Opinión
Aviso para ingenuos: solo se puede controlar el movimiento humano a través del fascismo

Los mismos gobiernos que desisten en regular el coste de la vivienda, que se muestran incapaces de frenar la desigualdad o que permiten a la IA avanzar sin control, insisten en regular, frenar y controlar el movimiento de quienes intentan sobrevivir.
Tarajal 2025 - 12
Manifestación en el Tarajal en 2025. Lourdes Jiménez
28 ago 2026 06:00 | Actualizado: 28 ago 2026 08:39

Túnez, 23 de agosto, el pueblo costero de Ben Gerdane arde. La población está furiosa: lleva días recuperando los cuerpos de sus hijos en el mar. Quince muchachos que veían la vida como un callejón sin salida, e intentaron abrirse una grieta de posibilidad a bordo de una patera, rumbo a Lampedusa, atravesando 142 km de mar convertido en el más eficiente de los gendarmes de Europa. El gobierno tunecino, al que Bruselas subcontrata el control migratorio, es incapaz de hacer políticas que alivien la pobreza o frenen el deterioro de los servicios públicos. Lo que sí se le da bien es la represión, miles de personas llevan semanas protestando contra el colapso económico y la gestión autoritaria del presidente Kais Saied.

Ceuta, 22 de agosto, en el barrio de El Príncipe los vecinos y vecinas se quejan, el campamento que ellos mismos han habilitado para mujeres, niñas y niños, en una cancha deportiva, ha sido inutilizado por las lluvias: detrás, carpas caídas y colchones mojados. Los barrios periféricos de la ciudad autónoma, que llevan años protestando ante el abandono institucional, se sienten de nuevo dejados a su suerte, mientras afrontan una situación inédita marcada por la presencia de miles de personas que llevan más de veinte días a la intemperie y en la incertidumbre total, generando un ambiente proclive a la tensión. Mientras, en los despachos se van señalando espacios donde ir acumulando a las personas hasta que se dirima la magnitud de la devolución indiscriminada que exigen en Europa. Derechas, mercenarios neonazis y bots, azuzan el odio que normalizará la próxima vulneración de derechos masiva.

El poder decide jugar al autoengaño de que se puedan gobernar limpiamente las fronteras, acotar con higiénicas leyes la voluntad humana de moverse, regular la desesperación

Madrid, 25 de agosto. El gobierno anuncia la reforma de la ley de extranjería y una nueva ley de asilo: triajes, protocolos, dispositivos de detención y de control. El poder decide jugar al autoengaño de que se puedan gobernar limpiamente las fronteras, acotar con higiénicas leyes la voluntad humana de moverse, regular la desesperación. Y ciertamente no tiene mucho margen de maniobra, el marco viene dado por Europa, con su nuevo Pacto de Migración y Asilo. Una Europa sustentada en la fantasía del control: colonial, osando a dividir territorios y vidas con líneas rectas; fascista, burocratizando la muerte y sistematizando el encierro y la represión; supremacista, arrogándose el protagonismo en los saberes humanos y tratando a los demás pueblos de salvajes, mientras les somete a las peores salvajadas. 

Ceuta, 27 de agosto. El cóctel de abandono y deshumanización va surtiendo su efecto: grupos de ceutíes deciden “reestablecer el orden” prendiendo fuego a las cabañas improvisadas donde intentan protegerse de la intemperie las personas migrantes en la playa de El Trampolín. Poco antes, han intentado impedir que la Cruz Roja distribuya la única comida que recibirán durante la jornada. Ante la situación de crisis que se vive en la ciudad, estos grupos violentos han tomado una determinación: la solución pasa por agredir y negar el alimento y el cobijo a seres humanos. Algunos medios de comunicación contribuyen, llaman invasores, sin comillas, a quienes cruzaron la frontera. Atribuyen así a miles de personas diversas con la agenda individual de sobrevivir, trabajar y prosperar, la voluntad colectiva de invadir un territorio. Convierten al otro en enemigo para justificar la crueldad como respuesta.

Los 15 jóvenes ahogados ante las costas tunecina, las más de 140 personas que perdieron la vida intentando llegar a Ceuta, las 1317 personas, que murieron en los primeros cinco meses de 2026 intentando arribar a territorio español, quienes desaparecen en el Sáhara en su camino al norte, todos estos cadáveres jóvenes, ese reguero de personas desaparecidas, son un éxito de las políticas migratorias europeas. En mayo Frontex anunciaba que la llegada irregular de personas migrantes a Europa se había reducido en un 40% respecto al año anterior, consolidando una tendencia a la baja facilitada por los acuerdos bilaterales con los países receptores y de tránsito, es decir, gracias a la externalización de las fronteras. 

Teniendo en cuenta que la desigualdad no para de crecer —entre los países y dentro de cada país—,  que las guerras continúan ingobernables en países como Sudán o Yemen (lugar de origen de muchos de quienes llegaron a Ceuta), teniendo en cuenta que la necesidad y la pulsión de migrar siguen intactas, habrá que colocar todo el mérito en la ralentización de las llegadas del lado de la represión: la eficacia de los gendarmes de Europa en aplicar prácticas de control de los flujos migratorios que incluyen la caza de personas, el secuestro, la tortura y la extorsión, o el abandono en mitad del desierto. Y para los que llegan, ya se están aprestando los centros de deportación auspiciados por el reglamento de retorno

Tan significativo como lo que se pretende controlar, es lo que se desiste en regular: el precio de una vivienda que se ha convertido en la guarida desde la que el capital financiero insiste en atacarnos; ese despojo naturalizado que opera en las ciudades de todo el mundo sin que los mandatarios organicen pactos internacionales, debatan normativas, ni contemplen endurecer la fiscalización sobre el abuso. La “invasión” de los pisos turísticos en los centros urbanos, la “migración masiva” de la riqueza común hacia el patrimonio de un puñado de oligarcas flipados, sucede sin líderes que cuestionen la legalidad del expolio. 

Quienes agitan la bandera de la invasión, y pastorean el miedo y la incertidumbre humanas hacia el rechazo militante del otro, llevan muchos años trabajando

La cesión continua de información a multinacionales que facilitan genocidios, limpiezas étnicas, o el control de la disidencia se asume sin que ningún líder agite la bandera de la libertad contra quienes quieren sistematizar y controlar cada uno de los datos que nos construyen. El lucro de quienes hacen negocio con lo básico: la alimentación, la educación, la sanidad, apenas se fiscaliza. La IA trota enloquecida hacia quién sabe dónde, mientras los Estados la miran atravesar cada vez más fronteras de posibilidad, sin atinar a plantearse siquiera la necesidad de ponerle riendas por interés del común.

Con todos estos límites descontrolados, con esta dejación de responsabilidades por parte de los gobiernos, quienes agitan la bandera de la invasión, y pastorean el miedo y la incertidumbre humanas hacia el rechazo militante del otro, llevan muchos años trabajando. Tampoco han inventado nada: el colonialismo, el capitalismo racial, son el sustrato histórico de un discurso dopado de bots, financiado con el dinero de los apóstoles del descontrol del capital, y agitado por racistas poco innovadores pero con un altavoz mediático continuo. Da miedo asomarse a los comentarios, percibir la extensión del desprecio a la vida de los otros, constatar la siembra de ignorancia y deshumanización donde arraigan y prosperan sin coto las más crueles narrativas, abonadas a base de bulos, desinformación y reduccionismo. 

Sí, estamos ante un trabajo fino de fascistización de la sociedad, pero también cada cual es responsable de la mierda que difunde o justifica. Reconocer la humanidad y la agencia de los otros también implica hacerles responsables de sus propias derivas, recordar que siempre es posible elegir no sumarse a quienes odian, que es normal sentirse impotente ante el tsunami de racismo, pero eso no te obliga a sumarte a la corriente. Cualquier salida colectiva de este abismo, requiere de la resistencia individual a dejarse llevar por este sentido común xenófobo, la resistencia personal a dar por bueno el solucionismo fascista que pretende doblegar la voluntad humana de sobrevivir o prosperar a base de vigilancia, encierro o muerte.

Te llamarán buenista por pretender que la gente tenga el mismo derecho a moverse que tú. Como si considerar a otros seres humanos como iguales fuese una debilidad de carácter y no una muestra de fortaleza ética. Te llamarán ingenua por impugnar ese sentido común arrogante que insiste en señalar a las migraciones como la principal amenaza, por cuestionar que no haya otra forma de afrontar el movimiento humano que el control y el uso de la fuerza. Pero no menos ingenuo es pretender que se pueda frenar la pulsión de supervivencia o simplemente, de viaje, afinando reglamentos y normativas en despachos.

El mapa del mundo es el que es: uno cada vez más desigual, cubierto de zonas de sacrificio, acechado por el cambio climático, enfermo de inseguridad por la privatización de la guerra. Las vidas de cada vez más gente se han vuelto una ruta incierta, bajo sus pies se hunde la tierra firme, los países naufragan hacia el autoritarismo, poder quedarse en el lugar que te vio nacer, deviene un privilegio. ¿Cómo no va a moverse la gente? ¿cómo no va a desplazarse en busca de un futuro? ¿cómo va a resignarse a permanecer quieta si no queda suelo ni horizonte que la sostenga? Urge mirar de frente al contexto real en el que estamos e imaginar otras respuestas. Porque si no solo queda la misma de siempre, la de la ley del más fuerte, la del sacrificio del otro, la del odio para poder justificarnos tanto abismo. Queda el fascismo en cualquiera de sus formas. 

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Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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