Opinión
Ingobernable

Análisis sobre cómo la estrategia de “tierra quemada” del PNV tras 2009 moldeó una administración incontrolable. Un legado de impunidad que conecta el vaciado de las arcas públicas con las recientes y polémicas cargas de la Ertzaintza en Loiu.
Flotilla Ertzaintza
La Ertzaintza carga contra los miembros de la flotilla. Fotografía: RTVE.es
2 may 2026 09:56 | Actualizado: 2 jun 2026 09:56

Hay muchas historias de cuando en 2009 el inefable Patxilo (Patxi López) se convirtió en el primer lehendakari que no era del PNV gracias a la ley ad hoc que hizo que un montón de gente no pudiera votar. Bueno, Ramón Rubial fue lehendakari tras ocho votaciones del Consejo General Vasco (y con el lehendakari Aguirre todavía en el exilio) hasta que hubo elecciones. Total, que el PSE solo ha logrado la lehendakaritza cuando no había elecciones o cuando estaban amañadas. Pero no nos despistemos. El mundo estaba cayendo sobre las augustas cabezas de los jerarcas del PNV. Aquello fue como en “Der Untergang” (El hundimiento), con los rusos a las puertas de Berlín, con las ratas abandonando el barco. El pánico. El tsunami, lo llamaban. Las máquinas de destrucción de papel que llevaron a los sótanos de Lakua trabajaron día y noche, día y noche, para destruir no sabemos qué.

Uno de los planes puestos en práctica fue la versión jeltzale de la tierra quemada. Dicen quienes conocen bien a unos y a otros que la diferencia entre la derecha española y la derecha vasca es que la derecha española arrampla con todo y el que venga detrás que arree, mientras que la derecha vasca hace las cosas, da trabajo (sueldos, más bien) a los suyos y los que se enriquecen de verdad o son suyos, o les deben el favor. La versión de tierra quemada del PNV fue patearse el presupuesto de las consejerías del gobierno vasco hasta más abajo del fondo del saco. ¿Que la Consejería de Educación tenía pensado adquirir cuatro sofisticados servidores IBM a precios exorbitantes? Pues me va a poner al mismo precio (un detalle importante) no cuatro, póngame dieciséis. Y me los instala. Y me los pone con un contrato de mantenimiento hasta final de garantía (esos contratos se firman al plazo más corto posible, porque todo cambia y la tecnología más) y todo pagado por adelantado. La idea era que el gobierno entrante se encontrara con una base funcionarial y un tejido de servicios públicos atado de pies y manos, clamando al cielo por la falta de los recursos más básicos y que esa fuera la bienvenida al nuevo gobierno y su vida todo el tiempo posible. Lidiar con ese estado de cosas cuatro años. Si aguantaban tanto. Y así se hizo.

La versión de tierra quemada del PNV fue patearse el presupuesto de las consejerías del gobierno vasco hasta más abajo del fondo del saco

Unos destruían papeles a escala industrial y otros vaciaban las cajas del día a día, el fondo de “por si acaso” y el “esto ni tocarlo” como si no fuera suyo. Sin miserias. Historias similares tuvieron lugar en todos los departamentos de todas las consejerías del gobierno vasco. El plan era hacer la administración pública vasca ingobernable para el gobierno entrante. Forzar al PSE a negociar, que es lo que el PNV ha hecho desde siempre. Iba a decir desde Santoña, pero no conozco bien la historia anterior a la guerra.

Muchísimos cargos de confianza habían estado décadas en puestos de responsabilidad (de confianza, que se llaman) con una excedencia del puesto que consiguieron allá en los 80, cuando la administración no estaba informatizada ni nada parecido. Y allá que iban a volver. Por ejemplo, gente cuya secretaria era la que le llevaba el correo electrónico. Gente que era tan importante que no tenía siquiera un ordenador en su mesa. Esa gente.

Esa gente es la que el día que llegaron los nuevos ocupantes de sus poltronas estaban ya con todo metido en cajas, metiendo tripa y ensayando la sonrisa para dar la bienvenida a su reemplazo, buena suerte y si necesitas algo pregunta a Eukene (señalando a la secretaria, de carrera, a la que de momento no le afectaba el tsunami), que lo sabe todo. Risas forzadas. Soltar dos o tres palabritas en euskara para hacerlo todo más amistoso y agur.

Pero el reemplazo llegaba con sorpresa. Y no porque muchos cargos se encontraron con que tenían que mezclarse y convivir con la gente corriente, no ya perder el despacho y la secretaria, sentarse donde no eran nadie, frente a un ordenador en el que, debido a su puesto, tenían que manejar software ofimático, tropecientas aplicaciones internas, fichar (¡fichar!) y lo peor de todo, beber café de las atroces máquinas con las que el gobierno de las Vascongadas martiriza tanto al personal de la casa como a los subcontratados que, en muchos casos, son quienes hacen casi todo el trabajo. Mucho drama personal. Mucho baño de realidad. Todo eso también pasó, claro. Pero nada como la sorpresa que se llevaron los cargos de responsabilidad que se habían estado pateando la saca del dinero público porque venía el fin del mundo. Todos esos que se estaban despidiendo de sus poltronas recibieron la noticia de que no, que de momento se quedaban en sus puestos. Que inmediatamente pasaban a reportar a otras personas, claro, pero que hasta nuevo aviso todo seguía como estaba porque querían hacer una transición escalonada, eficaz y sin sobresaltos. Ese “hasta nuevo aviso” significó que alguno estuvo casi un año entero atendiendo correos, llamadas y visitas furibundas de centros que no tenían dinero ni para gastos corrientes. Ni para comprar bolis. Un boli.

Ilustración Napoleón Zaldieroa
Ilustración de Zaldieroa.

Los del PSE usaron hábilmente el cepo en el que el PNV había metido a tantos de sus tentáculos mientras que ellos tampoco sufrieron tanto, dado que como en tantas ocasiones aprovecharon que son la sucursal vasca de un partido español. Agarraron el teléfono y hablaron con quien tuvieran que hablar en Madrid. Arreglado. Para cuando fueron largando a todos esos directivos del régimen anterior, el cabreo entre los peones había bajado muchísimo y ellos entraban ya en una casa donde no había gritos. Y puede que en alguna casa como salvadores.

Los del PSE usaron hábilmente el cepo en el que el PNV había metido a tantos de sus tentáculos mientras que ellos tampoco sufrieron tanto, dado que como en tantas ocasiones aprovecharon que son la sucursal vasca de un partido español

Al cabo del tiempo, el PNV volvió a su puesto habitual de amo de la barraca, aunque el tiempo va haciendo mella, el viento cambia de dirección, el voto vasco joven no es ni tan facha como en España ni democristiano como sus madres, pero hay una cosa que han ido dejando que pase. La cantidad de ultraderechistas de todo pelaje que entra en la Ertzaintza. Desde su fundación el gobierno español se encargó de que hubiera una gran cantidad de mandos traspasados de la guardia civil, la policía nacional y resto de cuerpos armados españoles, no fueran a pensar los aborígenes que podían tener nada que no fuera una policía colonial. Con sus casacas rojas y todo, que no se les ocurrió siquiera mirar cómo vestían los ingleses a sus cipayos. En las primeras promociones de la Ertzaintza, un paso imprescindible para aprobar un candidato era la llamadita al Batzoki del pueblo a ver si el muchacho “es nuestro”. Si es de confianza. Así es como se enteraron en la primera promoción de que de seis candidatos de un mismo pueblo solo uno era del PNV (como toda su familia), mientras que el resto, al cabo del tiempo resultaron ser de lo que el diario El Alcázar llamaba la guerrilla roja separatista.

Esa capacidad de filtrar a los nuevos policías, por la razón que fuere, no se ha aplicado con la extrema derecha y ahora la ciudadanía vasca paga por una policía con tecnología y medios punteros, con recursos que muchos países europeos no tienen, mientras el gobierno tiene una capacidad de controlar lo que hacen y por qué que debe estar haciendo los cuellos de muchas camisas más y más estrechos.

Me pregunto si esto era, al menos en parte, una maniobra, siquiera por omisión, en caso de que tuvieran que dejarle una policía ingobernable al siguiente que venga. Porque el PNV no tiene planes de contingencia, tiene planes de futuro. Lo que pasa es que es negro, como el uniforme de sus lacayos levantiscos, desobedientes y tan frágiles como siempre. Lo que no cambia cuando la lían parda es el procedimiento. Liarla y coger la baja.

Hace años llegaron a tener el 20% de la plantilla de baja, entre el estrés post-traumático por las consecuencias del conflicto vasco y todo lo que conllevaba ser miles de policías en un sitio donde tenían mucho que hacer. Lo que fuera que hicieran además de lo que vimos en el aeropuerto de Loiu el otro día. Ahora, prácticamente sin conflicto y con todavía más impunidad, cada vez que la lían tienen por delante las mismas salidas, da igual si matan a una señora refugiándose en un soportal, a un aficionado al fútbol de un pelotazo en la nuca o apalean a los de la flotilla: Jubilación, ascenso, medalla o instructor en la academia de Arkaute. Esas son las opciones. Ojo, las opciones pueden acumularse. Al tiempo.

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