Ciudad Jerez
Jerez de la Frontera ©

El traje invisible de Jerez

Las ciudades no se construyen con relatos épicos ni con espejismos institucionales, sino con calles cuidadas, justicia social, barrios dignos y servicios que funcionen.
16 mar 2026 12:00

La archiconocida fábula de El Traje Nuevo Del Emperador, escrita por Hans Christian Andersen en 1837, cuenta cómo dos estafadores convencen a un rey, podrido de vanidad, de que pueden confeccionarle un traje invisible que solo pueden ver las personas inteligentes. Para no parecer tontos, todos —incluido el propio rey— fingen ver la prenda inexistente. Finalmente, durante un desfile, un niño inocente dice la verdad y grita que el rey va desnudo, revelando lo que todos temían admitir y mostrando cómo el orgullo y la presión social pueden llevar a aceptar lo absurdo.

Algo similar ha ocurrido en Jerez, que se miró al espejo y se creyó que vestía un traje espectacular de Capitalidad Cultural. En algún momento se alinearon los astros para que la ocurrencia del equipo de Paco Camas, antiguo concejal del PSOE (hoy defenestrado por su partido), fuera concebida no sólo como una aspiración deseable, sino como realmente plausible.

Con el cambio de ciclo político y al compás del nuevo (viejo) gobierno popular, la ciudad se miró en los espejos de la calle Consistorio y se divisó más hermosa de lo que realmente es. Se autoengañó con una candidatura que en realidad tenía pocos méritos y certezas. Y volvió a refugiarse en su vieja tentación: los grandes proyectos, los relatos de futuro donde los colores siempre parecen más intensos que las propias calles. Había ilusión, sí, más ficticia y autoinfringida que real, porque Jerez siempre ha sabido vivir entre la esperanza y la herida, entre su innegable arte, la sombra de lo que podría ser y lo que nunca ha sido ni llegará a ser.

Jerez no quiso asumir que, en realidad, es una ciudad cuasi fallida, en reconstrucción, que aún se está reponiendo de la bancarrota técnica de la etapa del 2008-2013 

Y como en toda historia donde la luz nos ciega, Jerez se olvidó de mirarse con honestidad. Y como en el cuento de Andersen, los tejedores de la emperadora Pelayo habían sido sustituidos por asesores afines, bufones de palacio, periodistas a sueldo que escribían empalagosos discursos, consultores y patrones que decían que Jerez es la octava maravilla renacentista, que entonaban lo que anhelaba escuchar la alcaldesa y gabinetes que convertían la realidad en un perfecto ejercicio de ficción sostenido con no poco dinero público.

A la alcaldesa le habían hecho creer que el traje existía, que su tela era de una finura y delicadeza extrema, que su aspecto era hermoso y cautivador. Y ella y su séquito, presuntamente deseando lo mejor para su ciudad y en su afán de gloria, se lo acabaron creyendo.

En palacio ignoraron algunos de los requisitos técnicos que a la candidatura claramente exigían: buenas condiciones de habitabilidad, sostenibilidad y transportes o un plan económico sólido (cuando Jerez tiene una deuda cercana a los mil millones de euros).

Ignoraron así que tienen toda la zona sur de la ciudad abandonada a su suerte en un claro ejemplo de violencia estructural, que la mayoría de los parques están en penosas condiciones, que el acerado está destrozado en gran parte de las barriadas, que hay que pasear sorteando cacas de perro, que el transporte urbano es una broma de mal gusto (no se puede ni ir al trabajo), que las bibliotecas cierran por las tardes y tienen los libros descatalogados, que la cultura no es solo el arquetipo trasnochado de flamenco, caballos, toros y vinos, que hay que dinamizar los barrios, que las desigualdades aumentan cada día o que, sencillamente, que habría mejores candidaturas, entre ellas, una por la que apostaba abiertamente el presidente de la Junta, Moreno Bonilla, la ciudad de Granada, una de las finalistas.

Jerez no quiso asumir que, en realidad, es una ciudad cuasi fallida, en reconstrucción, que aún se está reponiendo de la bancarrota técnica de la etapa del 2008-2013 y lo hace, como buenamente puede, sumergida en sus viejos vicios de antaño: un clientelismo estructural sobre el que se cimentan las fábulas que hemos visto desfilar estos meses.

Las ciudades no se construyen con relatos épicos ni con espejismos institucionales, sino con calles cuidadas, justicia social, barrios dignos y servicios que funcionen.

Porque toda corte necesita su relato, su traje invisible y su emperadora convencida de que la tela existe. Y así, entre halagos interesados y silencios cobardes, el cortejo siguió avanzando mientras nadie se atrevía a señalar lo evidente; hasta que la realidad hizo de niño en la fábula. Y entonces quedó claro que no había bordados de grandeza ni tejidos de solvencia, sino una ilusión colectiva sostenida por la vanidad.

Tal vez la moraleja sea más simple de lo que parece. Las ciudades no se construyen con relatos épicos ni con espejismos institucionales, sino con calles cuidadas, justicia social, barrios dignos y servicios que funcionen.

Cambian los sastres, cambian las emperadoras y cambian los desfiles, pero en Jerez la tela invisible siempre vuelve a ponerse de moda. Y la ciudad, fiel a su tradición, vuelve a aplaudir mientras algún prestidigitador promete que esta vez sí, que el traje es magnífico y que sólo los tontos no son capaces de verlo.

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Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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