Opinión
Beiras, anticolonialista

No está de más de más aprovechar los fastos de este nuevo 12 de octubre en el que no habrá nada que celebrar, para insistir en una cualidad de Beiras por la que seguirá vivo en el corazón de miles de mujeres y hombres de diferentes rincones del mundo: su anticolonialismo.
Beiras horizontal
Xosé Manuel Beiras. Bea Saiáns
12 oct 2026 10:22

En medio del fragor de las calles contra el rentismo y el vuelo amenazante de los buitres de la reacción, el otoño ha decidido llevarse llevarse consigo a Xosé Manuel Beiras, uno de los dirigentes republicanos más cultos, originales y valientes que ha dado no solo Galicia, sino la península toda.

Llevo días pensando cuál era el núcleo de la amistad política y personal que me unía a este gigante que para mí fue un hermano y un maestro sobrevenido. Muchas de sus virtudes ya han sido reseñadas en los obituarios de estos días: su magnetismo como conversador, su exquisito sentido del humor, su vasta cultura literaria, musical, además de política y económica, la ternura con que trataba a la gente humilde o la rabia volcánica, a menudo sarcástica, que mostraba ante la impudicia de los poderosos y de los tartufos de turno.

Todo esto es cierto. Sin embargo, no estaría de más aprovechar los fastos de este nuevo 12 de octubre en el que no habrá nada que celebrar, para insistir en una cualidad de Beiras por la que seguirá vivo en el corazón de miles de mujeres y hombres de diferentes rincones del mundo: su anticolonialismo.

Y es que el Beiras político fue, desde luego, un producto del republicanismo gallego ilustrado de las primeras décadas del siglo veinte. Pero fue también un hijo de aquel 1968 global en el que toda una generación, en Europa, pero también en África, en Asia, en América, pensó que el mundo podía cambiar de base.


Ese contexto fue decisivo en la configuración del pensamiento de Beiras. De su socialismo: marxista, sí, pero antidogmático y con un fuerte componente libertario. Y de su nacionalismo gallego, claro, nunca chovinista y siempre, en cambio, internacionalista y antiimperialista.

Cuando sus referentes gallegos del exilio interior decidieron enviarlo a estudiar a París y Londres para que se formara lejos del asfixiante clima del franquismo, Beiras no desperdició la ocasión. Se nutrió de diferentes economistas que le hicieron ver en Galicia una colonia interior expoliada dentro del Estado español. Del francés François Perroux, que dirigió sus investigaciones en La Sorbona. Pero también de los grandes economistas latinoamericanos de la dependencia como los brasileños Celso Furtado, Tehotônio Dos Santos o el argentino Raúl Prebisch.

Ese primer anticolonialismo de Beiras no fue sólo teórico. Estuvo muy vinculado a su admiración por los movimientos de liberación de la época y por iniciativas como el Movimiento de Países No Alineados surgidos de la Conferencia de Bandung, celebrada en Indonesia en 1955.

Todavía recuerdo una tarde en su casa de piedra de A Reboraina, en Brión. En una de nuestras clásicas conversaciones sobre historia, le expliqué que mi padre, nacido en el también colonizado norte argentino, había sido designado embajador en Tanzania en los años sesenta. Allí había conocido a su presidente, el socialista y panafricanista, Julius Nyerere.

En plena dictadura franquista, Beiras no formó parte de los mártires, pero se negó a convertirse en un integrado. Y pagó un alto precio por ello

Beiras se emocionó y entre las volutas de humo de los cigarrillos rubios de tabaco inglés que solía fumar con fruición, me explicó lo mucho que, como soberanista gallego, le habían impactado las luchas de liberación nacional de Argelia, de Vietnam o Cuba. También se explayó largamente sobre la influencia que en su vida académica y política habían tenido los trabajos del martiniqués Franz Fanon, que acabó adhiriendo al Frente Argelino de Liberación Nacional, o del tunecino Albert Memmi, en cuyo Retrato de un colonizado vio un espejo de la realidad sociológica gallega.

Aquel clima del 68 global ayudó a Beiras, en efecto, a pulsar mejor la realidad de una Galicia violentada, cuyos pescadores, labradores, pequeños propietarios, habían interiorizado muchos de los traumas, psicosis e inseguridades que Fanon y Memmi describían con crudeza en sus trabajos sobre los efectos del colonialismo.

Aurichu fue el ancla emocional y el pilar que, a través del arte, de la relación con la pintura, con la música y la literatura, ayudó a Beiras a sobrevivir a sus peores crisis de depresión crónica

Como es sabido, aquellas batallas generaron revueltas inolvidables pero también fueron duramente contestadas y reprimidas. Muchos de sus protagonistas fueron asesinados, de Lumumba a Salvador Allende, y muchos otros domesticados. En plena dictadura franquista, Beiras no formó parte de los mártires, pero se negó a convertirse en un integrado. Y pagó un alto precio por ello.

Al frente del Partido Socialista Galego (PSG), creado en plena clandestinidad, defendió la constitución de la Federación de Partidos Socialistas, con organizaciones de todo el Estado que abrazaban un proyecto socialista democrático, federal y plurinacional. Sin embargo, esta prometedora iniciativa chocó muy pronto con el expansivo y centralizante PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra.

El fracaso electoral del PSG en 1977 sumió a Beiras en una de sus primeras grandes depresiones. Una auténtica “bajada a los infiernos”, como la calificó, que se parecía mucho a las que el Fanon psiquiatra atribuía a los golpes recibidos por los colonizados que se atrevían a plantar cara al sistema colonial.


A pesar de esa caída, Beiras no tardó en rehacerse. Con su sentido del humor y su sarcasmo más acerados que nunca, participó en la creación del Bloque Nacionalista Galego, primero, y tras el gran crack capitalista de 2008, en la fundación de Anova-Irmandade Nacionalista, una fuerza soberanista, socialista, ecologista, asamblearia, y abierta a la colaboración electoral con otras fuerzas de izquierda de ámbito estatal.

Ese renacimiento político y personal de Beiras no se explicaría, sin duda, sin su relación con su compañera Aurichu Pereira, a quien poéticamente llamaba su “euménide” —en la mitología griega, las deidades que aplacan la locura y traen justicia y paz—.

Aurichu fue el ancla emocional y el pilar que, a través del arte, de la relación con la pintura, con la música y la literatura, ayudó a Beiras a sobrevivir a sus peores crisis de depresión crónica. No obstante, esa rehabilitación hubiera sido muy difícil sin la relación que nuestro druida celta continuó manteniendo con el Sur Global.

La irrupción del zapatismo, en 1994, fue para Beiras una fuente de rejuvenecimiento interior (en su funeral, en el cementerio de Bosaica, en Santiago, una muchacha llevaba todavía una camiseta del Exército Zapatista Galego, con un dibujo de Beiras con el célebre zapato que se sacó ante Fraga en el Parlamento gallego). Lo mismos ocurrió con los Foros Sociales mundiales iniciados en Porto Alegre, o con los primeros gobiernos nacionales, populares, de Hugo Chávez, Evo Morales o Lula da Silva.

También le dio fuerza renovada la relación que llegó a trabar con escritores como José Saramago, Gabriel García Márquez o el uruguayo Eduardo Galeano, quien llegó a decir de él que, como gallego, tenía “el honor del toro de lidia, que se crece en el castigo, y la inteligencia de los raros hombres que dan prestigio a la condición humana”.

Ese anticolonialismo no lo abandonó en ningún momento. En 2013, al frente de la coalición Alternativa Galega de Esquerda (AGE), Beiras defendió el bloqueo en el parlamento gallego de una declaración contra el Holocausto. La razón: que no incluía una condena paralela de los crímenes de Israel contra la población de Gaza y Cisjordania que ya entonces calificaba de genocidas.

La lista de anécdotas y de recuerdos vinculados al Beiras anticolonialista podría ser interminable. La última vez que nos vimos presencialmente, en su casa, comentamos la muerte de José ‘Pepe’ Mujica, por quien sentía un gran cariño, al igual que por los tupamaros uruguayos, a quienes consideraba referentes de dignidad revolucionaria, soberanía popular y coherencia socialista.


Fue poco meses después de que tanto él como yo perdiéramos a nuestros “amores de madrugada”. Conversamos varias horas, intentó cocinar, con suerte desigual, una de las tortillas de patatas que Aurichu solía prepararnos con el mismo arte y talento que tenía como pintora, y luego me dedicó una última sesión de piano, en la que no faltó su bellísima versión de Alfonsina y el Mar, del pianista argentino Ariel Ramírez.

Al acabar, me miró, y con cierta melancolía volvió a recordarme que ya en sus cuadernos de juventud había anotado: “Lucho sin esperanza, y precisamente por eso es bien cierto que no desertaré jamás".

Siempre pensé que en esa última declaración había una actitud similar a la de otro guerrero anticolonial, el cacique apache Gerónimo, que siempre tuvo claro, como tantas y tantos más, que en la vida hay batallas que deben darse aunque se sepan o parezcan perdidas.

Quizás por eso, no me sorprendió que cuando Beiras emprendió el vuelo, miles de jóvenes compartieran en las redes su imagen junto a la de Maricarmen Abascal, otra luchadora irredenta fallecida unas horas antes que él. Y quizás por eso también, puedo imaginarlo, sin mucho esfuerzo, en Santiago o en Coruña, maldiciendo en la calle los fastos de este nuevo 12 de octubre, monárquico y colonial, junto a Aurichu, a Castelao, a Rosalía, a Bartolina Sisa y a Allende, con el puño cerrado, sus cabellos plateados al viento, y la sonrisa serena de los que no desertan nunca.

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