Opinión
Esas ganas de vida
Pasó ya hace tiempo pero, a veces, sobre todo cuando me cruzo con personas parecidas a él, recuerdo la contundencia con la que contestó: “Si yo hubiera sido uno de los que sobrevivieron, me dedicaría el resto del tiempo a tratar de disfrutar al máximo la vida, no me dejaría morir de pena”.
Estábamos de viaje de convivencias con alumnado de 4ºESO. Habíamos estado viendo el Museo de Paz de Guernika. Sorprendentemente tardamos más en terminar la visita de lo que estaba previsto: les impresionó mucho lo que pasó ese lunes 26 de abril de 1937 durante algo más de tres horas de infierno. De 16:20h a 19:40h. Las historias de las personas que sobrevivieron. Las fotos donde se ve que el 85% de los edificios quedaron destruidos. El incendio que duró varios días, producido por las bombas creadas para que todo ardiera. ¿Cuántos aviones son necesarios para lanzar entre 31 y 41 toneladas de explosivos?
Al salir, una alumna dijo que si ella hubiera sobrevivido a todo aquello pero se hubiera quedado sola, si su familia y su gente querida hubiera muerto, sin duda se quitaría la vida. Ahí fue cuando este adolescente, Álex, repetidor de varios cursos y sobreviviente de otras muchas cosas que no son bombas, dijo que él no permitiría que se le escapase la vida si hubiese tenido la suerte de permanecer vivo entre tantas bombas, por mucho dolor que hubiese alrededor.
No sé de dónde sacaba esa convicción tan tenaz de estar seguro de que nada le podría quitar sus ganas de vivir. De arrancar cualquier obstáculo que le impidiese seguir amarrado a querer permanecer. Esas ganas de vida. A mí me causaba admiración.
Álex, alumno repetidor y sobreviviente de otras muchas cosas que no son bombas, dijo que él no permitiría que se le escapase la vida si hubiese tenido la suerte de permanecer vivo entre tantas bombas
Hace una semana una profesora que está en Nepal nos contó su experiencia de vida allí con niñas y niños que viven en la escuela donde aprenden. Una escuela que se creó después de un terremoto en el que, muchas personas, perdieron a sus familiares. Al final de la charla puso una foto en la que aparecían cinco personas tejiendo. Estaban sentadas unas al lado de las otras. Había ovillos de varios colores. Nadie estaba tejiendo del ovillo que tenía encima. Nos contó que esa foto representaba un poco cómo era allí la vida. Personas juntas. Que se enseñan a hacer cosas y que comparten los hilos. Nadie teje para sí misma y, a la vez, cada una de ellas tiene lo que tejen todas las demás.
Quizás Álex sabía eso, que en momentos de crisis acentuadas, cuando ocurren desastres provocados por humanos o como consecuencia de fenómenos naturales, cuando todo se rompe, aparecen personas capaces de tener comportamientos altruistas y generosos. Quizás pensaba que en medio del dolor y la catástrofe aparecen, como decía Rebecca Solnit, comunidades capaces no solo de resistir, sino de dar un paso adelante para cooperar y ayudar. Quizás ya lo había vivido y por eso lo sabía. Quizás solo intuía que, si no fuera por esos ovillos de lana que se cruzan y se comparten, hubiera sido muy improbable que él estuviera allí.
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