Salud mental
La gran evasión y la imposibilidad de escapar

Si algo tiene el activismo en salud mental es que escapas constantemente de una institución que ya te ha atrapado y, en la lucha, te enfrenta inexorablemente a lo más oscuro de ella. Una institución de la que necesitas salir.
Prejuicio psiquiatrico 2
Obra de teatro 'Que nadie camine por mi mente con los pies sucios' sobre la violencia del sistema psiquiátrico Ione Arzoz

Estudiante de filosofía y militante LGTBI.


@AlbertoCMart
13 ene 2022 08:00

“En el momento actual, si todo el mundo teme a la locura y procura, en el sentido más material, y más concretamente salvaje, 'reprimirla', es por cuanto la locura está en todos, a la puerta”. Leopoldo María Panero, Manifiesto del II Colectivo de psiquiatrizados en lucha.

Saliendo del psiquiátrico, encerrándome en los fármacos

Hace ya 6 años del primer ingreso psiquiátrico que sufrí. Tomar distancia en el tiempo no sirvió para ver ese proceso de reificación con menos dolor, sin embargo sí sirvió para preguntarse cómo la estrecha relación con una institución que no cesa cambió por completo el resto. Podríamos asumir de hecho que nunca abandoné la institución: un proceso de desterritorialización ha invadido al hospital psiquiátrico que se está reterritorializando en los procesos de cronificación. Hoy el psiquiátrico, el poder, se encuentra en cada mg de Fluoxetina, en cada inyectable de antipsicóticos, en fin, en cada neuroléptico. Paul B Preciado define bien esta reterritorialización:

“En la era farmacopornográfica, el cuerpo se traga al poder. se trata de un control democrático y privatizado rápido, absorbible, aspirable cuya difusión no había sido nunca tan rápida en el cuerpo social (...) No es el poder el que se infiltra desde afuera, es el cuerpo el que desea al poder, el que busca tragárselo, comérselo, administrárselo, más, cada vez más, por cada orificio, por cada vía posible de aplicación. Hacérselo con el poder”.

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Es algo que se comprende tras salir del ingreso psiquiátrico, el poder se ha desplazado y ha extendido sus tentáculos fuera de los muros que antes te parecían asfixiantes. Las cabezas de la Hidra han crecido exponencialmente, te han prescrito una medicación que te acompañará en tu territorio más íntimo. El poder se encuentra ya presente en tu vida, tras cada comida. Hemos pasado de la horrible metamorfosis del sufrimiento de Gregor Samsa, que se encontraba encerrado en una metamorfosis que le apresaba en el más infecto agujero, al dolor de los zombies que se encuentran invadiendo en el espacio público, encerrados en sí mismos. El pathos de una generación que Goethe predijo cuando dijo que “Yo también tengo por seguro que la humanidad vencerá. Solo temo que, a la vez, el mundo llegue a ser un gran hospital y cada hombre sea enfermero de otro hombre”.

Es algo que se comprende tras salir del ingreso psiquiátrico, el poder se ha desplazado y ha extendido sus tentáculos fuera de los muros que antes te parecían asfixiantes

No es de extrañar que el zombie haya vuelto a la gran pantalla y no cese en su moda. Implica el sentir de una alienación masiva, pandémica, que implicó la democratización del poder a la que nos subsumen los psicofármacos. El hombre-máquina ha triunfado en el devenir zombie del capital, que clava sus garras en lo más íntimo de la población. El proyecto de hombre-máquina ilustrado ha traído consigo la subjetividad zombie que nos inocula un poder psiquiátrico cada vez más imperceptible, cada vez más fluído entre el dolor. Hemos pasado del sufrimiento al dolor, imbricando el dolor en una visión mecanicista —desviación, mal funcionamiento— heredera del siglo XIX que interpreta a las máquinas humanas en sus ensoñaciones de crear un funcionamiento perfecto. Los psicofármacos se han hecho herederos de una tradición que ha convertido a las personas en “otros para nosotros mismos” y ha democratizado la desviación, se encuentra siempre a las puertas.

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Derrida ya alude a que el fármaco se proyecta como pharmakon, que guarda en sí mismo la ambivalencia entre el remedio y el veneno, paradigma que se transforma con la definición que da Robert Whitaker de la historia psiquiátrica: estamos ante una historia y una contrahistoria. Esta dimensión del pharmakon que teoriza Derrida se te presenta cristalina cuando sales del primer ingreso. El fármaco pasa a ser una construcción del poder, un arma, la máquina de guerra que posee la psiquiatría. La democratización del pharmakon como construcción de la subjetividad implica que el hombre-máquina fetichiza el fármaco como remedio, como herramienta para alcanzar aquel antiguo ideal productivista, e ignora su capacidad como arma, como veneno y proceso de subjetivación, ignora que son los dientes del capital inoculándote aquella pandemia que, como dice Robert Whitaker, acabará por transformarse también en una pandemia iatrogénica.

El fármaco pasa a ser una construcción del poder, un arma, la máquina de guerra que posee la psiquiatría

Recuerdo vagamente estar entumecido años por el recuerdo del ingreso y, años más tarde, reorganizar mis pensamientos. La psiquiatría me había robado años de mi vida y seguía aprisionando mi cuerpo, esta vez desde dentro. Me habían convertido en un “usuario”, en un “consumidor” atado a su producto, la biomedicina era la oferta, el alivio, y el farmaceuta un mercader. Es ahí donde se imbrica la dualidad del pharmakon, me había subsumido a su lógica represora, al fetichismo de la mercancía.

El fármaco es un símbolo del poder, una mercancía, un producto que oculta tras de sí (como todas según Marx) sus relaciones de producción, distribución y uso. Esconde la experiencia íntima de los sufrientes psíquicos, hoy sujetos del mercado, consumidores compulsivos del alivio, son consumidores que deben mantenerse en pie probando a diario su productividad y sus habilidades en la reproducción social. ¿No duermes? Lormetazepam ¿Te sientes triste? Prozac. Hoy las drogas psiquiátricas poseen una omnipresencia ante el “dolor-desviación” que desangra y fagocita el deseo del hombre-máquina.

¿No duermes? Lormetazepam ¿Te sientes triste? Prozac. Hoy las drogas psiquiátricas poseen una omnipresencia ante el “dolor-desviación”

Dice Robert Whitaker: “Están creando mercado para sus fármacos y están creando pacientes. Así que, si se mira desde el punto de vista comercial, el suyo es un éxito extraordinario. Tenemos pastillas para la felicidad, para la ansiedad, para que tu hijo lo haga mejor en el colegio”.

¿Qué pasa cuando tomas conciencia?

“Quien no haya observado la seducción que la ciencia ejerce sobre una persona, jamás podrá comprender su tiranía''. Mary Shelley, Frankenstein o el moderno prometeo.

En esos 6 años, pasó mucho tiempo hasta que desperté del sueño dogmático de los psicofármacos que transformaba el sufrimiento en dolor. Las drogas actúan volviendo el sufrimiento, que implica al menos una relación intrínseca con la alteridad en dolor. Cuando el sufrimiento colectivo se transforma en dolor individual es difícil salir de ese agujero negro que se instala en tu cuerpo. Salir de la lógica del cuerpo y la individualidad se hace cada vez más difícil. Como diría Gramsci: Hay una hegemonía del fármaco. La presencia de “modelos explicativos” populares que favorecen la medicalización del sufrimiento, es lugar común entre profesionales, que entienden que los usuarios buscan en los efectos euforizantes de los antidepresivos la posibilidad de conjurar las incertidumbres de la vida cotidiana, y los usuarios que asumen rápidamente y se inmiscuyen en esa lógica del cuerpo. Los afectados y afectadas adoptan fórmulas narrativas hegemónicas, como son las propias del lenguaje biomédico, que facilitan la transformación de sus malestares en enfermedades y aceptan la dehistorización y desocialización de sus propias vivencias. Según Michel Onfray:

“Muchos antidepresivos y ansiolíticos curan menos una enfermedad que una incapacidad manifiesta del sujeto para vivir en paz en una civilización que recluta a sus miembros con violencia y destruye al que se resiste. Esta farmacia logra la sumisión y sujeción de los recalcitrantes con la ayuda de su transfiguración química en zombies. En el mundo están fuera del mundo”.

Fue este último año cuando salí públicamente de esa lógica, cuando me desembaracé de ella. No es tanto un cambio como un punto de ruptura definitivo que evidencia un proceso continuado. Después de sufrir los terribles efectos de los psicofármacos y, ahogado en el síndrome de abstinencia de lo que el psiquiatra me prescribió, traté de salir de lo que Robert Whitaker define como “la ruta de la discapacidad y la cronicidad del trastorno psiquiátrico”.

Los afectados y afectadas adoptan fórmulas narrativas hegemónicas que facilitan la transformación de sus malestares en enfermedades y aceptan la dehistorización y desocialización de sus propias vivencias

El SPK parece en un principio inaccesible o incluso un componente extraterrestre de nuestra sociedad, pero en sus tesis resume bien aquello que los supervivientes debemos aclarar constantemente: no nos llamamos supervivientes de forma caprichosa, hay una guerra continuada en la consulta del psiquiatra que hace que salir con tu vida íntegra del ingreso en el aséptico espacio del hospital sea un valor del que enorgullecerte. Es una conspiración por zombificar y mantener alienado el cuerpo, por morir en vida y exprimir el cuerpo hasta que esté preparado para morir de verdad. Se comprende bien en los principios del SPK del que podemos exponer algunos:

“1. La enfermedad es condición previa y resultado de las relaciones de producción capitalista. 2. En tanto que condición previa de las relaciones de producción capitalista, la enfermedad es la fuerza productiva para el capital. (...) 6. Las relaciones capitalistas de producción implican la transformación del trabajo vivo en materia muerta (mercancías, capital). La enfermedad es la expresión de estos procesos cada vez más extendidos. 8. En su forma no desplegada, es decir en su cara inhibidora, la enfermedad es la prisión interior de cada uno”.

Sin embargo, creo que el golpe más duro fue descubrir que es el proceso de reificación que se da dentro de la consulta el que te ata a este sistema injusto. El interrogatorio y las violencias que se dan dentro de la consulta conllevan una escritura que se transforma en un símbolo, en una herramienta punitiva: el diagnóstico. Es este y no otro el que te sujeta de por vida a la psiquiatría. He intentado varias veces salirme del circuito psiquiátrico, pero ya era ¿menor de edad? No, no es la ternura del menor de edad la que invadía a aquellos que me humillaban y vejaban en el ingreso. Ver llorar a un menor de edad da ternura e incluso molestia, sin embargo dentro de los muros de la consulta un sujeto-prozac, un sujeto-benzo. En la consulta los códigos cambian y tu diagnóstico y tratamiento te cosifican. Te subyugan.

El interrogatorio y las violencias que se dan dentro de la consulta conllevan una escritura que se transforma en un símbolo, en una herramienta punitiva: el diagnóstico

Sin embargo, acceder a un diagnóstico psiquiátrico se ha democratizado hasta límites insospechados, cada vez es más fácil conseguir un diagnóstico y ser sujeto-prozac. Hoy este significante se encuentra en el bolso de cualquier mujer. La construcción del trastorno, del dolor patologizado, no se hace más endeble, sino cada vez más presente y hegemónica. Se masifica y encierra cada vez a más gente. Es un control más accesible, más deseable para el hombre-máquina y mucho más imperceptible. Como dice Panero en la cita que encabeza el artículo: la locura está a la puerta. Algunos como César Rendueles toman sus bases y dicen:

“Aún más, el diagnóstico de 'trastorno bipolar infantil' se ha extendido como la pólvora y está llevando a atiborrar a niños muy pequeños, de dos y tres años, con medicamentos de efectos neurotóxicos (Frances 2014). Los síntomas de la bipolaridad infantil —grandiosidad, sueño disminuido, locuacidad, pensamiento acelerado, distractibilidad, agitación psicomotriz…— recuerdan poderosamente las características de casi cualquier infancia. De algún modo, el diagnóstico parece más bien una descripción de la incapacidad contemporánea de muchos adultos para gestionar ciertas expresiones emocionales infantiles que les resultan problemáticas (García de Vinuesa, González y Pérez 2014)”.

Comprender esto es salir del discurso patologizador, es un mensaje que cae como un rayo que te atraviesa. Porque eso es la patologización psiquiátrica y su institución, un rayo que te atraviesa y te desangra, que droga tu cuerpo hasta que es inservible, cansándolo y deformándolo, acercándolo a ese horizonte de la inutilidad. Un rayo que no cesa.

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ERRE
15/1/2022 22:13

Y en ese convertirse en adictos al pharmakon está la mayor victoria del neoliberalismo, pues el fármaco no te cura solo te retiene en la telaraña de un trabajo precario en un centro especial de empleo donde tu discapacidad es optimizada con subvenciones y prorroga indefinida de contratos temporales o de obra (que lo mismo da). Así, el sistema explota a los zombis y los hace más dóciles que los "normales", por lo que el siguiente paso es psiquiatrizar de manera industrial aumentando el ratio de profesionales a los que nadie discute la capacidad y obligación de sacar al precario de su marasmo socio-mental para convertirlo en cliente de por vida. El circulo virtuoso para las farmacéuticas en el ámbito mental solo es superado por la fabricación de pandemias a las que nos quieren acostumbrar como un catarro, pero con miles de millones de afectados y billones de beneficios para unos pocos.

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nikiforova
26/2/2022 22:45

No creo que sea una cuestión de conspiraciones, sino de conciencias. Y la primera conciencia es la de quien, desde la práctica médica, se convierte en pieza fundamental de ese sistema productivo en el que "la enfermedad se constituye como condición previa y resultado de las relaciones de producción capitalista", y el diagnóstico como "símbolo de una herramienta punitiva". Actualmente no debemos de centrarnos en la psiquiatría como institución patologizadora, sino en el actual sistema público de salud, pues los psicofármacos, que anteriormente eran terreno del psiquiatra, ya te los puede prescribir tu médicx de cabecera, y si me apuran, el diagnóstico también. De ahí las apariciones de noticias sobre salud mental en los medios o en boca de políticos del senado. Eso, en vez de alegrarnos, nos debería alertar.

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