Opinión
Blocus y la conspiranoia como refugio en la izquierda
Ante los disturbios en Plaça Catalunya, que acabaron con robos en grandes tiendas y daños en el mobiliario urbano, y que dieron inicio al ciclo de lo que se ha dado en llamar Blocus, sorprende buena parte de las reacciones que se han producido desde la izquierda. Por parte de la derecha, no esperaba nada nuevo. Sus objetivos siguen siendo los mismos de siempre: ensuciar las protestas por la vivienda, criminalizar a la gente que se manifiesta y discriminar de forma racista a los chavales que participaron en los saqueos.
En cierta parte de la izquierda, ha habido una incapacidad de reconocer como propio un malestar que no se expresa a través de sus formas habituales. Ante esta dificultad para interpretar o traducir a las formas tradicionales, se reflejan dos movimientos: la conspiranoia geopolítica y la condena moral.
Conspiranoia geopolítica
En un primer momento, se intentó buscar al responsable detrás de estas convocatorias inesperadas, que bajo el nombre de Blocus han tenido lugar también en Bilbao y València. La teoría más extendida fue que era un plan de Israel, de EEUU o en general de la extrema derecha y, así, evitar que la huelga del 11N sea el momento culminante del descontento por la situación de la vivienda. Además, sin perder de vista las elecciones del 29 de noviembre, es más que evidente que estos disturbios serán gasolina para atacar a los partidos progresistas y al PSOE, con el fin de evitar también que repitan gobierno.
Buena parte de las organizaciones de izquierdas, rápidamente, negaron la convocatoria de cualquier tipo de manifestación o llamada a la acción política en ese sentido. La postura común fue desmarcarse y condenar este tipo de actos violentos. La argumentación giraba en torno a una manipulación de las personas jóvenes que habrían sido inducidas a actuar de esa manera.
Quiero detenerme aquí. Es curioso cómo a veces actuamos como si fuéramos partidos políticos y nos sumamos a la lógica de sobrerreaccionar a cada cosa que sucede. Imponernos el deber de tener una teoría coherente, firme, que pueda explicar causas y consecuencias, y exponerla a los medios de forma casi inmediata.
Hay otra cosa clara: un caldo de cultivo que aún no toma forma política concreta; una mezcla de rabia y algo lúdico. Fuerte como para romper escaparates de El Corte Inglés o un PC Componente
Sin embargo, reaccionar de este modo no suele cumplir nada de eso. O solo quizá de forma aparente. A veces, reaccionar no es otra cosa que actuar en función de lo que nos es común. Es nuestra historia hablando ante algo que desconocemos. Normalmente, estas interpretaciones no aportan nada nuevo, salvo una explicación que consuela hasta cierto punto. Pero no buscan comprender la singularidad de algo que emerge, sino que intentan encajar con lo que ya sabíamos.
Es justo señalar que hay ciertas reacciones que empiezan a repetirse en conversaciones cotidianas. Cuando ocurrió el apagón en España, en las terrazas se preguntaban si había sido cosa de Putin. O cuando ocurrió lo de Ceuta, se hizo hincapié en el rol de Marruecos. En ese caso, el debate se desplazó a una cuestión de responsabilidades de Estado, dejando en segundo plano a las personas que llegaban por el mar en condiciones de extrema vulnerabilidad.
No quiero negar las explicaciones geopolíticas. Más bien, señalo este desplazamiento a un lugar donde no podemos actuar ni demostrar nada, al menos a corto plazo. El problema está cuando se vuelve un recurso habitual para cualquier acontecimiento político que todavía no podemos ubicar. Aquí toma una estructura conspiranoica porque totaliza todo aquello que se sale del guión.
En muchas de las conspiraciones hay algo de verdad, en ocasiones, son una forma de intentar explicar un mundo complejo de una manera que nos parece “lógica”. Pero esto se convierte en un consuelo más que en una respuesta. Otro aspecto que encierra lo conspiranoico es una actitud de “a mí no me van a engañar”. Es una defensa que busca reafirmar su propia identidad. Una resistencia a aquello que cuestiona las reglas que teníamos claras. Es señalar que la verdad no está aquí, está en otro lugar, y casi siempre, en un lugar ajeno.
Pero seguimos evitando confrontar con aquello que quizá nos mueva de nuestra propia trinchera. Entonces, la pregunta que podemos hacernos es: ¿cómo es posible que unos carteles hechos con IA o unas convocatorias por TikTok hayan conseguido atraer a chavales de entre 14 y 16 años y, en cambio, nosotros no?
Más allá de quién lo organizó, lo que sí sabemos es que la derecha está sacando provecho de la situación. Hay otra cosa clara: un caldo de cultivo que aún no toma forma política concreta; una mezcla de rabia y algo lúdico. Lo suficientemente fuerte para romper escaparates de El Corte Inglés o un PC Componentes.
Condena moral
Sorprendentemente, la otra reacción a esto fue la condena moral. Creo que tenemos marcos teóricos suficientes para entender por qué han ido precisamente a grandes marcas de ropa o tecnología. Parecería que fuera la primera vez que ocurre algo así, pero lo cierto es que no.
La cuestión es cómo ese malestar puede encontrar una potencia transformadora en el mundo que vivimos, en lugar de quedarse simplemente en el saqueo de cosas de lujo
Es gracioso porque siempre me viene el mismo vídeo de Zizek titulado Oda a la alegría donde habla de las revueltas en Inglaterra en agosto de 2011. En él, habla de cómo el consumismo está presente en nuestra subjetividad. Incluso en momentos de caos, la gente sigue yendo a buscar los objetos con los cuales nos bombardean con publicidad.
En el artículo de David Caño, en Crític, titulado “Los saqueos de Barcelona: el capitalismo libidinal en shock”, encontramos una explicación de cómo esos deseos frustrados del propio sistema, en lugar de su superación, simplemente buscan poseer esos objetos deseados. Lo que nos lleva a pensar que estas personas pueden estar actuando ante sus deseos frustrados sin que necesariamente compartan un horizonte político con nosotros.
Pero hay una paradoja mayor. Podemos hablar del capitalismo libidinal de Fernández-Savater o el realismo capitalista de Mark Fisher para explicar la relación entre el deseo y los imaginarios colectivos, y, sin embargo, terminar defendiendo el orden, la ley y hasta el escaparate de El Corte Inglés. Parece que tenemos todas las herramientas para entender las contradicciones del sistema, pero se nos olvidan cuando aparecen de formas que nos incomodan o no consideramos correctas.
¿Y ahora qué?
Por lo pronto, si tenemos que empezar a encarar esta situación, sería a partir de lo que hay: 130 personas detenidas, más de la mitad menores. Es decir, familias que van a pagar multas de miles de euros, y en algunos casos, el internamiento de sus hijos en centros de menores (de momento, siete).
Además, la policía está preguntando a los centros educativos si tienen información de determinados alumnos para saber si participaron en los disturbios.
No parece que ninguna de estas medidas vaya a solucionar gran cosa. Una primera respuesta podría ser ofrecer apoyo legal a estas familias. Al menos, dar algo con lo que estas personas puedan defenderse y una red para quienes no puedan afrontar las posibles sanciones. Organizaciones como Alerta Solidaria o Irídia podrían ofrecer acompañamiento, como ya han hecho en otras causas.
En segundo lugar: ¿cómo podemos interpelar a estas personas? ¿por qué no encuentran en nuestras organizaciones espacios para expresar esa rabia?
Pondré un ejemplo de cómo pensamos los lugares comunes y a quién queremos interpelar. Nuria Alabao menciona en su artículo “La generación que se levanta y rompe escaparates” cómo en nuestras reivindicaciones está la idea de que ya no podremos vivir como nuestros padres. Sin embargo, muchas de las personas migrantes, entre las cuales me incluyo, precisamente buscamos no vivir como nuestros padres. Para unos, es la reclamación de cierta movilidad social incumplida, para otros, en cambio, es confirmar que efectivamente eso no existía.
Tampoco quiero idealizar todo ni imaginar que hay un pequeño marxista o anarquista en cada uno de ellos. Más bien, la cuestión es cómo ese malestar puede encontrar una potencia transformadora en el mundo que vivimos, en lugar de quedarse simplemente en el saqueo de cosas de lujo.
Finalmente, no digo que no se deba investigar el origen de estas convocatorias. Al contrario, creo que es importante hacerlo para comprender la singularidad de lo sucedido. Pero el problema no es solamente que no sepamos quién está detrás de ellas. También es que no sabemos qué hacer con quienes acuden a ellas.
Mientras organizamos una huelga, reivindicamos el derecho a la vivienda y tratamos de frenar el avance de la extrema derecha, hay una generación que se expresa en unos términos ajenos a todo esto. Y si nuestras primeras respuestas consisten en negar su agencia, reducir sus inquietudes a manipulaciones o engaños, quizá estamos perdiendo la oportunidad de entender por qué esa convocatoria ha conseguido interpelarlos y nosotros no.
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