Opinión
Un gigante se ha dormido

Xosé Manuel Beirás fue un hombre que, pudiendo haber sucumbido a las tentaciones de una vida de honores en los cenáculos del poder económico y académico, prefirió alistarse en el ejército de las causas perdidas

La era de los intelectuales se inició en el entierro de Victor Hugo y terminó en el de Sartre. En el primero, más de dos millones de personas salieron a las calles de París para rendir homenaje al autor de Los miserables. En el segundo, decenas de miles desataron el caos en el cementerio de Montparnasse.

Separados ambos sepelios por cien años, simbolizaron el compromiso de los intelectuales con los conflictos de su tiempo y los valores universales. Hugo sufrió el exilio, se enfrentó al poder y se posicionó siempre a favor de los más abandonados. Sartre, por su parte, ocupó su siglo y fue protagonista en todas las grandes batallas que modelaron su época. Sus entierros multitudinarios hacían algo más que mostrar el aprecio a una obra literaria: expresaban el agradecimiento por ese compromiso, por esa generosidad vital, por ese estar con los otros. Fueron ambos hombres de su tiempo en el sentido más amplio de la expresión. Sintieron como propias las preocupaciones de sus coetaneos y con su ejemplo iniciaron una nueva manera de entender la moralidad, inseparable de la preocupación por los más desamparados, por los sin voz que necesitan una voz.

Hoy, ante el féretro de Beiras, en un Museo do Pobo Galego que se quedó minúsculo para acoger a la multitud que se acercó a rendir homenaje a nuestro intelectual más lúcido, la escena se reproducía para despedir a la voz que nos dio voz: la de un hombre que, pudiendo haber sucumbido a las tentaciones de una vida de honores en los cenáculos del poder económico y académico, prefirió alistarse en el ejército de las causas perdidas.

Beiras admiraba a Sartre: lo leía, lo releía y lo tradujo. Sospecho que participaba de su misma idea de la libertad como responsabilidad. Nuestra libertad es consustancial a nuestra existencia: somos arrojados al mundo con ella, pero ejercerla plenamente exige a menudo conquistarla. Lo decisivo es qué hacemos con aquello que nos ha sido dado, con las circunstancias que no hemos elegido y con lo que otros han hecho de nosotros. Y eso nos hace responsables. Actuar o no hacerlo, tomar partido o permanecer al margen, luchar o rendirse: esas son siempre opciones abiertas. Beiras entendía así la existencia y su vida fue la expresión de esa responsabilidad que le llevó a no descansar jamás, a no detenerse nunca, quizá no porque tuviese esperanza en el futuro, sino porque esa responsabilidad es la condición del hombre decente. Como Sartre, Beiras ocupó su siglo y es imposible explicar la historia social y política de Galicia sin encontrarse una y otra vez con su figura enorme irrumpiendo en los momentos decisivos en estallidos fulgurantes que lo removían todo.

Otros mejor que yo han glosado su biografía y no me siento con derecho a abundar en ella. De hecho, siento cierta impostura, aquí, ante su féretro, como si no fuera quién para siquiera rendir honores a un hombre de su talla y me resultaría insoportable la exhibición de uno mismo que a veces creo percibir en otros homenajes. Nunca lo conocí, no tengo fotos con él ni creo que hayamos cruzado jamás una palabra. Solo soy uno más de esas decenas de miles de anónimos que lo escuchamos en algunos mítines o en los telediarios que manipulaban sus intervenciones parlamentarias; uno más de esos anónimos a los que nos dio esperanza, a los que nos enseñó, a los que nos iluminó. Por eso puedo hablar de él, porque su magnitud fue tal que nos acogía a todos, y porque él nos hablaba a los anónimos como yo. Así que hoy le contesto: Xosé Manuel, yo te escuché.

Cuenta Antón Sánchez en este mismo medio que Beiras se hizo independentista el día en que Castelao murió en el exilio, tan lejos de la tierra que tanto amaba. Esto es algo más que un simple apunte cronológico: revela toda una concepción de la vida, en la que el pensamiento y el compromiso político nacen de un impulso primero: la necesidad de reparar la injusticia. Después, el filósofo, el estudioso, el economista articulan racionalmente ese impulso; pero el primer latido es la negativa a aceptar lo intolerable.

Ayer escuchaba que la generación más preparada de la historia no es ninguna de las contemporáneas, sino la que formaron los integrantes del Seminario de Estudos Galegos y la Xeración Nós, cuyas vidas quedaron truncadas entre las cunetas de la guerra y el exilio. Hay algo que el nacionalismo gallego puede exhibir frente a quienes lo rechazan o critican: su legado. Un legado construido con la aportación intelectual de una asombrosa nómina de personas íntegras, sabias, comprometidas con sus contemporáneos; preclaros pensadores, eruditos de saber inabarcable, brillantes artistas, luminosos intelectuales; hombres y mujeres unidos por un vínculo emocional y moral inquebrantable con su país. No puedo evitar preguntarme: ¿todas esas personas admirables estaban erradas? Y, frente a ellas, ¿qué figuras de parecida talla pueden oponer sus detractores?

Hoy alguien más se une a ese panteón ilustre. En la constelación en la que brillan Rosalía y Castelao refulge esta noche una nueva estrella. Deberíamos bautizarla, deberíamos poder señalarla en el cielo, para que sea como esas que muestran un rumbo, que hacen que no nos perdamos en la oscuridad.

Beiras encarnaba valores que hoy parecen antiguos: la erudición, el estudio, una oratoria deslumbrante, el amor a la cultura, a las artes. Frente a su féretro, uno de sus hijos habló de la pasión de su padre por la geografía gallega, de sus viajes en Citroën por carreteras secundarias mostrándoles a sus vástagos dónde acababa este valle y dónde terminaba aquel otero. El amor a su país no era una declaración intelectual, sino que nacía de la propia tierra, la tierra que mancha los zapatos, del infinito entrecruzamiento de las corredoiras, los sembrados, las aldeas perdidas y las tascas donde compadreaba con los parroquianos. Amaba la tierra que vivía, la que recorría y comprendía, la que sentía en cada bache. Fue, en palabras de Martiño Noriega, el mejor presidente que nunca tuvimos.

Su hijo contó también que Beiras se sentía fuera de lugar en el Parlamento, donde era a veces incapaz de contener su indignación ante las permanentes bajezas del PP. En una de aquellos enfrentamientos memorables, Beiras abandonó su escaño para exigir: «Un pouco de decencia, por favor!». La decencia. En tiempos de mis padres, esa palabra se asociaba al pensamiento conservador y tenía que ver con el recato, con el respeto a las convenciones y a las normas. Pero hay otra decencia: la que Orwell llamaba «decencia común», vinculada a la honestidad y al sentido de la justicia. Por eso la derecha ya no la reivindica: esa palabra ahora es nuestra. Y son ellos los indecentes. E indecente era el que negaba, impertérrito y burlón, su amistad con un narcotraficante, mientras frente a él, a escasos centímetros, la verdadera decencia estallaba en indignación y hartazgo.

Frente al féretro de Beiras, quienes rememoraban recuerdos, quienes sostenían el ataúd y quienes aplaudían emocionados a su paso, eran las personas que reconocían y apreciaban la decencia. Quienes se enjugaban las lágrimas, quienes lanzaban al aire acuciantes gritos de desahogo, lloraban por la decencia perdida. Y ese aplauso indesmayable, inagotable, que duró más de treinta minutos y cuyos ecos podían escucharse en cada camino, en cada pueblo de esa tierra que Beiras amaba, era el aplauso de las personas decentes a una vida de decencia.

Galicia entera, incluso aquellos que discreparon con él, se ha estremecido ante la pérdida de esa cabeza pensante que nos ayudaba a pensar con su humanismo testarudo

Comenzábamos con otras elegías fúnebres. Sirven para Beiras todas las frases que otros mejores que yo escribieron para otros tan buenos como él. Sartre recordó el humanismo testarudo de Camus. Y Hugo, en el entierro de Balzac, retrató un país entero estremecido ante la pérdida de una cabeza que piensa. Esto ha ocurrido aquí. Galicia entera, incluso aquellos que discreparon con él, se ha estremecido ante la pérdida de esa cabeza pensante que nos ayudaba a pensar con su humanismo testarudo. Otros han dicho que si pudieron ver más lejos fue porque se subieron a hombros de gigantes. Beiras siempre nos prestó su hombro. Nunca dejó de arrimarlo. Y hoy, ahí sigue, para que nosotros podamos auparnos a él y ver más lejos desde las alturas a las que llegó.

Pero, shhh, silencio, con cuidado, despacio: el gigante se ha dormido.

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