Aborto
Ana Requena: “No todos los abortos son un drama, la mayor parte de las mujeres hablan de alivio y liberación"
“Mujeres felices”. Este es el título de un capítulo de Provida. Un manifiesto a favor del aborto (Now Books, 2026), el libro escrito por la periodista y redactora jefa de Género en eldiario.es Ana Requena, que invita a cambiar el relato único con el que desde la izquierda se aborda el aborto, el del trauma. Un estudio sobre los efectos de la primera ley que despenalizaba el aborto, publicado en The Economic Journal 40 años después, llega a unas conclusiones que no son nada trágicas. Así, las mujeres que se sometieron a una Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) en esos momentos en España “tenían más probabilidades de graduarse en la escuela Secundaria, menos probabilidades de casarse jóvenes, menos probabilidades de divorciarse a largo plazo y declaraban una mayor satisfacción con la vida en la edad adulta”.
Esta es una de las claves que aporta Requena en un libro en forma de manifiesto para luchar contra las narrativas de la extrema derecha. Y para ello también pide a la izquierda que se rearme, y que acepte que el aborto es un derecho, independientemente de los motivos que lleven a él. Para ello recoge argumentario pero también relatos. Mujeres que han decidido narrar sus experiencias, en su mayoría de manera anónima y en su mayoría explicándolo por primera vez.
Horas antes de esta entrevista, el Papa León XIV, de visita en España, defendía en el Congreso al “no nacido” y una semana antes Isabel Díaz Ayuso lanzaba una propuesta de ley para reconocer al feto como miembro de la familia. El libro pretende demostrar quiénes son las auténticas provida. Y no parece que sean estas figuras, aunque se hayan arrogado el término. Por aquí comenzamos la conversación en la sede de El Salto.
Vamos a empezar la entrevista con dos personajes que se dicen provida. El Papa defendió en el Congreso el pasado lunes al hijo “no nacido” ¿Es esto ser provida?
No, yo creo que eso no es ser provida y esa es la intención del libro, mostrar que quienes se llaman provida son en realidad grupos que se han apropiado de un término que sirve para endulzar lo que en el fondo significa la maternidad forzosa y obliga a las mujeres a que sean madres aun en contra de su voluntad. De alguna manera funciona, porque llamarse provida suena mucho mejor y a la gente le entra mucho mejor esa idea si la enuncias desde una supuesta defensa de la vida, que si entras al fondo de lo que significa realmente lo que es la maternidad forzosa, que es entender que las mujeres no son quiénes para decidir sobre sus cuerpos y sobre sus vidas.
Además, el mensaje que dio el Papa es muy contradictorio, porque por un lado todo el mundo esperaba que hablara de las migraciones, que mandara un mensaje a favor del acogimiento, de la solidaridad, de la justicia social. Y eso lo hizo y lo hizo defendiendo el derecho a la vida y diciendo que ese derecho a la vida o que la defensa de la vida sólo puede ser una defensa de la vida integral. Y ahí es donde yo digo si es una defensa de la vida integral, entonces su discurso provida aún es más contradictorio, porque estás diciendo de alguna manera que la vida de las mujeres vale un poco menos, o que en el caso de las mujeres, su vida sí puede estar supeditada a otros intereses o a otras voces. Que haya otra gente que decida por ellas sobre sus propias vidas.
Sabemos que los abortos en la clandestinidad son una de las cuatro principales causas de muerte materna en el mundo. Cada año mueren miles de mujeres, las estimaciones dicen que unas 47.000, por abortos inseguros o sus complicaciones
Y al mismo tiempo no está protegiendo la vida de todas las mujeres que fallecen intentando abortar.
Claro, hay un montón de evidencia de que los países que tienen muy limitado o prohibido el derecho al aborto no consiguen que la interrupción voluntaria del embarazo desaparezca. Lo que consiguen es empujar a las mujeres a la clandestinidad. Pero los abortos suceden igualmente. Es más, en algunos países, cuando el aborto se legaliza y esto va acompañado de una serie de medidas de prevención de educación sexual, los abortos incluso se pueden reducir un poco. Sabemos que los abortos no desaparecen porque esté prohibido, lo que aumenta es la clandestinidad y los abortos peligrosos. Y sabemos que esos abortos peligrosos son una de las cuatro principales causas de muerte materna en el mundo. Cada año mueren miles de mujeres, las estimaciones dicen que unas 47.000, por abortos inseguros o sus complicaciones. La Organización Mundial de la Salud dice que además de esa cifra están todas las mujeres que se quedan con algún tipo de discapacidad, incluso grave, por las consecuencias de esas interrupciones voluntarias del embarazo. Luego, la vida de las mujeres corre peligro cuando el aborto no está legalizado y garantizado.
Vamos con otro personaje: Isabel Díaz Ayuso. La presidenta de la Comunidad de Madrid ha aprobado un Proyecto de ley para considerar al concebido no nacido como un miembro más de la unidad familiar y así poder optar a ayudas. ¿Es esto ser provida?
Aquí hay algo perverso y muestra en toda su plenitud el contrasentido de quienes utilizan la palabra provida. Porque Isabel Díaz Ayuso dice que los fetos de 14 semanas son parte de la unidad familiar, pero luego dice que los niños y las niñas en las aulas de los colegios públicos de la Comunidad de Madrid no tienen derecho a tener aire acondicionado o a tener unas condiciones ambientales decentes para estar dando clase. Ahí se ve el contrasentido, porque ser provida es defender la vida una vez que esta llega, es sostener vidas plenas, dignas y con derechos para todo el mundo. Si tu preocupación está sobre todo en los fetos y no en las personas autónomas que ya han nacido y que ya están aquí, entonces no eres provida, entonces lo que haces es defender un modelo muy concreto de vida y sobre todo un sistema muy concreto de creencias.
Ayuso dice que los fetos de 14 semanas son parte de la unidad familiar, pero luego dice que los niños y las niñas no tienen derecho a tener aire acondicionado en las aulas
Pero Ayuso no está sola, tenemos a Trump, tenemos a Milei cargando duramente contra el aborto y al mismo tiempo recortando en dependencia, recortando en sanidad pública, recortando en educación, recortando en ayudas especiales para atender a la infancia con necesidades o aprobando reformas laborales que impiden que las personas puedan tener vidas dignas y que concilien sus trabajos con sus vidas personales.
Y al mismo tiempo considerar al feto una persona es estigmatizar la imagen de la mujer que decide abortar.
Claro, y además es mentira, porque todos sabemos de sobra que un feto necesita del cuerpo de su madre para existir. Y también me parece perverso porque es jugar con los sentimientos de quienes deciden llevar un embarazo adelante. Cuando alguien sufre un aborto involuntario o una pérdida gestacional, estamos hablando de otra cosa. Y sus procesos merecen un respeto, un cuidado, derechos especiales porque para la mujer que sufre eso es muy duro, y no puede ser tratada como si eso no hubiera existido. Pero eso es una cosa y otra cosa es considerar al feto prácticamente un ser humano, como si pudiera desarrollarse por sí mismo sin el cuerpo y sin la existencia de su madre. Y eso sabemos que no es así.
Vamos al libro. ¿Qué fue antes, los relatos o el libro?
No sé qué decirte, es una mezcla. Por un lado a mí me gustó mucho un libro Interrupción (Tránsito Editorial) de Sandra Vizzavona. Ese libro parte de su propia experiencia. Ella ha vivido dos abortos voluntarios en dos momentos muy distintos de su vida y a partir de esos dos abortos que le suponen experiencias muy distintas, busca muchos relatos de mujeres para precisamente obtener un eco de su propia experiencia. O sea, buscar otras experiencias de mujeres que le pudieran devolver más matices. Y luego creo que llega el momento en el que el derecho al aborto vuelve a estar en el foco de una internacional reaccionaria que tiene la lucha contra los derechos sexuales y reproductivos como uno de sus objetivos. Entonces ahí se unen las dos cosas. La necesidad de seguir generando entre todas un relato colectivo sobre la IVE y un momento político muy concreto en el que el aborto vuelve a estar en peligro.
Me impactó la cantidad de mujeres que me escribieron para contarme sus abortos, que nunca se lo habían contado a nadie o apenas a nadie. Y me impactó también que casi todas, prácticamente todas, pidieron no ser identificadas.
¿Por qué es importante narrarnos?
Me impactó la cantidad de mujeres, que me escribieron para contarme sus abortos, que nunca se lo habían contado a nadie o apenas a nadie. Y me impactó también que casi todas, prácticamente todas, pidieron no ser identificadas en el libro, que no dijera sus nombres reales o que eliminara algo de sus historias para evitar ser identificadas. Y me impactó porque, aunque somos periodistas y sabemos lo difícil que es que las mujeres salgan con nombre y apellidos o con su cara a contar determinadas experiencias de violencia sexual, pero también de aborto, en este caso al tener tantas historias al mismo tiempo y que en todas sucediera lo mismo… Me di cuenta de lo de lo profundo que tenemos aún metido el estigma sobre el aborto y en realidad todas decidían participar porque creían mucho en esa necesidad de construir una historia colectiva y porque ellas mismas también necesitaban contarse.
Ellas mismas necesitaban compartir eso con alguien. Fue esa llamada la que a muchas les invitó a sacar fuera algo que sentían que llevaban mucho tiempo callando, aún sabiendo que es injusto mantener ese silencio y esa sensación de injusticia. Hizo hablar a muchas. Y esa sensación de injusticia y de estigma es la que yo creo que hace imprescindible que nos contemos, también cuando hablamos de nuestros procesos de aborto, de parto y de embarazo.
Hay una idea que me parece central en el libro, que es que para hacer frente a los relatos de la extrema derecha desde las posiciones progresistas tenemos que asumir que el aborto no tiene por qué ser una experiencia traumática.
Sí, a mí me parece que solemos defender el aborto desde la posición del trauma y del drama, también desde la izquierda. Y creo que es porque nos parece más fácil defender el derecho a la IVE desde ese lugar, desde un lugar en el que esa experiencia parece algo inevitable para esa mujer, algo que si no hace, la aboca a la precariedad absoluta. Y no siempre es así. Muchas mujeres deciden abortar porque sienten que no es el momento en su vida, que no pueden sostener eso, no solo económicamente o laboralmente, sino porque no lo desean, porque consideran que no quieren ser madres, que no quieren esa vida, que no pueden, que no quieren esa transformación vital para sí mismas en ese momento. Entonces creo que tenemos que entender eso y que si queremos defender el aborto en un momento como este, o lo defendemos más bien con un relato amplio, desde posiciones amplias que defiendan el derecho a decidir de las mujeres, independientemente de cual sean sus circunstancias personales o económicas, o si no, siempre van a tener algo que reprocharnos, siempre van a tener algún resquicio por el que intentar escamotear parte del derecho.
Las mujeres no solo abortan por circunstancias económicas, sino por muchas circunstancias, y cada aborto está atravesado por una experiencia y unas emociones distintas.
Además es una reacción a la defensiva.
Cuando escuchas a muchas mujeres, te das cuenta de que hay todo tipo de circunstancias por las que abortan, que esto que nos creemos y que también nos hacen creer desde esos sectores reaccionarios, que dar una ayudita a la maternidad de 600 euros es lo que las mujeres necesitan para no abortar, es mentira. Primero, porque tener un hijo y la crianza implican un coste no solo económico, sino personal y emocional. Implica una inversión personal muy fuerte a lo largo de toda la vida, no en un momento concreto. Por eso, las mujeres no solo abortan por circunstancias económicas, sino por muchas circunstancias, y cada aborto está atravesado por una experiencia y unas emociones distintas. No todas las mujeres lo viven de la misma manera. No todos los abortos son un drama, ni un trauma, ni mucho menos. De hecho, muchas mujeres, la mayor parte de las mujeres, hablan de alivio y de liberación. Ese es el punto común que yo encuentro: alivio y liberación.
El estigma también tiene que ver con la edad con la que se decide abortar, ¿cierto?
Socialmente, y también desde la izquierda, parece que permitimos los abortos de mujeres en una franja de edad más jóvenes, que tienen aún su vida por delante, que no tienen su carrera laboral desarrollada, que cobran poco. Parece que son las personas que viven en un momento no adecuado para tener un hijo. Muchas mujeres que se acercan a los 40 o que pasan los 40 sienten mucha culpa y mucho estigma por haber abortado, porque la sociedad lo que está diciendo con ese relato es que “tú ya eres más mayor, luego debes asumir que un embarazo, aunque no sea deseado, lo responsable es que acabe en un bebé aunque tú no quieras".
Pasamos a la historia del derecho al aborto. Activistas feministas históricas denuncian que los derechos de las mujeres, como la despenalización del adulterio o del aborto, siempre han quedado a la cola de las demandas de la izquierda y no entraron dentro de las negociaciones para la Constitución. ¿Por qué crees que sucede esto?
Por que los derechos de las mujeres siempre han sido el segundo plato en las revoluciones y en los cambios democráticos. Eso no es ningún misterio. Sobre todo las feministas, sabemos que nuestros derechos siempre quedan en un segundo plano o que quedan supeditados a que se consigan otras cosas que los hombres consideran más importantes. Y yo creo que esto también sucedió en la Transición.
En 1985 las feministas consiguieron esa despenalización del aborto, desde luego que fue un logro, pero no a la altura de ese movimiento que pedía leyes mucho más avanzadas y que amparaban más tanto a las mujeres como a los profesionales, que quedaban en un limbo, que hemos visto que ha traído muchos problemas legales a clínicas, a profesionales y a mujeres, hasta que en 2010 se aprueba la Ley de Plazos.
Ahora se plantea meter el aborto en la Constitución, pero en un capítulo en el cual no se pueden asegurar los derechos que allí se encuentran. ¿Qué te parece esto?
Escuchando a muchas feministas y a las clínicas, yo creo que hay una parte interesante de que se haya intentado incluir en la Constitución, que es que hemos hablado de eso y que da pie a un debate sobre si el aborto tiene que estar de alguna manera en la Constitución y de qué manera. Entonces yo creo que es bueno, esa conversación es sana y puede hacer que la ciudadanía no pierda el pulso sobre lo importante que es seguir buscando maneras de garantizar este derecho.
Pero está claro que la manera que se ha buscado no garantiza la práctica de la interrupción voluntaria del embarazo, no está entre los derechos fundamentales y está en un capítulo en el que está la vivienda y ya sabemos lo que ha pasado con la vivienda. Con lo cual, simbólicamente es interesante esa conversación, pero tal y como se ha planteado, creo que tenemos que ser honestas, no va a ser la solución a nada. La solución pasa más bien por ver cómo se sigue aplicando la ley que tenemos y si hacen falta cambios para mejorarla aún más.
Ha habido tres reformas de la ley del aborto para ampliar cada vez más este derecho. Aún hoy permanece en el código penal. ¿Es el derecho al aborto un derecho que está materializado de manera libre hoy en día?
Es un derecho reconocido pero desde luego no desarrollado como debería. Yo creo que el aborto, de hecho, es el derecho más clandestino que existe porque muchas mujeres ni siquiera saben cómo ejercerlo. Si en general preguntáramos a buena parte de la gente, no sabría por dónde empezar. ¿A dónde voy? ¿Con quién tengo que hablar? ¿Es público o privado? ¿Tengo que ir a una clínica? ¿Puedo contárselo a mi médico? Y eso ya habla mucho de que existe una sensación de tabú. Y esa es la primera barrera para acceder al aborto, que exista ese estigma. El tabú y el silencio impiden que el aborto sea una prestación como cualquier otra.
Pero luego sabemos que hay muchos más obstáculos, como que la sanidad pública se haga cargo de las interrupciones voluntarias del embarazo. Va ganando terreno, pero aún no como debería. Sabemos que hay muchas desigualdades territoriales, que los registros de objetores de conciencia aún tienen que terminar de desarrollarse y así conseguiríamos que los hospitales públicos asuman más abortos. Es decir, que en realidad queda. Es un derecho que se puede ejercer pero, en realidad, está a medias.
También hay muchas mujeres migrantes que lo tienen muy difícil porque además se encuentran a veces con trabas burocráticas, que si estas mujeres o no tienen información o no son acompañadas, probablemente a la primera de cambio desistan porque crean realmente que no tienen derecho a que la sanidad pública se lo cubra.
Ana, ¿qué ventajas hay en abortar en la sanidad pública?
Yo más que ventajas diría que si es un derecho la sanidad pública debe garantizarlo. El hecho de que la sanidad pública no asuma las IVE hace que las mujeres tengan que salirse de su circuito habitual de atención sanitaria para irse a otras clínicas. Al final, tienen la sensación de ser expulsadas a centros donde las vean menos y donde ellas no supongan un problema. Eso contribuye a crear el estigma del que estamos hablando. Eso contribuye a crear ese tabú que es también una barrera para acceder al aborto y para que la gente entienda la importancia del derecho al aborto.
También se evitaría que haya grupos provida en la puerta, ¿no?
Claro, las clínicas privadas son muy fácilmente identificables porque son centros acreditados para interrumpir voluntariamente el embarazo. Los grupos ultra antiderechos saben perfectamente las direcciones de las clínicas donde pueden ir a hacer sus rezos, a repartir sus fetos de juguete, a ponerse en las puertas, a obstaculizar el paso o a ponérselo muy difícil a las mujeres y a las profesionales. O a hacer pintadas, porque sabemos que todo eso sigue sucediendo. Si la sanidad pública se hace cargo es mucho más difícil, porque los abortos se harían en los hospitales donde vamos a que nos miren la rodilla o el ojo.
Ha habido una reforma en el Código Penal para tipificar las actuaciones de estos grupos a las puertas de las clínicas. Pero tú recoges en el libro dos sentencias que no han sido efectivas en este sentido.
Lo que dicen las clínicas es que, tal y como está configurado el delito, se exige que exista un mínimo de intimidación o de violencia, que muchos jueces pueden no ver o no querer ver. Si alguien se detiene a ver lo que pasa en la puerta de las clínicas, creo que es evidente que existe intimidación. Pero también esos grupos saben medir sus acciones, y más después de la reforma del Código Penal. Lo que dicen las clínicas es que después de esa reforma hay muchos grupos que, para evitar incurrir en delito, en lugar de estar un metro más adelante, están un metro más atrás y tienen cuidado de no tocar a la mujer que pasa, pero la abordan igual, le dan el mismo feto de juguete o están rezando igualmente en la puerta. En el caso de las sentencias de las que hablan en el libro, la jueza dice que ese grupo ultra estaba ejerciendo su libre derecho de reunión y de religión porque estaban rezando simplemente.
Cuentas también en el libro que en otros países se ha solucionado de otra manera.
Otros países han optado por las zonas de seguridad, que consiste en establecer un perímetro de determinados metros alrededor de los centros que practican abortos y dentro de ese perímetro no se permite la actividad de ninguno de estos grupos, ni se permite rezar ni repartir información. Así lo han abordado algunos Estados de Estados Unidos o en Francia. Pero estos grupos van a buscar la manera de seguir llevando a cabo este hostigamiento. Grupos feministas en Estados Unidos o de Francia dicen que tampoco ha sido la gran solución, ni que allí el derecho al aborto esté plenamente garantizado.
En cuanto a ultraderecha, en el libro señalas que hay una ofensiva global contra el aborto que hace que diferentes movimientos conecten territorios. De hecho, propuestas como la de obligar a las madres a que escuchen el latido fetal que se lanzó en Castilla y León tienen su origen más allá de nuestra fronteras. ¿De dónde viene esta propuesta?
La propuesta del latido se aprobó en la Hungría de Orban y escuchar el latido paso a ser obligatorio para las mujeres que quisieran interrumpir voluntariamente su embarazo. Aunque allí el aborto está ya de por sí muy restringido. Y luego también esa idea inspira las famosas leyes del latido de algunos Estados de Estados Unidos que impiden el aborto una vez que existe latido fetal, algo que puede pasar ya alrededor de las cinco o seis semanas, cuando muchas mujeres ni siquiera saben que están embarazadas o se acaban de enterar, lo que al final hace que el aborto sea imposible.
La medida del latido es el ejemplo de cómo al final estos grupos comparten ideario, comparten estrategias, tienen encuentros donde comparten todas estas ideas, establecen cuáles van a ser sus prioridades y las medidas que van a intentar llevar a cabo.
Es curioso como la extrema derecha habla del síndrome post aborto pero ignoran la depresión post parto, que no solo está reconocida, sino que tiene una prevalencia muy grande entre las mujeres que dan a luz.
Tampoco sus propuestas son nuevas en el tiempo. El Ayuntamiento de Madrid aprobó informar a las mujeres que querían optar por un aborto sobre el falso síndrome post aborto ¿De dónde viene ese síndrome?
En realidad ni el ni escuchar el latido ni el falso síndrome post aborto son ideas nuevas de ahora. Son ideas que la extrema derecha va reciclando y que vamos escuchando de una manera u otra, en diferentes momentos. Y el síndrome post aborto al final no deja de ser un bulo interesado que lo que busca es unir aborto con una serie de consecuencias terribles para la salud física y psicológica de las mujeres. En ningún caso el aborto va unido a una serie de complicaciones ni de enfermedades.
Es curioso también como la extrema derecha habla del síndrome post aborto pero ignoran la depresión post parto, que no solo está reconocida, sino que tiene una prevalencia muy grande entre las mujeres que dan a luz. Y esto no por estigmatizar el dar a luz ni el parir, sino porque efectivamente, ahí sí que hay una serie de dolencias reconocidas que luego, por cierto, no tienen la atención requerida ahí donde gobierna esta extrema derecha.
Para finalizar, dedicas el libro a tu hijo, el latido que siempre quisiste oír. ¿Por qué es compatible ser madre y defender el derecho a no serlo?
Yo quería hablar de esto en algún momento, porque a mí como feminista me han amenazado muchas veces a lo largo de mi vida con que mi discurso sobre el aborto iba a cambiar cuando yo me quedara embarazada. Como si cuando escucháramos ese latido, sintiéramos las patadas y atravesaremos esa experiencia, las feministas nos fuéramos a dar cuenta de que todos nuestros argumentos eran mentira y vamos a rendirnos a la evidencia. Y creo que hay que decir que eso es mentira y que de hecho, atravesar un embarazo, un parto y una crianza hace a las personas mucho más conscientes de lo que significan esos procesos.
A mí, desde luego, me hizo mucho más consciente de la crueldad que implica obligar a una mujer a pasar por eso contra su voluntad. Yo lo pensé mucho. Claro que es impactante, es muy impactante escuchar un latido dentro de ti. Es muy impactante ver cómo tu barriga crece y ver que hay un ser que crece dentro de ti, que se alimenta de ti, que te da patadas y ver cómo ese ser sale al mundo. Pero precisamente porque eso es muy impactante te das cuenta de cómo debe ser atravesar todo eso contra tu voluntad. El ataque al derecho al aborto es un acto de crueldad contra las mujeres, de misoginia.
Además creo que ser madre hace también que te des cuenta de lo dificilísimo que es sostener una vida, del esfuerzo que implica. Del miedo que te da cuando nace tu criatura a no ser capaz de poder sostener esa vida. Has de saber que queda toda una vida por delante que depende de ti. La sensación de incertidumbre es tremenda, de vulnerabilidad, de fragilidad. Entonces tenemos que acompañarnos y generar un montón de estructuras para que esa fragilidad y esa vulnerabilidad que sentimos sea un poco menos y estemos más acompañadas y que no nos sintamos tan solas sosteniendo la vida. Y entender que no se puede obligar a nadie a pasar por ello bajo ninguna circunstancia.
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