Opinión
La vuelta al cole (rural)

Esto no se trata de que yo, de forma individual, transmita a mi niño lo que es España para que no quiera ser parte de una nación genocida, o que le explique la farsa racista sobre las noticias de Ceuta, ni le haga sentirse “orgulloso” de sus raíces africanas; no.
Ceuta 060 - 2
Una persona sentada mira hacia Loma Colmenar (Ceuta), una de las zonas de mayor afluencia. Al fondo la frontera de España con Marruecos. Jaime Cinca
1 sep 2026 16:00 | Actualizado: 1 oct 2026 17:51

Me llamo María, vivo donde veraneaba la nobleza nazarí, tengo cuarenta años (o más) y, si me hubiera casado con mi primo, tendría a mi suegra de mi parte; pero me casé con un extranjero y ahora mi familia política está a 3498 km y la propia, con la mosca detrás de la oreja por haberme juntado con un “sin papeles”. Para colmo, tengo un par de criaturas que no comen marrano.

Antes de que nacieran mis churumbeles ya había en mi pueblo una familia serrana (no gitana) a la que llamaban “los negros”, así que las mías han heredado el mote de su abuelo materno (Arriero) y a su padre le dicen Manu el de la María de los Arrieros. Le dicen Manu porque Amadu era impronunciable para las gargantas moriscas que habitan este Valle. Tener un mote tan andaluz no le libra de que, de vez en cuando, le digan que para ser negro yo no sé qué, yo no sé cuánto.

En el ámbito estatal, este verano la selección española de hombres ganó el mundial de fútbol. La mayoría de infancias y adolescencias se involucraron en la celebración. Otras quedaron excluidas por mandato familiar, inercia social o por dinámicas institucionales. También las hubo que se empeñaron en ser parte de la victoria a pesar de que su padre, su cara o su nombre no encajaran en el estereotipo de “español”. Como Lamine Yamal.

Este desafío, el de ser parte del equipo ganador asaltando las fronteras culturales basadas en el pedigrí, lo llevaron especialmente mal ciertas figuras adultas del mundo de la militancia, la educación y la crianza. Pero esto es harina de otro costal.

Por mi parte, viví con repugnancia republicana la invasión rojigualda en la cara, las ventanas y el atuendo de mis seres queridos: infantes, adultos, moros, cristianos, payos y normales. Pero no dije ni mu al respecto; la esperanza de los vencidos. Quid pro quo.

Luego llegó a Ceuta “de forma masiva” población marroquí; entonces los cánticos de amor y orgullo nacional español que se coreaban en los parques, los campos de fútbol y las redes sociales empezaron a contaminarse de la original y originaria idea de España: blanca, católica, derechona y del Real Madrid. Entre tanto canto, tanto odio y tanta angustia, llegó la vuelta al cole.

Todos estos factores por separado son soportables, exóticos e, incluso, románticos. Pero en conjunto hieren a la sociedad, atormentan a la ciudadanía y ponen en riesgo la integridad física de ciertos cuerpos.

Esto no se trata de que yo, de forma individual, transmita a mi niño lo que es España para que no quiera ser parte de una nación genocida

Cuando mi niño grande llegó a mi casa el segundo día de colegio con la cara larga y de malafollá , supe que algo había pasado. Empecé a sospechar cuando me dijo que no había jugado al fútbol en el recreo (con el dineral que me gasté en la camiseta de un tal Cucurella) y confirmé lo que pasaba con mi hija chica, que va al mismo colegio y comparte patio.

Esto no se trata de que yo, de forma individual, transmita a mi niño lo que es España para que no quiera ser parte de una nación genocida, o que le explique la farsa racista sobre las noticias de Ceuta, ni le haga sentirse “orgulloso” de sus raíces africanas; no. Esto no es individual: es social, y hay que abordarlo como tal, en la medida de las posibilidades.

Conozco a la directora del colegio público rural (compañera mía del tuppersex ) y sé que está abierta a llevar al aula todo tipo de actividades, talleres y charlas para la sensibilización con las causas justas. Me puse manos a la obra para contactar con quien quisiera y pudiera hacer algo en el centro para disuadir el odio racista y excluyente fomentado por los medios de comunicación, consumido por los penúltimos de la fila (la clase obrera) y reproducido por las infancias en el recreo del cole.

Resulta que desde la entidad con la que me pongo en contacto —también de confianza, como la directora— quieren enviar al centro escolar para las actividades de sensibilización a una persona… ¿Cómo lo diría?, con una estética disidente.

“Por favor, no —suplico—. Creedme, será contraproducente. Ni siquiera el alumnado al que pretendemos proteger, defender o dar herramientas se siente identificado con esas pintas, con esa lucha. Sí, lo sé, todas las luchas son importantes. La revolución ha de ser interseccional, pero, por la gloria de la Veneno, vamos a acercarnos a la interseccionalidad por aproximaciones sucesivas y no de golpe y porrazo. Por lo menos, aquí en este entorno.

Si queréis, armamos otra para cuando sea el día de elegir a las reinas y damas de las fiestas patronales.

Es más, hablamos con la directora para que cada mes haya un evento de sensibilización de una opresión diferente. ¡¿Qué digo con la directora del colegio?! ¡Con el propio alcalde, que debe un favor a mi gente por el paso por los almendros hasta su finca para no tener que dar la vuelta por el cerrillo! Pero, por favor, que esta vez venga un hombre cis, delgado y blanco a explicar que el odio y la exclusión no caben en el deporte, que el Estado español tiene capacidad para recibir a las personas migrantes llegadas a Ceuta, que ya lo hizo con la población ucraniana y no fue para tanto. Que venga un hombre, a semejanza del dios cristiano o del héroe americano, a enorgullecerse de una España en la que quepamos todes sin necesidad de justificarnos.

Sé que mi petición suena intransigente, egoísta, privilegiada, cateta, Towanda. Pero no se puede prohibir el fútbol masculino (por ahora), las infancias absorben como esponjas, reproducen sin filtro, y el racismo no da tregua.

Kabilas de mesa camilla
Cacamelon
Jamás pensé yo que vería a mi madre haciendo scroll a media mañana. Pero no estoy aquí hoy para lamentar el tiempo perdido en la pantalla, alimentando frustraciones y patrocinando deseos y necesidades.
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