Análisis
Objetivo Taiwan: perspectivas de un desenlace futuro
En Hualien, en el este de Taiwán, los aviones de combate F-16 sobrevuelan la ciudad a baja altura para aterrizar en el aeropuerto del norte de la población. A esa distancia el ruido es ensordecedor. El aterrizaje, de sur a norte, obliga a los aparatos a sobrevolar de forma explícita la parte meridional de la ciudad. Aviones de transporte C130 Hércules toman tierra por igual a lo largo de día. El aeropuerto de Hualien, que comparte labores entre vuelos civiles y militares, es una de las 57 pistas de aterrizaje construidas en Taiwán, territorio con una población cercana a los 24 millones de habitantes. El motivo de la existencia de tantos aeropuertos gira en torno a la defensa del territorio. Los analistas militares han estado considerando que entre 2025 y 2027 la República Popular China podría estar preparada militarmente para iniciar un asalto a Taiwán, y de forma suficientemente consecuente a ese movimiento, para enfrentarse a las fuerzas estadounidenses comprometidas con la defensa (y mantenimiento de su estatus de potencia global en la zona del mar circundante a China y Japón) de la frontera taiwanesa. Ahora bien, las proyecciones de los analistas deben confrontarse con la realidad y percepciones de la vida diaria de la isla.
Jim, guía de montaña de Taitung, joven de veintitantos años que cumplió su período de servicio a las fuerzas armadas durante cuatro meses, considera que evidentemente el país se está adaptando a las circunstancias del momento. Desde enero de 2024, la generación nacida a partir de 2005 debe realizar una prestación militar de un año. Jim considera que este cambio —desde 2017 eran cuatro meses— se debió a la presión de Estados Unidos; una percepción nada errónea.
Por una parte, las demostraciones de fuerza, basadas en agresivas maniobras militares del Ejército Popular de Liberación de la RPCh (PLAN), principalmente durante agosto de 2022, como respuesta a la visita de la presidenta de la cámara de Representantes Nancy Pelosi, que enfureció de forma bastante especial a Beijing; y por otro, la presión de Estados Unidos, que consideró que las fuerzas de defensa de Taiwán no podían, para construir una política de deterrence efectiva, y para operar el material militar suministrado a Taipei de forma fiable, mantener una prestación obligatoria de sólo cuatro meses.
Jim cree que no habrá una guerra propiamente militar contra Taiwán, pero sí la existencia de una guerra psicológica, de propaganda, comunicativa, incisiva y constante
La tensión con China continental en el período posterior a principios del siglo XX empezó a cristalizar por un doble motivo: el ascenso al poder de Xi Jinping como presidente de la República Popular en el 2013, y la victoria del PPD, Partido Progresista Democrático, sobre todo a partir del 2016, después de décadas de gobierno autocrático y represor (treinta y ocho años de ley marcial) del KMT (Kuomintang) prochino. El motivo ha sido la tendencia incipiente de Taiwán de hacer efectiva una independencia de iure del territorio, alejándose del discurso perpetuo del KMT de una China con dos gobiernos, y estableciendo la República de Taiwán, sustituyendo a la República de China.
Jim cree que no habrá una guerra propiamente militar contra Taiwán, pero sí la existencia de una guerra psicológica, de propaganda, comunicativa, incisiva y constante, con la población taiwanesa como objetivo. Para él es muy apreciable este nuevo formato 'bélico' en la búsqueda del patrocinio de la esencia china del territorio y en el fomento del desarraigo taiwanés. La población pro-RPCh de Taiwán es una gran cabeza de playa interna. Porque efectivamente Beijing dispone de un gran caballo de troya en Taiwán: casi la mitad de la población se considera china política, y culturalmente de forma obvia, es decir, partidaria de una integración total con China continental. El punto central de esta cuestión es de carácter identitario.
La isla entró en la órbita dinástica china a partir de 1662; antes de ese momento, la población era la originaria, con sus lenguas propias, los llamados 'bárbaros'. Pero el proceso de asimilación hizo que a los habitantes se les impusiera una identidad externa con una lengua foránea. Así pues, y de forma sine qua non, la población entonces tuvo que 'pasar' a ser china, a pesar de que los habitantes originales no eran de la mayoría Han, iniciándose el proceso de colonización y el intento, exitoso, de aculturación.
Doscientos años después, en 1885, después de la Primera Guerra Sino-Japonesa, Taiwán fue cedida a Japón, que ya se encontraba inmerso en un poderoso proceso de desarrollo industrial, mientras que en paralelo, China, anclada en el pasado, era parcelada por las potencias occidentales. Se inició un nuevo proceso de asimilación, pasando de una primera fase 'colonial', en el que las rebeliones y la insurgencia local contra el dominio de Tokio se centraron en los primeros años de la 'colonia', que tuvieron como consecuencia el casi total exterminio de la etnia Seediq, a una segunda en la que la isla fue considerada una extensión de la patria japonesa.
El objetivo de esto era convertir a la población en sujetos con identidad nipona, mediante una serie de políticas como el gobierno local, las bodas interraciales (a un determinado nivel), o la escolarización pública para quienes tuvieran suficientes conocimientos de japonés. Unas políticas que se convirtieron en más extensivas y profundas desde el inicio de la Segunda Guerra Sino-Japonesa en 1937.
De hecho, el éxito económico e industrial del Taiwán posterior a la posguerra, como uno de los cuatro tigres asiáticos, observa sus fundamentos en las exigencias de economía de guerra en el período hasta 1945, y en el empuje dado en el desarrollo en el sector agrícola, la red ferroviaria y en mejora las instalaciones portuarias. Pero también en la importación 'occidentalizada' del marco legal y judicial, en el desarrollo de un sistema de salud e higiene, y la extensión de la red de suministro de agua y alcantarillado. A largo plazo, este estímulo benefició al crecimiento económico posterior. Estas políticas pueden considerarse como el inicio de la modernización de Taiwán.
Con la derrota de Japón, y la también derrota en la guerra civil del Partido Nacionalista de Chiang Kai-shek, y su huída de China continental hacia Taiwán con sus seguidores y el resto del ejército, la identidad china fue reafirmada. Una de las políticas implementadas inmediatamente fue la de desjaponizar la isla en todas sus esferas; proceso que llevó a la aparición de fricciones entre la población taiwanesa, que había reconocido la modernización del país bajo el mandato japonés, y los recién llegados del continente que querían reconquistar, o reimponer, una identidad china para la población.
Esta dinámica, junto con una corrupción generalizada y el favoritismo nada escondido del gobierno hacia los recién llegados, en paralelo a una clara discriminación hacia la población taiwanesa local, estimuló el surgimiento de movimientos anti-continentales, contra la “población de fuera de la provincia” e impulsó una serie de campañas que perdurarían por años.
Se establecía la base de la diferencia identitaria entre los chinos recién llegados y la población taiwanesa establecida. El elemento disruptor era que el caballo ganador tenía las riendas del poder, en manos del KMT, que había llegado del continente con todo su empuje identitario cultural y étnico, y con el objetivo de volver a recolonizar la isla; de hecho, el KMT quería reconquistar la China continental, por lo que la idea principal era que ambas poblaciones eran chinas y se situarían bajo un único paraguas.
Por eso el Kuomintang nunca persiguió el establecimiento de la independencia efectiva de Taiwán, y su status quo político fue navegando en un mar de fuerte ambigüedad: no pertenecía a China, pero tampoco era un estado declarado independiente. Y el precio a pagar fue convertirse en un país paria fuera de los organismos internacionales y no reconocido oficialmente como sujeto político. La posible identidad taiwanesa fue negada, invisibilizada y enterrada. Y los aliados pavimentaron la carretera para que así fuera: la realpolitik se había impuesto. Los mismos aliados que en la actualidad están dispuestos a 'utilizar' la vía armada (aparentemente) para defender las posiciones anti-status quo de los gobiernos posteriores al KMT. La voluntad del gobierno y de la población están sometidas a intereses que no controlan: de nuevo, la cambiante realplolitik diseñada por occidente.
Después de cinco décadas de dictadura nacionalista prochina anticomunista y proocccidental, pero no integracionista, por consideraciones ideológicas, y sólo en el momento en que aparece una voluntad manifiesta de reclamar otro talante de pertenencia, a través de la reivindicación en el programa político de formaciones alejadas del KMT, como el PPD, el Partido Progresista Democrático, es cuando comienza a cimentarse el proceso para enraizar y desarrollar una nueva identidad, la propiamente taiwanesa.
Se trata de un proceso de reidentificación nacional que, después de los siglos de culturalidad identitaria china, dibuja un escenario múltiple: la total resistencia de las generaciones más envejecidas, las más cercanas a la emigración de los 50; la división en partes iguales de la siguiente generación hasta finales del siglo en su filiación china o taiwanesa; y la adscripción a la identidad propiamente taiwanesa de las generaciones más jóvenes.
La reorientación de la política exterior china, que lleva a Beijing al nuevo rumbo geoestratégico, se inicia por mano de Xi Jinping y de una nueva visión de la posición de la República en el mundo
Estas últimas, educadas en el principio del espíritu de arraigar un nuevo marco identitario nacional, el taiwanés, se ven impulsadas por la visión programática de los principios de nuevo modelo del PPD. Y es en este momento en el que las tensiones con China continental se aceleran. Así pues, las líneas de actuación avanzan en paralelo en una suerte de carrera que se retroalimenta entre Beijing y Taipei, representadas por una parte por el ascenso al poder de la RPCh de una figura que agita la identificación nacionalista china (Han) proyectada hacia la clara manifestación del 'qué es chino y quien está bajo su pabellón de forma inequívoca', como el caso hongkonés de los últimos años; y por otro, por un convencimiento de manifestar, dentro de un programa político, el principio de independencia por parte de la coalición Pan-Verde, y sobre todo del PPD, actualmente en el gobierno, con Lai Ching-te como presidente.
Cada una de las partes con una idea clara e innegociable respecto al papel y el nuevo rol que cada uno de los actores considera que debe tener y jugar Taiwán. Para el primero, la isla es una provincia más, con absoluta identidad china; para el segundo, Taiwán debe convertirse en un país reconocido internacionalmente con identidad taiwanesa. Las tensiones son la consecuencia de dos formas de entender esa identidad de la isla. Pero no sólo. Beijing acompaña a esta firme creencia con una política geoestratégica que va mucho más allá de Taiwán, o, para ser más exactos, en la que la isla ocupa una posición privilegiada dentro de una visión que mira más allá, de momento hacia el sur y hacia el Pacífico occidental.
El eje central del posible conflicto armado se centra en la definición constitucional de la soberanía de Taiwán. Si ésta se llevara a cabo de iure, la sociedad internacional 'podría' reconocer al país, y del mismo modo podría formar parte de organismos internacionales. Pero, de nuevo, la realidad política: ¿quién se atrevería a enemistarse con el mayor inversor económico y financiero de un gran número de países en África, en Latinoamérica, en Asia central y meridional, o en la zona del Pacífico, más allá del posible puñado de estados occidentales, que no han movido ni un dedo para preservar el estatus acordado sobre Hong Kong?
Xi Jinping: la nueva política exterior y la guerra del mañana.
En 2024 se dieron 3.020 incursiones aéreas del PLAN dentro de la Zona de Identificación de Defensa Aérea de Taiwán (ADIZ). 1.702 en 2023 y 1.723 en 2022. Más allá de las tácticas militares basadas en el acoso estratégico y la intimidación directa, lo que está presente actualmente, tal y como mencionaba Jim, es la existencia de la guerra cognitiva, basada en los ataques cibernéticos, de campañas de desinformación, de propaganda, y financiación subterránea de grupos afines prochinos, así como sabotaje de cables de comunicación submarinos.
Todo bajo la denominada Estrategia de la Anaconda, objetivo final de la cual es agotar los sistemas de respuesta, forzando a cometer errores y posiblemente buscar una excusa para provocar un bloqueo activo alrededor de la isla, o un ataque directo. Un paso este último que la inteligencia militar —o el exceso de alarmismo occidental, o las fantasías del belicismo militante— considera que puede producirse en el 2027, una vez conseguida la plena capacidad para una invasión a gran escala. Mientras ese momento llega, cada penetración dentro del ADIZ opera como una fuerza de desgaste en moral y en recursos, porque obliga a las fuerzas de defensa a estar en alerta constante.
La reorientación de la política exterior china, que lleva a Beijing al nuevo rumbo geoestratégico, se inicia por mano de Xi Jinping y de una nueva visión de la posición de la República Popular en el mundo, lo que significa un salto adelante con el inicio de una segunda fase en sustitución de la posición heredada de la política de Deng Xiaoping y sus sucesores, denominada 'diplomacia panda', basada en una política exterior suave que buscaba una estrategia conciliadora que permitiera mantener una equidistancia entre la URSS y Estados Unidos, creando una atmósfera favorable para el desarrollo y el crecimiento económico, para posteriormente poder salir del aislamiento internacional.
La nueva visión de Jinping pasaría a llamarse la de los 'lobos guerreros', donde, una vez conseguido el papel de gigante económico, y ya en posición efectiva de constituirse en una potencia militar de primer nivel, aunque todavía sin la capacidad operativa de cubrir todos los océanos, la diplomacia se vuelve proactiva, contundente y de respuesta inmediata, con un discurso con desinhibido espíritu de lucha, reafirmando de forma marcada el papel de una China preeminente en el contexto internacional, con capacidad de modelar dinámicas y procesos.
Esta nueva fase reactiva en el marco interno del país el orgullo nacional, en el que se enfatiza la narrativa sobre el período llamado Siglo de la Humillación (1839-1945), y donde posiblemente se incluye la fecha del 7 de mayo de 1999, cuando su legación diplomática en Belgrado fue bombardeada por Estados Unidos, para proyectarla hacia el exterior en forma del 'otro' hostil, básicamente las naciones occidentales, y específicamente Estados Unidos y Gran Bretaña.
Algunos de los territorios y culturas sometidos a explotación y pillaje por parte de estos dos países, todavía en la actualidad, han desarrollado en mayor o menor grado un resentimiento que se basa en el no olvido; y China, que ha pasado de ser conquistada y repartida como una tarta a ser superpotencia económica, militar y nuclear, no olvida las humillaciones del pasado ni el desprecio mantenido hasta el presente.
Cada una de estas manifestaciones contra la dignidad, el honor, y la soberanía china, es respondida automáticamente por maniobras militares del PLA en zonas especialmente 'calientes'
El estímulo en el discurso nacionalista se manifiesta en una dinámica 'de arriba hacia abajo'. Es desde el partido que se transmite espíritu nacional hacia la población, generando un catalizador que busca aglutinar al país en torno a la defensa del honor de la patria, y levantarse contra las humillaciones sufridas desde el siglo XIX, ensalzando mil años de gloria imperial para impulsar el orgullo nacional y alimentar la nostalgia del rejuvenecimiento de la nación. Que es justamente lo que provoca una identificación del enemigo, del hostil.
Es con este cóctel de premisas cuando la hipersensibilidad de la nueva visión exterior china da como resultado la total intolerancia hacia cualquier manifestación foránea que ponga en entredicho el planteamiento de Beijing en cuanto a sus fronteras; y su frontera oriental, de forma indiscutible para tal planteamiento, es el territorio taiwanés; de la misma forma que en el oeste, Xinjiang y Tíbet, constituyen sus fronteras estatales sudoccientales.
Esta susceptibilidad hacia manifestaciones, declaraciones, sugerencias, opiniones de bajo perfil, gestos informales, visitas institucionales, o movimientos marítimos en la zona, dan como resultado las embestidas diplomáticas, y militares.
Un ejemplo de ello es el incidente del fin de semana del pasado 7 de diciembre, cuando presumiblemente aviones de combate del portaaviones Liaoning fijaron sus radares de control de fuego —radar illumination— contra los aviones F15 de las Fuerzas de Autodefensa Japonesas en el sureste de Okinawa), como las observadas entre Tokio y Beijing durante noviembre de 2025, por las declaraciones de la primera ministra japonesa Sanae Takaichi respecto a la posición de su país en referencia a Taiwán.
Xi Jinping simplemente no tolera ningún tipo de comentario de carácter 'negativo' dirigido hacia China, su política, y la idea de cómo y por quién está constituida la República Popular China. Cada una de estas manifestaciones contra la dignidad, el honor, y la soberanía china, en cualquiera de sus formas, es respondida automáticamente por maniobras militares del PLA en zonas especialmente 'calientes'; y por 'calientes' se entiende no sólo el área de despliegue de los efectivos aeronavales, sino también el nivel de respuesta intimidatoria militar, que roza el posible cruce de delicadas y a veces sutiles líneas rojas que podría desembocar en incidentes más graves.
Con esta narrativa de fondo, lo que para algunos analistas y afines es considerado política expansionista de China, para el propio Beijing es una cuestión de reclamación territorial por 'consideraciones históricas'. Y contra el deseo de atar corto las aspiraciones chinas por parte del establishment occidental dominante, por la propia RPCh se trata de alterar la supremacía de Estados Unidos y rechazar el orden normativo establecido en época de posguerra por occidente.
Jinping aspira a poner orden al 'desequilibrio del orden', que no sitúa a China en el lugar preeminente que considera debe tener. No es exactamente un cambio de paradigma del modelo de las relaciones internacionales post-Segunda Guerra Mundial, más bien se trataría de reclamar los mismos derechos de corsario que las potencias occidentales, imperiales o post-imperiales, han utilizado a lo largo de 500 años de historia reciente. De ahí que sin ningún tipo de discusión, Beijing considera que Taiwán forma parte del territorio continental, lo que significa que rechazará a todo precio cualquier movimiento (contando muy claramente los procedimientos militares) que rompa con este concepto. Y éste es un ejemplo del discurso del 'lobos guerreros'.
Ahora bien, a pesar de que la política exterior china anuncia con convicción que su espíritu no es en modo alguno expansionista, ni tiene como objetivo invadir ningún territorio ni conquistar ninguna nación vecina, ¿como debe interpretarse la toma y control militar sobre partes de las islas Spratly (Nansha Qundao en denominación china), las Palacel (Xisha), y los bajíos de Scarborough, todas situadas en el mar del Sur de China?.
Beijing, pese a la prensa eurocéntrica mainstream y su discurso propagandístico contra los alter ego internacionales, es un sujeto político más con presencia en los atolones referidos, como lo son Vietnam, Filipinas, Malasia, Brunei, e incluso Taiwán. Sin embargo el control de rutas de navegación prioritarias, las reservas de combustibles fósiles y el establecimiento de posiciones militares avanzadas, son objetivos de China en la zona, con la justificación histórica de fondo de que todos estos puntos eran visitados por pescadores chinos de temporada desde la dinastía Qin, y posteriormente Han, de la misma forma que lo hacían los pescadores de territorios tan distantes como algunas islas de Indonesia.
Todos los actores implicados tienen sus propios objetivos y su libro blanco al respecto, de la misma forma que también los tiene Estados Unidos como poder global. ¿Y cómo debe interpretarse la pretensión territorial sobre los islotes de Senkaku (Diaoyus), en el archipiélogo de las Ryukyus, bajo jurisdicción administrativa japonesa, con la explicación histórica de que el archipiélago era tributario de la corte china en 1372?. De hecho, las opiniones más beligerantes dentro del gobierno de Beijing rechazaban afirmar en 2013 que la RPCh reconociera a Okinawa —con cinco bases militares estadounidenses y 54 mil efectivos— y todo el archipiélago como japoneses.
¿Qué importancia podría tener para Beijing estos peñascos perdidos en medio del mar de China Oriental?. La respuesta: geoestrategia militar. Como posible base aérea, los bombarderos chinos podrían volar directamente hacia el Pacífico (como ya lo han hecho en maniobras) y llegar a un punto mar adentro, desde donde podrían lanzar misiles contra la fortaleza estadounidense de Guam, y, si así lo pretendieran (según proyecciones de los planificadores), podrían desplazarse hasta una distancia más lejana para dirigir sus cargas contra objetivos en las islas Hawai. La RPCh establece sus propios cálculos en la misma línea que Washington, Moscú o Londres.
Existen numerosas proyecciones bastante bien definidas de cómo podrá ser 'la guerra del mañana' en la zona, entre China y Taiwán o entre China y Estados Unidos y sus aliados incondicionales británicos y australianos. En Australia, entre otros, destacan la base de Pine Gap, base conjunta de vigilancia de señales y la NSA; y la base de Tindal, donde Washington tiene previsto establecer bombarderos con carga nuclear; ambos potenciales objetivos. Entre esos aliados cabe incluir muy posiblemente Japón; porque no se trata sólo de las pretensiones del presente, sino de construir el camino para abrir y cubrir caminos futuros. Actualmente, el conflicto está presente, sea por Taiwán o con la excusa de Taiwán, y abarca escenarios y actores distantes. Y en este juego están presentes los dominadores de la política internacional en los últimos doscientos años. Porque no quieren que el mundo se les escape de sus manos.
Tradición y modernidad
Tainan, en el oeste del país. Un sábado como cualquier otro de celebraciones religiosas de algunos de los múltiples templos repartidos por la ciudad. Un escenario claramente representativo de las tradiciones chinas. Y al mismo tiempo, y al igual que Hualien y Taitung en la costa oriental, las patrullas aéreas sobrevuelan la ciudad. Mañana y tarde. Diariamente. A baja cota. Se pueden distinguir las formas y modelos de los aparatos desde las calles del centro de la ciudad. Tainan sería uno de los objetivos establecidos por el PLA para ser capturada en un hipotético escenario de invasión, así como toda la zona de tierras bajas de la parte occidental de la isla.
Otros objetivos serían los lugares más aislados y de más difícil acceso, la cordillera montañosa, que se extiende de norte a sur en la parte oriental, jugaría un papel muy destacado en dos sentidos: como área de resistencia activa una vez perdidas las ciudades occidentales, o como lugar de inicio de la posible intervención china, para establecer cabezas de playa primarias y preparar de este modo la zona para desembarcos aerotransportados mediante helicópteros.
Las primeras oleadas de asalto no se efectuarían en la costa oeste hasta haber barrido la resistencia aérea y antiaérea taiwanesa del territorio, utilizando particularmente la guerra asimétrica (drones) para desgastar las reservas de munición. El escenario ucraniano está dando grandes enseñanzas sobre las nuevas tácticas sobre el campo de batalla, y una de ellas és la utilización masiva de los aparatos no tripulados, UAV, un decorado de guerra asimétrica que fue potenciada y desarrollada por Barack Obama durante sus dos administraciones presidenciales y los asesinatos extrajudiciales llevados a cabo.
Las cábalas sobre escenarios bélicos reales, en este caso en Taiwán, realizados por los analistas, dan como único resultado que la República de China (Taiwán) no puede resistir la gigantesca embestida de la República Popular China (probablemente no más allá 10 semanas) y todos sus enormes recursos militares. La isla caería irremediablemente en manos de Beijing. Si la amenaza de un Taiwán independiente se materializa formalmente, con reconocimientos internacionales o no, Beijing hará efectiva la amenaza de invasión, al menos bajo el mandato de Xi Jinping. Nadie duda de ese paso.
Ahora bien, si se mantuvieses el compromiso estadounidense de defender a Taipei —también Japón ha declarado que lo hará—, en caso de que este hipotético escenario se hiciera realidad, entonces el conflicto se abocaría a una guerra de proporciones y resultados imprevisibles. Pero está por ver si Washington haría efectivas las promesas en una guerra convencional con la RPCh, cuando el escenario del conflicto se encuentra junto a territorio chino. Y en otro posible escenario en el que se evitara un conflicto directo pero Beijing impusiera un bloqueo naval y aéreo en la isla, ¿se atrevería Washington a intentar romperlo?
De hecho, las cinco últimas maniobras chinas programadas y efectuadas el 29 de diciembre, llamadas 'Misión Justicia 2025', simulaban un bloqueo de los mayores puertos conjuntamente con ataques a objetivos marítimos. Con la variable del último Informe de Estrategia de Seguridad Nacional 2025 de la Casa Blanca, entra en juego un nuevo elemento que hace más incierta e imprevisible la posición final y la respuesta de Washington en la zona. ¿Ofrecería Trump a China permanecer fuera del mercado sudamericano a cambio de no interferir en 'una reunificación' de las dos repúblicas e incluso simplemente minimizar un ataque punitivo como los que Estados Unidos ha lanzado sobre el Yemen, Siria, Irán, el Caribe, Nigeria, o incluso yendo más allà, como en Venezuela? Si China quiere operar de la misma forma corsaria que Washington, Beijing consideraría legítimo, como gran superpotencia, lanzar un golpe contra Taipei, de la misma forma que Estados Unidos ha operado en Caracas.
Beijing estaría dispuesto a asumir grandes pérdidas (tal y como se prevé actualmente) frente a las bien armadas, pero exiguas, fuerzas de defensa Taiwanesa. Es un precio que China pagaría como peaje por la reunificación final y la restauración de la soberanía nacional. Si fuera única y exclusivamente por el tema de Taiwán, China podría olvidar cualquier intento de bloqueo en la isla —y posiblemente cualquier movimiento militar— si la situación política que se alargó durante siete décadas perdurara inalterable. Un paso que ahorraría a los Estados Unidos (y al grupo de aliados que le siguen) un fuerte quebradero de cabeza y escaparse de una situación muy comprometida.
Pero si así fuera, la permanencia del status, el PPD y partidos afines deberían olvidar sus expectativas de una independencia a medio plazo, quedando en manos del inestable marco de las relaciones internacionales, y permanecer como rehén de las posiciones interesadas de actores que luchan por su preeminencia global.
Capítulo aparte será el futurible choque entre los dos grandes dominadores económicos mundiales por espacios territoriales y sus recursos, y para afianzar posiciones estratégicas.
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