Laura García-Lorca de los Ríos: “La figura fundamental para Federico fue su madre, Vicenta”

Con momentos de emoción y algunas risas transcurre nuestra conversación con Laura García-Lorca de los Ríos (Nueva York, 1953) en el Centro Federico García Lorca de Granada, dedicado a la memoria y obra de su tío. Aquí hemos quedado para hablar de ella y de su familia en un año en el que se cumple el 90 aniversario del asesinato del poeta.
11 jul 2026 08:00

Queríamos saber quién es Laura, la mujer que, más allá de ser la representante familiar, la custodia del legado de su tío vive en nuestra tierra desde hace décadas. Laura García Lorca estudió Literatura española e italiana en la Universidad de Cambridge y también Arte Dramático en Madrid y Nueva York. A finales de los años ochenta participó en la puesta en marcha de la revista Vogue España, de la que fue subdirectora. En 1995 fue nombrada directora de la Huerta de San Vicente y desde 2017 impulsa el Centro Federico García Lorca en Granada desde su puesto como presidenta de la Fundación García Lorca.

Durante nuestra conversación Laura repasa su infancia, su adolescencia y la historia de su familia, marcada por el exilio y el tremendo peso de la historia, de lo que pudo ser y no fue nuestro país. “Fue mucho dolor por todo, -nos dice- por las personas, por los muertos, por los familiares y también por el proyecto. Fueron años desesperanzadores para una España moderna, abierta, que duró poquísimo, que duró nada.”

También hablamos de las mujeres de su familia que, como otras muchas, muchísimas mujeres de este país, poco o nada se dice, a pesar de haber sufrido por igual la sinrazón de la guerra y su posterior y terrible posguerra. Laura, que reconoce venir de una rama de mujeres valientes, fuertes y generosas, piensa que una de las grandes conquistas ha sido el no tener que casarse para ser libre y considera que la igualdad real entre mujeres y hombres todavía no se ha conseguido “sigue siendo difícil el papel de la mujer”.

El objetivo prioritario de su familia ha sido siempre mantener viva la memoria de Federico, una lucha de años que se ha mantenido para que el poeta tuviera el reconocimiento y el espacio que se merece, “no voy a entender nunca que haya costado tantísimo sacar adelante este Centro (Centro García Lorca), que la Fundación (García Lorca) haya tenido tan pocos apoyos desde que se creó en 1984.” Y añade, “ha sido una resistencia incomprensible a un proyecto que es tan fácil, tan lúcido, que solo aporta cosas buenas”.

Y sobre los restos de Federico también lo tiene claro: “el hecho de que los restos del Lorca estén mezclados con todas las demás víctimas, simbólicamente es muchísimo más fuerte que si lo separamos de las otras víctimas”.

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¿Cómo empieza tu trabajo con el legado de tu tío Federico?
Bueno, empezó afortunadamente de una manera un poco más suave, dirigiendo la Huerta de San Vicente, cosa que no busqué. Fue una idea de mi tía Isabel, la pequeña de los cuatro hermanos, que fue la que creó la Fundación García Lorca. En ese momento había dejado mi trabajo en Vogue España y estaba ordenando los papeles de mi abuelo Fernando de los Ríos porque había muchas cosas, sobre todo algunos papeles de la embajada y de los años del exilio. Cuando él murió en Nueva York, habían quedado en un trastero y bueno, me puse a ordenar ese archivo. Mientras estaba haciendo eso y preparando un proyecto editorial para jóvenes que quería sacar adelante, mi tía me llamó un día y me dijo — He hablado con el alcalde de Granada y le he dicho que vas a ir a dirigir la Huerta de San Vicente. —

¿Qué año fue?
Estaba de alcalde Jesús Quero, muy al final de su mandato, en diciembre de 1994. Vieron que iban a perder las elecciones, en mayo, y quisieron abrir la Huerta de San Vicente al público, estando todavía el PSOE en el gobierno. Con lo cual me vine bastante horrorizada pues siempre había huido de ocuparme de cosas de mi tío, pero mi tía Isabel tenía mucha autoridad y le tuve que decir que sí. Y así empezó la cosa.

Provienes de una familia que, en sus dos ramas, la materna y la paterna, cuenta con importantes figuras de nuestra historia, como la de tu abuelo, Fernando de los Ríos Urruti.
El papel que jugó mi abuelo Fernando de los Ríos fue muy importante para la familia García Lorca, y en el exilio una vez más, porque fue él quien sugirió a mi abuelo Federico que los chicos fueran a Madrid a la Residencia de Estudiantes a estudiar; que mi tía Isabel se educara con mi madre y fuera a la Universidad también, cosa que hicieron en Madrid. Fue él también quien llevó a Federico a Nueva York, paso importantísimo en su vida y en su obra. Y luego, estando de embajador de la República en Washington, al perder la guerra y ser fusilado Federico y Manuel Fernández Montesinos, marido de mi tía Concha, será él el quien tire de los García Lorca. Les dijo —Veníos, nos encontramos en Nueva York y volvemos a empezar aquí. — Y así fue.

Al principio de la guerra, en 1936, mi abuelo Fernando de los Ríos había sido ministro de Justicia, de Instrucción Pública, que se llamaba entonces de Educación, y muy al final, antes de estallar la guerra, ministro de Estado, que es lo que ahora es Exteriores. Eso fue solo unos meses antes de empezar la guerra. Pensaron que era la persona más adecuada para intentar conseguir el apoyo de Estados Unidos a la República, cosa que no sucedió y seguramente eso les quedó en la conciencia. Desde luego en la de Eleanor Roosevelt que apoyó muchísimo la causa y tuvo bastante relación con mi abuela Gloria.

De ese legado familiar podemos destacar a sus mujeres, su madre, sus tías, abuelas y también bisabuelas. Entre ellas y a grandes rasgos, se puede reseñar a Laura de los Ríos Giner, intelectual, escritora y profesora que durante su exilio dio clases en distintas universidades americanas y junto a su marido, Francisco García Lorca, dirigió el Middlebury College en Vermont. O su abuela materna, Gloria Giner de los Ríos, pedagoga de la Institución Libre de Enseñanza y profesora en el exilio en la Universidad de Columbia. También maestra fue su abuela Vicenta Lorca Romero o su tía Isabel García Lorca, profesora y escritora, y su bisabuela, Laura García Hoper, escritora y pintora y defensora del sufragio femenino.

¿Llegaste a conocer a tus bisabuelas?
No, las conocieron mis hermanas, Gloria e Isabel. Ahora estoy trabajando en un proyecto, un nuevo archivo que se llama 448 Riverside Drive, que era la dirección de nuestro piso en Nueva York y que es lo que da una coherencia, un sentido, a estas cuatro generaciones que convivieron allí. Porque allá estaban las dos bisabuelas, unas señoras que hablaban del siglo XIX. Una de ellas, mi bisabuela Laura, la madre de mi abuela Gloria, estudió con Sorolla. Ella pintaba unas cosas muy bonitas, hacía unas muñecas extraordinarias de figuras de cuadros importantes del Museo del Prado.

¿Cómo se llamaba?

Laura García Hoppe, la única rama extranjera que tenemos en la familia. Y mi otra abuela, mi abuela Fernanda de los Ríos, se había ocupado de sacar adelante a sus hijos, porque se quedó viuda muy joven y con muy poco dinero. Ella era la madre de Fernando y José de los Ríos y se dedicó a sacar a estos niños adelante con muchísimo esfuerzo. De Ronda, donde vivían, los llevó a Madrid.

Y acaban en la embajada en Washington, los abuelos Fernando y Gloria, las bisabuelas y mi madre que en 1936 tenía 23 años. Termina la Guerra, la pierden, y se van a Nueva York donde alquilan este piso, el 448. Y ahí ya mi madre y mi padre se enrollan, se casan en 1942 y mi padre se va a vivir a ese piso. Mis padres se conocían desde que mi madre tenía cinco años. Desde que se hace amiga de Isabel, la hermana de mi padre.

Hablamos de las mujeres de tu familia ¿qué legado reconoces de todas ellas? ¿han sido ejemplos a seguir?
Sí, han sido mis ejemplos. Son mujeres realmente ejemplares. Sí, sí, he tenido muchísima suerte. Y aun así sigue siendo, a pesar de venir de esta rama de mujeres valientes, fuertes y generosas, sigue no siendo fácil el papel de la mujer. Creo que todavía tenemos bastante camino por andar. Me considero muy afortunada por cómo me han educado, pero creo que las cosas hubieran sido menos difíciles siendo hombre. Lo creo.

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Cuál es para ti el gran logro de la lucha feminista
Pues quizás la posibilidad de no tenerte que casarte para ser independiente. Quizá sea lo más importante. El no tener que pasar obligatoriamente por ahí para poder escapar, que el matrimonio no sea una forma de escapar. 

Y qué obstáculos tenemos todavía que superar las mujeres
Todavía tenemos que seguir haciendo más que los hombres para que te consideren igual. Y creo que eso no es un tópico, creo que eso es así. Creo que es muy fácil el menosprecio. Y sí, a poco que rascas te lo encuentras ahí.

Tu madre Laura y tu tía Isabel son las dos niñas con las que Federico jugaba haciéndoles títeres y participando en representaciones familiares ¿no?

Sí. Y sermones. Porque, por lo visto, según nos contaba mi madre, Federico imitaba muy bien al cura de la Virgen de las Angustias, que tenía una manera particular y ridícula, supongo, de hablar. Entonces él se asomaba al balcón y ellas dos tenían que estar abajo y reaccionar al sermón. Tenían que llorar, emocionarse y les daban ataques de risa. Lo hacía genial.

¿Ellas eran pequeñas?

Y jóvenes. Desde 1918, que tienen cinco años, están yendo a la Huerta hasta 1936, o sea, que pasan por todas las edades.

Crees que las mujeres de su familia influyeron en tu tío Federico.

Bueno, la figura fundamental para él fue su madre, de eso no hay duda. Su madre Vicenta era muy inteligente, muchísimo, y muy ecuánime. Y fue muy consciente de quiénes eran sus hijos. Creo que fue muy consciente de la importancia de la educación para los cuatro. Pero claro, también era consciente de que Federico era excepcional desde muy pronto y que necesitaba un especial cuidado. Aliento y ánimo, disciplina y libertad, sin duda. Y estaba muy pendiente.

¿Se pueden sacar patrones de las mujeres en la obra de Federico?
No sé. Quizá como todos los personajes, pero como los más importantes son mujeres es ese que todos quieren otra cosa. Es ser más allá, como una verdad y querer las cosas que difícilmente se pueden tener. Como el poema,

La rosa,

no buscaba la rosa:

inmóvil por el cielo

buscaba otra cosa.

De Nueva York a Madrid, de la libertad a la dictadura

He leído que, tras la Guerra, tus padres no quieren irse a México, dónde viajarán una gran parte de los exiliados españoles, prefieren quedarse en Nueva York.
Sí. Lo dudaron. La mayoría de los exiliados se fueron a México, y parte de mi familia materna. El hermano de mi abuela Gloria con su mujer y sus hijos, fueron a México. Mis padres dudaron. Fueron de visita a ver cómo se sentían allí y no les gustó. Yo creo que ese ambiente tan cerrado del exilio, con el Gobierno en el exilio que se creó allí, era un mundo muy cerrado y prefirieron seguir en Nueva York.

¿Qué educación os dieron vuestros padres a tus hermanas y a ti?
Fuimos a un colegio muy progresista, con una educación muy moderna. Era un colegio que, en sus orígenes, fue fantástico. Ahora se ha convertido en un colegio muy pijo, pero no empezó así.  Había una mayoría de estudiantes de familias judías liberales, de profesiones liberales, había bastantes artistas y becas. Había gente con mucho dinero que pagaba muchas becas, entre ellas, las nuestras. Nosotras estudiamos becadas en ese colegio.

Tus padres fueron profesores en la Universidad de Columbia
Sí y también de la Escuela de Verano de Middlebury, de Vermont. Sigue siendo un college muy prestigioso. Hay unos cursos de verano que tienen muchísima fama desde que se crearon, creo que en los años 30. Son cursos intensivos e inmersivos en los que se prohíbe a los estudiantes hablar inglés, tienen esas cosas panamericanas. Te hacen firmar un documento diciendo que no vas a pronunciar una palabra en inglés. A mis padres les parecía rarísimo cómo lo llevaban a rajatabla. Cuando venía mi abuela a visitarme un fin de semana me autorizaban a hablar en inglés con ella. Era un sitio maravilloso. Y ahí dieron clases Cernuda, Guillén, Salinas… mi padre dirigió el Departamento y Juan Centeno que fue quien lo creó, murió joven. Era una especie de paraíso en Vermont.

¿Y qué recuerdas de niña en tu colegio? ¿Cómo eras tú de niña?
Era una niña bastante alegre y sociable. De hecho, mis amigas de los cinco años siguen siendo aún amigas mías. Una de ellas acaba de estar aquí, en Granada. Hemos mantenido mucho la relación, aunque me fuera de allí con trece años. Nos fuimos cuando mi padre se jubiló. Dudaron mucho, pero al final decidieron volver a España.

Tu abuela estaba en contra de volver a España, ¿no?
Mi abuela estaba muy en contra. Sí. Fue la única discusión que oí entre ellos. Mi abuela Gloria Giner era también profesora en una rama de Columbia que se llama Teachers College y daba clases para futuros profesores de español.

¿Y por qué se negaba a regresar a España?
Estamos hablando de 1967, vivía todavía Franco. La discusión que oí detrás de la puerta me impresionó mucho porque yo nunca los había oído discutir. Iba hacia mi cuarto, el cuarto que compartía con mi abuela, cuando oí que estaban hablando muy fuerte. Me paré y me quedé a oír la conversación detrás de la puerta. Mi abuela estaba diciendo —Cometéis un error grandísimo. Esto va a ser muy duro para ti, Paco (mi padre) y para Lauri (yo). —  

¿Por qué decía que también para ti?
Pues por la edad. Cuando oí esa discusión tenía todavía doce años. Cumplí los trece ese verano, cuando nos mudamos a España.

Antes de venir a vivir a España, solíais venir de vacaciones.
Sí. Veníamos los veranos a ver a mi abuela Vicenta y a mis tías, en la Huerta que se hizo mi abuela en Meco. Ella nunca quiso volver a Granada, nunca pisó Granada. Pero se hizo una huerta muy parecida a la Huerta de San Vicente. Se llevó al labrador que se había ocupado de las tierras de mi abuelo, la familia Correal, con su hijo, la mujer de su hijo y muchos de los nietos nacieron allí. Y bueno, ese era como nuestro paraíso en España. Esa huerta, que está a unos ocho kilómetros de Alcalá de Henares, tiene una tierra parecida a la huerta de Granada, era como una pequeña vega y ahí mi abuela hizo su Huerta de San Vicente.

Te gustaba venir a España entonces pero luego, cuando os venís a vivir a Madrid. ¿Cómo fue?
Me encantaba venir. Sí, nos sentíamos como en casa, hablábamos perfectamente español. Pero una cosa es venir de veraneo y otra es ir a un colegio en pleno franquismo, con una sociedad muy cerrada, aunque mi colegio era, digamos, el colegio más abierto, más liberal que había, el colegio Estudio, era un poco como la continuación de la Institución Libre de Enseñanza, pero, aun así, nos parecía muy rancio, muy conservador, muy cerrado. Hasta entonces habíamos tenido una educación muy distinta.

Cuando vinimos a vivir a España mis hermanas, que eran mayores que yo, una había terminadola universidad y la otra la estaba empezando, así que Isabel se quedó estudiando en Nueva York y mi hermana Gloria, el verano que nos mudamos, se casó, una vez terminada la carrera.

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En las familias cuando pasan grandes tragedias como fue la Guerra Civil y lo que vino después, muchas veces se opta por el silencio, bien por el temor a represalias o bien por no rememorar el daño tan tremendo que sufrieron.
Así es. En nuestro caso el silencio no era por miedo, sí por el dolor, pero no el olvido, en absoluto. Siento, estoy convencida de ello, que en ningún momento hubo un intento de olvido. Todo lo contrario, se dedicaron a que esto pudiera existir, a que ese archivo que tenemos hoy tuviera la vida que tiene. Hubo un esfuerzo muy grande por mantener viva la memoria de todos ellos (se emociona).

Porque no sólo fue el asesinato de tu tío Federico.
Sí, claro. Fue de todo. De ese fracaso terrible del proyecto. Mi abuelo Fernando (de los Ríos) tuvo una depresión gravísima hasta que se murió. Sí, fue mucho, mucho dolor. Por todo. Por las personas, por los muertos, por los familiares, por todos y también por el proyecto. Fueron unos años tan raros y desesperanzadores para una España moderna, abierta, que duró poquísimo, que duró nada.

Tu naces en 1953, catorce años después de que se termine la Guerra Civil ¿cuándo empiezas a tener conocimiento de lo que pasó aquí en España?
Pues no soy consciente de un momento concreto en que sepa quién es Lorca y lo que había pasado. En casa se hablaba y nosotras estábamos siempre con los mayores. Era una casa llena de historia, de historia viva, porque por allí, por nuestra casa, pasaba todo el mundo. Por eso siempre hemos sabido que se vivía una situación donde había mucha tristeza, mucha preocupación, mucha pena. Pero al mismo tiempo era una casa muy alegre porque mi madre lo era, mi abuela también y mi padre se animaba de vez en cuando. Había mucha alegría y mucha música. Cantábamos casi todos los días y eran encantadores todos.

¿Qué cantabais?
Pues música popular, canciones de España entera. Eso ha sido una cosa que nos venía por las dos familias. Por un lado, por la Institución Libre de Enseñanza, con todo ese interés por lo popular, por la artesanía, por la música tradicional española. Por otro lado, los García Lorca estaban también cerca de eso y les encantaba. Así nos enseñaron cientos de canciones que cantábamos todo el rato.

¿Qué recuerdas de tus años de Nueva York?
Los niños íbamos muchísimo a los museos. Teníamos al lado de nuestro colegio el Guggenheim. La primera exposición que yo vi en mi vida, con cinco años, fue la exposición de Calder del Circo. Una maravilla. Como estaba al lado de la parada del autobús de nuestro colegio, pues cada vez que cambiaban de exposición íbamos a verlas, además, era muy agradable bajar corriendo por la espiral de las escaleras del Guggenheim. Y luego pues el Metropolitan a ver las momias o el Museo de Historia Natural. Y era una ciudad segura. Yo he ido sola con mis amigas con nueve y diez años por la calle. Sí, era una cosa que ahora es inconcebible.

Y en España, ¿cómo recuerdas ese país al que vienes a vivir?
La recuerdo como muy monótona. Había muy pocas diferencias, todo era muy uniforme, desde lo más frívolo como por ejemplo la manera de vestir, todo el mundo vestía igual. Eso nos parecía rarísimo.

¿Y de la música?
De música pues me traje en ese tiempo, el Sergeant Peppers; el disco de Jimmy Hendrix, el primero, Experience; el de Jefferson Airplane… No sé, me traje unos discos buenísimos y es que fue un año buenísimo.

Y aquí que se escuchaba
Aquí estaban los que, un poco más modernos, habían ido a Francia o Inglaterra. Pero en la radio se oía copla. Creo que le cogí manía a la copla para siempre porque lo identificaba un poco con el franquismo.

¿Cómo sentías ese tiempo de la Dictadura de Franco?
Pues lo viví muy consciente, muy consciente de que estábamos en una dictadura y de quiénes éramos. De hecho, muy jovencita, no sé si con catorce o quince años, me hice de las juventudes comunistas en Madrid, cuando estaba en el instituto. Pero bueno, me echaron mis compañeras. Nos reuníamos en casa de mis padres, donde se escondían los panfletos, y no sé cómo comenté que iba al psiquiatra y entonces me dijeron que eso era de pequeños burgueses y que me fuera. Me echaron. Luego ya me hice de otras organizaciones.

Cuando terminas el bachillerato, ¿qué haces?
Pues en lugar de volverme a Nueva York, que es lo que debería haber hecho, me fui a Inglaterra, a Cambridge donde estudié literatura española e italiana y tuve una depresión y lo pasé mal y dejé la carrera. La verdad es que nunca la terminé. Empecé a hacer otras cosas.

Hiciste teatro y algo de cine ¿no?
Pues sí, después de un tiempo decidí estudiar arte dramático, me interesaba la dirección. Cuando dejé Cambridge pasé un tiempo en Londres e hice algunos cursos raros. Estuve con el grupo de la antipsiquiatría, rama del psicoanálisis y la psiquiatría, corriente fundada por Ronald Laing. Fui a muchas conferencias y cursos. Eso lo estudié en Londres, bueno, estaba como estudiante y medio paciente también. Y luego hice un curso de cine para adultos.

Laura G. Lorca 03

En teatro hiciste por ejemplo la Zapatera prodigiosa y también en cine la película Dragon Rapide.
Sí. Bueno, creo que no me eligieron por mis dotes de actriz (ríe). Tenía días buenos, pero tenía días bastante regulares.

¿Y en Dragon Rapide?
Bueno, sí, eso es que a Jaime Camino (el director de la película) le hacía mucha gracia que yo hiciera de espía de Franco. Sí, le encantaba. Entonces lo pasó genial viéndome. Me puso una frase que tenía que decir cuando se estaba hablando de Mola. Yo tenía que decir —El general Mola ¡qué hombre! — Y luego, cada vez que nos hemos seguido encontrando a lo largo de toda la vida, me veía de lejos y se empezaba a reír y me decía, —Dime lo del general Mola. —


Laura y su tío Federico

¿Qué ha supuesto para ti el apellido Lorca? Porque me imagino que habrá tenido sus más y sus menos.
Sí, como es obvio no es fácil, pero por otro lado me ha acercado a cosas maravillosas que, a lo mejor, de otra manera, no me hubieran llegado. Una mezcla de todo, de peso, de sentir que es muy difícil estar a la altura de la situación y también ese poder acercarme a personas y esas maneras de mirar que, por otro lado, son una suerte. Pero sí, una mezcla de todo.

¿Encuentras algo en ti de Federico? Aparte de tu gran parecido físico.
Me lo decís, pero yo no veo ese parecido en mí. Bueno, pues no sé, me gustaría reconocer su facilidad para la amistad, los buenos amigos. Creo que él los tuvo, fueron importantísimos y los tenía muy presentes.

España, tardo mucho tiempo en reconocer la figura de Federico. Terminó la dictadura de Franco, vino la democracia y Federico siguió durante décadas sin tener un espacio público de reconocimiento de su obra y su figura en Granada.
Sí. Es una cosa rara. Bueno, de hecho, en Granada hasta el año 95 que se inauguró la Huerta de San Vicente, no había nada. Nada.

¿Por qué piensas que ha sido así?
Pues mira, son cosas que yo no me llevo preguntando desde entonces. Pero no lo voy a entender nunca. Y que haya costado tantísimo sacar adelante este Centro (Centro García Lorca). Que la Fundación (García Lorca) haya tenido tan pocos apoyos desde 1984 que se creó, ya en democracia. Ha sido una resistencia incomprensible a este proyecto, un proyecto que es tan fácil, tan lúcido, que solo aporta cosas buenas. Porque es una persona, una obra tan admirada, tan querida en el mundo entero, Cómo no volcarse en poner esto de relieve, ponerlo en comunicación con el mundo, con lo mejor que se está haciendo en todas partes, en tantísimas disciplinas y ramas de investigación, de pensamiento, de arte, de todo. ¿Cómo no se exprime eso? Es incomprensible.  

Desde hace unos años que tuvimos este apoyo firme del Ministerio de Cultura, las instituciones se han puesto de acuerdo en estos últimos años para doblar el presupuesto de actividades para este Centro, pero esto es desde hace nada que ha empezado a arrancar. Ha tenido que pasar más de veinticinco años del siglo XXI para que suceda.

Llama la atención el menosprecio que han tenido las instituciones de este país por uno de los grandes referentes mundiales de la cultura, de las letras y de la libertad de este país.
Claro, por supuesto. Lo es aquí y lo es en todas partes. Es que lo ha sido en China, donde apareció una antología que hizo un hispanista chino (Dai Wangshu) que iba buscando a los surrealistas en París, pero pasó por España y empezó a oír unos versos que se recitaban en todas partes y preguntó de quien eran esos versos —Pues son del joven poeta García Lorca — le dijeron. Se leyó todo lo que había de Lorca y al volver a China hizo la primera antología de su poesía.

¿En qué año?
Pues sería los años 30. Increíble. Esto fue luego censurado por Mao y el libro desapareció. Años más tarde cayó en manos de unos jóvenes artistas. Alguien encontró esta antología y se entusiasmaron pintores, escritores, músicos y se convirtió un poco en un símbolo de libertad para jóvenes, estudiantes y artistas y el Romance sonámbulo, con su verde, el verde fue el símbolo de la libertad.

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas le están mirando
y ella no puede mirarlas…

[...]

Bei Dao, un extraordinario poeta chino, fue uno de esos poetas que se fue a Estados Unidos y durante toda su vida ha dado clases sobre Poeta en Nueva York, en Yale, en Princeton, en grandes universidades. Siempre daba un curso de Poeta en Nueva York. Esa proyección tiene un calado muy hondo en muchísima gente y en muchísimos sitios.

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En una esquina del despacho de Laura García Lorca se encuentra esta tina de barro con esos detalles dibujados. Jaime Cinca

He leído que el poeta del régimen franquista José María Pemán, quería que Franco le hiciera un reconocimiento a Federico.
Lo que quiso hacer Pemán fue hacerle un monumento y mi familia dijo que de ninguna manera. ¡Hombre!, le va a hacer Franco un monumento a Lorca de la mano de Pemán. Hombre, no, por favor.

Se han vertido ríos de tinta sobre el tema del paradero de la fosa donde arrojaron el cuerpo de Federico y junto a él al maestro Dióscoro Galindo y los banderilleros Joaquín Arcollas y Francico Galadí, ¿cuál es la posición de la familia?
Nuestra postura es que, por supuesto, creemos que es fundamental que se hagan las exhumaciones. Que todas las familias que quieren buscar a sus familiares, antepasados, tengan el derecho y la ayuda para hacerlo, por supuesto. Por eso mismo no hemos querido impedir ninguna de las excavaciones que se han hecho. Y por otro lado pensamos también que, el hecho de que los restos del Lorca estén mezclados con todas las demás víctimas, simbólicamente es muchísimo más fuerte que si lo separamos de las otras víctimas, analizar los restos de unos y de otros, es decir: este es el hueso de Lorca, este es el importante y este no, volvemos a echar estos restos a la fosa común. Esa distinción entre los restos de las víctimas, en el caso de Federico, no nos parece bien.

Creemos que sus restos mezclados con los de otros, serán una protección paratodos. Es un lugar de Memoria, eso sucedió ahí. Ha habido movimientos para hacer en ese espacio un campo de fútbol o chalés. Creo que todo eso se debe considerar un cementerio y Lorca en ese lugar es una víctima más. Ahí no es diferente de los demás. Es una víctima de esos terribles crímenes y pensamos que ahí su nombre debe figurar en orden alfabético, no en otro lugar, ahí no lo queremos destacar.

Eso por un lado. Luego hay otra vertiente que es un poco la del espectáculo, de la reliquia, el manoseo, la foto, las pasiones… Preferiríamos ahorrarle ese espectáculo. Pensamos que este hombre ha dado ya mucho, dejarle ir es que descanse en paz, no vayamos a hacer ahora otro espectáculo de sus restos. Porque, ¿qué ganamos? Yo entiendo perfectamente lo que es una tumba. Yo llevo flores a las tumbas de mis padres y mis abuelos, voy al cementerio. Entiendo lo que es ese lugar, pero no es lo mismo. (Se emociona) No es lo mismo porque murió en otras circunstancias, lo fusilaron con otros. De él se habla todos los días y mientras esté ahí se hablará de todos aquellos también. Sabemos que no es muy popular esta postura, pero es la nuestra.

¿Qué destacarías de tu tío?
Ay, no sé. Bueno, la maravilla de ser tan querido, de ser tan leído, de que tanta gente se sienta tan identificada, que les haya dado inspiración, consuelo, inquietud. Todo lo que ha dado y toda la huella que ha dejado en tanta gente.

¿Cuál ha sido tu último descubrimiento de Federico?
Quizá, lo último que más me ha impresionado es esa media cuartilla rota donde, con una letra muy pequeñita, escribe la lista de las obras de teatro en las que estaba trabajando poco antes de que lo mataran. Son muchas, con sus títulos, donde describe qué tipo de obra es. Eso me impresiona muchísimo. La cantidad de cosas que tenía en la cabeza por hacer. Obras suyas de teatro. Como él contaba — Estoy ahora obsesionado, ahora solo me interesa el teatro. — Y ahí está la lista.

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Detalle del escritorio del despacho de Laura García Lorca, custodiado éste por torres de libros de diversa índole, en su mayoría de y sobre poesía. Jaime Cinca

¿Qué obra destacarías del teatro de Federico?
Pues quizás Doña Rosita la soltera y Así que pasen cinco años.

¿Y de su poesía?
El Diván del Tamarit y El llanto por Ignacio Sánchez Mejías.

No tenemos grabación de su voz ¿Se tiene alguna idea sobre que voz podría tener?
Sí, hay varias descripciones de la voz. Bastante grave y bonita. Yo imagino que se parecería a la de mi padre. Sospecho que si se encontrara alguna grabación la reconoceríamos por lo que son las estructuras familiares, ¿no? El léxico familiar tiene mucha fuerza.

Pero qué extraño que no exista ninguna grabación.
Sí. Bueno, también es porque se supone que las cintas se reutilizaban mucho. Él dio muchísimas conferencias. Hay un montón de conferencias y en el teatro muchas veces salía a decir unas palabras al principio. Incluso están escritas en sus obras, en los títeres de Cachiporra él sale hablando con un títere presentando la obra. La verdad es que sí, es raro.

¿Qué es lo que más te ilusiona en este momento de tu trabajo, lo que te hace feliz?
Me hace muchísima ilusión sacar proyectos buenos adelante. Eso es una satisfacción y un motivo por el que seguir ya un poco más allá de la edad que me corresponde de estar en estas cuestiones. Pero sí, el gusto de ver que con el germen de esa obra que está ahí, en unos papelitos, los que están ahí en una caja. Todo lo que eso genera, toda la nueva obra que sigue generando la lectura de Lorca. Eso es una maravilla que me ilusiona muchísimo y que me llena de alegría y de ganas de seguir haciendo. Sí.

¿Y qué te decepciona?
Ay, me decepciona la torpeza, la mediocridad, el manoseo, los inventos, las pasiones, las falsificaciones, las… Sí, eso me desalienta porque hay tanto a donde cogerse, ¿por qué falsear? ¿por qué manosear? Si tenemos un tesoro hay que dejarlo un poco respirar.

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