Frontera sur
Tetuán-Castillejos: la frontera de las madres que esperan
Houda está sentada sobre el bordillo que da la bienvenida a los jóvenes migrantes que vuelven de Ceuta a Marruecos. Está sola y los ojos están tan apagados que apenas levanta la vista del suelo. De vez en cuando mira hacia los lados, inquieta, fija la mirada en la puerta metálica con la esperanza de ver un rostro conocido, el de su hijo de 21 años, Youssef. Es domingo 2 de agosto y ya han pasado cuatro días desde que se produjo el pase de más de 80.000 personas desde Marruecos a España a través de la frontera con Ceuta. “No tengo noticias y tampoco le llegan los mensajes de WhatsApp”, explica Houda. Houda resiste, pero, como también explica, no le queda otra que desistir. “Estoy cansada”, suspira.
Es martes 4 de agosto y el centro de Tetuán, a 40 minutos en coche desde Castillejos, la ciudad fronteriza con Ceuta está a rebosar. Taxis, coches turísticos llenos de curiosos y cámaras que capturan cada rincón de la ciudad. En una de las rotondas del centro confluye la actividad y el frenesí propio de un lugar que hace escasos días ha visto salir a muchos de sus jóvenes. Entre todo ese bullicio, destaca una voz familiar que grita: “¡Khti!” (hermana, en árabe marroquí). Es Houda sentada sobre un taburete azul a ras del suelo. “¿Ya ha vuelto Youssef?”, pregunta esta periodista.
A Houda se le apagan los ojos, pero su respuesta indica que, en realidad, nunca se le han vuelto a encender. “No, querida. Sigo sin noticias”, apunta. Es na madre que desiste ante la espera y la falta de información por parte de las autoridades marroquíes y españolas y decide volver al frenesí de una Tetuán a la que yo solo le queda esperar. “Me voy a quedar en Tetuán. Volverá pronto, inshallah”, sentencia.
Houda no es la única en esta situación. Una mujer se agarra a la valla que separa Castillejos de la fila de rocas por donde transitan los jóvenes que vuelven al país marroquí. Entre los diminutos huecos de la verja enseña con su móvil la fotografía de un joven, de su hijo. “¿Le habéis visto?”, pregunta sin cesar a cada uno de los marroquíes. Insiste, pero no recibe respuesta. Igual que Yasmina, que entre lágrimas y apoyada sobre el hombro de su marido, sujeta una fotografía impresa de su hija de 22 años. “No sabemos nada de ella. No sabíamos ni que iba a intentar llegar a Ceuta”, cuenta.
En el otro lado de la frontera se repiten escenas similares. La Guardia Civil ha habilitado una oficina especial en Ceuta, en el mismo edificio de aduanas de El Tarajal, para recoger denuncias y datos familiares de migrantes desaparecidos. Ihsan vive en Italia y como su hermana no puede cruzar al lado español, ella ha venido desde Milán para intentar buscar a su sobrino. “Llevo más de una hora esperando”, cuenta desesperada. Se llama Suleiman, tiene 28 años y no tienen noticias de él desde el mismo día del cruce. Ihsan ha llegado dos semanas después ante la desesperación del silencio y la falta de coordinación policial y de información entre España y Marruecos. Carga con una carpeta roja entre sus manos. Dentro, una decena de papeles con la fotografía del joven y un número de teléfono. “Quiero que las repartan por Ceuta”, cuenta.
Las redes sociales: dos caras de la misma tragedia
Uno de los aspectos más dramáticos de la crisis humanitaria de finales de julio en Ceuta ha sido el de los desaparecidos. Desde entonces, decenas de mujeres y otros familiares como Houda, Yasmina, Ihsan, no han cesado en la difusión de fotografías, nombres y teléfonos de contactos con la misión última y principal de encontrar a sus hijos, hijas, hermanos o amigos cercanos. El pasado 4 de agosto, fuentes policiales hablaban de al menos 44 personas buscadas por sus familias. Pero la paradoja es especialmente dolorosa: buena parte de esas búsquedas se están realizando en plataformas como Facebook, WhatsApp y otras redes sociales que, días antes, habían servido para difundir mensajes animando a cruzar la frontera hacia España.
Las redes se han convertido así en las dos caras de una misma tragedia. Primero circularon vídeos, consignas y mensajes que presentaban la llegada a Ceuta como posible o relativamente sencilla (incluso con vídeos que explicaban el recorrido a nado o consejos sobre qué llevar y cómo vestir)y, más tarde, los mismos espacios digitales comenzaron a llenarse de fotografías de quienes no habían regresado ni habían conseguido ponerse en contacto con sus familias.
Mientras que algunas investigaciones han concluido que parte de esa movilización no fue enteramente espontánea, para muchas familias en Marruecos permanece la incertidumbre. “No sabemos si están en Ceuta, si han vuelto a Marruecos, pero están en otra ciudad, si están en el hospital o, directamente, han muerto”, cuenta Ihsan desde la oficina habilitada por la Guardia Civil.
Un episodio migratorio sin precedentes
España y Marruecos han vivido durante estas últimas semanas una crisis migratoria de una magnitud excepcional y sin precedentes. Las cifras oficiales han ido cambiando a medida que las autoridades y las organizaciones reconstruían lo sucedido: el Gobierno español ha elevado hasta unas 80.000 personas el número de entradas registradas durante los días 30 y 31 de julio, de las cuales una gran mayoría fue devuelta rápidamente a Marruecos.
A mediados de agosto, según las organizaciones vecinales de Ceuta, todavía permanecían en la ciudad entre 7.000 y 8.000 personas, entre ellas miles de menores y potenciales solicitantes de asilo y protección internacional procedentes de Sudán, Palestina o Yemen.
La crisis también ha vuelto a poner de manifiesto hasta qué punto la frontera de Ceuta depende de la relación política entre España y Marruecos. A la emergencia humanitaria se han sumado las disputas sobre las devoluciones, la atención a los menores y el papel desempeñado por las autoridades marroquíes durante las primeras horas de las entradas. Al mismo tiempo, siguen circulando por redes sociales convocatorias para nuevo intentos de cruce, fechadas en torno a ayer, 15 de agosto, aunque con métodos de difusión cada vez menos visibles y una frontera marroquí mucho más blindada, como se demostró con la expulsión de medios de comunicación durante la represión de decenas de jóvenes que intentaron el cruce hacia Ceuta.
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