Literatura
Un festival literario en una fábrica ‘okupa’: “No es un lugar bonito, somos feos y estamos llenos de rabia”
“Hay un montón de festivales en Italia. Demasiados. Y se hacen todos en lugares muy hermosos, con un público muy cultivado, de clase media alta, inteligentes, guapos…. Acá no. Nosotros hacemos el festival en un lugar de mierda, somos todos feos y estamos llenos de rabia”, explica a El Salto, en una pausa entre charlas y en perfecto castellano, Alberto Prunetti, autor de novelas como Amianto o 108 metros, publicadas en España por la editorial asturiana Hoja de Lata.
“Estamos llenos de rabia por estar en una fábrica cerrada desde hace cinco años, donde los trabajadores han hecho todo lo que era posible para sacar adelante un nuevo plan industrial y no ha servido para nada”, añade. “Pero seguimos aquí: en un polígono industrial, cerca de los pueblos donde viven sus familias, donde no hay librerías, o bibliotecas. Y discutimos de cultura, de literatura, de teatro… no como un acto de consumo, sino de reivindicación del derecho a la cultura para todos”.
Alberto Prunetti es el director del Festival de Literatura Working Class de Campi Bisenzo, municipio situado en las afueras de Florencia, Italia. Un certamen que se celebra en la antigua fábrica de automoción de GKN, cerrada en 2021 por la multinacional tras ser adquirida por un fondo de inversión y que inmediatamente fue okupada por sus más de 400 empleados, que llevan desde entonces luchando por mantener sus empleos.
Una okupación permanente referente en Europa y que convirtió el lugar en lo que la cooperativa resultante ha bautizado como “fábrica socialmente integrada”. El proyecto de reindustrialización de los extrabajadores quiere orientarla a la producción de los paneles solares y las cargo-bike ecológicas. Al mismo tiempo ha participado en la Global Sumud Flotilla de 2025, en la flota Nuestra América a Cuba y en numerosas movilizaciones de carácter social en Italia.
El origen del festival se encuentra en la colaboración de los trabajadores con la editorial Alegre, firma italiana especializada en la literatura de clase obrera con la que en 2022 crearon Insorgiamo, una publicación que recogía todos los comunicados de su primer año de lucha.
“Los tiempos del capital, los cambios en la propiedad de la fábrica o nuestros empleos nos mantenían en el limbo. Así que decidimos, junto a ellos, rellenar este tiempo y este espacio con cultura. Y no con cualquier cultura, sino con la que viene de la clase obrera”, explica Darío Salvetti, sindicalista, escritor y unos de esos más de 400 trabajadores que tomaron la fábrica en el verano de 2021.
“Es como si pudiesen soportar que se quemen neumáticos y contenedores, que se ocupe un edificio municipal, pero no algo que construye conciencia colectiva, que crea imaginario”, dice Darío Salvetti, trabajador y escritor
Las instituciones o los propietarios en aquel momento “se volvieron locos: ‘vamos a denunciar, esto no puede ser’”, añade el trabajador. “Es como si pudiesen soportar que se quemen neumáticos y contenedores, que se ocupe un edificio municipal, pero no algo que construye conciencia colectiva, que crea imaginario”. Para ellos, el festival no es algo simbólico sino parte de lo que quieren ser. “Nuestro proyecto es socialmente integrado porque fabrica memoria colectiva”.
Cincuenta ponentes, ocho países, siete mil participantes
En su IV edición, el Festival de Literatura Working Class —el término en inglés se utiliza en Italia entre el activismo por considerarlo más amplio que el tradicional classe operaia, que haría referencia solo a los empleos de cuello azul— se celebró entre los pasados 10 a 12 de abril y bajo el lema ‘Sin pedir permiso’ (Senza chiedere permesso). Contó con cincuenta ponentes de ocho países diferentes, siete mil participantes y hasta 200 voluntarios, según la organización de Ediciones Alegre.
Las expresiones usadas por Prunetti sobre la ubicación no son una exageración: el único acceso en transporte público de la, en general, bien comunicada región Toscana, es coger desde las vecinas Florencia o Prato un autobús que te deje en la parada de un centro comercial cercano. Frente al masificado y asfixiante centro turístico de la ciudad de los Medici, el polígono de Campi Bisenzo es una mole cuasi deshabitada de metal y hormigón a la que en la noche dieron vida los conciertos del certamen.
El festival contó con escritores del norte de Europa, la propia Italia o América Latina, además de Pakistán y Palestina, y reflexionó sobre la representación del mundo del trabajo, los cuidados o el paso de la fábrica a la precariedad en las restauración, entre otros temas. El sábado 11 se celebró una manifestación contra el rearme europeo a través del polígono industrial de Campi Bisenzo, donde se sitúan algunas fábricas de la industria armamentística italiana.
El programa incluyó una charla de Wu Ming 2, del colectivo Wu Ming, sobre su novela Mensaleri (publicada por Einaudi, inédita en España), que busca dar la vuelta a las historias de grandes sagas familiares de industriales que triunfan en la ficción italiana con la historia de una factoría decimonónica que se rebela contra sus propietarios por motivos sobrenaturales.
El domingo 12, la mesa ‘Scrivere in transito tra le generazioni’ (Escritura en transición generacional) reunió a los alumnos del proyecto Porto delle Storie, un taller literario con jóvenes de Campi Bisenzo, con los autores Gabriel Seroussi y Michele Arena, que han reflejado la vida en la periferia urbana italiana en sus obras.
Un festival internacional
“¿Puede un libro cambiar el mundo? Y la respuesta es sí. ¿En qué tamaño? Pequeñito, inmediato, personal”, opina Paco Ignacio Taibo II, escritor y activista hispanomexicano, fundador de la Semana Negra de Gijón y, desde 2018, director del Fondo de Cultura Económica del país americano, el gigante de la edición en español, de titularidad semipública.
Taibo formó parte del panel sobre literatura latinoamericana del festival junto a su compatriota y pareja, Paloma Saiz, directora de la Brigada para Leer en Libertad, proyecto de fomento de la lectura y divulgación en México, y el autor argentino Kike Ferrari.
Este último fue delegado del Asociación Gremial de Trabajadores del Subterráneo y Premetro (AGTSyP), el sindicato del Metro de Buenos Aires, y escribe habitualmente en Acoplando, la revista literaria del mismo. Para él, lo más interesante del Festival de Literatura Working Class sería “la recuperación del concepto de la desalienación, una idea del viejo marxismo. Buscan recuperar la fábrica para que vuelva a ser productiva, reapropiándose de su propia fuerza de trabajo. Y luego está la idea del internacionalismo: venimos de diferentes países, con diferentes experiencias, y aprendemos unos de otros”.
“Yo entiendo que los compañeros de este festival que tienen algunos temas logísticos, operativos, que ajustar, tienen un montón que aprender de la experiencia de la brigada. Y nosotros mismos venimos acá y vamos a llevarnos seguramente un montón de información que no teníamos”, añade Saiz.
Para el escritor sueco Henrik Johansson, lo que ocurre en Campi Bisenzo es muy inspirador, “más cercano a los orígenes de la literatura de clase obrera en los que los trabajadores se leían unos a otros sus poemas en la fábrica”
Henrik Johansson, autor y traductor sueco, ya participó en la edición de 2024 y es el actual presidente de la Asociación Sueca de Escritores Obreros de Suecia, una organización que nació hace 40 años “porque en los eventos literarios siempre acababan juntos en la misma mesa los mismos autores, y se dieron cuenta que pasaba por ser de origen obrero. Así que crearon la asociación y la centraron en descubrir nuevos talentos, más jóvenes”. Para él, lo que ocurre en Campi Bisenzo es muy inspirador, “más cercano a los orígenes de la literatura de clase obrera en los que los trabajadores se leían unos a otros sus poemas en la fábrica. Algo conectado a los movimientos sociales y al propio lugar de trabajo”. En su mesa estuvo acompañado por Jussi Lahtinen, director del Festival de Literatura de Clase Obrera de Tampere, en Finlandia, el más antiguo de Europa de su clase, creado en 2010 y que también se celebra en una fábrica.
La experiencia de la literatura obrera
¿Y por qué contar todo esto? “Cuando nació mi hija, un miedo que yo tenía es que si me hacía daño en el trabajo y me dolía mucho la espalda, no iba a poner tenerla en brazos”, añade Dario Salvetti. “Este problema no va a existir en una película o en un libro, porque es algo que si no haces ese tipo de trabajo no te viene por la cabeza. La cultura normalmente la crea una clase social que no tiene esta experiencia”.
Un tema transversal a todo el festival es qué significa exactamente una literatura o una cultura de clase obrera o trabajadora. Para Paco Ignacio Taibo II, la clave es entender que existe una lucha por “estar continuamente explicando que lo universal es una expresión de lo particular. Un proyecto u otro puede fracasar, pero la idea de volver la literatura parte del entramado de la vida cotidiana, sobrevive. No la van a poder matar ni la lógica del best seller ni los youtubers”.
“Hay espacios que necesitamos representar, como el solapamiento entre la clase trabajadora y la clase de los cuidados [caring class]”, reflexiona la experta en Literatura Italiana y docente Morena Marsilio, que coordinó la mesa sobre esta cuestión: “En mi profesión ha desaparecido el prestigio social del profesor y las escuelas son empresas que casi quieren convertirse en cadenas de montaje. La narrativa tiene los recursos para contar esa transición, frente al cine o las series de televisión que reflejan centros educativos u hospitales completamente irreales”.
La escritora Giorgia Protti, médica de urgencias en la sanidad pública italiana y fenómeno editorial reciente con su primera novela, La giusta distanza dal male (La distancia justa del mal), es una de las participantes en ese panel y pide una narración de esa ausencia “lo más pegada a la realidad, libre de victimismo o de retórica”. Más que la pérdida de prestigio o precariedad de su profesión, le preocupa no reflejar lo que implican, “que se le dé menos valor a la competencia profesional adquirida, sea la de un trabajador de la industria o un médico”.
El sueco Johansson, traducido al italiano por la editorial Alegre y él mismo traductor al sueco de Alberto Prunetti, pide “ir unos a los festivales de los otros” y añade que “necesitamos contar determinadas experiencias para nosotros mismos también. El trabajo temporal o precario se presenta en la ficción como un problema individual cuando es una cuestión colectiva que debe tener soluciones colectivas. Dar esa visión es una contribución que la literatura de la clase trabajadora puede hacer”.
Para Salvetti, es la lucha por no ser borrado: “Los despidos de una fábrica también hacen desaparecer parte de la memoria de un lugar. Peleamos por tener un lugar en el imaginario colectivo, y ganarlo. Por ejemplo, cuando usamos la expresión working class, en inglés, también es pensando en como en movimiento obrero británico venció a Margaret Tatcher. Puedes decir que fue una derrota económica, pero en la cultura popular ella ha pasado a la historia como un monstruo, como la mala. Cuando sigues luchando, la derrota no es para siempre”.
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