Abajo el trabajo: disidencias perezosas contra el productivismo

De Paul Lafargue reinvindicando el derecho a la pereza en el siglo XIX a Eddi Circa cantando “Abajo el trabajo” ante un público entregado, la conversación sobre la abolición del trabajo apunta a otros imaginarios de vida más libres y gustosos.

Fotógrafa

1 may 2026 05:00

Marzo de 2024. En una sala de conciertos madrileña, Eddi Circa presenta su disco En el bosque un claro. Acompañada de una banda de mujeres poderosas, la intérprete desgrana sus temas y el público corea las intrincadas letras con entusiasmo. Pero es cuando llega el turno de “Abajo el trabajo” que las presentes se desgañitan al unísono: “Queremos treinta horas semanales/Y en la izquierda hemos olvidado esa demanda/ Pero yo no trabajo ni una puta hora más/Salir a las seis en invierno eso es ilegal/Ilegal, anticonstitucional/Eso va en contra del amor”, cantan.

“Es verdad que en los directos, cuando la tocamos se tumba la sala. Es una canción que perfora especialmente, más que la pasión, más que el desamor. Es por la inquietud que provoca ir a un sitio a donde tú no quieres ir. Tan sencillo e infantil como eso”, considera la autora de la canción, antes de enumerar una larga lista de cosas que preferiría hacer con su tiempo en lugar de currar: “Cantar con mis amigas, leer en la cama, cocinar, afrontar el hondo vacío de la existencia…”. Y describe una hipotética mañana soleada en la que, como en la canción, se permite decir: “¡¡Me levanto y me voy!!” Mientras ese momento llega, Eddi Circa propone al menos sindicarse.

La cosa no va solo de que la gente esté harta de trabajar. Lo que agota, considera la música, es la dominación, el trabajo como un mecanismo violento. “Para cobrar perspectiva y desvelar esas tecnologías de violencia puedes leer a Foucault o a Butler, pero en realidad no hace falta más que sufrir la pedrada en la cabeza de salir un día de invierno del trabajo y que sea de noche: la vida no puede ser esto, no quiero vivir para trabajar”. Siguiendo con el estribillo de su canción, Eddi Circa considera que si la izquierda ya habla poco de la reducción de jornada, es porque a tanta gente no le parece factible, y aparte, el mundo ha llegado a unas cotas de abismo —Gaza, la crisis de vivienda— que no queda energía. “Yo pienso que todas las crisis son la misma crisis, y que se podrían abrir amplios caminos en la imaginación política si empezásemos imaginando fuerte, exagerado, infinito, y cediendo después en la eterna negociación con el mundo”. Esto lo hace cuando canta “Abajo el trabajo” en directo y en lugar de 30 horas, cambia la letra y exige una reducción mucho más drástica: “Me río pero lo pienso de verdad: queremos cinco horas semanales”.

El derecho a no amar el trabajo

Eddi Circa no canta sola contra el trabajo, otra banda de mujeres irreverentes expresaba ya su desafección al mismo en 2019. Las Odio iniciaban su tema “El derecho a la pereza” con esta potente declaración de intenciones: “Vale más morir tumbada/ Que vivir arrodillada / Hoy no seré productiva / Ya veremos mañana”.  El título de la canción, como toda vaga política bien sabe, hace referencia a la obra homónima de Paul Lafargue, publicada en 1881. El visionario yerno de Marx ya veía muy clara la naturaleza opresiva del trabajo. “Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de los países en que reina la civilización capitalista. Esa locura es responsable de las miserias individuales y sociales que, desde hace dos siglos, torturan a la triste humanidad. Esa locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda del trabajo, que llega hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de su prole”, iniciaba su panfleto nuestro horrorizado ancestro. En su opinión, atrapados en ese amor idiota, campesinado, pequeña burguesía y proletariado eran cómplices necesarios de su propia opresión. 

Un siglo después, en 1985, Bob Black actualizaba el desasosiego de Lafargue en La abolición del trabajo (Pepitas de Calabaza, 2013). “Aunque regateen sobre el precio, los sindicatos y la patronal están de acuerdo en que debemos vender nuestro tiempo y nuestras vidas a cambio de la supervivencia. Los marxistas creen que deberían mandar los burócratas, los libertarios creen que deberían mandar los empresarios, y a las feministas no les importa la forma que adopte la autoridad siempre y cuando los jefes sean mujeres”, decía, según él, “en broma y en serio a la vez”. Pasaron un par de décadas, y con el neoliberalismo ya en pleno esplendor, y la crisis del 2008 en la memoria reciente, otro anarquista como Black, David Graeber, añadía un volumen más a la bibliografía antilaboral con su ensayo Trabajos de mierda (Ariel, 2013) donde afirmaba que gran cantidad de personas pasan toda su vida laboral desempeñando tareas que realmente no creen necesario llevar a cabo. “El daño moral y espiritual que resulta de esta situación es profundo. Es una cicatriz en nuestra alma colectiva. Sin embargo, prácticamente nadie habla de ello”, lamentaba. 

Pocos años después de que Graeber se desquitara con los trabajos de mierda, el mundo se detuvo y mucha gente pudo pararse a pensar un poco. Fue en la pandemia, con su confinamiento, del que no se volvió del mismo modo, o al menos eso pareció al principio, con fenómenos como la Gran Dimisión. De fondo, una constatación que resumía brillantemente Kathie Weeks, autora de El problema del trabajo (Traficantes de Sueños, 2020), en una entrevista en El Salto: “Lo que pasa con el trabajo es que no funciona y nos falla a la mayoría de las personas: porque no hay suficientes empleos, porque se paga tan poco que no puedes mantenerte o porque trabajas tantas horas que no tienes tiempo para vivir”. Una síntesis que Sarah Jaffe, autora de Trabajar: un amor no correspondido (Capitán Swing, 2024), resumía aún más en el subtítulo de su obra: “La devoción por el trabajo nos mantiene explotados, agotados y solos”. En otra entrevista en El Salto, Jaffe se preguntaba por qué se da por hecho que la gente debería amar trabajar: “Si nos fijamos en la historia más amplia de la vida humana, la idea del trabajo asalariado no era algo que se nos ocurrió porque queríamos divertirnos, ¿verdad? algo así como: ‘La gente se aburre, tengamos empleos. Ahora tienes que hacer esta cosa durante equis horas a la semana y te pagan por ello. Y si lo haces mal, te despiden y no puedes pagar el alquiler’. No parece un reto muy divertido”. 

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Militantes de la pereza

Hace ya cuatro años, Miriam, Sonia y David, tres amigos a los que unía la militancia sindicalista, su empleo en el sector social, y sobre todo, su odio al curro, decidieron montar un podcast bajo el poco ambiguo nombre de Abajo el trabajo. La idea les brotó vacacionando, mientras se mandaban audios en los que constataban lo mierda que era trabajar, y que ningún programa hablaba realmente de ello. Lo cuenta David en el local anarquista La Magdalena, donde graban. “Yo lo vi como un espacio seguro donde poder enfadarte, donde poder expresarte. Sonia decía muchas veces lo de ‘¡este es mi podcast’ y era un poco un poco así,”, añade Miriam.

Si Miriam habla en pasado de Sonia es porque salió del proyecto, y entraron otras dos compañeras: Elena y Didi, muy convencidas también de que trabajar es una mierda. “Hay que romper absolutamente el mito de que el trabajo es una cosa fascinante, maravillosa, un espacio donde aprender, donde conocer gente... y dar una visión diversa y real, el trabajo es un entorno de explotación. Mayoritariamente, las personas que trabajamos somos la parte débil de la relación laboral. No ostentamos ningún tipo de poder”, dice Didi de carrerilla, para luego justificar la necesidad de hacer “este ejercicio de amargura”, y así pensar mejor “cómo salir del pozo”. 

Para David, hablar de esto más allá del grupo de amigas es fundamental. “No es algo que se escriba mucho, esto de que el trabajo me quita las ganas muchas veces de hacer cosas, de disfrutar, me da dolor de cabeza, o que llevo mucho tiempo con dolores en la espalda. De eso no se habla. No se le pone palabra al cuerpo”. Elena abunda en este sentido: “Nos pasamos más de la mitad de nuestra vida trabajando y el trabajo nos enferma y en el peor de los casos, nos mata. Y esto se nos olvida”. Por eso, defiende, hablar de lo concreto permite entender más allá de la abstracción qué significa el trabajo, “y a lo mejor abrir un poco la mente y empezar a pensar que si no abolir el trabajo, empezar a trabajar menos ya es bueno para todas”.

Los cuatro años de reflexión sobre el tema se notan en la conversación, también el haber dado espacio en su programa a tantas experiencias y perspectivas sobre qué le hace el trabajo a las vidas. “El trabajo es un chantaje, es una manera que tiene el sistema de perpetuarse en la que te dicen: si tú quieres formar parte de este sistema, que es sobrevivir, tienes que trabajar y ya está”, valora David. Un chantaje que invisibiliza otras formas de organizar la vida o de repartir los recursos y que impide ver alternativas, agrega Didi: “La creatividad para imaginar el fin del mundo es infinita. Sin embargo, para imaginar otras formas de relacionarnos, otras formas de hacer las cosas, otras formas de conseguir sustento y de conseguir cuidados, para eso estamos limitados”.

Sobre los mundos que imaginamos, Elena trae otra reflexión: “Estaba escuchando precisamente esta tarde un podcast en el que decían que el público general, especialmente los millenials y demás, se siente muy atraído por las distopías”. Ella cree que se debe en parte a este momento tan violento que estamos viviendo, entre motosierras y genocidios. Algo que, sin embargo, le empuja a pensar que más valdría estar conjugando utopías ante este panorama. “Yo creo que Abajo el trabajo es un podcast que ofrece una utopía del trabajo. Porque también el mundo del trabajo se ha vuelto muy distópico”.

David no acaba de verlo: “Tengo un problema con el tema de la utopía y la abolición del trabajo, que es que parece que es algo imposible y no siempre, como decía Didi, se ha trabajado”. El problema, argumenta, es que venimos de un mundo en el que sistemas que se presentaban como opuestos, como el capitalismo y el comunismo, se centraron en la misma organización del trabajo. “Ahí se perdió la batalla. Los sindicatos compraron el discurso marxista de que el trabajo dignifica, pero el trabajo nunca dignificó”, lamenta David, quien considera que la conciencia de que el trabajo es un chantaje, de que en la relación laboral subyace siempre una opresión, facilita que la gente afloje con las exigencias que impone el curro. “Sí, militamos mucho la pereza, que la gente rinda lo mínimo posible”. Mientras pueda permitírselo, claro, matiza.

Hacer y pensar más allá del trabajo

Para abrir grietas por las que entre la posibilidad de hacer menos siempre hay estrategias. Hacer tus necesidades en el baño de la oficina con alegre parsimonia, o poner lavadoras “patrocinadas”, mientras se teletrabaja, pueden ser microprácticas abolicionista, explican desde el podcast. “Una vez pusimos en Instagram que nos dieran tips para no trabajar y escaquearse y la gente controla”, ríe Miriam. Pero en Abajo el trabajo enfatizan el carácter colectivo de su lucha. “Abogamos por que la gente se apoye. La lucha del abolicionismo laboral no es una lucha que se hace en soledad, eso no es viable”, apunta Didi, quien piensa que ante un compañera que se está escaqueando lo que corresponde es aprender: “Date una gran oportunidad para ver qué herramientas está usando ella que puedes copiar tú, que podéis usar incluso conjuntamente y trabajar menos. Os podéis organizar para ser mediocres en el trabajo, que se gana lo mismo”. 

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Didi, Elena, Miriam y David, autores del podcast 'Abajo el trabajo' Elvira Megías

La organización colectiva también pasa por pedirle a las compañeras que no hagan horas extra, ni sean tan eficaces “porque a veces te están exigiendo una serie de cosas que sabes que no son factibles de cumplir”, apunta Elena. Sin embargo, lamenta, hay resistencias, gente que culpabiliza a quienes están de baja, recelo hacia quienes hacen sus horas sindicales: “Es ignorancia, pero también es falta de solidaridad y esto de entender que el trabajo, el trabajo y el trabajo está por encima de todo”. Esto de poner el trabajo en la cúspide también nos lleva al autoengaño, considera David: “Nos intentamos vender el trabajo de 20.000 maneras posibles. ‘Es que soy free lance, es que somos una cooperativa…’  y al final, caes en lógicas de explotación o de autoexplotación”, pues, recuerda, negarse no es una posibilidad: “Aunque a ti te guste tu trabajo, igual deberías de plantearte que a la persona que ha limpiado el baño que acabas de usar, no le gusta el suyo. Asumir que el trabajo es una mierda es un ejercicio de solidaridad, pues mientras exista trabajo, hay explotación”.

A quienes no conciben que la sociedad pueda funcionar sin la institución del trabajo asalariado, Didi les recuerda “que ya ha habido otras maneras de organizarnos y las sigue habiendo. Hay tanto que puedes hacer en tu día a día que trabajar siete horas todos los días salvo el mes que tienes de vacaciones parece una cosa infumable”. Quienes tengan ganas de trabajar, pues que trabajen, pero “nosotras estamos en otra y queremos vivir a gusto, bien, tranquilas. Poder organizarnos, cuidar y tener tiempo para hacer uso de esta pequeña vida que nos han dado”. Liberar tiempo e imaginación parece desde luego el primer paso: “Ahora mismo hay espacios como este que nos permiten reflexionar, pero el trabajo te coarta también en eso convirtiéndote en una persona individual, con un pensamiento individualista”, lamenta en este sentido Miriam. Por falta de ideas no será: “Yo me autopropongo para dejar de trabajar ahora mismo, que me den una paguita y pienso qué es lo que podríamos hacer o cómo sería nuestra vida sin trabajar”, ironiza Elena, quien detecta en la resistencia a cuestionar el trabajo una gran falta de imaginación: “A mí se me ocurren 300 millones de cosas que hacer, 300 millones de cosas que aprender, y también cosas que no hacer”.

Meditativo, David advierte: “La abolición del trabajo no es algo que llega del cielo. Implica militancia, lucha y sacrificios. Es otro modelo, no es solo ‘me levanto y dejo de trabajar’”. En definitiva, explica, un sistema que necesita explotarnos para sobrevivir se va a resistir a cambiar, y esa resistencia puede ser bien violenta: “Siento ser la nota pesimista. Pero es que hay que reivindicar la abolición del trabajo, pero también hay que luchar por ella”. Miriam insiste en que la mirada ha de ser colectiva: “Tú puedes plantearte dejar de trabajar de manera individual, pero la rueda sigue girando. Queremos la abolición del trabajo de todo el mundo. También de quien está en la otra punta del mundo picando piedra para que tú tengas tu móvil”. Pues, concluye David, “hablamos muchas veces de cómo el trabajo no solo es un dispositivo de comer, de cómo regula nuestra manera de relacionarnos, de cómo nos convierte en cómplices”, frente a esta rueda que no para de girar, “en el podcast intentamos hackear lo que podemos desde donde podemos y como sabemos, sin ser expertos de nada más que de sufrir el trabajo, que es bastante”.

La comunidad del cansancio quiere belleza

A Juan Evaristo Valls, su relación “personal y trágica con el trabajo” le despertó un gusto intelectual por el holgar. La vindicación de la vida holgada, que subtitula su libro El derecho a las cosas bellas (Ariel, 2025), recoge esta mirada que atisba un horizonte político y antropológico liberado de las cadenas del trabajo, unas cadenas que no solo tienen que ver con la dominación sino que en esta época se expresan también a través del deseo. Especialmente en trabajos como el suyo. “Soy profesor universitario, he hecho una carrera académica. Este tipo de carrera tiene algo que hoy en día tratan de tener todos los trabajos, y es que no es sólo un espacio de obligación o de merecimiento, sino que ha de ser también un espacio de deseo o de libertad”, confiesa. Cuando se espera que sea el trabajo el que dé sentido, realización, “te absorbe completamente y hace que tu vida, que tu identidad consista solo en eso”, explica. El sacrificio, la exigencia de excelencia, le llevaron, a él también, a un cierto despertar en la pandemia. “Veía que la vida así no valía la pena. Me pareció valioso preguntarme por el trabajo o leer el trabajo como un dispositivo de gobierno y por tanto entender la pereza y sus artes como una forma de resistencia”.

Juan Evaristo identifica en las generaciones jóvenes un imaginario más calmo, que coincide además con las luchas por el derecho a la vivienda o contra la turistificación. Un deseo que “ya no pasa por entender la libertad como la posibilidad de irse o de flexibilizarse, sino como la posibilidad del arraigo y de quedarse. Ahí creo que hay una sensibilidad nueva y un cambio de deseo que tiene que ver más con la placidez que con la excitación, más con la tranquilidad que con el entusiasmo”. Este cambio no implica de por sí una revolución, pero podría hacerla posible, defiende. Habría antes que evitar que esa sensibilidad sea capturada por el tradicionalismo o la reacción, y posibilitar que ese deseo se traduzca en la reivindicación de “políticas públicas de lo común, decrecimiento, lujo público”. 

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En este cambio de sensibilidad, Juan Evaristo ve emerger una nueva cultura del trabajo que sería en parte generacional (abarcando a las millennials y a las zeta) pero también transversal, en cuanto que se articula en torno a la clase. “Hay mucha gente que ha sufrido desahucios o lo ha perdido todo por un negocio que no ha funcionado, gente que se ha descubierto infeliz al haber consagrado su vida al trabajo. Ahora entienden que la vida va de otra cosa”. Un “desenamoramiento del trabajo”, que, explica, encuentra tanto en personas mayores de cuarenta, como en sus estudiantes. Por ello, es necesario “reconocer que el sistema capitalista, aunque promete placer, siempre trae malestar o placer para unos pocos. Y proponer un imaginario de vida buena, mejor que el capitalista. Un sistema que piense desde lo común y desde lo público”.  Porque, recalca, poca democracia puede haber en un sistema que da valor y dignidad a las personas solo en base a su presunta utilidad o sus méritos. Frente a esta evidencia, asegura que le interesa “esta idea de la belleza porque reactiva la política en un sentido antiguo que tiene que ver con preguntarnos cómo vivir bien. Y no vivimos bien trabajando, pues, el trabajo es, ante todo una forma de obediencia y de gobierno”. 

En este marco, la pereza implica una rebelión, “es un rechazo al trabajo como gobierno productivista de nuestras vidas, pero es también una forma de preguntarse por las lógicas capitalistas que guían nuestro deseo”. Ante la colonización de nuestras subjetividades por parte de las lógicas de la explotación y la acumulación, Juan Evaristo también propone hackeos como, por ejemplo, hablar en clase de filosofía del rechazo al trabajo, en lugar de focalizarse en Aristóteles y compañía. Y también, por otro lado, escuchar la vulnerabilidad en nuestros cuerpos y no pretender que lo normal para las personas es estar listas para trabajar.

“Yo creo que hay veces que no estamos muy a la altura de nuestro cansancio. El capitalismo necesita un sujeto cansado o estresado para funcionar, pues un sujeto cansado es más obediente, consumirá más, pensará menos. Es importante entender que nuestro malestar no es privado, no es accidental, sino que es estructural”.  Por esto, urge desenamorarse del trabajo, “entender que hay cosas más valiosas que el trabajo, que hay placeres mayores que los del éxito. Creo que esto pasa por escuchar el cuerpo cansado y por reconocernos en una especie de comunidad del cansancio”. Una comunidad que pueda cantar de verdad “Me levanto y me voy”, que pueda descubrir otras formas de estar en el mundo individual y colectivamente, luchar por esa vida holgada que no cabe en los centros de trabajo, y vivir las cosas bellas que aguardan detrás de la pantalla del ordenador o las paredes de la fábrica.

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