Opinión
Sobre circos, decretos y ‘forquilles’
Portavoz del Sindicat d'Habitatge Socialista de Catalunya
El Real Decreto Ley de vivienda aprobado a toda prisa es una vergüenza y un insulto para la clase trabajadora, puro electoralismo de Sánchez. Un decreto que, con suerte, aplaza temporalmente algunas de las peores consecuencias de la crisis de la vivienda, mientras deja intactas las bases del negocio que lo alimenta y continúa destinando recursos públicos a sostener los intereses de los rentistas. El decreto no es ni carne ni pescado, y eso es justamente por lo que se encuentran entre la espada y la pared: por un lado, su lealtad incondicional al rentismo; por el otro, el intento desesperado de salvar los muebles a última hora, después de ocho años de grave empeoramiento de la crisis de vivienda. El resultado son prórrogas de contratos, pero bonificaciones enormes a rentistas; moratorias de desahucios, pero nada de tocar los exorbitantes precios del alquiler.
Y lo que para mí es motivo de optimismo es que, más allá del cinismo del circo parlamentario y de las peores peloteras electorales a la izquierda del PSOE, por primera vez en ocho años de gobierno progresista hemos visto como las consecuencias de este cinismo no se traducen solo en resentimiento, descrédito de la política y, en el peor de los casos, en votos protesta a la extrema derecha por parte de los trabajadores. Hemos visto cómo se traduce en un alto nivel de movilización política y de agitación social, que Sánchez intenta azuzar en beneficio propio, pero que puede acabar escapando a su control.
El espectáculo en el Congreso no ha podido ser más infame. Se nos ha puesto la piel de gallina de la pura vergüenza ajena, escuchando las verborreas entre PSOE i Junts, muy centrados cada uno de ellos en intentar postularse como garante de los intereses generales de la gente, mientras que con sus actos demuestran claramente lo contrario. Mientras tanto, la izquierda del PSOE no tiene más propuestas que hacerse propias algunas de las reivindicaciones de los movimientos sociales, intentando hacernos olvidar su impotencia mientras han ostentado posiciones de poder, y repitiendo muy fuerte que ahora sí, que ahora será diferente. Insuperable la indecencia de Yolanda Díaz pidiendo movilizarse contra el Gobierno, del cual es vicepresidenta, durante los días de tensión por la caída de los decretos, o de Ada Colau yendo a parar desahucios después de ocho años ejecutándolos ella misma en pisos municipales siendo ella alcaldesa.
Cada avance significativo en forma de derechos y condiciones materiales para la clase trabajadora ha estado fruto de su propia lucha, y no de negociaciones en despachos
Por mucho que en tiempos de campaña electoral intenten vestirse de héroes populares y surfear huelgas generales, su credibilidad no es ilimitada. Decepción tras decepción, nuestra gente cada vez ve más claro que la política burguesa no tiene nada que ofrecernos. Eso abre la puerta a recordar que cada avance significativo en forma de derechos y condiciones materiales para la clase trabajadora ha estado fruto de su propia lucha, y no de negociaciones en despachos. De nuestra organización, de nuestra movilización y de la imposición incondicional de las nuestras necesidades a los partidos del capital. Eso también es política: política proletaria.
Un bloque de clase
De Puerta del Sol a Plaça Catalunya, de València a Bilbo. La clase trabajadora se levanta y la extrema derecha se halla completamente desubicada ahora que, detrás de su fachada anti establishment, se desenmascara lo que realmente son: leales servidores de la gran patronal, de bancos y fondos buitre. Por primera vez en un largo tiempo, los vientos del debate público no soplan a su favor y no es casualidad. Era esto: sindicatos y organizaciones de clase a pie de cañón para defender las condiciones de vida de la clase trabajadora, retratando el servilismo patético de la extrema derecha y, a la vez, señalando las responsabilidades de una izquierda reformista que ha abonado los campos de la reacción con la fórmula promesa-impotencia-frustración.
En las puertas de una huelga general que es una huelga contra la patronal, contra el rentismo y contra todos los gobiernos a su servicio –lo cual incluye al PSOE y a las burocracias sindicales de CCOO y UGT-, empiezan a aparecer indicios de un movimiento de clase que, más allá del entusiasmo y la tenacidad, apunta en direcciones acertadas.
En primer lugar, una creciente afirmación de independencia respecto los partidos de la izquierda reformista que intentan cabalgar la ola de protesta. Existe, de forma casi natural, cierta saludable desconfianza ante los oportunistas que quieren hacer de nuestra huelga general, su campaña electoral. Alimentémosla y afiancémosla.
Tenemos, entonces, una oportunidad de oro, la posibilidad de alinear el rico tejido sindical, organizativo y asociativo catalán en un bloque de clase fuerte e independiente
En segundo lugar, vemos una tendencia a la radicalización de las demandas. De medidas mínimas, pensadas para encajar sin mucha incomodidad entre las agendas de este o aquél partido, la cosa se entona hacia demandas mucho más fuertes, que atienden realmente a las necesidades de la clase trabajadora en el contexto de una crisis histórica y un retroceso gigantesco en los nuestros salarios reales y condiciones de vida. Cada vez se habla más de bajar drásticamente los precios del alquiler y de expropiar grandes tenedores –o ‘grans forquilles’ que dicen algunos–.
Tenemos, entonces, una oportunidad de oro, la posibilidad de alinear el rico tejido sindical, organizativo y asociativo catalán en un bloque de clase fuerte e independiente. Un ariete para empezar a conseguir victorias materiales y una trinchera para combatir la reacción.
Una alternativa política
Un movimiento obrero combativo, con demandas más radicales y libre de la tutela de los partidos reformistas es un tesoro y una necesidad urgente a corto plazo, pero también cabe mencionar que, a la larga, no será suficiente. En la ausencia de un proyecto político propio, capaz de dar un horizonte político a la lucha por la vivienda, siempre aparecerán viejos o nuevos partidos encantados de absorber la esperanza de nuestra clase para alimentar sus maquinarias electorales, cada vez más inútiles y efímeras a medida que la crisis capitalista se acentúa.
Necesitamos acabar con el negocio de la vivienda, y poner su producción y su distribución bajo una planificación racional y democrática, que responda a las necesidades sociales y no a la dictadura del beneficio
De derecha a izquierda, ahora mismo no existe ningún partido político que represente los intereses de la clase trabajadora. Evidentemente, eso no quiere decir que VOX y Podemos, por ejemplo, sean lo mismo. Unos son el paladín desacomplejado del lobby inmobiliario; y los otros simplemente no tienen un proyecto político capaz de dar soluciones profundas a los problemas de nuestra clase. Y es que la cuestión de la vivienda no se puede resolver de verdad en una sociedad capitalista. Para demostrarlo, el sistema arrastra un largo historial de crisis cíclicas en forma de ciclos especulativos, un sinfín de desahucios, situaciones de hacinamiento y insalubridad infames, barraquismo y indigencia. Un bien de primera necesidad y con unas características tan singulares como la vivienda no puede ser un bien de mercado y a la vez un derecho, y se engaña quien cree que los capitalistas y rentistas renunciarían, así como así, a un negocio que hoy en día constituye una de sus fuentes de beneficios más atractivas.
Necesitamos acabar con el negocio de la vivienda, y poner su producción y su distribución bajo una planificación racional y democrática, que responda a las necesidades sociales y no a la dictadura del beneficio. No son demandas ni proclamas difusas: son los ingredientes elementales de una alternativa política de la clase trabajadora con un proyecto propio. La lucha por la vivienda es la lucha por el socialismo.
Este artículo fue publicado originalmente en catalán en La Directa.
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