El Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger mostró un año más las mejores películas para narrar un continente

La 23ª edición del FCAT culminaba el pasado viernes concediendo su máximo galardón a la película ‘Promis le ciel’, tras días repletos de cine contemporáneo africano, con obras que abordaron la vida en las urbes, o la relación entre memoria y futuro.
Promis Le Ciel
Fotograma de 'Promis Le Ciel'
2 jun 2026 06:33 | Actualizado: 2 jun 2026 09:14

Cuando el 29 de mayo, la cineasta francotunecina Erige Sehiri recibió el premio al mejor Largometraje del Festival de cine Africano de Tarifa-Tánger (FCAT) por su propuesta Promis le ciel, reivindicó la importancia de espacios como este longevo certamen que celebraba su 23ª edición, como una forma de dar cabida a proyectos y relatos alejados de los estereotipos que encierran las realidades del sur. La directora obtuvo gran éxito con su anterior película Entre las Higueras, que compitió representando a Túnez por el Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 2022. 

EnPromis le ciel, la directora propone una historia donde tres mujeres de Costa de Marfil que comparten piso, y cuentan con diversas trayectorias, edades y situaciones vitales, deben hacerse cargo de una niña huérfana. La cinta pone en el centro la solidaridad y el apoyo mutuo en un contexto marcado por el racismo contra las personas negras. 

Tal y como recogían desde el FCAT, el jurado, integrado por la antropóloga Aída Esther Bueno Sarduy, el productor de Al Jazeera Mehdi Bekkar y el cineasta y promotor de festivales como el International African Film Festival of Africa and the Islands (FIFAI), Mohamed Saïd Ouma, fundamentaban la decisión de premiar la obra de Sehiri por su capacidad de “acercarse con sensibilidad y complejidad a las experiencias de las mujeres migrantes africanas dentro del continente, mostrando sus trayectorias no como destinos cerrados, sino como procesos atravesados ​​por la autonomía, el deseo y la posibilidad legítima de partir, permanecer o regresar”.

La película de Sehiri supone un buen ejemplo de lo que ha vuelto a ofrecer este festival tras dos décadas largas de cine de calidad: una historia narrada desde la cotidianeidad, que pone en el centro las experiencias de las mujeres, aflora realidades a menudo invisibilizadas, y da cuenta de la heterogeneidad de un continente donde viven 1.570 millones de personas. La tunecina comparte Palmarés con dos menciones especiales a mejor película. La primera es la sudafricana Variations on a theme, cuyos directores Devon Delmar y Jason Jacobs se centran en la vida de una anciana pastora de cabras para abordar la compleja historia racista del país, una historia por la que ya han sido premiados en el Festival de cine de Rotterdam. La onírica Ancestral Visions of the Future, filmada en Lesotho por Lemohang Jeremiah Mosese, se ganó la otra mención. 

Los títulos han recorrido temáticas como “la memoria ancestral, las resistencias femeninas, la realidad urbana o el cine experimental”

Junto al jurado del FCAT otras instituciones que participan en el certamen han repartido reconocimiento entre las distintas propuestas: el Premio Casa África a la Mejor Dirección recayó en el director franco-egipcio Namir Abdel Messeeh por el documental La vie après Shiam (Egipto, Francia), en el que el duelo familiar se intercala con la historia de su país, y por el que ya ha recibido varios premios. Por su parte, la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), otorgaba el VII Premio ACERCA a la coproducción de Kenia y Nigeria One woman one bra, de Vincho Nchogu, una ficción en la que una mujer sin familia debe luchar por su tierra. 

Un palmarés que refleja la variedad de propuestas

El palmarés final del certamen, con su diversidad de historias, países y propuestas, es tan diverso como han sido los 14 títulos que participaban este año en Hipermetropía, la sección de películas a competición. Se trata de títulos que incluyen historias dirigidas por seis mujeres y ocho hombres, y que han recorrido temas tan variados como “la memoria ancestral, las resistencias femeninas, la realidad urbana o el cine experimental”, según explicaban desde la organización del festival. Películas en distintos géneros para reflejar la complejidad de un continente heterogéneo y a la vez interconectado.

Lesoto, Marruecos, Túnez, Sudán, Egipto, Kenia, Nigeria, Mozambique, Angola, Uganda, Sudáfrica y la República Democrática del Congo son los países de los que provenían las propuestas. Un mosaico de experiencias que incluye desde la vida en las grandes urbes, al abrazo de las distintas “tierras en resistencia”. “Se trata de narradores y narradoras audiovisuales que inventan sus propios lenguajes visuales para realizar buen cine”, se enfatizaba desde el festival. 

Lenguajes visuales que se han encarnado en las diversas temáticas propuestas, como la unión entre espiritualidad ancestral y las luchas del presente extractivista, como se narra en el falso documental Memorias de la princesa Mumbi, de Damien Hauser, una propuesta futurista ambientada en Kenya, que ya pasó por la SEMINCO o el Festival de Venecia tras haber obtenido un premio del FCAT LAB 2025, el espacio de experimentación y aprendizaje paralelo al festival. 

Como en la película ganadora, sororidad y apoyo mutuo son centrales también en la trama de The Women Who Poked a Leopard, documental que refleja cómo las mujeres ugandesas recurren a técnicas ancestrales para defender su territorio, y que recibió por su parte una mención especial del Premio ACERCA. El festival también centró su mirada en las urbes africanas y las problemáticas que las aquejan. Exponente de esta temática es la cinta de animación marroquí, Bouchra, ambientada en las calles de Casablanca, con una propuesta surrealista y queer firmada por los directores Meriem Bennani y Orian Bakri.

Más de dos décadas haciendo camino

“La diversidad de procedencia de las películas es uno de los criterios que nos resulta fundamental a la hora de programar”, explica Marion Berger a El Salto, programadora del festival e integrante del equipo directivo. Berger, quien lleva desde las primeras ediciones de FCAT formando parte de la propuesta, recuerda que, ante todo, el criterio de selección es la calidad artística de las películas. 

En el festival, defiende la programadora, se intenta al máximo ampliar la representación de todo el continente, con especial atención al cine hecho por mujeres. Esta amplia representación, desarrolla, bebe de una larga trayectoria en la que “hemos establecido relaciones con muchos cineastas y tenemos mucho interés en descubrir nuevas obras”. Pone un ejemplo, el del mencionado director Namir Abdel Messeeh, que “no había hecho películas desde el 2012. Seleccionamos entonces su largometraje, y tuvimos que esperar estos otros 14 años para poder tener su segundo filme en la programación y fue maravilloso porque el documental es fantástico”. 

Las películas hay que buscarlas, por eso, explica Berger, es en otros festivales internacionales donde recaban nuevas propuestas, al tiempo que ofrecen espacios como el FCAT LAB, que aporta recursos para terminar proyectos en fase de postproducción. “Este año tenemos al menos dos películas que han pasado por este LAB y que conocimos de esta manera”. No se trata solo de diversidad, sino de que las obras, de distintos lugares, “dialoguen entre ellas, que se hagan eco y así formar un programa coherente”. 

Respecto al alcance del festival, la programadora considera que se ha conseguido un público fiel, cumpliendo el objetivo de “cambiar un poco la mirada sobre el continente africano y sus realidades, pues a través de los medios de comunicación llegan solo las tragedias, las hambrunas, los conflictos. Y eso cuando llegan, porque hay muchas guerras de las que no se habla”. Mostrar miradas desde el continente abre otros relatos, otras historias “más ancladas a la cotidianidad de la gente, a sus emociones o sentimientos que, al final, tienen una dimensión universal y en la que nos podemos reconocer también como espectadores occidentales”. Más allá del propio festival, su programadora considera que desde el FCAT se ha contribuido a que otros festivales consideren y programen cine africano en condiciones de igualdad con el cine de otras geografías. 

Berger está satisfecha del trabajo conseguido hasta ahora, en un año además, en el que quien fundara y dirigiera el festival desde su creación, Mane Cisneros, se ha echado a un lado. El relevo ha sido “bastante orgánico porque en el Comité Director hemos colaborado desde hace mucho tiempo con Mane”. Presentes desde las primeras ediciones, en los últimos años, el equipo había ido tomando más responsabilidad: “Hemos aprendido a funcionar juntos”. Ahora resta ver cómo encaminan la siguiente edición, aunque Berger asegura que habrá una continuidad.

Se ha mantenido un “público fiel e interesado, gente que se coge semanas de vacaciones para asistir viviendo de lejos, un público local también más implicado que antes”

También porque, considera, han superado la prueba en un 2026 en el que el número de espectadores parece haber aumentado, y se ha mantenido un “público fiel e interesado, gente que se coge semanas de vacaciones para asistir viviendo de lejos, un público local también más implicado que antes”. Asimismo, concluye Berger, han funcionado bien los satélites, espacios que han acogido al festival de manera deslocalizada, más allá de sus sedes en Tarifa y Tánger. 

Los retos parecen los de siempre: perseverar y garantizarse una base material para mantener esta convocatoria en un mundo que no suele priorizar este tipo de proyectos. Un proyecto que, defiende Berger, se desliga de una “perspectiva colonial, donde siempre han sido los otros quienes han narrado África, a través del cine o a través de los medios de comunicación”. Apropiarse de la enunciación permite una diversidad de relatos que incluye desde historias sencillas del día a día, a cuestiones más políticas “pero dando otra perspectiva desde el continente africano”. 

Una perspectiva de resistencia

La perspectiva, por ejemplo, del director Elisé Sawasawa, sobre su región, Kivu, un territorio de la República Democrática del Congo que, cuando emerge en los medios, si es que lo hace, aparece siempre en el marco de la guerra y el desastre. En su película,Trop c’est trop, Sawasawa documenta los ciclos de protesta ante el extractivismo y la violencia que ponen su vida y la de sus compañeros al límite. “Los jóvenes de Goma no pueden más, al igual que yo, desde que nacieron, desde hace más de treinta años, no han conocido nada más que el miedo, la guerra, la precariedad, la miseria insoportable de los millones de refugiados que no pueden parar de huir de la violencia. Entonces gritan: “Trop c’est trop” [ya basta].

La universalidad del rechazo a la guerra y a la violencia, del deseo de vivir en paz, eso es lo que este autor quería documentar “convencido de que esto permitiría amplifica nuestra voz, nuestro grito más allá del territorio, pero también de inmortalizar este momento único de nuestra historia”. En medio de una situación como la de Goma, los jóvenes y artistas que retrata el autor, entre los que se incluye, “necesitamos reír, cantar, bailar. Hay quienes eligen tomar las armas, y sumarse al ejército y la milicia, mis amigos más cercanos y yo hemos decidido actuar de otra manera: él aporta su cámara,otros suman sus bailes, sus canciones, su arte”. 

Al autor le gustaría, con su documental, dar esperanza a la juventud y la infancia. La obra, piensa, supone una manera “de ir más allá de la cólera y reflexionar sobre la violencia que nos rodea y que no termina nunca”, con todo, a pesar de la condena de poseer una riqueza que despierta apetitos coloniales y despojo, “no tenemos más opción que aprender a sobrevivir con toda la energía y la cólera de un pueblo que lucha cada día para recuperar la paz, la mayoría jóvenes que nunca perdieron la esperanza”.

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