Análisis
Crónicas del deterioro

Las elecciones estadounidenses hablan de un país en un momento extraño y deprimente. La izquierda apoya sin entusiasmo a Kamala Harris. La alternativa es un candidato republicano autoparódico, con trazas de fascismo, que sigue cobrando fuerzas de quienes lo critican.
Trump Phoenix 28 de octubre 1
Donald Trump.
26 oct 2024 05:36

Es un lugar común, y especialmente en los últimos años, decir que nadie sabe qué va a ocurrir en las elecciones presidenciales en EE UU. Ninguno de los instrumentos convencionales de predicción, de las señales que habitualmente ayudan a orientarse, parecen funcionar. Como en tantas partes, predomina un clima de incertidumbre, ansiedad, miedo. Pero es que además, esa incertidumbre y esa ansiedad no se refieren únicamente a unos resultados futuros, por próximos que sean (queda apenas unas semana de campaña). En realidad, nadie parece saber tampoco qué está ocurriendo ahora mismo, qué está pasando realmente estas últimas semanas en EEUU. La campaña transcurre en una extraña combinación de ruido y silencio, de excepcionalidad y normalidad, de excitación y agotamiento. Hemos entrado en la etapa final y febril de la campaña. En el email personal, por la mañana, uno puede encontrarse con un correo de tu centro médico, preguntándote directamente en el asunto sobre el asunto: “¿Las elecciones te generan ansiedad? ¡Podemos ayudarte! Sigue estos sencillos consejos”.

Vivimos en la época de las vibes. Y por tanto nos toca votar, militar, informarnos, discutir, desesperarnos o esperanzarnos dentro de la “política de las vibes”. La cuestión no es que los afectos y emociones atraviesen la política —siempre lo hacen— sino que vivimos un momento en el que, como dice el filosofo Jason Read, los afectos y las emociones —en su unidad mínima, que sería la vibe, la vibracion pasajera y efímera— son el modo mismo en que lo político se presenta, se interpreta y analiza. Se vive, en suma, en una montaña rusa —quizás nunca mejor dicho— hecha de emociones.

Contra las caricaturas demonizadoras, las izquierdas estadounidenses llevan meses guardando una suerte de consternado silencio respetuoso

Estos meses hemos vivido (cada quien obviamente a su manera y en diferentes grados) la resignación callada y desesperada con Biden; el susto con el atentado contra Trump; el vértigo de lo inédito con la renuncia de Biden; una suerte de optimismo fulgurante con la aparición de Kamala en pleno brat summer; la euforia demócrata en la convención de Chicago. El spin y el contra-spin continuo. Debajo de esas vibes late, sin embargo, el fondo constante, abrumador, incomprensible, descoyuntado, de un genocidio que continúa, perpetrado por una potencia militar que escala y busca activamente un conflicto regional y pagado con los impuestos de los ciudadanos estadounidenses.

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Vuelta a las inercias

Las encuestas parecen registrar la subida de Kamala Harris, pero también quizás una cierta estabilización pasado el efecto sorpresa de su rutilante aparición como candidata, y la euforia de la convención demócrata en Chicago. Algo hasta cierto punto esperable. En algún momento de estos últimos meses se pudo saludar, incluso con cierta esperanza —o, al menos, un vibe de esperanza— un Partido Demócrata capaz de recuperar cierta audacia comunicativa, con Walz como ariete. Se trataba sin duda de un giro debido a la necesidad en medio de una campaña acelerada, pero que tal vez anunciaba cambios algo más duraderos. ¿Un cambio de estilo, como sostenía Anand Giridharadas? ¿Tal vez las notas de un cierto recambio generacional, como apuntaba la periodista Marisa Kabas? Pero parece que pronto han vuelto las inercias. No es tanto, aunque también, y además lo simbolice, la alianza con Liz Cheney, excongresista e hija del vicepresidente y posible criminal de guerra Dick Cheney, en esa eterna búsqueda del votante republicano moderado. Es sobre todo el focus group como ejercicio mental constante; la triangulación supuestamente pragmática que opone —de forma cínica— la oposición al genocidio en Gaza (posición moral, abstracta y purista) a la (concreta, sana, realista) preocupación por los precios. Un cinismo supuestamente realista.

En ocasiones, los servicios de emergencia fueron recibidos a tiros por individuos que esperaban el huracán pertrechados con ese último y definitivo fetiche de la autonomía individual: el rifle

Pero en realidad, no se trata simplemente de que Harris sea decepcionante, o insuficientemente progresista, para la izquierda. No puede decepcionar de quien nada se espera. Es que esas decisiones pueden revelarse fatídicas en los más estrictos términos de realpolitik y de pragmatismo electoral. Por ejemplo, la absoluta negativa a reconocer demanda alguna del movimiento contra el genocidio en Gaza —organizado en torno al movimiento Uncommitted de delegados demócratas sin adscripción— podría resultar en una abstención masiva en Michigan.

Una nota sobre la izquierda. Contra las caricaturas demonizadoras, que precisan siempre construir la imagen de una izquierda lunática, purista, moralista, poco práctica, las izquierdas estadounidenses, o al menos las más inteligentes, llevan meses guardando una suerte de consternado silencio respetuoso. Denunciando el genocidio, tratando de promover y enfatizar los (escasos) ángulos progresistas de Harris. Pero esperando, con una conciencia generalizada, a que pase esta terrible campaña y poder, tal vez, construir posiciones fuertes respecto —preferiblemente— a una administración Harris. La otra opción es, simplemente, el abismo.

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El ruido y la furia

Trump, por su parte, parecería estar desmoronándose en muchos sitios, con una campaña errática, llena de un estridente ruido y griterío racista (hablar a estas alturas del famoso dog whistle sería muy, muy generoso), visto en episodios como el de Springfield Ohio —"los inmigrantes haitianos ilegales se están comiendo a los perros— o el de Aurora, Colorado —Trump escupiendo mensajes racistas rodeado de fotos de inmigrantes detenidos. Toda ocasión, por grande o pequeña que sea, es una oportunidad para una guerra cultural sin cuartel.

Hace unas semanas, mientras los huracanes Helene y Milton asolaban Florida, Georgia y otras partes del castigado interior del país, se propagaban todo tipo de rumores acerca de la ineficiencia de la FEMA (la agencia federal de emergencias en desastres). El cinismo neoliberal es transparente: los mismos políticos republicanos que promovían esos rumores son los mismos que han votado sistemáticamente por reducir los fondos de la FEMA durante años. Destruye lo público, y después declara el estado de naturaleza, el todos contra todos. Las redes, por supuesto, no tardaron en retorcer todavía más esa imagen: corrieron los rumores acerca de cómo los agentes de la FEMA iban a aprovechar los huracanes para incautar y expropiar propiedades.

En ocasiones, los servicios de emergencia fueron recibidos a tiros por individuos que esperaban el huracán pertrechados con ese último y definitivo fetiche de la autonomía individual: el rifle. Libres, siempre libres. Hasta la muerte. Neoliberalismo mórbido, pulsión de muerte, necropolítica. Porque los tiroteos en las escuelas, como dijo JD Vance el mes pasado, tras saberse las muertes de cuatro adolescentes en un instituto en Georgia, son “una realidad de la vida”.

Todo este ruido, en cualquier caso, parecería querer ocultar que la carrera de Trump, en muchos sitios, a pesar de importantes apoyos como el de Elon Musk, que están volcando decenas de millones de dólar en propaganda y en campañas activas de desinformación y supresión de voto, está prácticamente derrumbándose a pedazos. A esto habría que sumar, hablando de deterioros, el hecho de que podríamos estar asistiendo en directo al propio deterioro cognitivo de Trump, provocado tal vez por la edad o, más bien, como mucha gente ha apuntado, a una suerte de trauma personal asociado al intento de asesinato sufrido que la masculinidad trumpiana se muestra incapaz de procesar.

Sea como fuere, el expresidente y candidato no solo se ha negado a un segundo debate con Harris —el gran macho salió sin duda trasquilado y no quiere repetir, como era previsible— sino que también ha cancelado bastantes eventos y entrevistas, incluso con medios afines. En algunos de los actos electorales que sí ha realizado, se ha visto un Trump errático, a veces desconcertante. En Pensilvania, tras los desmayos de dos seguidores por el calor en la sala, Trump interrumpió el evento y pidió al DJ poner su playlist favorita, encabezada por el “Ave María” en versión Pavarotti.

En una apoteosis del kitsch fascista posmoderno, Trump intercalaba comentarios personales (“Pavarotti era amigo mío”), insultos a Kamala, confusos mensajes y marcos de campaña con la música de fondo. En otro acto en Detroit, su micrófono se cortó y Trump decidió quedarse en el escenario durante 16 largos minutos, saludando y sonriendo a sus seguidores. Podemos reírnos de ese despliegue hortera y fanatizado, pero con Trump siempre asoma la sombra de la duda: lo que para muchos es ridiculez, para otros es el verdadero culto a la personalidad, en este caso en la figura de una celebridad televisiva y millonaria a quien no le hace falta siquiera hablar para mover a las masas.

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Basta el saludo, la sonrisa, el afirmativo pulgar hacia arriba. A su manera —y esto es algo que los demócratas nunca han entendido— ofrece una suerte de auto-irónica ridiculez (miradme dónde estoy, mirad lo que hago. Y sobre todo, mirad) que, según se mire, puede ser comprendida a veces como una forma de grotesca calidez. En cierto modo, como sabemos desde 2016, sus erráticas formas y sus inconcretos mensajes (“vamos a tener las mejores medidas económicas del mundo, ya lo veréis”) son parte de su atractivo para mucha gente, son la negación misma de la tecnocracia fría y resabiada que odian. El fascismo hoy no tal vez no sea ya un significado, sino la negación misma de la significación. Todo da igual en el marasmo, en la papilla irónica de la post-realidad trumpiana. Cuando Trump expresa ideas como la necesidad de emprender deportaciones masivas, o la urgencia de terminar con “el enemigo interno”, muchos de sus votantes simplemente consideran que no hay que tomárselo en serio. Después de todo, son sólo palabras. Nada más que palabras. Palabras y espectáculo.

De ahí que la postura del escándalo de los grandes medios nunca funcione con Trump. Y de hecho, como en 2016, son de nuevo los grandes medios los responsables de amplificar y normalizar a Trump en nombre de unas inmaculadas neutralidad y objetividad periodísticas. Si lo que a menudo ha podido responder principalmente a las inercias ideológicas, a una autoidealización del trabajo del periodista, en esta campaña se ha revelado la violencia y los efectos de las enormes desigualdades económicas. Periódicos importantísimos, como Los Ángeles Times, o —casi una institución misma del periodismo estadounidense— como The Washington Post, se han negado —rompiendo su tradición desde los 80— a declarar apoyo oficial a ningún candidato, por decisión de sus patrones, Patrick Soon Shiong y en el caso del Post, el fundador de Amazon Jeff Bezos.

Se dice a menudo aquello de que el fascismo no llegará a EEUU vestido de militar y marcando el paso de la oca, sino bajo apariencias “más americanas que la tarta de manzana"

Las redacciones de ambos periódicos se declararon, obviamente, en rebeldía. En este contexto, cuando uno de los candidatos amenaza abiertamente con deportaciones masivas, persecuciones políticas y con el recorte de libertades, como de hecho, el de la libertad de prensa ¿qué más tiene que hacer un candidato para merecer un rechazo directo? Estos días se ha sabido que el equipo de Bezos se reunió con Trump la semana pasada, y posiblemente fue a raíz de ese encuentro que Bezos decidió cortar el endorsement del periódico a Harris, que ya estaba escrito y votado y aprobado por la redacción para su publicación. Al menos —introduzcamos un vibe optimista— estos episodios pueden servir para aclarar a mucha gente el campo de batalla: Silicon Valley y los grandes billonarios son el enemigo de clase. Nada nuevo, realmente, si pensamos en los años treinta. Pero que conviene recordar.

¿Es Donald Trump un fascista?

Uno de los temas de campaña ha sido —de nuevo— la discusión en torno a si Trump es fascista o no. La novedad ahora es que los propios demócratas han movilizado deliberadamente el término, una señal ambivalente que podría indicar simultáneamente una audacia (llamar directamente a las cosas por su nombre, denunciar el verdadero peligro que supone Trump) y al mismo tiempo desesperación (una nueva invocación al miedo). En su vómito diario de discurso, las declaraciones abiertamente fascistas se mezclan con comentarios sobre el tamaño del pene de un golfista ya fallecido; las amenazas incendiarias e incitadoras con sesiones fotográficas en un McDonalds. Se dice a menudo aquello de que el fascismo no llegará a EEUU vestido de militar y marcando el paso de la oca, sino bajo apariencias “más americanas que la tarta de manzana“. Lo que tal vez no imaginábamos es que aparecería en la figura de vendedor fraudulento cantando Pavarotti.

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El caso es que de forma bastante insólita, el propio Trump decidió resolver el enigma el pasado domingo con un gran mitin en el Madison Square Garden de Nueva York. En el fin de semana previo a Halloween, Trump trajo su propio desfile de monstruos (el cartel del evento roza la autoparodia): Rudy Giuliani, Stephen Miller, sus vástagos y vástagas, y el cómico Tony Hinchcliffe, convertido en estrella de la velada por sus referencias a Puerto Rico como “isla de basura” y a la capacidad reproductiva de los latinos, entre las risas de los miles de asistentes.

La elección del Madison Square Garden contenía varias lecturas. Históricamente, la referencia al mitin del German American Bund, organización nazi que congregó allí a veinte mil seguidores en 1939 (el excelente corto documental A Night in The Garden recoge imágenes de archivo de aquel evento). La proximidad y protagonismo en el Garden de Stephen Miller podría sugerir el carácter del evento como una suerte de dog whistle alt-right. En términos más presentes, ¿por qué elegir Nueva York para un acto que prácticamente define ya el final de campaña? Tal vez para soltar la última provocación, desde el centro de la gran ciudad multicultural y cosmopolita, no para sus habitantes, sino proyectado para el resto de esa supuesta América auténtica residente en los hinterlands, el fly over country que Trump dice representar. En ningún caso una cuestión de clase, sino de escupir el puro resentimiento racista suburbano. Al menos, es posible que esto active el voto puertorriqueño y latino. Tras el mitin, Bad Bunny, Ricky Martin y Jennifer Lopez declararon inmediatamente su apoyo a Harris en sus redes sociales.

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Pocas certezas

Quizás por eso, a estas alturas, todos los errores de Trump, o su mala campaña, o las posibles lecturas de las encuestas, no son ningún consuelo. A pesar de todo lo ocurrido, prácticamente la mitad del hipotético electorado construido en las encuestas seguirá votando a Trump. La cuestión es dónde lo hará, y en qué cantidades. La única realidad constatable más allá de sofisticadas interpretaciones es que la carrera está muy igualada, y que se decidirá en unos pocos estados: Arizona, Georgia, Michigan, Nevada, Carolina del Norte, Pensilvania y Wisconsin.

Parece plausible esperar una victoria de Harris en el voto popular, en el total de votos de todo el país, algo en lo que por cierto los Demócratas llevan ganando sin interrupción desde 2008 y, con la única excepción de 2004, desde 1992. Pero si Trump gana en en los votos del Colegio Electoral, la joya de la corona de la, ya no decimonónica (¿se puede decir “decimooctávica”?) democracia estadounidense, él será el presidente. En cualquier caso, otra certeza es que el recuento electoral va a ser un momento extremadamente delicado. No por el sistema de recuento mismo, ni por sus garantías, sino porque Trump, Elon Musk y los Republicanos vienen preparando hace meses este momento de forma sistemática: financiando campañaspara sembrar dudas sobre el proceso, instalando a militantes en organismos de conteo y validación de votos, impidiendo activamente que votantes puedan registrarse y ejercer su voto en estados y condados clave.

Una última certeza, a la vez enorme y simple, compleja y concreta, es que algo está muy roto en esta sociedad, en esta realidad en ruinas. Detrás y debajo de todo este ruido, quedan tantas otras preguntas, que van mucho más allá y más acá de estas elecciones. Las verdaderas preguntas políticas del momento: ¿qué hacer? ¿Cómo recuperar instancias colectivas de agencia en este contexto? ¿Cómo parar este desfile multiforme de muerte y ruido? ¿Cómo salir juntos, juntas y juntes de este mundo imaginado por idiotas?

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fllorentearrebola
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moralesmontesdeocajuan
30/10/2024 0:08

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