La puesta en libertad del rapero El Mahdi Lyoubi da un respiro a las voces críticas en Marruecos

En libertad provisional desde el viernes 31, el rapero y cineasta residente en Marsella no podrá salir del país en espera de su juicio que tendrá lugar el 2 de octubre.
El Mahdi Lyoubi
El Mahdi Lyoubi.
1 ago 2026 07:55 | Actualizado: 1 ago 2026 08:56

Ayer 31 de julio, el entorno del rapero y cineasta marroquí El Mahdi Lyoubi, detenido por más de 20 días, pudo celebrar su liberación tras una tercera vista ante el tribunal de Casablanca. Una libertad sin embargo provisional, como matizaban los integrantes del Comité de apoyo organizado en torno a los esfuerzos por su liberación, en un comunicado difundido la tarde del viernes: “si bien sentimos una alegría inmensa al saber que se encuentra en libertad, seguimos a la espera del resultado de su próxima audiencia, prevista para el 2 de octubre de 2026”, explicaban. Acusado de “desacato a una institución constitucional”, el artista, conocido como rapero bajo el nombre de Mahdi Black Wind, no podrá salir del país. 

Cuando el pasado 10 de julio Lyoubi fue interceptado por un agente de policía cuando estaba por embarcar en el aeropuerto de Casablanca, camino a su residencia en Marsella, saltaron las alarmas. El joven referente del movimiento GenZ 212 se le impedía tomar su vuelo, comunicádole que debía presentarse el 13 de julio ante la Brigada Nacional de la Policía Judicial (BNPJ) de Casablanca. En la citación no se explicaba por qué estaba siendo investigado. Aquel mismo fin de semana, el 12 de julio, el reconocido periodista Ali Lmrabet, era detenido en el aeropuerto Ibn Battouta de Tánger, cuando regresaba a Barcelona, ciudad donde reside, y a la que pudo regresar después de tres días en prisión preventiva. 

Tras una jornada de interrogatorios que duró todo el lunes 13 de julio, Lyoubi fue puesto bajo custodia policial, sin que su familia fuera informada de su detención hasta la madrugada. No fue hasta una primera vista el 15 de julio que su entorno consiguió verlo, acudiendo numerosos familiares y amigos. Tras negarse a someterse a un juicio rápido, el artista fue trasladado a la prisión de Oukacha y convocado a una siguiente vista, el 22 de julio, cuando la huelga de abogados vigente en el país  impidió que contara con asistencia letrada, lo que provocó un aplazamiento hasta el día de ayer en el que, tras más de dos semanas de prisión, pudo finalmente reunirse con sus allegados.

El delito por el que se le acusa, “desacato a una institución constitucional”, está recogido en el artículo 179 del Código Penal marroquí, con penas de entre seis meses y dos años de prisión, y una multa de entre 20.000 y 200.000 dirhams (entre 1.800 y 18.000 euros), según alerta el Comité de apoyo El Mahdi Lyoubi en un comunicado difundido tras la vista. La situación del rapero se enmarca en un contexto más amplio de persecución a toda voz crítica en el país.  Según el Comité, son más de 600 las personas que, tras las protestas del movimiento GenZ 212, siguen detenidas, algunas de ellas condenadas hasta a 15 años por denunciar el abandono  de la educación o la sanidad en el país.

“Es necesario que podamos hablar críticamente, y quienes están en el poder tienen que estar dispuestos a escuchar lo que tenemos que decir”

Un referente 

“Crecí escuchando su música, era la única música que me parecía genuinamente real. No quiero ser deshonesto, ni conmigo ni con los demás. La pobreza existe, la injusticia existe, y no podemos seguir mirando para otro lado”, explicaba un joven participante en las concentración convocada en Casablanca durante la vista de ayer 31 de julio. No es la primera, desde la detención del rapero las movilizaciones de apoyo se han extendido por Marruecos y numerosas ciudades en el extranjero, con concentraciones en Barcelona y Sevilla, Marsella, París, Ginebra, Amsterdam, Montreal o Nueva York. 

Nacido en 1992 en la ciudad de Salé, una población empobrecida vecina a Rabat, y residente en Marsella desde 2017, donde empezó estudios superiores de cine, en este ámbito Lyoubi es conocido por el documental  Qui fout le zbeul?, o el cortometraje Marseille, 14 juillet, que  tuvo un amplio recorrido internacional, llevándole a festivales desde Nueva York a la India. Su detención ha coincidido con el rodaje de su primer largometraje: Flying Like a Bird, una coproducción francomarroquí en la que se abordan, precisamente, temas relacionados con la libertad de expresión y el arte.  

Como rapero y bajo el nombre de Mahdi Black Wind, con un rap de tintes políticos, se hizo conocido en el panorama marroquí a principios de la pasada década lo que le granjeó un lugar importante entre el público del país, pero también lo puso bajo el foco de las autoridades. Tras presentarse en numerosos países además de Marruecos, en septiembre de 2025, actuó  ante un público de más de 50.000 personas.  “Cuando escuchaba su música, sentía que compartíamos una verdad común, apuntaba el joven citado anteriormente en la concentración, antes de que la juez decidiera liberar al artista en espera del juicio del 2 de octubre: “Es necesario que podamos hablar críticamente, y quienes están en el poder tienen que estar dispuestos a escuchar lo que tenemos que decir”, concluía.

La liberación provisional del músico era celebrada por quienes llevan meses movilizándose en solidaridad con el rapero, el quinto de una serie de artistas detenidos en los últimos meses. El Comité de apoyo El Mahdi Lyoubi recordaba además el trasfondo de la situación: “pensamos en las decenas de miles de jóvenes marroquíes que, en este mismo momento, se lanzan al mar con la esperanza de llegar a Ceuta o Melilla”, escribían en plena crisis fronteriza, que se ha cobrado la vida de al menos 57 personas. 

Un espacio político que se estrecha

En un marco de persecución a toda crítica, la detención de El Mahdi (junto a la de Ali Lmrabet) fue un revulsivo para la sociedad marroquí, registrándose desde los primeros momentos un gran apoyo hacia el rapero. Un artículo publicado en Mediapart, firmado por 700 personalidades del ámbito cultural marroquí y francés, en el que se exigía la liberación inmediata del rapero, o la carta enviada el 20 de julio a las autoridades marroquíes, que contaba con la adhesión de intelectuales, instituciones artísticas, y organizaciones de derechos humanos, dan fe de ello. 

Por último, una petición que cuenta con el apoyo de más 360 firmantes, muchos de ellos artistas y en particular raperos marroquíes, exige en un marco más amplio el fin de la persecución contra artistas del rap y de otros ámbitos por sus opiniones, apostando por un marco legal garantista hacia la libertad de expresión. “Debemos mantenernos vigilantes ante la evolución de esta causa y el trato que reciben todas las personas que luchan por una mayor justicia social en Marruecos” concluía por su parte el comunicado del Comité de apoyo El Mahdi Lyoubi, que emplazaban a mantener la atención y el seguimiento con la vista prevista para el 2 de octubre en el horizonte.

“Debemos mantenernos vigilantes ante la evolución de esta causa y el trato que reciben todas las personas que luchan por una mayor justicia social en Marruecos”

Según explicaba el Comité, El Mahdi no era ajeno a que las autoridades tenían la mirada puesta sobre él, pues en sus viajes a Marruecos, a donde viajaba para reunirse con la familia o por motivos de trabajo, la policía le hacía sentir que se le vigilaba, dilatando su paso por los controles del aeropuerto o llamando a los hoteles en los que se alojaba. El rapero no había viajado a Marruecos desde el inicio del movimiento GenZ 212, desatado el pasado otoño tras la muerte de ocho mujeres embarazadas en el hospital de Agadir, que pusieron en el centro la situación de deterioro de la sanidad y de la educación en un país que centraba su inversión en el próximo Mundial de Fútbol. Organizadas por Discord, las movilizaciones irrumpieron en las calles marroquíes, añadiendo a la demanda de derechos sociales, demandas relativas a la libertad de expresión. Las autoridades respondieron con más de un millar de detenciones.

Artistas y activistas han sido objeto de la represión también desde entonces: los raperos Jawad Asradi —conocido como Pause Flow—, Hamza Raid, Souhaib Qabli— de solo 20 años, han sido perseguidos y condenados a penas de prisión en los meses que siguieron a las movilizaciones. La represión no se agota en la música, la distribuidora cinematográfica Zineb Kharroubi —residente en Francia y también detenida durante una visita a Marruecos— era condenada a seis meses de cárcel el pasado junio. Desde el Comité recuerdan que esta represión contra las expresiones artísticas chocan con la propia Constitución del Reino de Marruecos, cuyo artículo 25 garantiza las libertades de pensamiento, opinión y expresión en todas sus formas. 

Nuevas expresiones de la disidencia en Marruecos

“Desde la independencia formal, el régimen marroquí eliminó a todas las figuras que se le oponían, desde Mehdi Ben Barka hasta Omar Benjelloun”, explican a El Salto desde el Comité de apoyo al rapero, que enmarca la situación actual en la historia de un país que ha perseguido o coaptado a sus opositores “una estrategia que ha tenido éxito al convertir a una generación de antiguos disidentes en responsables dentro del aparato del Estado. Esta política continúa hasta el día de hoy”. 

Con el movimiento 20 de Febrero —que protagonizó las protestas del 2011 en el contesto de la primavera árabe— llegaría un cambio generacional, siendo aquella “una revuelta popular que rompió el muro del miedo, este dio lugar a nuevas energías de militancia, capaces de resistir la represión y la opresión. Esa resistencia ha adoptado diversas formas, como el rap, la experiencia del Teatro del Oprimido y la aparición de colectivos militantes emancipados de las restricciones sociales”, explican.

Una clave para la resiliencia de esta nueva energía militante, es que “a diferencia de los levantamientos anteriores que conoció Marruecos, los cuales fueron reprimidos a tiros y terminaron extinguiéndose en las calles, dejando su legado principalmente dentro de los campus universitarios, hoy la situación es distinta”. La represión letal sigue existiendo, con víctimas mortales en protestas como la de El Kliaa, o la que se desató en Kenitra por la reivindicación de tierras colectiva, pero actualmente “la confrontación también se desarrolla en el espacio público, en las redes sociales, en las protestas cotidianas que vive la calle marroquí y en las luchas estudiantiles dentro de las universidades. En definitiva, pese al recrudecimiento o, mejor dicho, a la continuidad de la represión y del uso de la violencia armada, la resistencia sigue viva”.

“La juventud lucha por el acceso a un hospital, una carretera asfaltada, una educación pública gratuita y una universidad”

Desde el Comité enmarcan esta resistencia en el sur global, “donde los Estados semicoloniales carecen de soberanía real sobre sus decisiones económicas y políticas”. Explican cómo, mientras la reivindicación de los derechos civiles y políticos pertenecen más a la agenda de sectores intelectuales de la izquierda “la juventud lucha por el acceso a un hospital, una carretera asfaltada, una educación pública gratuita y una universidad. Por ello, sus reivindicaciones se centran prioritariamente en los derechos económicos y sociales”. 

Aunque la represión contra Lyoubi y otros artistas y activistas marroquíes haya alcanzado un foco internacional, en gran medida a través de la diáspora marroquí, desde el comité no sienten que las luchas de la juventud marroquí y las movilizaciones sociales al norte del Mediterráneo estén recorriendo sendas similares: “En España o Francia, sin embargo, el origen de las reivindicaciones es muy diferente. Aunque miles de jóvenes han salido a las calles para oponerse a las políticas de privatización de los servicios públicos o para denunciar la crisis de la vivienda, estas luchas suelen tener un horizonte más limitado y permanecen estrechamente ligadas a la estabilidad, la paz social y, en algunos casos, a la lucha contra el fascismo”.

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