Opinión
La muerte del bosque es también la muerte del espacio común

Los lugares que cada año perdemos un poco más por los desastres naturales son espacios que ya no vuelven.
Estación Científica del Bosque Los Cedros.
El inicio del camino que conduce al Bosque Los Cedros. Sebastiano Santoro

En los primeros meses de la pandemia, cuando el miedo, la incredulidad y la angustia poblaban el día a día, el bosque era el único lugar en el que estaba permitido salir a caminar. Por la naturaleza de su amplitud, era el único espacio público que aún podía transitarse con cierta libertad. El único requisito era no estar enferma, y por supuesto llevar una mascarilla encima por si acaso te encontrabas con alguien en algún momento del recorrido. Esa primavera de 2020 anduve sola o acompañada por distintos caminos, encontrándome con vecinos a los que solo podía saludar en la distancia, y allí, entre los árboles, conseguía liberarme del peso de mantenerme encerrada en casa.

Todo parecía florecer al margen del silencio o del barullo que pudiéramos hacer nosotros. Más resplandeciente a mis ojos, quizá, porque había espacio suficiente en nuestras vidas para el silencio y para la observación. La vida vegetal parecía florecer con mayor libertad, siguiendo su curso, aunque fuera en medio de la catástrofe.

Hoy ese bosque ya no existe. O no existe como existió entonces, con su bullicio propio, ese que a veces atravesamos sin percibir, porque las llamas de los incendios de Burgohondo y San Martín de Valdeiglesias se lo han llevado por delante. No hablaré en este texto de la desidia contra el cambio climático, ni de la falta de interés político por el entorno forestal si no son para la mera explotación, porque son temas que merecen un análisis propio. Lo que me interesa es la desaparición de un lugar. 

Desde la crisis del Covid-19, los espacios en los que podemos estar sin que se nos pida una retribución económica a cambio son cada vez más escasos, tanto que a veces volvemos a nuestras habitaciones o a nuestras casas alquiladas buscando un poco de paz sin tener que pagar de más, o simplemente porque no tenemos más opciones, como si aún siguiéramos confinados. El bosque, sin embargo, permanece como un entorno en el que ser sin ningún tipo de problema.

Los grandes incendios que arrasan España, Francia, Canadá o Italia producen imágenes que ya no distinguimos entre sí, como si el fuego borrara también las fronteras entre los países que devora

El bosque no es solo el bosque. Es un espacio común, un lugar que en muchas ocasiones se encuentra parcelado y cortado por cotos de caza privados, —un 72 % de la superficie forestal es de titularidad privada según datos de El Colegio de Ingenieros de Montes—, y el terreno que podemos ocupar libremente se ha ido reduciendo poco a poco, debido, en parte a estos mega incendios. Silvia Federici, en Calibán y la bruja, explica cómo los cercamientos de tierras comunales en la Inglaterra de los siglos XVI y XVII no fueron solo un despojo económico, sino el modo en que el capitalismo naciente concentró en unas pocas manos algo que antes pertenecía a todos, empobreciendo tanto lo común como al individuo que dependía de él.

El historiador Peter Linebaugh, que trabajó junto a Federici en esos mismos círculos de pensamiento sobre los comunes, fue más allá y le dedicó un libro entero al bosque como caso concreto: en La Carta Magna del bosque recuerda que en la Inglaterra medieval existía una carta paralela a la Carta Magna, la Carta del Bosque, que garantizaba a los campesinos el derecho a recoger leña, pastar animales o cazar en tierras comunales. Ese derecho fue precisamente uno de los primeros en desaparecer bajo los cercamientos, siglos antes de que habláramos de propiedad privada como algo natural o incuestionable.

Apenas tenemos derecho a una vivienda propia, pero cada vez menos tampoco podemos ocupar un espacio común que nos sirva de refugio, que se convierta en lugar de expresión y de convivencia mutua

Ahora, sin embargo, ese espacio vuelve a desaparecer a escala global. Los grandes incendios que arrasan España, Francia, Canadá o Italia producen imágenes que ya no distinguimos entre sí, como si el fuego borrara también las fronteras entre los países que devora. Todas esas imágenes resuenan igual porque bajo el fuego somos iguales.

Ante eso solo nos queda una alternativa, o apostamos por la reconstrucción y el cuidado de los bosques y los espacios naturales, o aceptamos la nada. Apenas tenemos derecho a una vivienda propia, pero cada vez menos tampoco podemos ocupar un espacio común que nos sirva de refugio, que se convierta en lugar de expresión y de convivencia mutua, en el que relacionarnos con los demás, y en ese demás incluyo tanto a las personas como a los animales y las plantas. La muerte del bosque es también la muerte del espacio común.

Los lugares que cada año perdemos un poco más por los desastres naturales son espacios que ya no vuelven. Ya sea porque hace demasiado calor para estar en la calle, por los peligros de las pandemias, por las guerras, por la hostilidad de las políticas que solo priorizan el beneficio pecuniario, ya sea por los desastres naturales como las inundaciones, los incendios o los desajustes atmosféricos que sufrimos con una virulencia creciente, nuestro espacio se estrecha, como si hubiéramos perdido el derecho a ocuparlo, y como si hubiéramos olvidado la potencia que se esconde en los lugares habitados por todos, en los que todos tenemos cabida, en los que todos podemos participar y a los que todos pertenecemos.

Porque si el bosque no es de nadie nos pertenece a todos, quizá encontremos en él otra casa a la que proteger y cuidar.

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