Opinión
Glosario de la memoria: la memoria colectiva

El fallecimiento del filósofo Jürgen Habermas nos da la oportunidad de volver a poner sobre la mesa la importancia de la deliberación en la construcción de la memoria social.

Profesor de la Universidad de Sevilla

14 abr 2026 06:00 | Actualizado: 14 abr 2026 08:58

No existe sociedad sin memoria. El pasado compartido forma parte central de nuestras culturas y, sin ese acervo común, resulta difícil hablar de comunidad. Pero, ¿de qué pasado hablamos, exactamente? ¿Por qué recordamos, colectivamente, lo que recordamos… y no otra cosa? 

Partamos de que no podemos recordarlo todo. La memoria colectiva es, por naturaleza, selectiva. En España, por ejemplo, mientras olvidamos –en los medios  y en la escuela, que es lo que cuenta para la formación de la memoria colectiva– que fuimos los “dueños” de Guinea Ecuatorial o del Sáhara Occidental hasta hace cuatro días, no le hacemos ascos a un rifirrafe mediático con México sobre la “Conquista” : ¿por qué? ¿Cuáles son los criterios de esa selección?

La memoria, una cuestión política

En los años setenta del siglo pasado, un aforismo del folclore político soviético afirmaba que “en la Unión Soviética, el futuro es seguro y radiante, lo más impredecible es el pasado”. El chiste captaba el meollo del asunto y describía, con retranca, la práctica común de ajustar las interpretaciones del pasado a las necesidades políticas del presente. 

¿Qué pasado necesitamos para hacer lo que queremos hacer en el futuro?

En efecto, la selección y sus criterios suelen ser políticos. Así, la representación del pasado que tengamos dependerá, en buena medida, de lo que necesitemos justificar en el presente o de lo que estemos planeando para el futuro. La pregunta, entonces, podría plantearse así: ¿Qué pasado necesitamos para hacer lo que queremos hacer en el futuro?

Si la discusión política es polarizada, no debería extrañar que el debate sobre la memoria también lo sea . 

Para Habermas, en una sociedad democrática, la deliberación sobre el pasado habría de darse en la esfera pública, terreno de juego de la discusión. Por el contrario, en un estado autoritario, las decisiones sobre el pasado-futuro difícilmente se tomarán consultando a la ciudadanía. De esta forma, la memoria se discute en los foros donde se habla de política. Si nuestra discusión política es polarizada, muy institucionalizada y de mala calidad, no debería extrañar a nadie que el debate sobre la memoria también lo sea. 

Comunicar el pasado

La conversación o el enfrentamiento sobre el pasado se ven afectados, desde luego, por las relaciones de poder presentes en cualquier sociedad. Una decisión tomada por un presidente del gobierno en temas de memoria suele pesar más que una propuesta que venga de una asociación memorialista. Una serie de Netflix influirá más, probablemente, en la imagen que tenemos sobre la Segunda Guerra Mundial, que el libro de un historiador riguroso pero con pocos lectores. Así, es vital entender cómo funciona nuestro sistema de medios de comunicación para comprender por qué recordamos lo que recordamos como sociedad.

Importa, pues, como hablemos de memoria, como la “comuniquemos”. Habermas pensaba que, cuando los seres humanos se comunican con la intención de entenderse, y no con la de humillar, manipular o vencer, el resultado suele venir en forma de propuestas que aportan al bien común. Si deliberamos, tendremos una memoria democrática. Si polarizamos y discutimos entre “enemigos”, una memoria polarizada y guerras sobre el pasado.

Putin ha justificado su ocupación de Ucrania con argumentos “históricos”; Netanyahu hace un uso vergonzoso del Holocausto para justificar un nuevo genocidio en el presente. Ni en Rusia ni en Israel se han dado las condiciones para discutir democráticamente sobre el pasado. Sigamos su ejemplo y tendremos el futuro –y el pasado– que nos mereceremos.


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