Opinión
8 de marzo, la memoria que no pudieron domesticar
Hay una memoria que no se guarda en los archivos oficiales ni en los discursos institucionales de cartón piedra. Es una memoria que sobrevive en el lumbago crónico de las que volvían de la conservera con las manos heladas, en el eco de las persianas bajadas en los barrios obreros de nuestras capitales y en el murmullo de las asambleas que se celebran a deshoras, cuando el cansancio ya pesa.
El 8 de marzo en Euskal Herria nunca fue una fecha de cortesía ni de gestos simbólicos. Aquí, el violeta ha tenido siempre un rastro de hollín, de salitre y de conflicto material. Porque, como dicta la experiencia de clase en este territorio, si el engranaje no se mueve, las cadenas no se sienten.
El pan que incendió el invierno
La genealogía de este día, quizá ya todas lo sabemos, proviene de un acto de insumisión que cambió el curso del siglo XX. El 8 de marzo de 1917 (el 23 de febrero en el viejo calendario ruso), las obreras textiles de Petrogrado decidieron que ya no bastaba con sobrevivir a la miseria mientras sus hijos morían en una guerra imperialista que no era la suya. Salieron a las calles al grito de “Pan y Paz”, y no lo hicieron siguiendo las consignas de los comités masculinos ni de los partidos de la vanguardia, que en aquel momento pedían calma.
“Ese es el verdadero ADN del 8M: la irrupción de las “nadie” en la alta política, demostrando que la economía y la guerra se detienen cuando las manos que sostienen la vida deciden cruzarse de brazos”
Aquel día, las mujeres abandonaron los telares, desbordaron las fábricas y contagiaron la rebeldía a unos soldados que, por primera vez, se negaron a disparar contra la multitud. Ese es el verdadero ADN del 8M: la irrupción de las “nadie” en la alta política, demostrando que la economía y la guerra se detienen cuando las manos que sostienen la vida deciden cruzarse de brazos. Fue la activista Alexandra Kollontai quien mejor captó aquel pulso, definiéndolo como el termómetro de una rabia acumulada que ya no cabía en las cocinas. Un eco que hoy atrona en las trabajadoras de las residencias vascas que se niegan a ser el combustible barato de los fondos de inversión.
El despertar de nuestra conciencia industrial
En Euskal Herria, el movimiento feminista no brotó como una moda importada; se gestó en el tajo, en historias de resistencia que definen nuestra estructura social. La industrialización vasca del siglo XIX tiene una cara B que pocas veces se narra con rigor. Es la de las mujeres que sostenían la base de la pirámide productiva en condiciones de semiesclavitud, rompíendose el lomo en jornadas infinitas, fuera y dentro de sus casas.
En las cuencas mineras de Bizkaia, la presencia femenina fue determinante y, a menudo, invisible. Las mujeres gestionaban la economía de las casas de huéspedes de los mineros –un trabajo horrible y extenuante de lavado, cocina y logística que permitía la reproducción de la mano de obra en condiciones infrahumanas–, pero también trabajaban a pie de veta. Eran las encargadas del transporte de mineral y del cribado en las escombreras, realizando tareas físicas agotadoras bajo la lluvia y el barro de la Margen Izquierda.
“En Euskal Herria, las mujeres de las cuencas mineras de Bizkaia encargadas del transporte de mineral y del cribado en las escombreras, realizando tareas físicas agotadoras bajo la lluvia y el barro de la Margen Izquierda”
Las rebeldes cigarreras de la ría y las insurgentes conserveras
En las fábricas de tabaco de Donostia y Bilbao, las operarias protagonizaron episodios de una rebeldía hasta el momento impensable. La rebelión de las cigarreras de 1889 en Bilbao es una de las piezas clave en la conformación de nuestra memoria obrera. Aquellas mujeres paralizaron la producción de tabaco exigiendo un salario digno, condiciones de higiene básicas y la creación de salas de lactancia.
En Bermeo, Ondarroa o Lekeitio las insurgentes fueron las mujeres de la conserva. Sus manos eran el motor oculto en la “economía azul” de la costa de Euskal Herria. Por desgracia, trabajaban al ritmo frenético de las mareas. Las costeras, con las manos curtidas por la salmuera, sufrían bajo el arbitrio de los subasteros. Sus redes de solidaridad en los puertos fueron el primer sindicalismo de base del territorio.
Gasteiz, 1976
Un 8 de marzo reconstruyendo nuestra genealogía feminista no puede olvidar la potencia política a la luz de las históricas huelgas de Gasteiz que terminaron con una masacre. El 8 de marzo siempre estará precedido por ese 3 de marzo. Aquella matanza en la iglesia de San Francisco no fue un asunto exclusivo de hombres. Las mujeres de los barrios de Zaramaga y Adurza fueron la columna vertebral de la huelga de más de dos meses, sosteniendo las cajas de resistencia y transformando el luto en una ofensiva política.Como contaba una de las jóvenes militantes que hoy es ejemplo de aquella lucha, Bego Oleaga, en una entrevista en Hordago: “En aquel invierno aprendimos que no hacía falta que viniera nadie a decidir por nosotras”.
Sabemos que aquellas mujeres, organizadas en colectivos y asambleas, estuvieron a la vanguardia de la lucha obrera. Además de las reivindicaciones económicas, ellas, como trabajadores, plantearon demandas relacionadas con la conciliación laboral y familiar. Por ejemplo, la creación de una guardería dentro de la empresa, autogestionadas por las trabajadoras. También el pago del día en caso de ausencia por enfermedad y la posibilidad de jornada continua. Estas demandas reflejaban las inquietudes cotidianas de las mujeres más allá del salario.
La frontera dentro de casa
Hoy, el sistema intenta fagocitar la jornada a través de un feminismo de escaparate, pero la realidad de nuestras calles cuenta otra historia. La “paz social” de la que presume el modelo vasco tiene una grieta profunda: la de los cuidados invisibles, racializados y las vidas que habitan los márgenes de la norma.
Mientras los planes de igualdad se redactan en despachos, la supervivencia de nuestra comunidad descansa sobre las espaldas de miles de mujeres migrantes. Si las conserveras de ayer eran las “invisibles” de la industria, las trabajadoras del hogar y los cuidados de hoy son el sostén de una sociedad envejecida. Bajo el chantaje de la Ley de Extranjería, el capital ha encontrado un nicho de explotación en la economía sumergida, donde la precariedad tiene rostro de mujer racializada.
“El discurso transfeminista ha venido a ensanchar los límites de lo posible, recordándonos que en los márgenes del mercado laboral también están las identidades disidentes, aquellas vidas que el sistema castiga con la exclusión por no encajar en sus moldes”
Pero el 8 de marzo en Euskal Herria también es el espacio de quienes han sido históricamente expulsadas de los empleos convencionales. El discurso transfeminista ha venido a ensanchar los límites de lo posible, recordándonos que en los márgenes del mercado laboral también están las identidades disidentes, aquellas vidas que el sistema castiga con la exclusión por no encajar en sus moldes. Reivindicar hoy un Sistema Público Comunitario de Cuidados es una exigencia de justicia social que debe ser radicalmente inclusiva. No puede haber soberanía mientras el bienestar de unas dependa de la falta de papeles de otras, ni mientras la identidad de género siga siendo un factor de riesgo para la pobreza.
Un hilo que une generaciones y territorios
El 8 de marzo es el nudo que ata la experiencia de la redera con la de la joven que hoy pelea por un techo digno, la de la interna que ve pasar los días tras una ventana ajena y la de todas aquellas que exigen que su existencia no sea una condena a la exclusión. Lo que está en juego es la soberanía sobre la propia vida: el derecho a envejecer con dignidad y a que el sostén de la comunidad deje de ser un sacrificio individual oculto.
La historia de esta jornada nos enseña que los derechos no son conquistas estáticas. Este 8 de marzo, el eco de las obreras de Petrogrado, el orgullo de las conserveras y la determinación de las mujeres de Zaramaga confluyen en una exigencia compartida: la de un territorio que ponga la vulnerabilidad humana y la diversidad de las vidas por delante de los balances de beneficios. En una sociedad que conoce bien el valor de la organización colectiva, este día es el recordatorio de que la verdadera igualdad solo llegará cuando transformemos, desde la raíz, las condiciones de quienes garantizan nuestra supervivencia diaria desde los márgenes.
3 de marzo de 1976
Martxoak 3 - 50 urte
Bego Oleaga: “En aquel invierno aprendimos que no hacía falta que viniera nadie a decidir por nosotras”
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!