Los intelectuales fascistas de Badajoz

90 años de la Matanza de Badajoz. Los intelectuales extremeños que optaron por el fascismo y luego ocultaron su pasado. Un repaso por el callejero
Calle José López Prudencio, Badajoz
Calle José López Prudencio, Badajoz

“¿Quién se acuerda hoy de los poetas oficiales que pretendieron

usurpar el puesto de los verdaderos poetas?”.

Rafael Chirbes, en Reseña de literatura, artes y espectáculos, 93, marzo de 1976.

En un artículo publicado por José Raya Téllez en 1988 en la revista Alcántara, revista del Seminario de Estudios Cacereños, titulado La Extremadura de Reyes Huertas, el entonces profesor de la Universidad de Extremadura manifestaba su desasosiego ante la unanimidad con la que se insistía desde los medios de comunicación para recuperar la figura y obra de este autor “injustamente olvidado”, con motivo del centenario del nacimiento de Antonio Reyes Huertas en Campanario (Badajoz), en 1887. La incertidumbre de Raya Téllez era mayor, si cabe, cuando advertía que la iniciativa partía incluso de “plataformas con un talante supuestamente avanzado”, porque la narrativa de Reyes Huertas, decía, “suele adolecer de todos los tópicos y fraseología huera que sobre Extremadura se han vertido y, lo que es peor, se siguen vertiendo”.

Antes de corroborar esta opinión con una crítica espigada de su obra literaria, ajena en sus escenas, tipos y anécdotas a la realidad extremeña, Raya Téllez atribuía semejante disparate a “la indigencia teórica de que hace gala cierto progresismo local, que le lleva a echar mano, sin el más mínimo rubor, de planteamientos acuñados y puestos en circulación por el conservadurismo más pedestre”. Eran otros tiempos, en los que todavía se atisbaba cierta valentía en las cátedras universitarias a la hora de poner en solfa los empeños culturales de la oficialidad del momento.

A pesar del magnífico  repaso de RT a la obra de RH en el artículo de marras, en el que pone en evidencia un ruralismo vacío de inquietud social, tan distante del regionalismo crítico que expresara su coetáneo Felipe Trigo en sus novelas, el nombre sigue copando el callejero extremeño, ajenos a su encumbrada enjundia los vecinos y vecinas que domicilian sus señas en las calles del ilustre serón, cuya épica heroica, glorificación regionalista y conservadurismo ideológico les vinieron tan bien al franquismo de la posguerra, “empeñado en recuperar todo lo que de castizo y reaccionario el país había dado de sí”, concluye Raya Téllez.

El caso de Reyes Huertas no es único. Junto a él las calles extremeñas siguen teniendo nombres de escritores, periodistas y arrimados de la cultura franquista que corrieron como conejos a ponerse al servicio de los golpistas nada más dar su golpe en julio de 1936, para hacer sus crónicas de guerra y lucirse después con sus bodrios novelísticos y poemarios infumables en la sociedad nacional católica de la época, mientras recitaban sus ripios al paso alegre de la paz, entre decorados con banderas de Portugal, Italia y Alemania, donde no faltaban los pendones con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús o los colores de la Falange, bajo las inquisidoras miradas del caudillo y del Ausente fotografiados en cartelones. En el recuento de la obra y vida de estos lacayos intelectuales de primera hora, que medraron sin dificultad alguna, sorprende el vacío informativo que se advierte a la hora de abordar hoy día sus años de guerra y de inmediata posguerra, un relato desaparecido de los libros de texto, semblanzas de Wikipedia y otros espacios de la red u homenajes varios en sus pueblos, donde siempre fueron tenidos por padres de la patria chica, con busto incluido en la plaza frente al ayuntamiento, mientras otros -y otras muchas-, también intelectuales, tuvieron que emprender, ligeros de equipaje, el camino del exilio y del olvido, cuando no quedaron tirados en las cunetas o a los pies de la tapia del cementerio de sus pueblos, donde nadie se acuerda ya de su obra y, por supuesto, no cuentan ni tan siquiera con nombre de calle.

PERIÓDICO HOY: ¡FRANCO, FRANCO, FRANCO! ¡ARRIBA ESPAÑA!

Al avance y represión de las tropas golpistas por la provincia de Badajoz en agosto de 1936 no solo le acompañó el empeño en hacer limpieza y tabla rasa entre la intelectualidad libre de los pueblos por donde se pasaba. La propaganda del nuevo régimen exigía que se aprovechara la carcunda de aquellos intelectuales que siempre reflejaron en su obra opiniones acordes con la monarquía -ya fuera carlista o alfonsina-, la Iglesia y el ejército, con fervor sobre todo por cuerpos como el de la Guardia Civil, sempiterna enemiga de aquellos jornaleros y obreros cuya realidad distorsionaban en sus obras, achacándoles un patrimonio inalterable de fe, honra y honor que ponían al servicio de la resignación ante un mundo en el que siempre habría ricos y pobres, las cosas como tienen que ser, aunque estos últimos se murieran de hambre y los primeros no.   

Esta primera hornada de autores que hacían guardia sobre los luceros, que en aquel momento fueron fascistas y luego escondieron su pasado, incondicionales de Franco y entusiastas de la Nueva España, donde se fusilaba sin ton ni son, surgió en Badajoz en torno a diversas publicaciones. La primera de ella fue el periódico Hoy, perteneciente a la Editorial Católica, que había iniciado su andadura en enero de 1933, con fuertes embates contra los cambios de la República, sobre todo en lo tocante a la educación y a la separación entre la Iglesia y el Estado.

El Hoy fue suspendido poco después del golpe de Mola y sus secuaces, pero salió de nuevo a la calle el 16 de agosto de 1936, bajo la dirección de Gregorio Herminio Pinilla Yubero, con autorización del africanista sublevado Juan Yagüe, apenas dos días después del asalto de los bárbaros a la ciudad de Badajoz. Todavía se andaba quemando junto a las tapias del cementerio -hoy Muro de la desmemoria- a quienes no se sublevaron, una pira que se cebaba a diario con los cadáveres de aquellos vecinos y vecinas que ya no leerían el periódico.  Formaban parte del Consejo de Dirección José María Pemán, Fray Justo Pérez de Urbel, Pedro Sáinz Rodríguez, José Félix Lequerica, Alfonso García Valdecasas y Juan José Pradera, perlas carpetovetónicas de la política, la diplomacia y la fasciocultura de la España que empezaba a amanecer, censores, purgadores, depuradores que manejaban la pluma igual que la pistola. Algunos, como Pemán, presidente de la comisión de depuración de magisterio, siguen erre que erre queriendo ocupar los rótulos de plazas, parques y esquinas.

Entre aquellos escritores de provincias que nunca alcanzaron su minuto de gloria nacional -a diferencia, por ejemplo, del socialista Felipe Trigo o de Rodríguez-Moñino-, destacan dos de tres firmas extremeñistas, colocados en portada de aquellos primeros tiempos negros del Hoy en Badajoz: Reyes Huertas y López Prudencio. Las obras de uno y otro se guardan, como oro en paño, en los depósitos de las bibliotecas de Extremadura, con la etiqueta de “ejemplar no prestable”, una acertada justicia poética que les arrumba al inexorable olvido. 

Antonio Reyes Huertas, quien tenía ya 47 años en 1936 y una consolidada obra literaria -de su particular “estilo”-, se lucía con sus crónicas enviadas como corresponsal de la agencia Logos, creada por la Asociación Católica Nacional de Propagandistas. Narraba tanto anécdotas del frente de Madrid como del extremeño, situado en la raya de La Serena, al oeste de Medellín. Él fue quien bautizó a las milicianas que defendían Madrid con el nombre de “tiorras”, como recuerda otro de aquellos escritores fascistas, Julio Moreno Dávila, que tiene todavía calle en pueblos y capitales. En sus Estampas extremeñas, RH retrató a numerosos personajes de la “zona roja”, como a Margarita Nelken, “la judía alemana”, o a “la chusma internacional” de las Brigadas Internacionales. En su afán por poner a cada uno en su sitio, recordaba a sus lectores la causa, a su juicio, de la guerra:

“…el trastrueque de disconformidades por el que nadie ha querido aceptar el signo de su suerte y el patán ha querido ser ingeniero y el truchimán estadista y el subordinado jefe, pero no por los medios naturales y legítimos para la ascensión -la virtud, el esfuerzo, la constancia, el trabajo- sino por la fuerza de un súbito non serviam demoníaco como el del ángel de la Luz cuando quiso ser Dios”.

Hay que imaginar el gozo del señorito de turno al leer estas palabras en el Hoy del 10 de mayo de 1938, dirigido entonces por Benjamín Bentura Sariñena, acompañadas con fotografías del último viaje de Hitler a Italia.

Antonio Reyes Huertas, escritor extremeño
Antonio Reyes Huertas

El otro espada de las letras fue José López Prudencio, reconocido en el nomenclátor urbano extremeño hasta la saciedad. De edad provecta -tenía ya 66 años cuando pudo ver a los legionarios saqueando, violando y matando en su querida Badajoz-, se presta a cuanto acto legitimador golpista se precie. Su firma frecuenta el Hoy ya entrado 1938, con artículos sobre procesiones, santos, vírgenes y demás monsergas catoliconas, reivindicando la “naturaleza imperial” de España, para lo que era necesario sacudir “la lepra rusa y liberalesca extranjeriza, que trataba de aniquilarla”, por lo que pide “no escatimar esfuerzo” (Hoy, 04-05-1938, p.4). Entre sus referentes está Eugenio Montes, falangista de la corte literaria de José Antonio, quien en un artículo publicado en el Hoy del 18 de agosto de 1937 (lo dirigía entonces Antonio de Obregón y Chorot), con motivo del primer aniversario de la toma de la ciudad (La liberación de Badajoz ardiente. Mensaje a la Extremadura heroica) afirmaba encontrarse en Berlín el 18 de julio del 36, “trabajando por el alzamiento de España”, y llevar ayudando a preparar el golpe desde 6 años antes, cuando llegó la República. Noventa años después hay todavía quien discute que la preparación del golpe no comenzó con el triunfo republicano y democrático de abril de 1931.

¿Tienen las burras pensamientos?

La terna se completa con el ilustre vate de las letras castúas, el jefe comarcal de Prensa y Propaganda de Falange Española de las JONS de Mérida, Luis Chamizo, quien no solía firmar en el Hoy pero cuyas representaciones, declamaciones y peroratas eran glosadas en todo momento con boato y gloria por el diario pacense, entre las que no faltaba nunca el recital de La nacencia, ese engendro lingüístico cercano a la jitanjáfora que narra el sufrido parto de la Juana bajo una encina en una tarde que barrunta tormenta, mientras la burra rumia tomillos y espanta moscas con el rabo: “¿Qué pensará la burra, si es que tienen las burras pensamientos?”.

“...narra el sufrido parto de la Juana bajo una encina en una tarde que barrunta tormenta, mientras la burra rumia tomillos y espanta moscas con el rabo: “¿Qué pensará la burra, si es que tienen las burras pensamientos?”

Todavía en la cuarta edición de las Obras completas de Luis Chamizo, que publicó en 1978 la Institución “Pedro de Valencia” de la Excma. Diputación Provincial de Badajoz (adscrita al Patronato “José María Cuadrado”, aquel invento neocatolicón del franquismo, junto al CSIC, para controlar la producción cultural regional), aparecía la dedicatoria previa de Luis Chamizo a la reedición de su obra Extremadura en 1942:

“A la Santa Memoria de todos los caídos por Dios y por la Patria en este amanecer de nuestro viejo Imperio. Luis Chamizo”.

Esta dedicatoria se esfumaría en las siguientes ediciones de su obra, incluyendo las que actualmente se utilizan en las escuelas e institutos extremeños, donde se sigue leyendo y recitando La nacencia como un himno de la lengua patria, antes de bailar El Candil frente a la morenita de Guadalupe. Algunos críticos y editores de su obra achacan esta dedicatoria, refacha, a las circunstancias del momento, despojando al autor de la ideología falangista, movidos por el hecho de que en su biblioteca solo había un libro de este carácter, las obras completas de José Antonio, en edición de fecha póstuma. Sin embargo, queda constancia de su cargo en la jerarquía de Falange y del gusto que le cogió a la parafernalia fascista, como el recital que ofreció en su pueblo, Guareña (Badajoz), el 6 de marzo de 1937, en el Teatro Victoria Esperanza, cuyo salón estaba “sobriamente adornado con las banderas nacional, de Falange, italiana, alemana, portuguesa y jalifiana, que daban Guardia de Honor al Sagrado Crucifijo y a los retratos del Generalísimo y de José Antonio (Hoy, 10-03-1937, p. 2, dirigía entonces el Hoy  Juan Miguel Seminario de Rojas). Sería difícil creer que al inicio y al final del recital el camarada falangista Luis Chamizo no se cuadrara ni realizara los saludos preceptivos a las banderas y a las efigies, a la romana, mientras daba los tres gritos de rigor que inventara Juan Aparicio, uno de los padres del nacionalsindicalismo: España Una, Grande… y lo que sigue. Como añadido, cantaría a coro el Cara al sol, y no precisamente en castúo. Por ese mismo tiempo Miguel Hernández, que era pastor de verdad y no señorito, como Chamizo, ya había publicado Perito en lunas y andaba juntando los versos de Viento del Pueblo.

Defensa Ciudadana, una revista de fascistas para fascistas.

La cuadrilla de escritores fascistas espontáneos de Badajoz se nutrirá pronto con la puesta en marcha de la revista Defensa Ciudadana, en enero de 1937, una publicación surgida de la agrupación cívico-castrense organizada al poco tiempo de la toma de la ciudad, impulsada por el nuevo encargado de la represión tras la marcha de Yagüe, el coronel Eduardo Cañizares, africanista, junto al teniente coronel Manuel Pereita Vela, delegado  de Orden Público y comandante de la Guardia Civil, enviado por Queipo de Llano desde Sevilla el 18 de agosto. Paul Preston, en El holocausto español, calcula que Pereita fue responsable de 2.580 muertes hasta la fecha de su relevo, el 11 de noviembre de 1936. Su sucesor, Manuel Gómez Cantos, El carnicero de Extremadura, informó de que Pereita había amasado una fortuna, confiscando los bienes de sus víctimas. La mayoría de los detenidos, informa Preston, fueron asesinados sin ningún tipo de investigación.

La agrupación Defensa Ciudadana era un cuerpo paramilitar, del que formaban parte tanto civiles como militares, algunos de ellos ya retirados. Cañizares encargó al comandante Manuel Villalón Girón su organización, tanto en Badajoz como en los pueblos ocupados. El secretario provincial fue Jesús Alonso Bejarano. Como milicia, era una especie de Gestapo a lo provinciano, con elementos que tenían un gran poder a la hora de señalar a quienes creían que debían ser encarcelados o eliminados, no solo por motivos políticos, sino por rencillas, envidias o ajustes de cuentas. Tras el decreto de unificación y creación de un partido único, en abril de 1937, con Franco como jefe supremo, sus miembros fueron absorbidos por Falange Española Tradicionalista y de las JONS.

En enero de 1937 se publica el primer número de la revista homónima, Defensa Ciudadana, organizado por Manuel Villalón. La misión de este boletín, manifestaba Cañizares en este primer número, era “sostener una lucha educativa, silenciosa, lucha por las actividades que permitan la vida, lucha por el prestigio del mando, por la conservación de la tranquilidad y lucha por crear una conciencia pública”.

Hasta agosto de 1937, en que desaparece, Defensa Ciudadana publicó 16 números. Por sus páginas -solo escribirían hombres- pasaría todo aquel que quisiera significarse cara al sol.

La nómina es extensa, con algunos nombres que siguen teniendo calle en los pueblos extremeños y sus capitales de provincia, como Manuel Saavedra (Martínez), profesor de la escuela de magisterio y después director de la Normal, quien escribe -entre otros artículos, pues citamos solo los más significativos de cada autor, cuyos títulos lo dicen ya todo sobre sus contenidos-, sobre Los nuevos alféreces de la nueva España (boletín N.º XI).  Manuel Saavedra Martín era padre de otro con nombre en el callejero también, Manuel Saavedra Palmeiro. El hijo anduvo escondido el mes antes de entrar los fascistas en Badajoz y salió entonces de su “madriguera”para correr a alistarse a Falange y participar en las primeras incursiones del frente, iniciando una meteórica carrera que le llevaría desde pasar por la División Azul a estar incluido como ministro de Interior en la lista de gobierno propuesta por Alfonso Armada tras el golpe de Estado del 23F, en 1981.

Otros, como Manuel Monterrey, no solo tienen calle, sino incluso glorieta y busto en el Parque de la Legión, el espacio urbano que el Ayuntamiento de Badajoz, por mucho que disimule, sigue dedicando en homenaje al asalto que hicieron por este lugar, rayano con la puerta de Trinidad, las fuerzas legionarias que tomaron a sangre y fuego la ciudad el 14 de agosto de 1936. Manuel Monterrey, que hacía poesías, decía -sin pudor alguno- que había conocido a Antonio Machado y se estrenó en Defensa Ciudadana con un panegírico sobre El Generalísimo (N.º I y II). También publicó en la Revista de Estudios Extremeños, donde aparecen sus sonetos Silueta  de  José  Antonio  Primo de Rivera y Silueta  de  Raimundo Fernández Cuesta  (el primero finaliza con un “¡ARRIBA ESPAÑA!”). Participaba en la programación de la estación emisora de Radio Extremadura al servicio de Falange, donde solía declamar sus poesías, justo antes de que se retransmitiera desde Sevilla la charla -bronca y despiadada- de Queipo de Llano. Eran los años 1937 y 1938 y muchos ayuntamientos estaban obligados a poner altavoces en la plaza pública.

Busto de Manuel Monterrey
Busto de Manuel Monterrey en el Parque de la Legión de Badajoz

Otros nombres no necesitan presentación, como Adelardo Covarsí, que incluía tanto reseñas como dibujos, como el de El Excmo. Sr. General D. Gonzalo Queipo de Llano. Cuadro de Adelardo Covarsí (N.º XV), encargado del informe titulado Destrucción del Tesoro Artístico Nacional en la Provincia de Badajoz. La huella marxista, publicado en la Revista de Estudios Extremeños entre 1937 y 1939.

También escribieron en Defensa Ciudadana el cura Enrique Triviño Forte, chantre de la catedral y devoto de San Mauro, con artículos sobre Las buenas formas sociales (N.º V), Jesús  Rincón Giménez, (La sepultura del moro, N.º I y II), profesor del Instituto de Enseñanza Secundaria, con calle en la ciudad, Francisco Santos Coco (Enseñanza y religión, N.º I y II),  catedrático de Latín que había sido concejal de Badajoz con la dictadura de Primo de Rivera, Ignacio Santos Redondo (Las murallas de Badajoz, N.º III), director de periódicos conservadores y alcalde de Badajoz en diversos periodos, entre 1901 y 1902, cuando los sucesos que llevaron a la represión de la sociedad obrera La Germinal, Antonio Juez Nieto (España para los españoles, N.º IV), también con calle, pintor reconocido del que quedan muchas obras en el espacio urbano, que como jefe de parques y jardines a partir de 1948 levantaría los jardines del Héroe Caído, en puerta Trinidad, Tomás Pérez de la Jara (In memoriam al general Mola, N.º XII), policía, falangista, con veleidades literarias y ascendido a inspector en 1941, Fernando Castón Durán (Vientos de aquelarre, N.º XI), capellán de monjas, otro cura con nombre de calle que solía firmar como el seudónimo Lic. Pero Pérez (no confundir esta calle, en Cerro de Reyes, en honor a un franciscano de los que vinieron con Alfonso IX, con la de Casto Durán, en la Plaza de los Alféreces, otra que aún guarda el nombre franquista), Francisco Vargas Torres (La cuestión social, N.º VI), profesor en el colegio marista Ntra. Sra. del Carmen, falangista, Eduardo Cerro Sánchez-Herrera (¡Ya pasan los flechas!, N.º XI), abogado del Estado y codeante de la alta sociedad pacense, también falangista, Manuel Medina Gata (El ciudadano integral, N.º VI), canónigo de la catedral que amenizaba las noches desde Radio Extremadura de Falange con charlas sobre el evangelio, profuso colaborador con el periódico Hoy, donde escribía bajo el seudónimo de Jeromín de Guadalupe, en la sección “Breviario Patriótico”, un vertedero semanal de bilis y amenazas, como podemos leer en las notas siguientes (unas entre muchas iguales), del Hoy del 3 de febrero de 1937:

“¿Lo ves ahora en misa? Calla, enmudece. Respétalo, porque puede ser un verdadero arrepentido. Vigílalo de lejos, porque puede ser un farsante.

¿Perteneces a unas milicias y hablas mal de las otras? Eres un necio que pretendes alabarte a ti mismo. ¿No perteneces a ninguna y hablas mal de ellas? Me hueles a marxista y también a lo demás. Tenlo en cuenta…”.

Otros que escribían en Defensa Ciudadana, guiados posiblemente por la mano del Espíritu Santo, fueron Lino Duarte Insúa (Las milicias ciudadanas, N.º VIII) , con calle pacense, historiador local de Alburquerque y oficial de telégrafos en Badajoz, Juan Muñoz Casillas (La construcción económica de España, N.º VIII), hijo del liberal Juan Muñoz Chaves,  significado terrateniente metido en política antes de la guerra, presidente de la Federación Provincial de Sindicatos de Propietarios de Fincas Rústicas de Badajoz hasta 1935, en este año uno de los principales accionistas de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas. Tras la guerra sufrió un proceso de depuración a cargo del Colegio de Abogados de Madrid, del que salió libre.

"...¿Perteneces a unas milicias y hablas mal de las otras? Eres un necio que pretendes alabarte a ti mismo. ¿No perteneces a ninguna y hablas mal de ellas? Me hueles a marxista y también a lo demás. Tenlo en cuenta…”

Se completa la nómina con Lorenzo Pesini Pulido (Ciudadanía, N.º IX), funcionario de la Administración de Propiedades y librero, Ángel Zoido Pérez (Diversos tipos de gorronería, N.º XII), escultor y secretario de la Escuela Profesional de Artesanos de Badajoz en 1937, Manuel Alfaro Pereira (Acatamiento, número IX), reconocido cronista de Badajoz con calle,  Félix Jaramillo Goye (A Portugal, poesía, N.º X), falangista, Justo López de la Fuente (Romance de viejos, N.º XIII), presidente de la Federación de Sindicatos Católicos de Badajoz, José Díaz Bonastre (La lección de las piedras, N.º XIII), profesor de primera enseñanza, camarada delegado de Propaganda de Falange de Badajoz y asiduo charlista en la radio de FET de la JONS, y José Fernández Hernando (Los sillares y la argamasa, N.º XIV), juez de instrucción de Badajoz durante el primer año de la represión, nombrado delegado provincial de Justicia y Derecho de Falange por haber “desempeñado con toda dignidad el augusto ministerio de la Justicia en nuestra capital, por lo que consideramos acertadísimo el nombramiento y esperamos que el señor Fernández Hernando desarrolle desde su cargo la labor nacionalsindicalista que exige la Nueva España” (Hoy, 31-08-1937, p. 6).

Un pasado sobre el que correr un tupido velo

Habrá quien crea que ni todos eran intelectuales ni todos eran fascistas. Sin embargo, existe evidencia documental de que durante aquellos años de guerra e inmediata posguerra participaron activamente en las publicaciones, actos y proyectos del nuevo régimen, que sí se identificaba, con luz y taquígrafos, como fascista. Algunos continuaron haciendo sus pinitos en otras publicaciones de igual talante que vinieron después, como  Boinas Rojas o las del conjunto de Falange, como Afán, semanario de falange Española Tradicionalista de las JONS, que se imprimía en los talleres de Hoy, en la que colaboraban Arsenio Muñoz de la Peña Mulas y Tomás Rabanal Brito,este último con calle actual en Badajoz. Afán fue dirigida primero por Eduardo Antonio Soriano Díaz, que luego sería director del Hoy, y después por Manuel del Valle Jiménez, maestro y mando de Falange. A partir de enero de 1941 saldría Norma, semanario también de Falange, con Gaspar García Moreno, José García Moreno Rodríguez, Gregorio Herminio Pinilla Yubero, Gabriel Ramírez Soto, Gabriel Romero Ruiz y otros cuyos nombres y afanes en los tiempos negros de la barbarie exigirían un espacio que no podemos dedicar aquí.

Norma Semanario falangista pacense
Norma Semanario falangista pacense

La mayor parte de los que aquí se mencionan ya apuntaban maneras antes de la sublevación, mientras otros tardaron poco en cambiar de chaqueta al paso de marchas militares, mientras cantaban la palinodia. Los menos, aparecieron de pronto, muy jóvenes, para hacer méritos en la dictadura que empezaba a amanecer.

En Defensa Ciudadana, donde también escribió López Prudencio desde el número I, sí son todos los que están, pero no están todos los que son. Faltan en la nómina destacados nombres del callejero de Badajoz, como por ejemplo los Ricardo Carapeto, padre e hijo, Zambrano y Burgos respectivamente, el primero alcalde con Primo de Rivera, el segundo con Franco, ambos muy relacionados con el Instituto de Segunda Enseñanza.

Todos estos llamados “intelectuales” extremeños podían haber elegido callarse, pero optaron no solo por hablar, sino por cantar a pleno pulmón sus ditirambos al caudillo y quedar claro su repudio -negro sobre blanco- a las hordas marxistas, en cualquier ocasión pública que se les ofreciera. En el silencio, en el exilio o en las cunetas quedaron otros muchos intelectuales pacenses y extremeños cuya dignidad no da nombre a ninguna calle.

Fue el caso, por mencionar a algunos y a algunas, de Antonio Rodríguez-Moñino, que solo tiene nombre en Badajoz de instituto, apartado de su cátedra durante un proceso de depuración que duró 27 años, mentor después de aquella generación en Revista española de Carmen Martín Gaite, Rafael Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa, Alfonso Sastre y otros que comenzaron a abrir los horizontes de la literatura bajo la dictadura. Cuando el padre de Antonio Rodríguez-Moñino, don Rafael Rodríguez Moñino, que vivía en Badajoz, trató de encontrar avales para el proceso de depuración de su hijo entre la intelectualidad pacense, a la que Antonio había glosado y alabado en muchos de sus libros, solo consiguió el aval de Ricardo Carapeto, padre, y aun así, un aval restringido que se refería solo a sus actividades previas al 18 de julio (Ortiz Romero, Pablo, Antonio Rodríguez-Moñino. Luces y sombras del mayor bibliógrafo del siglo XX, Editorial Almuzara). En el mismo caso se encuentra Enrique Díez-Canedo, cicerone de la del 27, con calle en Mérida e instituto en Puebla de la Calzada, pero no en Badajoz, donde nació.

También merece la pena recordar a Antonio Otero Seco, que no tiene calle en ninguna parte, nacido en Cabeza del Buey y periodista colaborador con muchos medios pacenses, preso tras la guerra, condenado a muerte, libre después de años de cárcel, activo en la clandestinidad y finalmente exiliado, autor con Elías Palma de la que se considera la primera novela sobre la Guerra Civil, Gavroche en el parapeto (Trincheras de España), rescatada en una reciente edición por Libros de la Herida.

O mujeres como Jacinta Landa Vaz, exiliada a México, a donde no la pudo seguir su hermana Matilde -esta sí con calle-, porque la suicidaron, ambas hijas del republicano Rubén Landa Coronado.  Jacinta, intelectual como la copa de un pino, pedagoga y musicóloga, fue una de las fundadoras del Lyceum Club Femenino, al que pertenecieron también las extremeñas Eulalia Gallego Suárez-Somonte, de Mérida, y Enriqueta Martín Ortiz de la Tabla, de Llerena, bibliotecaria del Instituto Internacional y profesora. Silenciadas, esta última era hermana de Soledad Martín, poeta y esposa de Pablo Luis Fernández Grandizo-Niso, quien proclamó la República en Llerena, junto a Juan Simeón Vidarte, el primero asesinado y el segundo exiliado,  intelectuales también, pero nunca fascistas.

Jacinta Landa Vaz, ficha exilio
Jacinta Landa Vaz, ficha exilio. Archivo PARES

Los que no fueron asesinados o exiliados tuvieron que optar por el silencio, mientras sus antiguos compañeros de profesión o tertulia daban a la imprenta nuevas obras que, como dijera Ralla Téllez en su crítica a las de Reyes Huertas, “no eran nada inocentes”.

María Moliner, bibliotecaria, intelectual depurada por el franquismo, que sufrió condena y ostracismo a cargo de aquel “intratable pueblo de cabreros” que tan bien poemara Gil de Biedma, definió el verbo “depurar”, en su cuarta acepción, con las siguientes palabras: “someter a investigación a un cuerpo u organismo para eliminar de él a las personas consideradas peligrosas o desafectas al régimen que impera”. Sabía de lo que hablaba.

Por último, Rafael Chirbes, con cuya cita iniciamos este texto, fue invitado a la gala del Premio Planeta en enero de 1976, concedido a una novela mediocre de un autor mediocre.  En su sección Guía de libros, de la revista Ozono, glosó la entrega del mismo con la siguiente crítica:

“¿Y si Franco hubiera perdido la guerra?, preguntó no sé si Lara o Lera el día de la entrega de los premios Planeta. Ninguno de ustedes estaría aquí, respondió un joven periodista, que automáticamente fue golpeado por un robusto caballero, no sé si hijo de Lara o Lera”.

Hoy, 90 años después del paso alegre de la paz de quella intelectualidad entregada al fascismo,  aún seguimos sufriendo los golpes de los Lara… o Lera.  

 

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