Opinión
El amor no es un eslogan: por qué la izquierda necesita tomárselo en serio
La izquierda tiene un problema de comunidad. No de programa, no de liderazgo, no de comunicación (aunque también) sino de comunidad. De esa capacidad de sostener en el tiempo un “nosotros” que no se rompa en cuanto aparece la primera discrepancia interna o el primer revés electoral.
Los datos son conocidos: caída de la afiliación partidaria, desafección creciente entre los sectores más precarizados (precisamente aquellos a quienes la izquierda interpela), fragmentación de identidades que compiten entre sí en lugar de articularse. La izquierda transformadora lleva décadas diagnosticando este problema. Lo que escasea no es el diagnóstico, sino las categorías conceptuales para pensarlo de otra manera.
Este artículo propone una de esas categorías. Una que probablemente genere incomodidad: el amor. No como metáfora ni como recurso retórico, sino como principio político con contenido analítico preciso.
Norbert Lechner señala que cuando los individuos dejan de percibir la política como un espacio de construcción de lo común, la participación pierde sentido y los vínculos de pertenencia se disuelven
El déficit relacional de la política contemporánea
Las democracias occidentales atraviesan un proceso de fragmentación que no es solo institucional sino profundamente relacional. Como señala Norbert Lechner, cuando los individuos dejan de percibir la política como un espacio de construcción de lo común, la participación pierde sentido y los vínculos de pertenencia se disuelven. La política deja de ser un “nosotros actuando” para convertirse en un espectáculo que se contempla desde fuera (o del que directamente se desconecta).
Esta desconexión afecta con especial intensidad a la izquierda transformadora, que depende, más que ninguna otra tradición política, de la movilización activa de amplios sectores sociales. Sin vínculos de pertenencia, sin comunidad, los proyectos transformadores se convierten en programas electorales sin sujeto que los encarne.
La pregunta relevante es: ¿qué produce comunidad política? ¿Qué hace que personas diversas, con intereses y trayectorias distintas, sostengan juntas un proyecto en el tiempo?
El amor no es lo que se piensa
La tradición liberal moderna expulsó al amor de la política con un argumento aparentemente sólido: la esfera pública debe regirse por la razón, no por las emociones. El amor pertenece a lo privado; la justicia, a lo público.
Este argumento tiene un problema: no describe cómo funciona la política real. Las identidades colectivas, la movilización, el compromiso sostenido con una causa (todo ello implica) una dimensión afectiva que no puede reducirse a cálculo racional. Ignorar esto no hace desaparecer la afectividad de la política; simplemente la deja sin teorizar y, por tanto, sin posibilidad de orientarla.
Lo que la teoría política contemporánea ha comenzado a explorar es si el amor puede conceptualizarse no como emoción privada, sino como práctica relacional con implicaciones públicas. Hannah Arendt lo formuló a través del concepto de amor mundi: una disposición ética de compromiso con el mundo común que compartimos con otros. No amor hacia personas concretas, sino responsabilidad activa hacia el espacio de relaciones que hace posible la vida política.
Para bell hooks el amor es una práctica que puede (y debe) traducirse en formas concretas de relación social y organización política
Desde la tradición feminista, bell hooks lo planteó de manera aún más directa: el amor es una práctica orientada al reconocimiento, el cuidado y la responsabilidad hacia los otros, no un sentimiento pasivo que se tiene o no se tiene. Una práctica que puede (y debe) traducirse en formas concretas de relación social y organización política.
Alain Badiou añade la dimensión quizás más relevante para pensar la comunidad política: el amor opera sobre la diferencia, no sobre la identidad. No requiere que seamos iguales para generar vínculo; requiere que seamos capaces de asumir la diferencia del otro sin disolverla ni instrumentalizarla. En sus palabras, “la esencia de la política está contenida en la pregunta de qué son capaces los individuos cuando se reúnen, se organizan, piensan y deciden, siendo el amor la capacidad de asumir la diferencia, volviéndola creadora”.
Lo que el amor político no es
Una propuesta de este tipo exige también claridad sobre sus límites, porque los riesgos son reales.
El primero es la moralización de la política. Invocar el amor sin traducirlo en prácticas institucionales concretas produce exactamente lo contrario de lo que promete: un discurso que apela a la unidad emocional mientras evita hablar de poder, de recursos, de conflicto. El amor político que no se pregunta por las estructuras que produce o que reproduce es, en el mejor de los casos, ingenuidad; en el peor, ideología encubridora.
El segundo riesgo es la despolitización del conflicto. La política democrática implica antagonismo. Chantal Mouffe ha señalado con razón que la pretensión de eliminar el conflicto de la política conduce a un consenso despolitizador. El amor como principio político no puede significar la negación de las relaciones de poder ni la exigencia de armonía donde hay intereses genuinamente opuestos. Lo que puede significar es una forma de gestionar el conflicto (con reconocimiento del adversario como interlocutor legítimo, con responsabilidad hacia el mundo compartido que también incluye al que no piensa como nosotros) sin que ese conflicto destruya las condiciones de posibilidad de la convivencia.
El tercero es el uso meramente retórico. En el contexto político español reciente hemos visto cómo el lenguaje del amor y los cuidados puede ser apropiado como recurso de imagen sin ninguna traducción en políticas concretas. Eso no invalida la categoría; obliga a exigir que su uso sea siempre verificable en términos de práctica real.
Una categoría para un problema real
La crisis de comunidad de la izquierda transformadora no se resuelve con más programa ni con mejor comunicación. Se resuelve (si se resuelve) reconstruyendo las condiciones relacionales que hacen posible que personas diversas sostengan juntas un proyecto colectivo en el tiempo. Eso requiere reconocimiento mutuo, responsabilidad compartida, disposición activa a cuidar el espacio político que se comparte con otros.
Llamar a eso amor es, sí, una apuesta conceptual inusual en el debate político habitual. Pero es una apuesta que tiene fundamento en la teoría política contemporánea y que señala hacia algo que los análisis puramente institucionales o programáticos no alcanzan a capturar: que la política es también, y fundamentalmente, una forma de relación entre personas.
La izquierda que quiera construir comunidades políticas duraderas tendrá que tomarse en serio esa dimensión relacional. No como sustituto del análisis estructural ni del conflicto redistributivo, sino como condición de posibilidad de todo lo demás.
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