasta ahora excluido de la disputa por la sucesión por no ser miembro del Parlamento, una circunstancia que cambió el pasado jueves 18 de junio, cuando ganó su escaño en las elecciones especiales en Makerfield.
La llegada del Manchesterismo
Y es que la victoria de Andy Burnham el pasado jueves en la circunscripción de Makerfield, al noroeste de Inglaterra, ha significado un giro definitivo para el partido laborista y para el gobierno: por un lado, propinaba un duro golpe al Reform UK de Neil Farage, triunfador de las elecciones municipales del pasado mayo, quien obtuvo un resultado demoledor semanas después. Pero sobre todo, ha logrado para Burnham el escaño que necesitaba para contender con el denostado Keir Starmer y acelerar el relevo. Había numerosas voces laboristas que exigían el cambio desde el pasado viernes, mientras el propio Burnham se mantenía en silencio.
“Keir ha prestado un gran servicio a nuestro país y quiero agradecerle su liderazgo y dedicación durante este periodo tan difícil”, declaraba a primera hora de la tarde de este lunes el sucesor de Stramer. “Su decisión marca el inicio de una transición y es importante que este proceso se lleve a cabo de manera ordenada y responsable”, ha añadido quien tendrá que tomar las riendas de Reino Unido a mediados de julio.
Burnham no es nuevo en el partido laborista. Antes de convertirse en el popular alcalde de Manchester, ocupó un escaño en el Parlamento durante 16 años, primero con Tony Blair, y después con Gordon Brown. Es notable su experiencia al frente del Ministerio de Salud. En 2015, en su segundo intento de acceder a la secretaría general del Laborismo —tras una primera candidatura en 2010— se topó con el ascenso de Jeremy Corbyn, a cuyo equipo también perteneció. Sin embargo, su llegada a la alcaldía de Manchester en 2017 le mantuvo alejado de la purga interna que se cobró la cabeza de Corbyn en 2020, bajo acusaciones de antisemitismo.
Casi diez años después, Burnham tiene como carta de presentación algunas mejoras económicas y sociales en la ciudad bajo su alcaldía. Mejoras que tienen que ver con el transporte público o la construcción de vivienda asequible. Una mirada etiquetada como Manchesterismo, y que el propio Durham definía como “un socialismo amigo de la empresa” o el “fin del neoliberalismo, el fin de la economía del goteo que ha dejado fuera a lugares como Makerfield”, en su vídeo de campaña para las elecciones del pasado jueves.
Este mismo lunes, el equipo de Andy Burnham ha presentado un plan desde el enfoque del Manchesterismo con el enunciado objetivo de revertir cuatro décadas de privatización, bajo el nombre “El Estado Productivo”. Con esta hoja de ruta, presentada como una receta contra el legado neoliberal del thatcherismo, Burnham toma posesión de su escaño en el Parlamento por Makerfield.
Un giro insuficiente
La decisión de Starmer de dimitir en favor de Burnham ha sido señalada como insuficiente por las dos figuras en ascenso en el panorama político británico en el último ciclo. Por un lado, el líder de los Verdes en Inglaterra y Gales, Zack Polanski, ha reivindicado que la salida de Starmer sea el momento de “un cambio integral de dirección”. Polanski, cuyo partido viene ocupando el espacio político que un partido laborista escorado a la derecha ha dejado vacante en los últimos años, ha cuestionado la voluntad de trasformación del próximo primer ministro inglés: “Aunque ha hablado de un cambio de rumbo, los primeros indicios no son alentadores y sugieren que la situación seguirá igual, aunque con mejores habilidades comunicativas”.
Por su parte, el líder de Reform UK, Nigel Farage, ha llamado a elecciones tras poner en cuestión que Burnham cuente con la legitimidad suficiente para ponerse al frente del país. En la resaca de la derrota de las elecciones en Makerfield, el líder ultraderechista también ha arremetido contra los tories por no exigir la convocatoria de comicios, acusándoles de connivencia con el partido laborista, y ha querido disputar el discurso manchesterista afirmando: “Reform es el único partido que escucha los deseos de los trabajadores y les ofrece soluciones, en lugar de halagos y condescendencia”.
Un primer ministro a gusto de nadie
La rendición de Starmer cierra un mandato marcado por la desaprobación desde todos los frentes. Llegado a Downing Street en el primer verano del genocidio contra Gaza, lejos de distanciarse del seguidismo de su antecesor Rishi Sunak, Starmer rebajó el lenguaje, pero su gobierno fue implacable con el movimiento de solidaridad con Palestina, con la designación de Palestine Action como organización terrorista y el encarcelamiento de sus integrantes. Una política que tuvo que reparar la Justicia, después de que la Corte Suprema anulara la ilegalización de este colectivo.
En su relación con Donald Trump, Starmer ha tenido que afrontar múltiples humillaciones, a las que ha respondido desde la retórica, y no desde una política internacional seria. Más allá de matizadas declaraciones, no ha plantado cara a la narrativa de presidente estadounidense, ni en el caso de la guerra de Ucrania, ni en lo referente al conflicto arancelario, ni ante la ofensiva estadounidense e israelí contra Irán.
Mientras, el entorno ultraderechista del gobierno estadounidense, desde el vicepresidente J.D Vance, al tecnomagnate Elon Musk, lo han puesto en el punto de mira de sus críticas acusándole de debilidad ante lo que califican como “invasión migratoria”, aunque el mandatario haya sido seguidista en la política de fronteras y haya endurecido, una vez más, el marco migratorio. De Estados Unidos le llegó una crisis más, cuando la última filtración de los papeles de Epstein señalaron al hasta entonces miembro del Partido Laborista y embajador en Washington, Peter Mandelson, por compartir información sensible, una sospecha que, lejos de lo anecdótico, que supuso una nueva tormenta para el gobierno.
Durante el mandato de Starmer, la extrema derecha ha dejado sentir sus discursos antiinmigración en las calles, con sucesivos progromos y ataques a centros de refugiados durante los últimos veranos, pero también con un claro ascenso en las distintas citas electorales. Por su parte, la antigua izquierda laborista disidente, con Jeremy Corbyn y Zarah Sultana al frente, se ha volcado en una poco exitosa construcción de un espacio político a la izquierda, con la formación Your Party. Mientras, el Partido Verde va ocupando ese espacio. La incertidumbre rodea a un Reino Unido que, una década después del Brexit, enfrenta una crisis social y económica que castiga a los partidos tradicionales, mientras teme el fantasma de la inestabilidad política, manifestada en los breves mandatos de Sunak, Liz Truss, o Boris Johnson, que marcaron el fin de ciclo conservador.
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