Israel inicia la construcción de una nueva barrera de 22 kilómetros en Cisjordania

Un nuevo muro planteado por Israel en Cisjordania amenaza con aislar a 19 comunidades palestinas y arrebatar el acceso a unos 19.000 hectáreas de tierras, obligando a cientos de personas al abandono forzoso de sus hogares.
Mohammad Masaeed con una de sus hijas (Cisjordania)
Monica Cillerai Mohammad Masaeed con una de sus hijas.
2 abr 2026 05:34

“El muro pasará justo por aquí, ¿ves?”, Mohammad Masaeed, 46 años, me muestra un mapa en su móvil: una línea roja atraviesa pueblos, terrenos y carreteras. Señala dos techos blancos que se ven en la fotografía, divididos por la nueva barrera que Israel acaba de empezar a construir. “Esta es mi casa; aquella, la casa de mi vecino”. Enciende un cigarrillo. Ambas familias han recibido dos órdenes de demolición en los últimos meses: “Uno de los oficiales israelíes me dijo: 'esta es la tierra de Israel'. Tengo ocho hijos, le pregunté a dónde se supone que debo ir. Me respondió: 'fuera de aquí'. Pero esta es mi tierra, lo tengo todo aquí, toda mi vida. Si me echan, me convertiré en un mendigo”. Sacude la cabeza: “Todo esto con la excusa de la seguridad”.

Nos encontramos en Yarza, una comunidad rural en el norte del Valle del Jordán, en la provincia de Tubas. Aquí el paisaje corre el riesgo de verse pronto alterado por las obras de una nueva barrera de 22 km, iniciada por Israel el pasado 5 de marzo bajo el estandarte de la seguridad. El proyecto, que se extiende desde Ein Shibli hasta Al-Aqba, amenaza con aislar a 19 comunidades palestinas y arrebatar el acceso a unos 19.000 hectáreas de tierras, obligando a cientos de personas al abandono forzoso de sus hogares.


El proyecto israelí para apoderarse del Valle del Jordán es antiguo, pero fue rescatado por el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, en 2024. El tramo de 22 km recientemente aprobado forma parte de un plan mayor que prevé la construcción de una barrera de unos 500 km que partirá de los Altos del Golán y llegará hasta el Mar Rojo, manteniendo una distancia de unos 12 km de la frontera con Jordania. La excusa es la de bloquear el tráfico de armas entre los dos países e impedir las “infiltraciones terroristas”. La han llamado “Barrera de seguridad de la frontera oriental”; nombre en clave para el tramo de 22 km, “Scarlet Thread”, es decir, “Hilo Carmesí”. Una obra que Israel presenta como necesaria para la defensa, pero que los palestinos denuncian como un instrumento de anexión de facto del Valle del Jordán.

El tramo de 22 km recientemente aprobado forma parte de un plan mayor que prevé la construcción de una barrera de unos 500 km que partirá de los Altos del Golán y llegará hasta el Mar Rojo

El proyecto fue detenido inicialmente por el Tribunal Supremo de Israel, porque la retórica de la “seguridad” fue desmontada en el recurso presentado por el abogado Taufiq Jabrin el 25 de enero de 2026, mediante la asesoría de Shaul Arieli, un exoficial de las FDI. Fue precisamente el militar —que había luchado en el Líbano y luego contra los palestinos en la Cisjordania de la primera Intifada— quien certificó la no necesidad de la barrera por “cuestiones de seguridad interna”. Sin embargo, el 2 de marzo el ejército presentó una segunda solicitud, invocando motivos de seguridad esta vez vinculados al nuevo conflicto con Irán. El Tribunal revocó así la suspensión anterior y las obras comenzaron apenas tres días después.

Atouf: las excavaciones y la carretera militar para la construcción de la barrera de 22 km.
Atouf: las excavaciones y la carretera militar para la construcción de la barrera de 22 km. Monica Cillerai


“El objetivo es obtener el control completo del Área C. Quieren confinar a todos los palestinos en las ciudades, sacándolos de las tierras, encerrándolos en los centros urbanos”, continúa Mohammad. “Nos quitan nuestras fuentes de sustento: nos roban las tierras para que no podamos cultivar ni tener animales. Nos envían a las ciudades y, a nuestro alrededor, construyen nuevas colonias y carreteras para conectarlas. Este es su plan. Echarnos a todos”.

Enciende otro cigarrillo, mientras Asma, su hija de tres años, se lanza a sus brazos. “Allá arriba hay una cantera que lleva el nombre del tatarabuelo de mi padre. En aquella colina estaba la casa de mi abuelo, que fue destruida en uno de los ejercicios militares israelíes en 1981. Mi familia vive en estas tierras desde siempre, lo he invertido todo aquí. Amo Yarza como a mis hijos: ¿qué se supone que debo hacer?”.


Mukhles Masaeed es el jefe del Consejo municipal de Khirbet Yarza, una comunidad situada a pocos kilómetros de donde nos encontramos. Ir allí, dicen, es peligroso: los militares o los colonos podrían atacarnos. El 8 de marzo, las 12 familias que vivían allí abandonaron sus tierras y se trasladaron, en un éxodo que parece ser solo el comienzo en estos territorios. “Khirbet Yarza no podía ser demolida porque las casas fueron construidas antes de 1967”, dice Mukhles. El proyecto del muro lo confirma: el mapa muestra un pueblo enteramente rodeado por una barrera, transformando la comunidad en una prisión al aire libre.

“El gobierno no podía echarnos legalmente, así que nos envió a los colonos para que hicieran el trabajo sucio por ellos. Y cuando llegaban los soldados, en lugar de protegernos, protegían a los colonos”. Mukhles relata décadas de opresión: “Desde 1967/68 Israel intenta echarnos de nuestras tierras. El muro y la violencia de los colonos son solo la última estrategia que están utilizando. Primero crearon zonas militares de entrenamiento y nos dijeron que nos fuéramos por nuestra propia seguridad. Mi padre fue alcanzado por una bala, y perdí a un hermano de esta manera. Disparaban contra el ganado y contra nosotros. Pero desde el 7 de octubre de 2023 han intensificado los ataques, tanto los colonos como los militares; y con la guerra con Irán, aún más”. Toda la comunidad ha abandonado el pueblo. “Somos gente desarmada, Khirbet Yarza está en una zona aislada. Decidimos irnos porque nuestras vidas corrían peligro y tenemos hijos, no podemos protegerlos”. Mukhles tiene 51 años y nació allí arriba. Al igual que nacieron allí su padre y su abuelo. “Mi familia vivió aquí durante muchísimos años, estas tierras nos pertenecen hasta la frontera con Jordania. No sé qué haremos ahora”.

“Muchos campesinos ya no pueden cultivar porque el ejército ha destruido cinco kilómetros de tuberías de riego, y muchos invernaderos agrícolas serán demolidos”, explica el alcalde Bisharat

El alcalde de Tammun, Samir Bisharat, es un hombre cercano. Me acompaña con el jeep del municipio a ver los daños y las consecuencias que ya ha dejado la barrera en construcción en el territorio de Tammun, mientras desgrana datos y cifras. “Tammun comprende unos 9.800 hectáreas de tierras; somos una comunidad que vive de la agricultura y la ganadería. Con la construcción del nuevo muro, perderemos cerca del 65% de las tierras. Con consecuencias devastadoras”. Ante nosotros se abre un foso de decenas de metros de largo, acompañado de un camino de tierra recientemente explanado. Tuvimos que cambiar de ruta dos veces para llegar allí, porque el trayecto había sido bloqueado por un muro de tierra colocado a propósito por los militares israelíes para dificultar la movilidad de los residentes.

"Esta es la llanura de Atouf; aquí algunas familias ya se han visto obligadas a irse, otras se están preparando para partir. No es solo por las órdenes de demolición: muchas comunidades quedarán aisladas por la barrera, del lado de las colonias, y por tanto se desplazarán. Otras están siendo desplazadas por la violencia de los colonos. Muchos campesinos ya no pueden cultivar porque el ejército ha destruido cinco kilómetros de tuberías de riego, y muchos invernaderos agrícolas serán demolidos”, desarrolla Samir Bisharat.

Señala tubos de agua doblados, tirados a un lado de la carretera recién construida. La barrera —definida por los estrategas israelíes como “smart” (inteligente), porque unirá una valla física con herramientas de vigilancia tecnológica avanzada— tendrá una “zona de amortiguamiento” de 20 metros a cada lado e incluirá una carretera militar. Dividiendo comunidades, terrenos agrícolas, familias y granjas.

“En Tammun, el 90% de la población vive de la agricultura. La situación económica ya es muy difícil; muchas familias habían empezado a cultivar porque ya no podían mantenerse. Se habla de al menos 40 millones de shekels en daños solo en cuestiones agrícolas en el futuro próximo”, dice Bisharat.

El Valle del Jordán es el “granero de Palestina” y sus productos se distribuyen por todo el territorio. Perder esas tierras afectará a toda la economía palestina; las cifras que aparecen en los documentos elaborados por la Cámara de Comercio de Tubas estiman, de hecho, una pérdida de 400 millones de dólares en los cinco años posteriores a la construcción de la barrera.


Poco lejos de nosotros, algunos olivos destruidos y los restos de un invernadero agrícola muestran el futuro de muchas plantaciones de la zona. Pero la violencia del Estado de Israel se está abatiendo sobre Tammun en todas sus formas: “Una familia entera ha sido martirizada aquí en Tammun”, dice Bisherat, refiriéndose a la joven familia acribillada a balazos en la noche del 14 de marzo pasado por el ejército israelí de paisano. En aquella ocasión, dos niños fueron asesinados junto a sus padres, en el enésimo caso de violencia que parece no tener fin en esta parte de Palestina. “Tammun era una ciudad viva, había actividades abiertas hasta medianoche. Ahora todos tienen miedo, las calles están vacías. El ejército, los colonos; con la construcción de la nueva –reciente– colonia israelí se han llevado otro 8% de las tierras de Tammun. Que la comunidad internacional venga a ver”.

Kharallah Bani Odeh, conocido como Abu Jihad, en la casa a la que se trasladó tras verse obligado a abandonar su tierra a causa de la violencia de los colonos.
Kharallah Bani Odeh, conocido como Abu Jihad, en la casa a la que se trasladó tras verse obligado a abandonar su tierra a causa de la violencia de los colonos. Monica Cillerai


Kharallah Bani Odeh, llamado Abu Jihad, vivía a 200 metros de donde comenzaron las obras, en Atouf. No recibió órdenes de demolición, pero su casa estaba muy cerca de la nueva colonia construida y habría quedado aislado por la barrera una vez terminada. “Vivíamos aquí desde 2013; los colonos nos han atacado muchas veces en estos meses, nos amenazaban. Una vez un colono me dijo: 'esta tierra es nuestra, tus documentos –mientras le mostraba las escrituras de propiedad– son basura'”. El hombre, 55 años, una kufiya al cuello, abandonó la propiedad junto a otras dos familias hace ya unos veinte días. “Amamos nuestra tierra, estamos dispuestos a morir por ella, pero se ha vuelto imposible vivir así y quedarse”.

Ahora alquila un terreno lejos del pueblo, junto con los otros 22 miembros de su familia. “Pero estamos esperando poder volver a casa”.

Cuando el jefe de la Wall and Settlement Commission, Muayyad Sha'ban, viene a visitar a las familias que quedan en Yarza, llega también uno de los propietarios de los terrenos que acaba de ser golpeado por los colonos. Lo detuvieron en el coche, lo obligaron a bajar y le dieron de bastonazos. No puede caminar y se llama a una ambulancia. Sha'ban está allí para discutir la situación, el muro, el futuro de esa comunidad, a pesar del escepticismo de las familias que se sienten abandonadas por la política y por la Autoridad Palestina. “Este muro lo quieren construir desde antes del 7 de octubre”, dice Sha'ban. “Y ahora han encontrado la excusa de la guerra con Irán para iniciar la obra. Muchas familias serán desplazadas, pero los israelíes no se detendrán, seguirán robando cada vez más tierras, controlando cada vez más áreas”.

Muertes y desplazamientos en Cisjordania

Desde el 7 de octubre de 2023, al menos 51 comunidades palestinas han sido arrasadas por la violencia de los militares y los colonos, y otras 14 han quedado gravemente diezmadas. Solo en enero de 2026, 700 personas fueron expulsadas de sus hogares. La limpieza étnica de Israel se está acelerando, mientras Tel Aviv construye nuevos asentamientos en tierras robadas, aprueba leyes para condenar a muerte a los prisioneros y perfecciona los instrumentos de apartheid contra toda la población palestina. Muayyad es originario de Nur Shames, uno de los campos de refugiados ocupados desde hace ya un año y tres meses por el ejército israelí. “Mira lo que están haciendo en Tulkarem y Jenin. ¡Hay más de 45.000 refugiados! Han convertido los campos de refugiados en zonas de maniobras militares. Echando a todos los habitantes”. Se enciende un cigarrillo.

“Smotrich, Netanyahu, Ben Gvir, están a la cabeza de los colonos en West Bank. Ben Gvir es como el rey que da órdenes para las demoliciones. Ha entregado más de 330 mil armas a los colonos. Nosotros como palestinos no podemos enfrentar todo esto“, denuncia Muayyad. ”Necesitamos el apoyo de la Comunidad Internacional. Aquí en Yarza las personas reciben amenazas diarias por parte de las milicias colonas, y el ejército siempre los protege. Las Naciones Unidas deberían moverse para detener a los colonos, a todos los colonos, no solo a unos pocos que llaman 'extremistas'. Y deberían bloquear la construcción de esta nueva barrera”, lamenta este refugiado.

Palestina
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