Análisis
La amenaza del retorno del Estado Islámico en el conflicto del Noreste de Siria
Es profesor de la Universidad Sciences Po Paris y miembro del Instituto NOVACT de Noviolencia.
El colapso de las negociaciones entre el Gobierno de transición sirio y la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria (Daanes), marcadas por las tensiones sobre la autonomía kurda y la integración de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) en el ejército estatal, precipitó nuevos enfrentamientos entre las dos partes en barrios del norte de Alepo. La ofensiva de Damasco continuó hacia el Norte y Este de Siria (NES) capturando ciudades clave como Tabqa —donde se encuentra una de las principales presas del país— y Raqa, antigua capital del autodenominado califato, tomando el control del flanco occidental del territorio.
La retirada de las FDS al este del Éufrates ha supuesto la reconfiguración del mapa político del Norte y Este de Siria. El Daanes ha perdido el 80% del territorio que tenía bajo su control. Desde la última tregua instaurada el 20 de enero, la resistencia kurda se concentra en el extremo nororiental del NES, especialmente las ciudades de Kobane, Qamishli, Semalka y Hasaka.
La amenaza del resurgimiento del ISIS
La escalada militar ha dinamitado los acuerdos de seguridad entre las FDS y los líderes tribales en las zonas árabes del NES. Las deserciones militares y cambios de lealtad facilitaron la toma de las ciudades de Tabqa, Raqa y Deir ez Zor por el Gobierno de transición sirio. En ese proceso, fuentes locales observaron banderas y símbolos del ISIS entre los combatientes. Asimismo, se produjeron ataques al dispositivo de seguridad de la prisión de Al Aqatan a las afueras de Raqa.
Hasta el momento, se registran abusos contra civiles, la destrucción de infraestructuras esenciales (hospitales, redes eléctricas y de agua), y el desplazamiento forzado de más de 134.000 personas
Desde la victoria de las milicias kurdas —las Unidades de Protección Popular y Unidades de Protección de la Mujer (YPG/YPJ)— contra el ISIS en Kobane en 2015, las FDS y el DAANES encabezaron la ofensiva contra el grupo yihadista hasta su derrota definitiva en 2019. Durante esos años se tejió un entramado de seguridad que aportó cierta estabilidad a la región, aunque con críticas de organizaciones internacionales por la situación humanitaria del campo de detención de Al Hol. El nuevo conflicto armado ha desintegrado los mecanismos de control territorial que durante la última década habían contenido la rearticulación del grupo.
En este marco, el colapso de la mayor prisión de combatientes del ISIS en Hasaka ha despertado una gran preocupación a nivel internacional. Aunque las fuerzas del Gobierno de transición sirio intentan hacerse con el control de estos centros, el desorden sobre el terreno está provocando fugas de prisioneros. El 19 de enero, por ejemplo, 120 miembros del ISIS se escaparon de la prisión de Al Shadadi en el NES.
Washington ha iniciado la evacuación de prisioneros de Hasaka a Irak. Alrededor de 150 han sido ya transferidos; y se prevén 7.000 más. Mientras tanto, el enviado especial estadounidense, Thomas Barrack, ha reconocido públicamente al Gobierno de transición sirio como socio legítimo en la lucha contra el yihadismo.
Crisis humanitaria y vulneraciones de derechos humanos
El avance militar ha desencadenado un dramático deterioro de la situación humanitaria. Hasta el momento, se registran abusos contra civiles, la destrucción de infraestructuras esenciales —hospitales, redes eléctricas y de agua—, y el desplazamiento forzado de más de 134.000 personas, según Naciones Unidas. Pese al caos informativo y la proliferación de desinformación, Human Rights Watch apunta a vulneraciones graves de derechos humanos por ambas partes. Mientras que fuentes sobre el terreno aportan evidencias de masacres, torturas, secuestros y tratos inhumanos, entre otros.
La nueva tregua de 15 días acordada entre las partes es una oportunidad para una solución negociada, pero el margen se estrecha
Kobane, símbolo de la resistencia kurda, se encuentra en su situación agónica. Desde la semana pasada se encuentra asediada por las tropas del ejército del Estado sin acceso a electricidad, agua potable ni alimentos suficientes para su población. En estas condiciones extremas, al menos cinco niños han muerto por malnutrición y deshidratación en los últimos días, según fuentes locales.
Esta situación humanitaria se produce en un contexto de deficiente provisión de servicios públicos debido, en parte, al deterioro económico y los ataques de Turquía a centrales de energía, aguas y graneros desde el año 2020.
En este marco, decenas de organizaciones de la sociedad siria e internacional han reclamado el cese inmediato de la ofensiva militar en el noreste de Siria, la reanudación del diálogo político inclusivo, el respeto al derecho internacional y la puesta en marcha de mecanismos independientes para monitorear las violaciones de derechos humanos.
Cruzadas políticas
La Administración Autónoma del NES ha sostenido desde su formación una postura de integración dentro de una futura Siria democrática y descentralizada. Inspirado en principios de democracia directa, ecologismo y equidad de género, su modelo de gobernanza ha promovido la participación de kurdos, árabes y otras minorías mediante mecanismos de co-gobierno y estructuras comunales. Sin embargo, su legitimidad política se ha ido erosionando en los últimos años debido a la ausencia de elecciones y las carencias en la provisión de servicios públicos, entre otros aspectos.
Sin embargo, tanto Damasco como Ankara se han opuesto y socavado activamente la consolidación de este proyecto político. Turquía, en particular, considera al Daanes una extensión del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), al que combate desde hace décadas. Incluso tras el llamamiento de Abdullah Öcalan, líder histórico del PKK, a poner fin a la lucha armada, la presión turca no ha disminuido. Desde 2016, el presidente turco Erdoğan ha lanzado tres operaciones militares en el norte de Siria, capturando enclaves kurdos estratégicos e impulsando la creación de una franja de seguridad que se extiende de Afrin a Tal Abyad. La caída de Kobane y del gobierno regional del NES permitiría completar ese plan y consumar una cruzada política iniciada hace una década.
El presidente de Siria Ahmed al Shaara busca en el NES consolidar su soberanía territorial mientras accede a los recursos naturales que ofrece —campos petroleros, reservas de gas, pasos fronterizos, presas—. Sin embargo, la incapacidad de controlar la violencia sectaria podría poner fin a los procesos de diálogo inclusivo y reconciliación nacional, precipitando a Siria en un nuevo abismo. La nueva tregua de 15 días acordada entre las partes es una oportunidad para una solución negociada, pero el margen se estrecha.
Terreno fértil
A pesar de las políticas sectarias, el terror y las violaciones de derechos humanos que ha vivido Siria durante el régimen de Bashar al Asad, existe una cultura de la noviolencia, sistemas de resiliencia comunitaria, espacios de convivencia entre las comunidades étnicas y religiosas, y una sociedad civil capacitada y comprometida con el diálogo nacional y la reconciliación.
Iniciativas como la Hope League, un programa comunitario que trabaja con infancia y juventud en el noreste de Siria para fortalecer la cohesión social a través del deporte, muestran cómo, incluso en un contexto de guerra prolongada, es posible reconstruir vínculos sociales desde lo local. En esta misma línea, el informe Una nueva Agenda para la Paz en el Noreste de Siria recoge las demandas y propuestas de actores de la sociedad civil de la región para avanzar hacia una solución política inclusiva. Reforzar estos espacios de cohesión social y dar centralidad a las voces locales sigue siendo una de las vías más efectivas para frenar el extremismo violento y evitar un nuevo ciclo de colapso en la región.
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