Saray (Disidencia Serrana): “La bisexualidad está en un terreno de nadie; la gente no sabe dónde colocarte”

Saray se crio en la Sierra de las Nieves. Con 19 años se fue a Madrid pensando que la ciudad era la salida. Tardó un tiempo en descubrir que no. Hoy forma parte de Disidencia Serrana, un colectivo cuir rural autogestionado nacido en El Burgo (Málaga). Hablamos con ella sobre bisexualidad, arraigo y lo que significa hacer orgullo con acento propio en la Andalucía rural.
20 may 2026 08:00 | Actualizado: 20 may 2026 12:46

Saray Vera Espinosa (Casarabonela, 1998) se crio en una casa en el campo de la Sierra de las Nieves, en ese limbo donde una pertenece al pueblo pero al mismo tiempo no termina de vivir dentro de él. Vas y vienes. A los 19 años se fue a Madrid pensando que la ciudad era la respuesta: estudiar, respirar, encontrar mundo, salir de aquello que dolía. Con el tiempo descubrió que la pregunta era otra. Que irse no siempre cura. Que una puede dejar de ser del todo de su lugar de origen sin llegar a pertenecer del todo al lugar de destino. Que la vida cuir, como la vida rural, también se hace muchas veces en esa tierra de nadie.

Hoy forma parte de Disidencia Serrana, un colectivo cuir rural autogestionado nacido en El Burgo, un pueblo malagueño donde cada Semana Santa se quema el Judas en la plaza. Una fiesta religiosa con resto pagano, litúrgica y anclada en lo popular, donde la fe, la burla, la crítica y el fuego conviven sin pedir permiso. Un muñeco arde ante la mirada de una comunidad que ha decidido señalar a quienes dañan. Puede ser el patriarcado, pueden ser sus violencias, puede ser cualquier rostro del poder al que merece la pena darle forma para verlo arder. En ese fuego hay rabia encarnada, pero también algo antiguo y preciso: nombrar el mal, darle cuerpo y quemarlo delante de todos.

Algo de ese gesto dialoga con Disidencia Serrana, que acogerá su próximo festival-encuentro en junio para celebrar las diversidades y lo cuir en el pueblo. Para hacerlo posible han creado una iniciativa de mecenazgo (crowfunding) en GoFundMe con el que buscan cubrir gastos básicos de logística, materiales y, sobre todo, pagar dignamente a artistas, talleristas y personas invitadas.

Tienen claro que no quieren ser una copia pequeña del orgullo urbano, y tampoco una respuesta obediente al estereotipo de lo rural como atraso o expulsión. Más bien reivindican un orgullo con acento propio, hecho desde los códigos, los afectos, las contradicciones y las formas de estar de la Andalucía rural.

Conocimos a Saray en el CRUDI, el encuentro organizado por la revista Soberanía Alimentariael pasado marzo en el rural gallego para conocer formas de organización de las disidencias, con la inspiración de Agrocuir. Habla del bullying, de crecer sin referentes, de descubrir la bisexualidad cuando esa palabra todavía no existía cerca, como quien lo hace hacia un mapa con distintas regiones.  

¿Hay alguna certeza de volver a algún lugar fijo cuando la vida te zarandea en varias direcciones posibles? ¿Alguna ruta muestra el camino correcto? Lo que sí parece que queda es la soledad con sus dolores, o la felicidad con su creación, en ese lugar indeterminado al que una se aferra para poder, al fin, pertenecer.

En la historia de Saray, la bisexualidad, la Sierra de las Nieves y, por consiguiente, Disidencia Serrana comparten algo: se salen de lo previsto. No encajan del todo en lo que se espera de un pueblo, ni de una ciudad ni de una identidad cerrada.

Romper con los estereotipos sobre lo rural y lo urbano, salirnos de los binarismos habituales repetidos hasta la saciedad nos perpetúa en un sinfín de pensamientos que se bloquean y que no nos narran desde la complejidad de habitar los lugares que no son nuestros. Encontrar espacios donde poder expresarse desde la herida y que te puedan acoger es el sentido que ve Saray para dejar de fugarse hacia un entorno urbano que no es tampoco el suyo. Preguntarse cómo quedarse en un territorio que te ha expulsado es lo que la ha llevado a colectivizar su rabia, en cómo arder y volver a nombrarse en común.

Saray Vera Espinosa 02

Eres del pueblo, pero te criaste en el campo. Ni dentro ni fuera del todo. ¿Cómo se vive ese lugar intermedio cuando eres adolescente?

Cuando vives en el campo no estás en una comunidad en específico: tienes que estar yendo al pueblo todo el rato. Eres del pueblo, pero no vives allí con la gente. Pasas mucho más tiempo sola y dependes de tus padres. Eso influye mucho en cómo te relacionas.

Si pienso en mi infancia y adolescencia, tengo claro que lo que más me ha atravesado es, primero, una cuestión de clase, y segundo, haberme criado en la Andalucía rural. Es importante hablar de clase: no es lo mismo hablar de los pueblos de la Sierra de Madrid, donde la renta media triplica a la de los pueblos de la Sierra de las Nieves.

El negocio de mis padres y abuelos siempre ha sido la venta de plantas o frutas en los mercadillos y en la calle. Mis padres han trabajado siempre de lunes a domingo y yo empecé a trabajar en el mercadillo con 13 años. Abastecen a las señoras de distintos pueblos de la Serranía de Ronda de plantas, llenan sus patios y tienen una relación muy estrecha con ellas.

Cuando salí de casa con 19 años empecé a ver la visión que la gente tiene de Málaga, muy relacionada con la costa y el turismo. Me impresionó mucho, porque está muy alejada de las zonas rurales de Málaga. Yo vivía en un pueblo de clase obrera e iba a la playa con mis padres dos o tres días al año, cuando el trabajo y el tiempo nos dejaban respirar.

Mis abuelos no sabían leer ni escribir, se criaron en la Andalucía rural de la dictadura y empezaron a trabajar desde bien pequeños. Es un contexto muy diferente e invisibilizado.

Todo eso me ha marcado mucho. Siento mucho arraigo a mi territorio y muy fuertes mis raíces. Mi familia tiene mucha conexión con la tierra. Yo pienso en mi casa como hogar. Cuando hablo de la casa de mis padres, no digo “la casa de mis padres”, digo “mi casa”, aunque lleve sin vivir allí más de diez años.

En muchas vidas cuir rurales aparece la ciudad como promesa: Irse para poder respirar. Tú te fuiste a Madrid, pero luego dices que te cansaste de las ciudades. ¿Qué se rompe allí?

Me fui a Madrid con 19 años, con varias becas, idealizando mucho irme a vivir allí porque estaba harta de mi pueblo. Y luego me di cuenta de que estaba harta de las ciudades y de que quería volver a vivir en los pueblos.

Creo que cuando te vas de casa viene bien el espacio. Con el tiempo te das cuenta de que echas de menos tu casa y a tus padres.

También cuando eres adulta ves a tus padres de otra manera. Ya no son solo tu padre y tu madre, sino seres humanos. No es quitarles del lugar de padre y madre, sino entender que hicieron las cosas con las herramientas que tenían, en otra época y en otro contexto.

Y con lo rural pasa algo parecido. A veces necesitas irte para poder mirar el pueblo desde otro lugar. Pero irte no significa que la ciudad te lo resuelva todo. Siendo cuir en zonas urbanas también sufres violencias. Puedes tener tu círculo de gente cuir, claro, pero cuando en la adultez te das cuenta de que también puedes tener esos círculos en zonas rurales, dices: “Joé, pues a lo mejor las ciudades no me interesan tanto”.

¿Cómo recuerdas el momento en el que empiezas a darte cuenta de que eres bisexual?

Me di cuenta con 12 años, más o menos, y no salí del armario hasta los 15. Lo hice porque tenía una amiga de Málaga que abiertamente era bisexual. Si no, no creo que hubiera salido del armario hasta muchísimo más tarde.

En ese momento yo conocía al chico del pueblo que tenía pluma y al que llamaban “el maricón del pueblo”. A nadie más. Absolutamente a nadie más. Además, el internet de ese momento tampoco era como el de ahora: no había internet en casa. Me iba con un pendrive al camión de mi padre, con el portátil verde de la Junta de Andalucía. Ese era el internet que había.

Cuando mi amiga me dijo que era bi, me explotó la cabeza. Yo pensaba que, si me gustaba un hombre, no me podía gustar una mujer. Era como: o eres heterosexual o eres lesbiana. Y claro, la bisexualidad rompe eso.

Estuve dos años sin aceptarlo. Luego ya sí. Y cuando lo acepté fue como: “Pues yo soy bi, pues no me lo callo”. Al final, cuando sufres tanta violencia en la infancia, acabas muchos años siendo sumisa y eso te hace mucho daño. Entonces puedes seguir en ese rol de sumisión y caer en una parte más depresiva, o te vuelves superrebelde. Y eso es lo que les pasa a muchos adolescentes también.

¿Qué costaba más: entenderte tú misma o que los demás te entendieran?

No sé qué pasa con la palabra bisexual, que es mucho más difícil de encajar.

La primera vez que me lie con una chica dije: Vale, sí, me gustan las chicas. Pero hasta llegar ahí había mucha confusión, porque no era solo descubrir que te gustan las mujeres. Era desmontar una idea muy rígida de la sexualidad. La idea de que tienes que ser una cosa u otra.

A mí me gusta mucho el libro de Elisa Coll Resistencia bisexual, porque habla mucho de eso: de que la bisexualidad está en un terreno de nadie. La gente no se ubica. No sabe dónde colocarte. Con la heterosexualidad no tienes que explicar nada, porque es lo que se presupone. Y ser lesbiana, aunque esté atravesado por muchísima violencia y lesbofobia, parece que la gente lo entiende como una categoría más cerrada. Pero con la bisexualidad aparece siempre la duda: que si estás confundida, que si es una fase, que si tienes que decidirte.

Por eso me interesa esa idea del terreno de nadie. Porque no habla solo de deseo, habla también de si los demás son capaces de leerte, de creerte, de reconocerte. Y muchas veces no lo hacen. En un pueblo eso se nota muchísimo más.

¿Cómo se transforma una vivencia tan personal en una forma colectiva de imaginar el pueblo? ¿Qué significa que Disidencia Serrana naciera en El Burgo como intuición propia, antes de conocer experiencias como Agrocuir u otros orgullos rurales?

El primer orgullo rural de El Burgo nació en 2024. No se llamaba todavía Disidencia Serrana. Nació por pura autonomía propia, sin conocer la existencia de otros orgullos rurales. Se hizo un pregón y una manifestación en el pueblo, y, si lo piensas, es un poco loco: una manifestación cuir en el pueblo por primera vez.

Luego, al conocer otros orgullos rurales, se vio que aquello tenía mucho potencial y que podía hacerse también aquí. Porque prácticamente no hay orgullos rurales en Andalucía, y mucho menos autogestionados.

Yo había pensado alguna vez en meterme en algún orgullo rural, pero no me terminaba de entrar la idea de formar parte de un orgullo rural en un territorio muy distinto al mío.

Cuando nació Disidencia Serrana yo no pensaba que fuera posible que se creara este colectivo en El Burgo. No por El Burgo, sino porque no había ni un orgullo rural autogestionado en toda Málaga y de repente nacía aquí. Y encima lo había iniciado una de mis mejores amigas del instituto.

Nada más que lo vi dije: “Entro”. Y, además, nada más entrar, me involucré mucho, porque creo que llenó un hueco que estaba ahí.

Para mí es importante eso: que no nace como una copia. Luego te das cuenta de que hay otras experiencias, como Agrocuir u otros orgullos rurales, y dices: “Vale, esto forma parte de algo más grande”. Pero al principio nace desde aquí, desde una necesidad propia del territorio. De juntarse, de hacer algo, de tomar la calle, de decir: esto también puede pasar en un pueblo de la Sierra de las Nieves.

Disidencia Serrana nace en un pueblo donde la Quema de Judas muestra que el folclore también puede señalar políticamente el daño. ¿Cómo dialoga lo cuir con esa Andalucía rural donde la fiesta, la calle y la denuncia se mezclan?

Creo que lo cuir no nace de la nada. Hay otras cosas que, aunque no sean expresamente cuir, van plantando cimientos poco a poco. Por eso creo que hay que hacer más orgullo rural y cuir en los pueblos, porque poco a poco eso va cambiando.

En El Burgo hay fiestas muy potentes. Por ejemplo, el Judas. Yo diría que es la fiesta más potente de toda la comarca. Es una fiesta religiosa, pero también tiene mucho de pagano, porque ahí se quema el mal. Tiene un punto supercrítico, nada reaccionario. Creo que eso ha ido generando que la gente tenga más conciencia sobre la sociedad y sobre las discriminaciones.

En una fiesta así, aunque parezca religiosa, también se puede leer una posición política. Quemar el mal es señalar aquello que hace daño. Puede ser el capitalismo, el patriarcado, pueden ser sus signos de violencia, puede ser una figura política como Netanyahu. El folclore no es solo una cosa antigua que se repite: también puede ser una forma de decir qué no quiere seguir sosteniendo un pueblo.

Y en Andalucía eso tiene mucho sentido, porque se hace muchísima vida en la calle. La calle normalmente está bastante llena y las vecinas pasan mucho tiempo fuera. Si eres una persona cuir, la manera de convivir es mucho más expuesta. En la pubertad y en la adolescencia era estar todas las tardes en el pueblo, en el parque comiendo pipas, dando paseos o en actividades extraescolares. Entonces, claro, si tienes pluma, se nota mucho más.

Pero esa exposición también puede generar refugios. Hay tradiciones donde la gente cuir se puede ver más refugiada a la hora de mostrarse. Muchos hombres gays y bisexuales se han refugiado muchísimo en la Semana Santa. Y creo que las mujeres y las disidencias nos hemos protegido más en los círculos de mujeres.

Dentro del folclore andaluz hay mucha expresividad callejera: la Semana Santa, los carnavales, las fiestas. Son espacios donde se permite expresarse de alguna manera, aunque también estén atravesados por lo religioso o por lo conservador. Eso es contradictorio, pero también es interesante. Porque a ojos externos puede parecer que Andalucía es solo tradición o conservadurismo, pero dentro de esos espacios también hay muchísima gente cuir, muchísima expresividad, mucho refugio

¿Con quién o quiénes del pueblo sentisteis que no estabais solas?

En El Burgo, Las Comadres han sido de las que más nos han apoyado. Son un grupo de teatro de mujeres del pueblo, señoras del pueblo, y las obras que hacen hablan de sexualidad abiertamente. Son obras muy reivindicativas. Es una pasada.

Estuvieron en todas las actividades del orgullo y algunas también estuvieron en el conversatorio. Para mí eso dice mucho, porque no es solo que apoyen desde fuera: es que participan, escuchan, preguntan, están presentes. Y esa presencia, en un pueblo, sostiene muchísimo.

También creo que ese apoyo tiene todo el sentido porque, muchas veces, en los pueblos los espacios disidentes nacen antes en espacios de mujeres, aunque no se llamen así. Mujeres que hacen teatro, mujeres artesanas, mujeres que pintan, que hacen crochet, cerámica… Mujeres que se juntan, que crean, que hablan, que cuidan, que organizan cosas, que sostienen la vida comunitaria sin que siempre se les reconozca como una fuerza política.

Para mí ahí está la importancia del feminismo dentro de los pueblos. Porque muchas veces el feminismo ha estado ahí antes de tener ese nombre: en las mujeres que abrían espacios para encontrarse, en las que hacían red, en las que ponían el cuerpo para que hubiera actividades, conversación, cultura y comunidad.

Y en El Burgo eso se ve muy claro con Disidencia Serrana. Nace sobre esos cimientos: sobre mujeres que ya estaban sosteniendo comunidad, sobre asociaciones, fiestas, conversaciones y espacios donde la gente ya estaba aprendiendo a escuchar.

Por eso Las Comadres son tan importantes. Porque muestran que lo cuir rural no aparece de repente ni llega desde fuera: se apoya en redes comunitarias que ya existían, muchas veces levantadas por mujeres.

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