Alba Schiafino: “No me da miedo la confrontación”

Alba Schiafino, es una neorrural precaria que nació en Sants en 1979. Pasó de la familia no normativa a trabajos de poco prestigio a toda velocidad, línea de fuga que la llevó del Penedés catalán al norte de Nafarroa, donde lleva 13 años.
Alba Schiafino
Mikel Romeo Ruiz Alba Schiafino.
4 ene 2026 08:41

Alba Schiafino, es una neorrural precaria que nació en Sants en 1979. La escuela le hizo bilingüe, el barrio la politizó. De los 14 a los 18 entrando y saliendo de casa. De la familia no normativa a trabajos de poco prestigio a toda velocidad. Una línea de fuga que la llevó del Penedés catalán al norte de Nafarroa, donde lleva 13 años. Siempre en éxodo, con la fragilidad a flor de piel. Forma parte de Dar Etxea, iniciativa que trabaja la emergencia habitacional desde una perspectiva autónoma y de clase. No hace concesiones a los excusas y cautelas.

¿Y tú, de dónde vienes?
Mi madre y mis tías son todas hermanastras de padres desconocidos. El Patronato de Protección a la Mujer hizo con mi abuela lo mismo que con otras 40.000 mujeres y niñas. Era una institución franquista que luego se convirtió en Servicios Sociales. Como el Tribunal de Orden Público y la Audiencia Nacional.

¡Suena a rancio abolengo!
Crecí en un bloque donde había uralita, yonkis y gatos. Con vistas preciosas a varias ruinas.

¿Romantizando la escasez?
No, qué va. Tela el aguante que tuvo mi metro cincuenta de madre, doblando turnos e improvisando túpers y regalos de Navidad en 50 m² de piso. Aún la recuerdo subiendo cuatro pisos sin ascensor, cabreada como un demonio, porque un tipo del tercero no la dejaba votar en la reunión de vecinos con la excusa de que no tenía marido.

“El capital cultural es capital, no cultura. Estaría bien esto en la puerta de todas las escuelas, si es que queremos escuelas y otras instituciones totales, claro”

Una infancia llena de posibilidades…
Me las apañaba con las tareas del cole y cuando me hablaban de L’Estaca, me sonaba a peli de vampiros del videoclub. Ni Víctor Jara, ni OTAN, ni excursiones al monte. El capital cultural es capital, no cultura. Estaría bien esto en la puerta de todas las escuelas, si es que queremos escuelas y otras instituciones totales, claro.

¿No queremos escuelas?
David y yo tenemos una hija que empieza este curso en el sistema educativo, a los quince años. No íbamos a invitarla a la vida para institucionalizarla después. Pedro García Olivo es un antipedagogo murciano que lo teoriza desde una integridad muy humana.

La escuela es el suelo del ascensor social.
No siempre. Y se puede llegar por otras vías. Para algunas, la estabilidad laboral se hace de rogar, como el acceso a una vivienda en propiedad, pero hay luz al final del proceso de integración. Esos mismos mecanismos nos excluyen a otras y la escuela no es suficiente. Yo no tuve a quien pedir ni el más mínimo favor. Viví un aterrizaje forzoso en bares, geriátricos, puestos del mercado. Quizás por eso no me da miedo la confrontación. Tener 20 años y limpiar una casa donde viven chavales de tu edad es raro. Y si además coincides luego en la asamblea del centro social okupado, ello te da una idea de qué clase media no eres.

“La precariedad me enseñó a rechazar al poder y desarrollé una autonomía difusa consciente haciendo de cada hora del día una práctica de contrapoder”

Precariedad, ten piedad.
Sí, pero me enseñó a rechazar al poder. Y desarrollé una autonomía difusa consciente haciendo de cada hora del día una práctica de contrapoder: robar en el súper, pinchar la luz, colarme en el metro. Cargas policiales, broncas con seguratas, hostias con nazis. Los invisibles de [Nanni] Balestrini, la banda sonora de KOP y Fugazi. Que venga alguien a decirme que la necesidad es un territorio prepolítico. Lo jodido es que te equivocas muchas veces, demasiadas. Sufres, haces daño sin querer, la piel se hace gruesa.

La clase “para sí”.
Pedalear 15 kilómetros con un drenaje colgando, caminar por la autovía para llegar a una cárnica al turno de las seis de la mañana, descargar camiones, limpiar sangre de paredes, servir mesas con una fiebre de delirio, trabajar a cambio de comida.

¿Y ahora?
Llevo cinco años en Larraun, ahora en un baserri reconvertido en apartamentos y trabajo en un restaurante del valle. Este año cuarta mudanza, otro desahucio invisible. Ellos son pequeños rentistas de dos viviendas, que venden o alegan necesidad de disfrutar.

¿Y aún queda tiempo para la revolución?
Tras más de diez años de “cerrado por crianza” me reincorporé al activismo. Participo en Las Sindis, sindicato de madres feministas. En otro grupo, y tras un proceso de discusiones, se planteó acercarnos al funcionamiento de Las Patronas, organización de mujeres mexicanas que apoya, desde hace décadas, a las personas en ruta migratoria hacia Estados Unidos. Unas cuantas alianzas improvisadas más y surgió Dar Etxea (dar es hogar en árabe). Nos vimos gestionando un comedor vecinal muy precario, aunque efectivo. Pero nosotras nos volvíamos a casa y ellos se quedaban en la calle.

¿Y las instituciones?
Conseguimos que nos echaran un capote cuatro noches, repartimos a algunos chicos por nuestras casas y nos dirigimos a asociaciones y colectivos para que prestaran sus locales como refugio de invierno. Katakrak, CGT, Bakearen Etxea y las comunidades de pueblos okupados y recuperados respondieron.

Y los ayuntamientos a por uvas…
La izquierda institucional habla del efecto llamada porque no tiene ideas.

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